El masaje que no debí darle a mi hermana
Mateo intentaba seguir el partido como cualquier hermano que ha ido al gimnasio del instituto a buscar a la suya, pero los ojos se le iban siempre al mismo sitio. Camila corría, saltaba, se inclinaba para recibir el balón, y el uniforme oficial del club marcaba cada curva con una claridad casi insolente. Los muslos firmes y pesados, las caderas anchas, las nalgas redondas que se sacudían en cada carrera. Y sobre todo, los pechos generosos que rebotaban contra la tela amarilla cada vez que ella alzaba los brazos para bloquear.
Era una tortura dulce. No había habido un solo partido en los últimos meses en el que él no terminara apoyando el bolso sobre el regazo. Recordaba con precisión la tarde en que la vio por primera vez con ese uniforme nuevo: el short metiéndose entre las nalgas cuando caminaba, los senos balanceándose con cada paso. Allí había empezado todo.
Primero fue admiración por lo guapa que se había vuelto su hermana menor. Después, curiosidad por ese cuerpo que ya no era el de una adolescente. Y al final, mientras la veía correr en la cancha, llegó el deseo: silencioso al principio, insistente después. No era una lujuria salvaje; era algo que crecía despacio, que lo avergonzaba y lo encendía a partes iguales. Sabía que estaba mal. Sabía que vivían bajo el mismo techo. Y aun así no podía dejar de mirarla.
Siempre habían tenido una relación normal, casi cariñosa. Él era cuatro años mayor y la consentía con devoción: la defendió de los pretendientes oportunistas cuando ella cumplió quince, y una vez, en una fiesta que terminó mal, llegó justo a tiempo para sacarle de encima a un tipo que la había acorralado contra una pared. Esa noche Camila lloró en sus brazos hasta quedarse dormida y no lo soltó hasta el amanecer.
Por eso lo conflictuaba tanto. No quería desearla. Pero al llegar a casa después de cada entrenamiento, se metía en la ducha y se masturbaba pensando en ella, intentando vaciarse de la tensión acumulada. Por las noches daba vueltas en la cama, peleando contra las imágenes que se le metían en la cabeza.
***
Una tarde recibió un mensaje en mitad de clase.
Cami: Hermanito, ¿puedes venir a buscarme?
Cami: Me lastimé el muslo en el entrenamiento.
Salió disparado. La encontró sentada en una banca del polideportivo, con el muslo vendado hasta la rodilla y la cara apretada de dolor. El entrenador le explicó que no era nada grave: distensión, reposo y un ungüento que había que aplicar dos veces al día.
La ayudó a llegar al coche. Cuando entraron a casa, Camila apenas podía apoyar el pie, así que la cargó en brazos hasta su habitación. Ella se sonrojó hasta las orejas al sentirse pegada a su pecho, suave y tibia, oliendo todavía al sudor del partido. Le dio un beso rápido en la mejilla y murmuró un «gracias» que sonó más tímido de lo normal.
—¿Necesitas que te ayude a cambiarte? —preguntó Mateo desde la puerta, intentando sonar como un hermano cualquiera.
—No… pero sí necesito que me pongas la pomada.
Él se volteó mientras ella se quitaba el short del uniforme y se ponía uno más holgado. Cuando la escuchó pelearse con el envase del frasco, se acercó. Le dio un beso suave en la frente, como cuando eran niños, y le pidió que se acostara. Camila separó un poco las piernas. Mateo se sentó en el borde de la cama con manos que ya le estaban temblando.
El ungüento olía a eucalipto y a mentol. Empezó a extenderlo despacio sobre el muslo grueso y caliente, subiendo y bajando con movimientos firmes. La piel canela de su hermana le quemaba bajo los dedos. Ella suspiraba con los ojos cerrados, entre el alivio y el dolor.
Poco a poco, el masaje se volvió más lento. Más amplio. Más deliberado. Los dedos de Mateo subieron un par de centímetros de más, rozando la parte baja de la nalga. Después, casi sin querer, tocaron la tela del short justo donde ya no había muslo.
Camila no se apartó. Al contrario, abrió un poco más las piernas. Su respiración se hizo profunda, pausada. Es mi hermano, no debería sentirme así, pensaba ella, mordiéndose el labio. Es Camila, por Dios, pensaba él, sin atreverse a retirar la mano.
La voz de Patricia desde la cocina lo salvó. Su madre acababa de llegar y los llamaba para cenar. Camila se cubrió a toda prisa con la manta y él se incorporó disimulando una erección que casi le rompía el pantalón.
***
Esa noche, después de cenar, los tres se sentaron en el sofá a ver una serie. Mateo quedó en medio. Camila se acomodó casi encima de él, atrapándole el brazo entre los pechos. No llevaba sostén. Podía sentir cómo los pezones se le iban endureciendo lentamente contra su piel con cada respiración. Patricia, ajena a todo, comentaba la trama con una copa de vino en la mano.
Mateo intentaba concentrarse en la pantalla, pero el calor del cuerpo de su hermana y el roce constante lo tenían al borde. Cuando por fin todos subieron a dormir, él se quedó un rato más en el salón, esperando a que se le bajara la sangre de donde no debía.
Cerca de las tres de la madrugada, incapaz de pegar ojo, bajó a la cocina por un vaso de agua. Al pasar frente a la puerta de Camila, se detuvo en seco. Se oían gemidos ahogados.
Pegó la oreja a la madera. Después, muy despacio, empujó la puerta. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la rendija de luz que se colaba del baño. Camila estaba acostada con las piernas bien abiertas, moviendo la mano rápidamente bajo las bragas. Con la otra se frotaba los pezones por encima de una camiseta tan fina que era casi transparente. Jadeaba despacio, con la boca entreabierta, acompasando las caderas al ritmo de los dedos.
Mateo contuvo la respiración. El corazón le iba a salir por la garganta. Era un espectáculo hipnótico: los pechos pesados subiendo y bajando con cada exhalación, los pezones marcados oscuros bajo la tela, y aquel gemido suave y entrecortado que escapaba cada vez que ella hundía los dedos más profundo.
No pudo contenerse. Apoyó la espalda contra el marco de la puerta, se desabrochó el pantalón del pijama y empezó a masturbarse en silencio, al mismo ritmo que ella. Camila apartó las bragas a un lado y comenzó a tocarse con las dos manos: una buscando el clítoris, la otra metiéndose dos dedos hasta el fondo. Sus movimientos eran torpes y desesperados a la vez.
Cuando ella arqueó la espalda, tembló de pies a cabeza y se llevó la mano libre a la boca para ahogar un gemido más largo, Mateo también se vino, con el cuerpo apretado contra la pared, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Se quedó mirándola unos segundos más, viendo cómo se relajaba en la cama con las piernas todavía temblando. Después cerró la puerta sin que ella se diera cuenta y se metió en su habitación con las piernas flojas y la culpa rugiéndole en el pecho.
***
Al día siguiente, Patricia tuvo que salir temprano. Una prima lejana cumplía años y había convencido a toda la familia de la reunión. Camila, con la pierna todavía dolorida, se quedó en casa. Mateo decidió quedarse también, con la excusa de cuidarla.
A media mañana, ella lo llamó desde la habitación.
—¿Me pones la pomada otra vez?
Estaba acostada con una camiseta holgada y unos shorts cortos de algodón. Debajo, un panty ajustado que se le marcaba con una claridad casi obscena: los labios de la vulva delineados a través de la tela fina, formando un canal pequeño que se perdía hacia abajo. Mateo tragó saliva al verlo. Sentía que estaba a punto de cometer el peor error de su vida.
Esto no puede seguir. Es mi hermana, a la que protegí desde niña.
Empezó el masaje con manos temblorosas. Aplicó el ungüento sobre el muslo lastimado y subió por la piel canela hasta la mitad. Camila suspiró de alivio. Después, su respiración se fue volviendo más pesada. Sudaba un poco; pequeñas gotas le brillaban en el vientre. Se estremecía cada vez que las manos de él subían un centímetro más de lo necesario.
Los dedos de Mateo se deslizaron poco a poco por debajo del borde del short, tocando la piel ardiente del interior del muslo. El panty estaba allí, a la vista, marcando cada pliegue.
Entonces Camila, con un movimiento mínimo pero perfectamente deliberado, levantó la pelvis y separó más las piernas. Las yemas de Mateo terminaron directamente sobre la tela, justo en el centro. Notó el calor húmedo a través del algodón y supo que ya no había vuelta atrás.
Empezó a jugar con los dedos: primero presionando sobre los labios marcados, después trazando el canal central con la yema del índice, por último frotando en círculos lentos sobre el clítoris que se hinchaba bajo la tela. Camila soltó un gemido bajito y arqueó la espalda apenas.
—Cami… —murmuró él con la voz rota.
—No pares.
Metió la mano completamente bajo el short y el panty. La encontró empapada, resbaladiza, abierta. Ella jadeó su nombre con una mezcla de culpa y deseo que a él lo terminó de quemar. Separó los labios con dos dedos, acarició el clítoris con el pulgar en círculos firmes, y luego entró con dos dedos hasta el fondo. Las paredes calientes y apretadas lo envolvieron de inmediato. Camila gimió más fuerte, con los ojos entrecerrados y la cabeza echada hacia un lado.
Él se inclinó entre sus piernas y bajó la cabeza. Le dio un lengüetazo largo y lento, saboreando lo que había soñado durante meses. Chupó el clítoris con la boca abierta, metió la lengua dentro de ella mientras los dedos seguían moviéndose, y notó cómo los muslos gruesos le apretaban la cabeza. Camila se retorcía, agarrándose los pechos con ambas manos, pellizcándose los pezones por encima de la camiseta.
—Mateo, por favor… no pares… —pidió, con la voz cargada de todo lo que llevaban meses sin decir.
Él se incorporó, se quitó el pantalón y la camiseta con prisa torpe y se colocó sobre ella. Se besaron por primera vez en la boca. Fue un beso desesperado, con años de deseo contenido detrás. Las lenguas se enredaron con urgencia. Mateo frotó el pene caliente contra la vulva empapada de su hermana, deslizándolo entre los labios resbaladizos, presionando la cabeza contra el clítoris una y otra vez hasta que ella empezó a jadear contra su boca.
Cuando por fin entró, lo hizo despacio, centímetro a centímetro. Camila soltó un gemido largo y gutural que rebotó contra las paredes de la habitación. Él podía sentir cómo cada milímetro lo apretaba mientras se hundía. Cuando sus caderas se juntaron del todo, se quedaron quietos un momento, respirando agitados, mirándose a los ojos con culpa y con una intensidad que ninguno se atrevía a romper.
Empezó a moverse: primero con embestidas profundas y controladas, saliendo casi por completo para volver a hundirse con fuerza. Cada vez que entraba hasta el fondo, Camila gemía más alto. Los pechos generosos rebotaban pesadamente con cada impacto. Él los agarró con las dos manos, los amasó, jugó con los pezones oscuros con los pulgares.
Aceleró el ritmo. El sonido húmedo de la penetración llenaba la habitación, mezclado con los gemidos cada vez más altos de ella.
—No pares… más adentro…
Sin salir de ella, Mateo la sujetó por la cintura y rodó. Quedó él debajo y Camila encima. Ella se sentó completamente sobre el pene y tomó hasta el fondo con un gemido ahogado y prolongado. Sus nalgas se extendieron sobre los muslos de él. Empezó a moverse: primero subiendo y bajando despacio, después más rápido, girando las caderas en círculos amplios.
Los pechos brincaban frente al rostro de Mateo con cada movimiento. Él los atrapó con las manos, los apretó, los juntó y los lamió con hambre, chupando los pezones mientras ella cabalgaba con cada vez más fuerza. Camila echó la cabeza hacia atrás, el pelo pegado a la piel sudorosa.
—Me voy a correr… no pares…
Sus nalgas chocaban contra los muslos de él con un ritmo húmedo y rápido. Mateo la sujetó por las caderas y empezó a embestir desde abajo, con golpes profundos que la hacían gritar entre los dientes apretados.
El orgasmo de Camila llegó largo y violento. Arqueó la espalda, tembló entera y soltó un gemido roto que se quebró en jadeos cortos. Sus paredes internas se contrajeron en espasmos rítmicos alrededor del pene de su hermano, apretándolo y soltándolo con una fuerza que él no había sentido nunca.
Mateo no aguantó más. La levantó a tiempo, la apartó y se vino con fuerza sobre el vientre suave y ligeramente abultado, en chorros gruesos y calientes que salpicaron hasta la parte baja de los pechos. Camila se derrumbó sobre él, todavía temblando, y lo besó en la boca con una ternura que no encajaba con lo que acababan de hacer y que, a la vez, lo era todo.
Se quedaron abrazados, sudorosos, respirando agitados. Se miraron a los ojos con culpa, con gratitud y con un deseo que en lugar de haberse apagado parecía haberse hecho más grande. Ninguno se arrepentía del todo. El beso siguiente fue suave, casi amoroso, como si sellaran algo que llevaba años gestándose en silencio.
Patricia volvería por la noche. Tenían toda la tarde por delante para seguir descubriéndose, esta vez sin la excusa del ungüento, sin partido de por medio, sin nada entre ellos.