Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que empezó en la oficina terminó en su sofá

En la oficina del licenciado Aguirre nadie entraba sin pasar por el ritual silencioso. Su secretaria Mónica te recibía con la misma sonrisa de siempre y, antes de abrir la puerta, te desabotonaba ella misma los dos botones superiores de la blusa. No lo preguntaba: lo hacía con la naturalidad de quien acomoda un cuello torcido. Esa mañana me retocó incluso el cabello.

—Don Esteban te espera —dijo, y entré.

La puerta debía permanecer entornada. Era la regla. Dejé las carpetas del lado del escritorio que él me indicó con un gesto y me quedé de pie, esperando. Su mano subió por el muslo sin prisa, debajo de la falda. Apreté las piernas. Él se rio bajito, sin dejar de avanzar, hasta rozarme la ropa interior.

—¿Se siente bonito? —preguntó, y me metió dos dedos por debajo de la tela, directo a la raja. Los sacó brillosos y me los enseñó antes de chuparlos.

—Sigue —susurré—, pero atento a tu espía.

—Mónica está sacando las copias. Quítate el sostén. Se nota desde la puerta.

Le pasé la mano por la espalda, lo desabrochó con dos dedos por debajo de la blusa, yo lo jalé por la manga y lo guardé en el bolso antes de que ella regresara. Antes, sin embargo, don Esteban se agachó y me pasó la lengua por un pezón por encima de la tela, mordiéndomelo apenas. Se le marcaba la verga contra el pantalón. Le apreté el bulto con la mano abierta y le sentí el calor a través del casimir. Cuando entró Mónica con las copias, ya estábamos otra vez como si nada, aunque yo tenía la bombacha empapada y él la polla dura debajo del escritorio. Don Esteban me apretó la mano al despedirme y me preguntó por Daniela, por aquella visita que había hecho a mi casita, por el perro Bruno. Sonreí y le contesté que ella todavía hablaba más del perro que de él.

—¿Café algún día? —preguntó.

—El viernes festejan a la esposa de Rodrigo, el de la joyería. Te paso los datos mañana.

Cerré la carpeta y salí sin esperar respuesta.

***

Lucía, mi mejor amiga del piso, se rio cuando se lo conté en el cafecito de siempre. Ella ya había quedado con Esteban en verse esa semana y pensaba presentarle a Daniela, pero Daniela era demasiado tímida para esa rueda. Yo tenía a alguien mejor.

—¿Camila? —preguntó Lucía, alzando una ceja—. Si esa no se anima ni a un piropo.

—Yo la convenzo.

Camila era alta, de piel tan clara que cuando se ponía nerviosa se le veían las venas del cuello. Llevaba un peinado anticuado que le quitaba años. Trabajaba en el mismo piso que yo y, desde hacía meses, tenía la costumbre de mirarme las piernas cuando creía que yo no me daba cuenta.

Fui a su casa esa tarde con la excusa de elegir el regalo. Terminamos en su sala con dos copas de vino blanco y una conversación que se nos torció.

—Nunca sé qué hacer —me confesó, mirándose las manos—. Estuve con Rodrigo en su casa una vez, con su esposa y todo. Me fui temprano. No supe cómo empezar.

—¿Nunca, con nadie?

—Solo me llamas la atención tú.

Lo dijo en voz tan baja que tuve que acercarme. Estábamos sentadas frente a frente y, de pronto, mi cara estaba a un palmo de la suya. Nos besamos sin avisarnos, primero con torpeza, después con esa rabia tibia que tienen los besos que se han postergado mucho tiempo.

Camila me mordió el labio superior. Yo le pasé la lengua por los dientes y le metí la punta hasta el fondo de la boca, buscándole la suya. Nos jalamos del pelo, nos abrazamos del cuello, nos reímos cortado. Me desabotonó la blusa con dedos que ya no temblaban y me pasó la lengua por entre los pechos, jaloneando el sostén con la boca hasta dejarlos al aire. Me chupó un pezón entero, con toda la boca, hasta que se me puso duro como una piedrita, y después el otro. Yo le agarraba la cabeza y se la aguantaba ahí, apretándola contra mí.

Tenía la piel tan blanca que las aréolas apenas se distinguían. Se llevó mis manos a sus pechos y me los ofreció como si pidiera permiso. Le di pequeños mordiscos en los pezones y la oí estremecerse por primera vez. Se los mordí más fuerte y le pasé la lengua alrededor, dibujándolos, hasta que se le hincharon rosados y ella empezó a jadearme en el oído.

Sin terminar de desvestirnos, las dos nos levantamos las faldas y nos buscamos por debajo de la ropa interior. Estaba empapada. Yo también. Le corrí la bombacha a un costado y le hundí un dedo en el coño. Estaba caliente, apretado, y me lo chupaba de adentro como una boca. Le metí un segundo dedo y le busqué el punto de arriba, apoyándole el pulgar sobre el clítoris. Ella pegó un respingo y abrió las piernas más.

—Despacio —me pidió—, que casi no me han tocado nunca.

—Tranquila.

Le bajé la bombacha del todo y le abrí las piernas sobre el sillón. Le tenía el coño delante, casi lampiño, rosadito, brillante de lo mojada que estaba. Bajé la cara y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, saboreándola. Ella soltó un quejido largo, agudo, como si nunca la hubieran lamido así. Le succioné el clítoris con cuidado, despacio, porque ella misma me había advertido que era estrecha, y le hundía los dedos al mismo tiempo, adentro y afuera, mientras le chupaba la perla de arriba. Tembló entera. Le sentía las piernas apretándome la cabeza. Se le escapó un quejido nuevo, distinto al de antes, ronco, y me clavó las uñas en el hombro cuando se corrió, mojándome la barbilla y el cuello.

—Es la primera vez que llego así —me dijo después, riéndose con los ojos cerrados—. Nunca había llegado.

Nunca había llegado. Repetí la frase para mí mientras le acariciaba el pelo.

—Lo vas a hacer muchas veces más —le prometí.

Se acomodó encima de mí sobre la alfombra y su pubis frotó el mío con una urgencia nueva. Se movió despacio primero, y después más fuerte, restregándome el coño mojado contra el mío, tijereando. Le agarré las nalgas con las dos manos y la ayudé a marcar el ritmo, apretándola contra mí, sintiéndole el clítoris hinchado chocando con el mío. Se corrió otra vez, gimiendo en mi boca, y me chorreó los muslos. Levantó la cara para mirarme desde arriba con esa expresión que tienen los que descubren algo, y se rio fuerte antes de besarme otra vez, con el sabor de las dos en la lengua. Le di indicaciones rápidas para la fiesta: otro peinado, condones en el bolso, dejarse llevar sin perder la cabeza. Le dije que también iría Esteban.

—¿El jefe? —preguntó, abriendo los ojos.

—El jefe.

***

Camila se presentó a la reunión peinada en el salón que le recomendó Lucía y vestida como nunca. Fue el centro de atención. Esteban la saludó con la formalidad del cargo, pero la admiraba sin poder esconderlo. Después de la cena propuso un bar. Quedamos en cuatro: él con Camila, Lucía con un amigo, y yo con Beto, un colega que llevaba meses tirándome los tejos sin éxito.

Lucía y su acompañante se fueron temprano. Beto quiso despedirse también, pero Camila propuso que termináramos la noche en su casa. Lo hizo con la torpeza encantadora de las copas de más. La falda se le había subido por encima de lo correcto. La blusa, salida por un costado.

En el estacionamiento, mientras le acomodaba la ropa, me agarró la muñeca.

—¿Qué hago? —preguntó muy bajito.

—Déjate llevar. Cuando sea el momento, le abres las piernas y le pides que te la meta despacio.

Llegamos al rellano y ella, riéndose, no encontraba la llave. La bolsita se le cayó y, en vez de la llave, salieron rodando tres condones. Esteban se rio fuerte. Beto también.

—Tendrás que compensarnos por la espera —dijo Esteban.

—¿Cómo? —preguntó ella, con los ojos brillantes.

—Desnúdate aquí mismo —propuse yo, y los demás asintieron.

Camila empezó por la falda. Esteban le bajó la ropa interior con calma, agachándose a la altura del coño, mirándoselo de cerca antes de subir. Beto le quitó la blusa por la espalda. Yo, las medias. Para cuando Camila se acordó de que la cerradura era de combinación, ya estaba completamente desnuda en el rellano, con los pechos al aire, el coño depilado a la vista, riéndose como si la cosa no fuera con ella. Esteban le pasó una mano por la nalga y le apretó el culo. Beto le tocó una teta.

***

Adentro terminaron en el sofá grande, manoseándose. Esteban se sacó los pantalones y le sacó la polla, gruesa, oscura, con la cabeza brillante. Le agarró la cabeza a Camila y se la fue metiendo despacio en la boca. Ella al principio dudó, pero después empezó a chuparla con las dos manos, entrando y saliendo, ensalivándola entera, mientras él le decía cosas al oído.

—Así, mamacita, hasta el fondo. Con la lengua por debajo.

Beto y yo, en la alfombra a su lado, hacíamos lo mismo. Le abrí el cierre y le saqué la verga. La tenía más grande de lo que me imaginaba, dura y venosa. Se la chupé con ganas, mirándolo a los ojos, y le pasé la lengua por los huevos. Él me metió una mano por el escote y me pellizcó los pezones hasta ponerlos duros. Le bajé la boca hasta la base y la subí despacio, apretando los labios, hasta oírlo gemir.

Cuando Esteban intentó penetrarla, Camila le frenó con la mano.

—Me va a doler. Soy muy estrecha.

—Acuéstate tú debajo —le dije a Esteban—. Que ella se siente encima despacio.

Le hicieron caso. Camila se montó dejando que la cabeza entrara primero. La vi tensarse: los ojos cerrados, la mandíbula apretada, los nudillos blancos sobre el pecho de él. Le apoyó la punta contra el coño y bajó apenas un centímetro. Volvió a subir. Bajó otra vez, un poco más. Me acordé de un truco que mi tía me enseñó hace años. Le di una palmada en la nalga, sin avisar.

—¡Ay! —gritó. Y entró todo.

Nos reímos los cuatro. Esteban gimió fuerte al sentirse metido hasta la base y le agarró las caderas con las dos manos, apretándoselas. Camila abrió los ojos, sorprendida, con la boca abierta. Empezó a moverse ella sola, primero de arriba abajo, después dando vueltas, aprendiendo a follarle como si lo hubiera hecho toda la vida. La empujé desde atrás para que terminara de bajar cada vez, hasta el fondo, y le vi al pobre Esteban la cara de gozo cuando ella empezó a apretarle con el coño. Volví con Beto, que esperaba con cara de niño impaciente.

—Despacio —le advertí—. O te vienes en cinco segundos.

Me subió la falda, me arrancó la bombacha y me tiró de rodillas sobre la alfombra, con el culo levantado. Se me acomodó atrás y me la fue metiendo despacio, primero la cabeza, después la mitad, hasta hundírmela toda. Sentí que me abría entera. Me agarró de la cintura y empezó a follarme lento, respirando fuerte en mi nuca. Al lado, Camila cabalgaba a Esteban con los pechos rebotándole en la cara. Él le succionaba los pezones a turnos y le apretaba las nalgas. A ratos se nos cruzaban las miradas: yo en cuatro, ella arriba, los dos hombres jadeando.

Camila terminó primero, con un grito que pareció de auxilio, apretando las piernas sobre las caderas de Esteban y clavándole las uñas en el pecho. Después de eso perdió cualquier rastro de miedo. Esteban se la llevó boca abajo al borde del sofá y ella se ofreció ahí, levantando las caderas, con una sonrisa nueva. Le abrió las nalgas con las dos manos y se le quedó mirando el coño abierto, empapado, con la marca de sus dedos por todos lados.

—Ahora sí —le dijo él, y le entró por detrás con tanta calma que ella tuvo tiempo de morder un cojín. Le empezó a dar embestidas largas, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos. Se oía el chapoteo, se oían los jadeos de ella, tapados por el cojín.

Beto y yo nos quedamos un rato observando, las manos donde tocaba. Él me metía dos dedos por atrás mientras me acariciaba el clítoris con el pulgar, y yo le meneaba la polla que tenía otra vez a punto. Después él me llevó al apoyabrazos. Quedé arqueada, los pechos al aire, las piernas abiertas de par en par. Beto entró con una paciencia que no le conocía, hundiéndomela entera de un empujón hasta el fondo, y, mientras me embestía, me iba diciendo cosas que en la oficina nunca se habría atrevido a pensar siquiera.

—Qué coño tan rico, puta, mira cómo te lo cojo, mira cómo te lo trago yo entero.

Yo le contestaba con gemidos, apretándole la verga por dentro, pidiéndole más. Me agarró de las tetas y me las apretó fuerte mientras me la metía hasta el fondo. Al lado, Esteban le daba a Camila desde atrás, con una nalga en cada mano, y ella se corrió otra vez apretando el cojín entre los dientes.

Esteban se vino dentro de Camila pidiendo permiso primero, y ella le dijo que sí con la cabeza hundida en el cojín. Se la vació entera de un empujón largo, gruñendo, apretándole las caderas hasta dejárselas marcadas. Beto se salió de mí justo a tiempo, tal como habíamos quedado, se agarró la verga con la mano y se corrió a chorros sobre mi vientre, dejando ríos tibios que me bajaban por los costados y por el pubis. Le pasé un dedo por la punta y me lo llevé a la boca.

***

Cuando todo se calmó, Camila trajo café y un edredón para los tres. Beto ya se había despedido. Ella se movía por la sala con un delantalcito improvisado que volvía la escena más obscena que cualquier cosa anterior. Con cada paso se le veía el coño rojo, hinchado, todavía brilloso del semen de Esteban que le goteaba por el muslo.

—Está provocando —le dije a Esteban en voz baja—. ¿Te molesta?

—Al contrario.

Le hice una seña a Camila. Vino, se montó encima de mí y nos besamos largo rato delante de él, que nos miraba sin tocarnos, con las manos quietas sobre las rodillas. Le succioné los pechos, uno tras otro, hasta que se le pusieron los pezones duros y rojos. Ella me devolvió el favor, bajándome hasta el vientre, pasándome la lengua por donde Beto me había dejado la marca. Después bajó más y me abrió las piernas. Me pasó la lengua por el coño con una seguridad nueva, la que se aprende de golpe. Me chupó el clítoris, me metió la lengua adentro, me la sacó y me la volvió a meter. Yo le agarré la cabeza y se la aguanté ahí, moviéndole las caderas contra la cara.

Nos acomodamos en tijera sobre la alfombra, con las piernas cruzadas y los coños pegados. Nos buscamos con los dedos primero, después con la lengua. Nos frotamos así, mirándonos, hasta que a ella se le tensaron los muslos otra vez. Esteban se acomodó al lado, sin meterse, solo mirando, con la polla otra vez dura en la mano.

—Hace tiempo que quería verlas así —dijo solamente, y se la meneaba despacio.

Camila se vino rápido, mordiéndome el hombro, chorreándome los dedos. Yo, después, con dos dedos suyos adentro moviéndolos en círculos, y la boca de él en la mía comiéndome los gemidos. Nos quedamos las tres cabezas pegadas un minuto largo, respirando. Esteban se corrió también, en su mano, y nos dejó un hilo tibio entre las dos.

—Cómplices —dijo Esteban.

—Cómplices —repitió Camila.

Con el café ya frío, Esteban me preguntó al oído si la próxima podía ser en su casa. Le contesté que sí, que organizaba yo, como siempre. Camila se reía agarrada del edredón.

—Yo voy a donde me lleves —dijo—. Pero la próxima sin nalgada.

—Eso depende —le contestó Esteban.

Y los tres nos quedamos riéndonos, vestidos a medias, mientras la mañana asomaba por la ventana de su sala.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(9)

Carlitos_88

que relato!!! me quede pegado hasta el final, tremendo

SolMarina27

Por favor que haya segunda parte, el final me dejo con ganas de mas

MarcosRio

Me recordo a una situacion que tuve en el trabajo hace años, aunque no llego ni cerca de esto jajaja. Muy bueno

LolaVega23

La dinámica entre los cuatro es lo que le da el morbo, muy bien construido

LucasViajero

Lo que me sorprende es como empieza de algo tan cotidiano y termina asi. Se nota que hay una historia detras antes de ir al grano, eso es lo que lo hace diferente a otros relatos que uno lee por ahi.

Rodrigo_nc

increible!!! sigan asi!!

PatricioVia22

Esto tuvo continuacion? quede con curiosidad de saber como siguieron las cosas en la oficina despues

GustavoCR

y yo pensando que las reuniones de trabajo eran aburridas jajaja

NocturnaBA

Muy bien narrado, se siente verosimil. Sigue escribiendo!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.