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Relatos Ardientes

Los oí desde las escaleras la noche de la cena

Esta es la segunda parte de mi confesión. La primera la dejé contada en otro relato y conviene leerla antes de seguir aquí, porque sin ese contexto nada de lo que voy a decir tiene el peso que tiene para mí. Lo que sigue es lo que pasó después, lo que ya no pude callar.

Durante las semanas siguientes a aquella tarde en la oficina, no podía mirar a mi madre a los ojos. Me sentaba a desayunar con ella, jugaba con la tostada en el plato y forzaba conversaciones huecas para no quedarme callado, porque temía que el silencio me delatara. En el coche, en la ducha, en cualquier hora muerta del día, me asaltaban flashes brutales de ella siendo embestida por Damián sobre aquella mesa de juntas. Eran imágenes rápidas, asquerosas y al mismo tiempo terriblemente nítidas.

Cuando los flashes llegaban sentía dos cosas al mismo tiempo: repugnancia y una erección que tenía que ocultar como pudiera. Por las noches intentaba masturbarme pensando en otra cosa, en cualquier cosa, en vídeos cada vez más extremos, con la esperanza de que algo me sacara de aquella jaula mental. No funcionaba. Al final siempre terminaba corriéndome con la misma escena tatuada a fuego en la cabeza: mi madre con la coleta tirada hacia atrás, gimiendo, y aquel hombre detrás de ella. Era una adicción repulsiva, y empezaba a entenderlo.

Dos meses pasaron y todavía no había sido capaz de volver a poner un pie en aquel edificio de oficinas. Las piernas no me respondían cada vez que lo intentaba. Un jueves por la tarde, mientras volvíamos a casa por la autovía, mi madre me soltó la noticia sin mirarme: tendríamos visita esa noche para cenar. No tuve que preguntar quién. Lo supe al instante. Damián venía a casa.

El resto del trayecto fue silencio puro. Me quedé mirando la línea blanca de la carretera intentando que no se me notara nada, ni el pánico, ni la duda, ni esa otra cosa más sucia que también estaba ahí. Ya en casa, mi madre se metió en la cocina y se puso a preparar un estofado sin pedirme ayuda, como solía hacer. Tarareaba. Sonreía sola. Estaba expectante de una manera que yo nunca le había visto en una tarea doméstica. La cocina la había odiado siempre. Esa tarde, no.

Subió a ducharse y me pidió que vigilara el horno.

—Cuando pite, apagas el switch y dejas que salga el vapor unos minutos —me dijo, y desapareció escaleras arriba.

Cinco minutos después sonó el timbre. Dos veces, cortas, seguras. Abrí la puerta y ahí estaba él. Traje negro, corbata oscura, recién afeitado. Aquel hombre ocupaba el marco de la puerta de una forma que me incomodaba físicamente. Me revolvió el pelo desde arriba como se hace con un crío de diez años, pasó al salón ajustándose la corbata y se dejó caer en el sofá como si la casa fuera suya.

—Tu madre se está arreglando, ¿no? —dijo sin mirarme—. Tráeme un vaso de agua, anda.

Mientras le acercaba el vaso, las imágenes volvieron de golpe. Lo miré a la cara intentando contener todo lo que tenía dentro y bajé los ojos enseguida. Volví a la cocina demasiado deprisa, con el corazón en la garganta.

Subí a avisar a mi madre. Cuando entreabrió la puerta del baño, salió una bocanada de vapor y un olor a champú caro. Le dije que Damián ya estaba abajo. Asintió sin decir nada, todavía sonriendo, y cerró la puerta despacio. Diez minutos después la vi salir del cuarto con un vestido negro ajustado, los tacones, el pelo recogido en una coleta tirante, los labios rojos. Apenas algo de maquillaje, lo justo para que se le marcaran los pómulos.

—¿Cenas con nosotros? —me preguntó.

—No, ya piqué algo. Tengo tarea. Me voy a dormir pronto.

Asintió otra vez, como si esa respuesta fuera exactamente la que esperaba, y bajó.

Me encerré en mi habitación y puse música en los auriculares para tapar lo que pudiera venir desde abajo. Durante un par de horas escuché murmullos, alguna risa de ella, el ruido de los cubiertos contra el plato. Me senté frente al ordenador con los libros abiertos, fingiendo que iba a estudiar, y en algún momento me venció el sueño con la cabeza apoyada en la mesa.

***

Me despertaron unos golpes secos. No fue el cuello dolorido ni la incomodidad de la silla. Fueron golpes, rítmicos, contra algo de madera, y por encima un jadeo grave que reconocí antes incluso de abrir bien los ojos. Miré el reloj del ordenador: la una y diez de la madrugada.

Se me disparó el pulso. Otra vez esa mezcla horrible de terror y de adrenalina por debajo. Me levanté despacio, abrí la puerta de la habitación apenas un dedo y los sonidos llegaron limpios por el pasillo. No había música, ni televisión, ni nada que los disimulara. Solo el ritmo seco de la mesa contra el suelo y los gemidos de ella, agudos, entrecortados, como si no le diera tiempo a respirar.

Avancé descalzo hasta la escalera. Cada paso me pesaba y al mismo tiempo no podía detenerme. Me agaché en el rellano. Bajé dos escalones, tres. Y desde ahí, agachado, pude verlos.

Lo primero que distinguí fueron los tacones de mi madre, todavía puestos, colgando del borde de la mesa del comedor. Después, la imagen entera. Habían apartado los platos a un lado. Damián la tenía a cuatro patas sobre la mesa, con el culo levantado y los muslos pegados, formando esa silueta de corazón. La sujetaba de la coleta con una mano y la embestía desde atrás con un ritmo lento y profundo, sacando casi toda la polla y volviendo a entrar de golpe.

Cada empujón le arrancaba a ella un gemido distinto, y entre empujón y empujón él le daba un azote en la nalga, fuerte, como si estuviera marcando un compás. Mi madre tenía la cara apoyada de lado contra la madera, la boca abierta, los ojos a medio cerrar. Me quedé sin aire. No por sorpresa, porque ya sabía. Por confirmación.

***

El vestido negro estaba enrollado a la altura de la cintura. Una de las copas del sujetador se había salido de sitio y el pecho le rebotaba contra la mesa con cada embestida. Damián gruñía cosas que yo no llegaba a entender desde donde estaba, y ella le respondía con un sí entrecortado, casi suplicado. No era la voz de mi madre. Era la voz de otra mujer dentro de mi madre.

Cuando ella empezó a temblar entera, él cambió la postura. La levantó por la cintura, le pasó el brazo por debajo del vientre y la siguió follando a un ritmo más rápido, más profundo, sin soltarla ni un segundo. Mi madre soltó un grito ahogado y entonces ocurrió otra vez aquello que yo había visto en la oficina: un chorro líquido le brotó entre los muslos y le salpicó el antebrazo a él. Damián se rio. Le sacó la polla, le pegó una bofetada seca en el sexo y el chorro saltó con más fuerza, manchando el barniz de la mesa.

Yo me había bajado los pantalones del pijama sin darme cuenta. Tenía la polla en la mano y me estaba masturbando con una rapidez que daba miedo, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Me corrí casi al mismo tiempo que ella. Cuatro chorros, uno detrás de otro, contra la moqueta de la escalera. Nunca había eyaculado tanto, ni así.

***

Lo que vino después tardé días en poder ordenarlo en mi cabeza. Damián la puso boca arriba sobre la mesa, le abrió las piernas, la agarró por el cuello con una sola mano y la besó con la lengua dentro mientras volvía a entrar en ella. Yo veía cómo se le marcaban los dedos en la piel del cuello y cómo ella, lejos de apartarlo, le clavaba las uñas en la espalda por encima de la camisa abierta.

Después tiró de ella hacia el borde de la mesa y la hizo bajar al suelo, de rodillas. Le agarró la cabeza con las dos manos y se la metió en la boca hasta el fondo, sin pausas, sin contemplación. Mi madre se atragantó, intentó separarse y él no la dejó. La sujetó contra su abdomen hasta que se le escapó la respiración y solo entonces la soltó. Volvió a meterla. Otra vez. Y otra.

Cuando por fin se apartó, lo hizo a tiempo de correrse encima de ella. Le bañó la cara entera. Chorros gruesos, calientes, encima del maquillaje deshecho. Él miraba hacia abajo con una mueca tranquila, satisfecha, mientras se vaciaba. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta como una niña que se ha quedado sin aire.

Cuando terminó, se vistió sin prisa. Se ajustó la corbata frente al espejo del recibidor, dejó un sobre cerrado sobre la mesa del comedor, le pasó una mano por el pelo a mi madre sin decir nada y se fue. La puerta se cerró con un clic suave, demasiado educado para lo que acababa de pasar dentro.

***

Esperé un par de minutos antes de bajar. Cuando lo hice, encontré a mi madre tumbada en el sofá, medio cubierta con una manta caída, los tacones todavía puestos, una botella de ron casi vacía en el suelo y dos vasos volcados sobre la alfombra. Estaba desmayada, o entre desmayada y borracha. Le brillaba la cara, los pechos, el vientre. Olía a alcohol y a sexo de macho.

Le subí la manta hasta el cuello con cuidado, le aparté un mechón pegado por la sien y me quedé mirándola. La mujer que me había criado, la que me cantaba cuando tenía fiebre, la que se había partido la espalda para que no me faltara nada. Esa misma mujer estaba ahí tirada como un objeto que alguien había usado y devuelto.

Y yo, en lugar de sentir solo rabia, sentí también otra cosa.

Me bajé los pantalones por segunda vez aquella noche, ahí mismo, junto al sofá. No tardé nada. Apunté a un sitio cualquiera, a un trozo de piel suya que ya tenía marca de otro, y me corrí encima sin atreverme a respirar fuerte. Después subí las escaleras secándome la cara con la manga y me metí en la cama vestido.

No dormí. Sabía, ya entonces, que no había vuelta atrás. Que mi madre había cruzado una línea sin pensar en cruzarla, y que yo había cruzado otra todavía peor mirándola desde la escalera. A partir de aquella noche, todo iba a ser distinto en casa. Y lo más vergonzoso de todo es que, en el fondo, los dos lo queríamos.

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Comentarios (5)

DiegoRioN

buenísimo!!!

Marcos_72

Increible, me quede con la boca abierta. Que tension hay en todo el relato.

Lauti_Cba

Necesito saber como sigue esto, por favor escribí una segunda parte.

FelipeRural

Me recordo a algo parecido que vivi de chico, aunque nada tan... cinematografico jaja. Buen relato.

NightReader_x

Esa imagen del principio es brutal. Muy bien construido el ambiente, se siente real.

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