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Relatos Ardientes

Lo que vi desde el patio cambió todo para siempre

4.6(22)

Cristián se agachó detrás del contenedor de basura en el callejón trasero, con el corazón latiéndole con fuerza. La noche era húmeda y pegajosa, típica del verano en Córdoba, y el olor a fritura del almacén de Ernesto se mezclaba con el perfume denso que siempre usaba la madre de su amigo. Se llamaba Sonia, pero en el barrio le decían Soni. Cuarenta años recién cumplidos, cuerpo generoso, caderas anchas, tetas grandes que le tensaban siempre las remeras, cabello negro hasta los hombros y esa costumbre de caminar despacio que hacía que los tipos del barrio se la comieran con los ojos sin que ella pareciera notarlo.

Cristián la conocía de toda la vida. Era la mamá de Matías, su mejor amigo desde la primaria, el que jugaba a los videojuegos con él hasta las dos de la mañana. Pero esa noche, siguiendo por puro instinto a Ernesto el almacenero hasta la trastienda del local, lo que vio a través de la ventana entreabierta lo dejó sin aliento.

La cortina estaba corrida apenas hasta la mitad. La lámpara de la mesita iluminaba el cuarto con luz amarillenta y suave. Sonia estaba de rodillas sobre el colchón, desnuda, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Las tetas le colgaban pesadas, con los pezones oscuros y duros apuntando hacia abajo. Tenía los labios entreabiertos y los ojos fijos en la polla de Ernesto, que estaba parado frente a ella terminando de bajarse los pantalones. Cuando el almacenero se sacó el calzoncillo, la verga le saltó afuera, gruesa y ya medio parada, con el glande hinchado y brillante.

Cristián no podía moverse. Tenía la espalda pegada a la pared del callejón y los ojos clavados en esa ventana como si alguien se los hubiera sostenido ahí. La noche era tibia. En la calle principal sonó un colectivo, pero él no lo escuchó.

Sonia tomó a Ernesto de las caderas y lo atrajo hacia ella despacio. Lo que hizo después fue sin rodeos y sin apuro: lo besó desde abajo, le pasó la lengua por el abdomen y, cuando llegó a la polla, sacó la lengua entera y le lamió el tronco de abajo hacia arriba, lento, hasta llegar al glande. Se lo metió en la boca de golpe, hasta el fondo, y Cristián vio cómo se le hinchaba el cachete y le lloraban los ojos. Las dos manos de ella rodeaban la base y le acariciaban los huevos mientras chupaba. Ernesto le enredó los dedos en el pelo y empujó hacia adelante, suave al principio, después con más intención, cogiéndole la boca con embestidas cortas y firmes.

—Dame así —dijo ella con voz baja, ronca, sacándosela un segundo para hablar, un hilo de saliva colgándole del labio a la punta de la verga—. Como la última vez. Cogeme la boca. No pares.

Y se la volvió a meter, hasta el fondo, hasta arcadearse. La saliva le chorreaba por el mentón y le caía en gotas gruesas entre las tetas. Ernesto la agarraba de la nuca con las dos manos y la usaba, empujándole la cara contra el pubis, y ella lo dejaba, con los ojos cerrados y los labios estirados alrededor del tronco. Cada vez que él la soltaba un segundo, Sonia sacaba la lengua y le lamía los huevos, se los metía en la boca de a uno, subía por la vena gruesa que le corría por debajo de la verga y volvía a tragársela entera.

Cristián sintió su propia polla poniéndose dura contra el pantalón sin haberla tocado. Se apretó el bulto con la mano por encima de la tela y no pudo dejar de mirar.

Sonia se sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y la sostuvo pegada a su mejilla, dándole besos largos al costado del tronco, mirando a Ernesto desde abajo.

—Vení a cogerme —dijo—. Ya no aguanto.

Ernesto la levantó por las axilas, la giró y la tiró boca arriba en el colchón. Le abrió las piernas con las dos manos, se agachó y le enterró la cara entre los muslos. Cristián vio cómo la lengua del almacenero le trabajaba el coño, subiendo y bajando, chupándole el clítoris hinchado, metiéndole dos dedos al mismo tiempo. Sonia arqueó la espalda y agarró la cabeza de Ernesto contra su entrepierna, restregándose contra su boca.

—Ahí, ahí, no pares, chupame ahí —gemía—. Con los dedos también, metémelos más, hijo de puta, así.

El almacenero le chupaba el coño con hambre, la barba brillándole de humedad, los dos dedos entrando y saliendo con un ruido húmedo que llegaba hasta el callejón. Sonia empezó a temblar. Se agarraba las tetas con las dos manos, se apretaba los pezones entre los dedos, tironeaba de ellos. En un momento cerró las piernas contra la cabeza de Ernesto y se corrió, con un gemido largo y grave, empapándole la cara.

Ernesto levantó la cabeza con la boca brillando y se acomodó entre las piernas todavía abiertas de ella. Se agarró la polla con la mano y se la frotó por los labios del coño, embarrándola de flujo, sin meterla. Sonia le clavó los talones en el culo y lo empujó hacia adentro.

—Metémela ya. Toda.

Y él se la metió, de una, hasta el fondo. Los dos gimieron al mismo tiempo. Cristián vio cómo la verga entera desaparecía dentro del coño de Sonia, cómo los huevos del almacenero le golpeaban contra el culo cuando salía y volvía a entrar. Los movimientos eran largos y lentos al principio, profundos, y ella los recibía empujando las caderas hacia arriba, marcando el ritmo desde abajo, con la boca abierta y los ojos entrecerrados.

—Más fuerte —le decía—. Cogeme más fuerte, dale.

Ernesto la agarró de las rodillas, se las levantó y se las abrió más, hasta casi tocarle los hombros. La cogió con embestidas duras, secas, que hacían rebotar las tetas de Sonia contra su pecho. Ella se agarraba de la sábana con los dedos y gemía cada vez más fuerte, sin importarle nada.

Cambiaron de posición dos veces. Primero él la dio vuelta y la puso en cuatro, con el culo levantado y la cara hundida en la almohada. Le dio dos palmadas fuertes en una nalga, después en la otra, y se la volvió a meter desde atrás, agarrándola de las caderas y clavándosela con golpes que la hacían gritar contra la almohada. Le tiró del pelo, echándole la cabeza hacia atrás, y la cogió así un rato largo, mirándole la espalda arqueada y el culo temblando con cada embestida.

La segunda vez fue Sonia la que se puso encima, empujándolo hasta acostarlo boca arriba. Se sentó despacio sobre la verga, hundiéndosela toda de una vez, y se quedó quieta un segundo con los ojos cerrados y la boca abierta. Después empezó a moverse, con las manos apoyadas en el pecho de Ernesto, subiendo y bajando con la concentración de alguien que sabe adónde va. Sus tetas oscilaban con cada movimiento. Ernesto se las agarró y se las apretó, le chupó un pezón y después el otro, sin dejar de embestir desde abajo. En un momento ella inclinó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio, los ojos cerrados, y empezó a moverse más rápido, cabalgándolo con toda la fuerza de las caderas.

Cristián se había sacado las manos de los bolsillos sin darse cuenta. Tenía la respiración contenida y una mano metida por adentro del pantalón, agarrándose la polla dura, moviéndosela despacio para no hacer ruido. No era culpa lo que sentía en ese momento, ni vergüenza exactamente. Era algo más difuso, más caliente, que bajaba desde el pecho hacia el estómago y seguía.

El orgasmo de Sonia fue visible incluso desde el callejón: el cuerpo arqueado, las manos aferradas al pecho de Ernesto con las uñas clavadas, la mano de él sujetándole la cintura para sostenerla, un sonido que no era un grito sino algo más hondo, un «me corrooo, me corro, hijo de puta» que le salió de la garganta como un jadeo. Después de eso el ritmo se volvió más lento. Ella se bajó de la verga, se acostó al lado, le agarró la polla con la mano y se la pajeó rápido, apuntándosela a las tetas. Ernesto gruñó, empujó las caderas hacia adelante y se corrió en chorros gruesos y blancos sobre el pecho y el cuello de Sonia, que se quedó quieta, con la boca abierta, dejando que le cayera encima. Se pasó dos dedos por la garganta, los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándolo.

Cristián se corrió al mismo tiempo, mordiéndose la mano libre para no hacer ruido, sintiendo el semen caliente pegándosele en la palma dentro del pantalón.

Cuando salió del callejón, caminó despacio hasta su casa con las manos en los bolsillos y una mancha húmeda que no se le iba a secar antes de llegar. El barrio a esa hora era silencioso. La imagen de Sonia en esa luz amarillenta, con la verga del almacenero saliéndole de la boca, con las piernas abiertas gimiendo que la coja más fuerte, con las tetas manchadas de semen, no tenía ninguna intención de irse.

***

A la tarde siguiente fue a la casa de Matías como si nada hubiera pasado. Matías le abrió la puerta en remera y bermuda, con cara de aburrido.

—Che, pasá. Estaba por poner algo en la tele. Mi mamá salió a hacer unos mandados.

Se sentaron en el living. Cristián tardó media hora en decir algo.

—Anoche pasé por el callejón de atrás del almacén de Ernesto.

Matías lo miró desde el otro sillón.

—¿Y?

—Vi a tu vieja. Adentro, en la trastienda. Con él.

El silencio que siguió duró unos cinco segundos. Matías dejó la lata de gaseosa sobre la mesita con cuidado exagerado.

—¿Qué cosa viste exactamente?

Cristián se lo contó. Sin adornos ni rodeos. Le contó cómo se la chupaba de rodillas hasta atragantarse, cómo Ernesto la cogía boca arriba y después en cuatro, cómo se corrió cabalgándolo, cómo el almacenero le terminó en las tetas y ella se lamió los dedos manchados. Vio todo en la cara de su amigo: la sorpresa primero, después algo más complicado de definir. No era solo enojo. Era esa mezcla de vergüenza y fascinación que a veces se instala antes de que uno sepa qué hacer con ella. Y también, Cristián lo notó, un bulto que empezaba a marcarse en la bermuda de Matías sin que este pareciera capaz de disimularlo.

—Mi vieja y Ernesto —repitió Matías, como si necesitara escucharlo en voz alta para creerlo.

—No parecían novatos —dijo Cristián—. Llevan un tiempo. Ella le decía «como la última vez».

Matías se quedó callado, con los codos sobre las rodillas, mirando el piso. Cristián lo observaba sin saber si había hecho bien en contarle.

—¿Qué más viste? —preguntó Matías por fin, y la voz le salió más ronca de lo normal.

Y Cristián le contó el resto, con detalle, con calma, la voz apenas más baja de lo necesario. Le describió las tetas, los pezones oscuros, la forma en que ella se abría de piernas, las palabras exactas que le decía a Ernesto mientras se la clavaba. Mientras hablaba notó que algo había cambiado en el living. El aire, quizás. O la distancia entre los dos sillones. Matías lo escuchaba sin interrumpirlo, con esa concentración específica de las personas que están memorizando algo, con la mano apoyada como sin querer sobre el bulto del pantalón.

***

Tres noches después, Matías le mandó un mensaje a las once y media.

Está el Ruso en casa. Lo escuché entrar hace un rato por el fondo.

El Ruso García era el mecánico del terreno lindero, un tipo de cuarenta y pico con los brazos de alguien que levanta motores desde los veinte. Manos grandes, barba de varios días, esa tranquilidad específica de los hombres que no necesitan demostrar nada. En el barrio lo conocían todos y nadie sabía mucho de él.

Cristián tardó diez minutos en llegar.

Matías lo esperaba en la puerta del costado, en el callejón entre las dos casas. Tenían vista directa a la ventana del dormitorio. La cortina estaba corrida hasta la mitad.

Los dos se acomodaron detrás de unos macetones grandes. Agachados. En silencio. La noche olía a tierra mojada y a pasto quemado por el calor.

La lámpara de noche iluminaba el cuarto con la misma luz amarillenta. El Ruso estaba parado junto a la cama, con la camisa abierta y las manos en los bolsillos, mirando a Sonia, que estaba frente a él ajustándose el pelo en un moño suelto. Le decía algo con voz baja que no llegaba al callejón.

Sonia escuchó, asintió y dio un paso hacia él. Se arrodilló sin dejar de mirarlo a los ojos y le desabrochó el cinturón con las dos manos. Le bajó el pantalón y el calzoncillo de una sola vez, y la polla del Ruso saltó afuera, más gruesa que la de Ernesto, oscura, con las venas marcadas. Sonia se la agarró con las dos manos, la sopesó un segundo y le dio un beso largo en el glande. Después se la metió en la boca, hasta donde le entraba, y empezó a mamársela despacio, con los ojos hacia arriba clavados en la cara del mecánico.

El Ruso la dejó chupársela un rato, mirándola desde arriba, hasta que le agarró el moño con las dos manos y empezó a moverle la cabeza a su ritmo. Le clavaba la verga hasta el fondo de la garganta y la mantenía ahí unos segundos, viendo cómo ella arcadeaba y le lloraban los ojos, y después la soltaba un instante para dejarla respirar. Sonia babeaba encima, se le caía el hilo de saliva entre las tetas, y volvía a abrir la boca pidiéndole más.

Después el Ruso la levantó, la sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a ella. Le abrió las piernas con las manos grandes y le enterró la cara en el coño sin ceremonia. Se lo comió a lengüetazos largos y ruidosos, chupándole todo, metiéndole la lengua adentro, mordiéndole apenas el clítoris. Sonia le puso una mano en la nuca y lo apretó contra ella, echando la cabeza hacia atrás, respirando con la boca abierta. En un momento lo levantó de los hombros y lo tiró junto a ella en el colchón.

—¿Cuánto hace que vienen? —susurró Matías sin sacar los ojos de la ventana.

—No lo sé. Con Ernesto llevan tiempo. Con el Ruso no sé.

Matías no dijo nada más. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en la ventana. Cristián lo observó de reojo un segundo y después volvió a mirar.

El Ruso se acomodó entre las piernas de Sonia, se agarró la polla con la mano y se la metió despacio, empujando de a poco hasta hundírsela toda. Después empezó a moverse sobre ella con un ritmo lento y deliberado, el tipo de ritmo que no tiene apuro, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Sonia lo recibió con los brazos rodeando su espalda, empujando las caderas hacia arriba para encontrarse con él. Sus expresiones eran visibles desde el callejón: la boca entreabierta, los ojos a veces cerrados, a veces fijos en él. Sin actuar nada.

—Así, dale, así —le decía—. Rompeme, no te guardes nada.

El Ruso agarró velocidad. Empezó a cogerla más fuerte, más rápido, apoyándose en los brazos, mirándola desde arriba. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y le arrancaba un gemido corto. Cristián veía cómo el cuerpo de ella se sacudía entero, cómo el colchón se movía, cómo la cabecera golpeaba contra la pared con un ruido sordo.

Matías tenía la mano metida adentro del pantalón. Lo vio Cristián de reojo y no dijo nada: él mismo tenía la propia polla en la mano, afuera del cierre, pajeándosela despacio a la altura del macetón. Los dos miraban la ventana, callados, con la respiración más corta de lo normal, moviendo las manos al ritmo de las embestidas del Ruso. La escena adentro del cuarto no daba lugar a otra cosa que seguir mirando.

El Ruso cambió de posición. La sacó, la puso boca abajo, le levantó el culo con las dos manos y volvió a metérsela desde atrás. Le abrazó la cintura y empezó a empujar con golpes cortos y firmes, los huevos golpeándole contra el coño en cada embestida. Sonia soltaba un sonido bajo con cada uno, la cara hundida en la almohada, las manos aferradas a las sábanas. Él le metía una mano bajo la cintura y la apretaba contra su cuerpo, encontrándole el clítoris con los dedos y frotándoselo mientras se la cogía. Sus voces llegaban en fragmentos: palabras sueltas, instrucciones cortas.

—Más adentro, más adentro —jadeaba Sonia—. Toda, dame toda la pija.

—Puta madre, qué apretado lo tenés —gruñía el Ruso—. Voy a reventarte.

—Reventame. Cogeme como quieras. Es tuyo.

En un momento ella soltó un «sí» largo, apretando los muslos contra los de él y aferrando la sábana con los dedos, y todo su cuerpo empezó a temblar. Se corrió con la cara hundida en la almohada, sacudiéndose, y el Ruso no aflojó, siguió cogiéndola en la misma posición mientras ella temblaba debajo.

—Está disfrutando —murmuró Matías, casi para sí mismo, sin dejar de pajearse.

—Mucho —dijo Cristián.

Siguieron mirando en silencio. La escena duró largo rato, con cambios de posición y momentos de pausa y de aceleración. El Ruso la puso de costado, le levantó una pierna al aire y se la cogió así, mirándole la cara de perfil mientras la penetraba. Después la sentó a horcajadas sobre él, con la espalda contra su pecho, y empezó a empujarla desde abajo mientras le agarraba las tetas con las dos manos y le mordía el cuello. Sonia se dejaba mover, gemía sin parar, se agarraba de la nuca del Ruso con una mano y con la otra se tocaba el clítoris.

Al final, el Ruso la puso otra vez boca arriba, se acomodó entre sus piernas y aceleró el ritmo hasta que cada embestida sonaba como un golpe. Sonia se agarró de la cabecera con las dos manos y empezó a gritar bajito, cada vez más rápido, hasta que se corrió por segunda vez con el cuerpo arqueado y la espalda tensa. El Ruso aguantó unos segundos más y después sacó la verga de golpe, se paró sobre las rodillas y le acabó en la panza y en las tetas con un sonido gutural que llegó amortiguado hasta el callejón, tirándole chorros gruesos que le cayeron hasta la barbilla.

Cristián terminó con la mano, en la oscuridad del callejón, antes de que la escena adentro terminara. Sintió cómo se le corría entre los dedos y le manchaba el pantalón, y se mordió el labio para no soltar el gemido. Matías hizo lo mismo unos minutos después, con los ojos todavía fijos en la ventana. Se quedaron agachados un rato más, sin moverse, hasta que la luz del cuarto se quedó quieta y el silencio volvió.

***

El Ruso se vistió y salió por el fondo del terreno. Lo escucharon alejarse por el callejón trasero. Adentro, la luz del dormitorio seguía encendida.

Fue Matías el que empujó la puerta del costado, la que nunca tenía llave.

Cristián lo siguió sin preguntar adónde iba. Entraron al patio interno. La ventana del dormitorio daba al patio también. Desde ahí la vista era más nítida. Sonia estaba sentada en el borde de la cama, con una bata entreabierta, de espaldas hacia ellos. Se le veía el costado de una teta y el semen todavía brillando en la piel del cuello.

Fue ella la que los escuchó primero.

Se giró despacio. No gritó. Los miró durante un segundo largo: primero a Matías, después a Cristián, después otra vez a Matías. Notó los pantalones manchados de los dos. Una pausa. Algo cruzó su cara que ninguno de los dos supo nombrar.

—¿Cuánto tiempo llevan ahí afuera? —preguntó, con una voz que no era de enojo.

Matías tragó saliva.

—Esta noche. Y él, hace unos días. Con Ernesto.

Sonia asintió, como si eso confirmara algo que ya sospechaba.

—Entren —dijo.

***

Se sentaron en las dos sillas del cuarto. Ella se quedó en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y las manos en el regazo. La bata cerrada ahora, apenas. El pelo suelto, todavía revuelto. Miraba directo, sin rodeos.

—¿Qué vieron?

—Todo —dijo Cristián.

—¿Las dos veces?

—La primera, solo yo. Esta noche, los dos.

Sonia no respondió de inmediato. Se ajustó la bata con calma y los miró uno por uno.

—Ernesto y yo llevamos seis meses —dijo—. El Ruso apareció hace dos. No son mis novios ni pretenden serlo. Son hombres con quienes cojo cuando tengo ganas.

Matías no decía nada. Miraba el piso.

—¿Te molesta? —le preguntó Sonia directamente.

—No sé. Me sorprende.

—¿Qué te sorprende?

—Que lo hagas así. Sin culpa.

Sonia lo consideró un momento. Después soltó algo parecido a una risa.

—Tengo cuarenta años, hijo. La culpa me la gasté en cosas que valían más la pena.

El silencio que siguió fue raro pero no hostil. Cristián miraba la pared. Matías miraba a su madre. Sonia los miraba a los dos con esa calma específica de las personas que dejaron de tener vergüenza de sí mismas hace tanto que ya ni recuerdan cuándo.

—¿Hay algo más que quieran saber? —preguntó.

—¿Cuántos hay? —preguntó Matías.

—Ahora mismo, dos. Los elijo yo.

—¿Y si aparece otro?

—Lo evalúo.

Cristián soltó una risa corta que no pudo contener. Sonia lo miró con una ceja levantada, pero sin enojo. Después volvió a mirar a Matías.

—Lo que vieron es mi vida. No la voy a esconder. Pero tampoco la voy a exhibir. ¿Entienden la diferencia?

Los dos dijeron que sí.

—Si alguna vez me preguntan algo, respondo. Sin rodeos. Pero la primera vez que alguno de ustedes use esto para hacerme sentir menos de lo que soy, se termina la conversación y el acceso a esta casa. ¿Está claro?

—Claro —dijeron los dos al mismo tiempo.

Sonia se puso de pie, fue hasta la puerta del cuarto y la sostuvo abierta. Al levantarse, la bata se le abrió un instante y los dos vieron la teta entera, con el pezón oscuro todavía duro, y el pubis con una mancha blanca secándose en la piel. Ella no se apuró en cerrarla.

—Ya es tarde. Vayan a dormir.

Salieron al corredor. Antes de llegar al patio, la voz de Sonia llegó desde la puerta del dormitorio, sin alzar el tono.

—Y la próxima vez que quieran mirar, pidan permiso. Capaz les dejo hacer algo más que mirar.

Los dos se detuvieron. Se miraron. Ninguno supo si reírse o no.

***

Salieron por la puerta del costado al callejón oscuro. La noche seguía siendo húmeda y pesada, y en algún lugar del barrio ladraba un perro.

Caminaron media cuadra sin hablar.

—¿Crees que lo decía en serio? —preguntó Matías.

—Tu vieja siempre dice en serio lo que dice.

Matías asintió despacio y siguió caminando.

Cristián lo miró antes de separarse en la esquina. Pensó en Sonia sentada en el borde de la cama con esa calma extraña, con la bata abierta y el semen del Ruso todavía en la piel. En Ernesto cogiéndosela boca arriba en la trastienda. En el Ruso reventándola en cuatro. En las dos noches en el callejón, agachado entre las sombras, con la mano en la polla, mirando por la ventana lo que no debía ver y sin poder irse.

Pensó en todo eso, después lo soltó, y siguió su camino.

Algunas cosas no necesitan resolución. Solo necesitan que uno las lleve consigo un tiempo y vea adónde lo llevan.

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4.6(22)

Comentarios(12)

ElCordobes99

excelente!!!! me enganche desde la primera linea, no podia parar de leer

Juanmedina

no podes dejarlo ahi, necesito saber que paso despues. segunda parte por favor!

ClaraBuenos

me recordo a un verano en el barrio cuando era chica, esas cosas que ves sin querer y te cambian la cabeza. muy buen relato

curiosa87

y que paso al final?? me dejo con demasiada intriga, sigo pensando en eso

CarlosDeNoche

cordoba de noche tiene su magia particular... tremendo lo que contaste

SergioBernal

Me encanto como fuiste construyendo la tension de a poco, sin apuros. Se siente que uno esta ahi parado en la oscuridad mirando tambien. Sigue publicando asi!

Rabdo

jajaj la vida a veces te pone en situaciones que no esperabas. muy buen relato, me gusto mucho

MiguelSR

Increible, esas escenas nocturnas tienen algo especial. Muy bien narrado, sin vulgaridades innecesarias. Saludos!

Ibero54

buenisimo, se me hizo corto. quiero mas :)

LorenaBA

Esas noches de verano cordobesas... describiste la atmosfera a la perfeccion. Esperando la continuacion con ansias!

Tuti_lee

me gusto mucho, se siente autentico. saludos desde el sur

NocturnaR

Que tension tan bien manejada. Uno de los mejores de voyerismo que lei en mucho tiempo, sin dudas

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