Lo que empezó en la oficina terminó en su sofá
En la oficina del licenciado Aguirre nadie entraba sin pasar por el ritual silencioso. Su secretaria Mónica te recibía con la misma sonrisa de siempre y, antes de abrir la puerta, te desabotonaba ella misma los dos botones superiores de la blusa. No lo preguntaba: lo hacía con la naturalidad de quien acomoda un cuello torcido. Esa mañana me retocó incluso el cabello.
—Don Esteban te espera —dijo, y entré.
La puerta debía permanecer entornada. Era la regla. Dejé las carpetas del lado del escritorio que él me indicó con un gesto y me quedé de pie, esperando. Su mano subió por el muslo sin prisa, debajo de la falda. Apreté las piernas. Él se rio bajito, sin dejar de avanzar, hasta rozarme la ropa interior.
—¿Se siente bonito? —preguntó.
—Sigue —susurré—, pero atento a tu espía.
—Mónica está sacando las copias. Quítate el sostén. Se nota desde la puerta.
Le pasé la mano por la espalda, lo desabrochó con dos dedos por debajo de la blusa, yo lo jalé por la manga y lo guardé en el bolso antes de que ella regresara. Cuando entró con las copias, ya estábamos otra vez como si nada. Don Esteban me apretó la mano al despedirme y me preguntó por Daniela, por aquella visita que había hecho a mi casita, por el perro Bruno. Sonreí y le contesté que ella todavía hablaba más del perro que de él.
—¿Café algún día? —preguntó.
—El viernes festejan a la esposa de Rodrigo, el de la joyería. Te paso los datos mañana.
Cerré la carpeta y salí sin esperar respuesta.
***
Lucía, mi mejor amiga del piso, se rio cuando se lo conté en el cafecito de siempre. Ella ya había quedado con Esteban en verse esa semana y pensaba presentarle a Daniela, pero Daniela era demasiado tímida para esa rueda. Yo tenía a alguien mejor.
—¿Camila? —preguntó Lucía, alzando una ceja—. Si esa no se anima ni a un piropo.
—Yo la convenzo.
Camila era alta, de piel tan clara que cuando se ponía nerviosa se le veían las venas del cuello. Llevaba un peinado anticuado que le quitaba años. Trabajaba en el mismo piso que yo y, desde hacía meses, tenía la costumbre de mirarme las piernas cuando creía que yo no me daba cuenta.
Fui a su casa esa tarde con la excusa de elegir el regalo. Terminamos en su sala con dos copas de vino blanco y una conversación que se nos torció.
—Nunca sé qué hacer —me confesó, mirándose las manos—. Estuve con Rodrigo en su casa una vez, con su esposa y todo. Me fui temprano. No supe cómo empezar.
—¿Nunca, con nadie?
—Solo me llamas la atención tú.
Lo dijo en voz tan baja que tuve que acercarme. Estábamos sentadas frente a frente y, de pronto, mi cara estaba a un palmo de la suya. Nos besamos sin avisarnos, primero con torpeza, después con esa rabia tibia que tienen los besos que se han postergado mucho tiempo.
Camila me mordió el labio superior. Yo le pasé la lengua por los dientes. Nos jalamos del pelo, nos abrazamos del cuello, nos reímos cortado. Me desabotonó la blusa con dedos que ya no temblaban y me pasó la lengua por entre los pechos, jaloneando el sostén con la boca hasta dejarlos al aire.
Tenía la piel tan blanca que las aréolas apenas se distinguían. Se llevó mis manos a sus pechos y me los ofreció como si pidiera permiso. Le di pequeños mordiscos en los pezones y la oí estremecerse por primera vez.
Sin terminar de desvestirnos, las dos nos levantamos las faldas y nos buscamos por debajo de la ropa interior. Estaba empapada. Yo también. Le hundí un dedo y le succioné el clítoris con cuidado, despacio, porque ella misma me había advertido que era estrecha. Tembló entera. Se le escapó un quejido nuevo, distinto al de antes.
—Es la primera vez que llego así —me dijo después, riéndose con los ojos cerrados—. Nunca había llegado.
Nunca había llegado. Repetí la frase para mí mientras le acariciaba el pelo.
—Lo vas a hacer muchas veces más —le prometí.
Se acomodó encima de mí sobre la alfombra y su pubis frotó el mío con una urgencia nueva. Levantó la cara para mirarme desde arriba con esa expresión que tienen los que descubren algo, y se rio fuerte antes de besarme otra vez. Le di indicaciones rápidas para la fiesta: otro peinado, condones en el bolso, dejarse llevar sin perder la cabeza. Le dije que también iría Esteban.
—¿El jefe? —preguntó, abriendo los ojos.
—El jefe.
***
Camila se presentó a la reunión peinada en el salón que le recomendó Lucía y vestida como nunca. Fue el centro de atención. Esteban la saludó con la formalidad del cargo, pero la admiraba sin poder esconderlo. Después de la cena propuso un bar. Quedamos en cuatro: él con Camila, Lucía con un amigo, y yo con Beto, un colega que llevaba meses tirándome los tejos sin éxito.
Lucía y su acompañante se fueron temprano. Beto quiso despedirse también, pero Camila propuso que termináramos la noche en su casa. Lo hizo con la torpeza encantadora de las copas de más. La falda se le había subido por encima de lo correcto. La blusa, salida por un costado.
En el estacionamiento, mientras le acomodaba la ropa, me agarró la muñeca.
—¿Qué hago? —preguntó muy bajito.
—Déjate llevar. Cuando sea el momento, le abres las piernas.
Llegamos al rellano y ella, riéndose, no encontraba la llave. La bolsita se le cayó y, en vez de la llave, salieron rodando tres condones. Esteban se rio fuerte. Beto también.
—Tendrás que compensarnos por la espera —dijo Esteban.
—¿Cómo? —preguntó ella, con los ojos brillantes.
—Desnúdate aquí mismo —propuse yo, y los demás asintieron.
Camila empezó por la falda. Esteban le bajó la ropa interior con calma. Beto le quitó la blusa por la espalda. Yo, las medias. Para cuando Camila se acordó de que la cerradura era de combinación, ya estaba completamente desnuda en el rellano, riéndose como si la cosa no fuera con ella.
***
Adentro terminaron en el sofá grande, manoseándose. Beto y yo, en la alfombra a su lado, hacíamos lo mismo. Cuando Esteban intentó penetrarla, Camila le frenó con la mano.
—Me va a doler. Soy muy estrecha.
—Acuéstate tú debajo —le dije a Esteban—. Que ella se siente encima despacio.
Le hicieron caso. Camila se montó dejando que la cabeza entrara primero. La vi tensarse: los ojos cerrados, la mandíbula apretada, los nudillos blancos sobre el pecho de él. Me acordé de un truco que mi tía me enseñó hace años. Le di una palmada en la nalga, sin avisar.
—¡Ay! —gritó. Y entró todo.
Nos reímos los cuatro. La empujé desde atrás para que terminara de bajar y volví con Beto, que esperaba con cara de niño impaciente.
—Despacio —le advertí—. O te vienes en cinco segundos.
A ratos se nos cruzaban las miradas. Camila terminó primero, con un grito que pareció de auxilio. Después de eso perdió cualquier rastro de miedo. Esteban se la llevó boca abajo al borde del sofá y ella se ofreció ahí, levantando las caderas, con una sonrisa nueva.
—Ahora sí —le dijo él, y le entró por detrás con tanta calma que ella tuvo tiempo de morder un cojín.
Beto y yo nos quedamos un rato observando, las manos donde tocaba. Después él me llevó al apoyabrazos. Quedé arqueada, los pechos al aire, las piernas abiertas. Beto entró con una paciencia que no le conocía y, mientras me embestía, me iba diciendo cosas que en la oficina nunca se habría atrevido a pensar siquiera.
Esteban se vino dentro de Camila pidiendo permiso primero, y ella le dijo que sí con la cabeza hundida en el cojín. Beto se salió de mí justo a tiempo, tal como habíamos quedado, y me dejó la marca tibia sobre el vientre.
***
Cuando todo se calmó, Camila trajo café y un edredón para los tres. Beto ya se había despedido. Ella se movía por la sala con un delantalcito improvisado que volvía la escena más obscena que cualquier cosa anterior.
—Está provocando —le dije a Esteban en voz baja—. ¿Te molesta?
—Al contrario.
Le hice una seña a Camila. Vino, se montó encima de mí y nos besamos largo rato delante de él, que nos miraba sin tocarnos, con las manos quietas sobre las rodillas. Le succioné los pechos. Ella me devolvió el favor. Nos buscamos con los dedos primero, después con la lengua. Esteban se acomodó al lado, sin meterse, solo mirando.
—Hace tiempo que quería verlas así —dijo solamente.
Camila se vino rápido, mordiéndome el hombro. Yo, después, con dos dedos suyos adentro y la boca de él en la mía. Nos quedamos las tres cabezas pegadas un minuto largo, respirando.
—Cómplices —dijo Esteban.
—Cómplices —repitió Camila.
Con el café ya frío, Esteban me preguntó al oído si la próxima podía ser en su casa. Le contesté que sí, que organizaba yo, como siempre. Camila se reía agarrada del edredón.
—Yo voy a donde me lleves —dijo—. Pero la próxima sin nalgada.
—Eso depende —le contestó Esteban.
Y los tres nos quedamos riéndonos, vestidos a medias, mientras la mañana asomaba por la ventana de su sala.