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Relatos Ardientes

Me desnudé en el bar para que todos miraran

Una semana después de aquel primer encuentro, Adrián me mandó un mensaje pidiéndome que quedáramos en el mismo bar. No dudé ni un segundo en responder que sí.

Me puse un vestido negro ajustado, sin espalda, con una abertura lateral que llegaba hasta la mitad del muslo. Tacones de aguja y el cabello suelto cayendo sobre los hombros. Quería sentirme completamente yo misma esa noche, sin nada que nublara mi juicio. Y eso significaba que no iba a tomar alcohol.

Llegué al bar con quince minutos de retraso, lo suficiente para que él ya estuviera esperando. Me lo encontré en un sofá del fondo, con una copa de whisky en la mano y esa mirada oscura que me había tenido dando vueltas en la cabeza toda la semana. Se levantó cuando me vio acercarme y me dio un beso en la mejilla, dejando los labios un segundo más de lo necesario, rozando el lóbulo de mi oreja antes de apartarse.

—Llegas tarde —dijo, y sonrió.

—Lo sé. Quería hacerte esperar un poco.

—¿Qué vas a tomar?

—Agua con gas. Con limón.

Levantó una ceja.

—¿Quieres estar sobria esta noche?

—Completamente sobria —confirmé—. Quiero recordar cada detalle.

Una sonrisa lenta se extendió por su cara. Llamó al mesero sin apartar los ojos de mí.

Hablamos durante casi una hora. De nada importante, en realidad: su trabajo, mis planes de viaje, una serie que los dos habíamos visto. Pero debajo de cada frase había algo más, una corriente que yo sentía en el estómago cada vez que su rodilla rozaba la mía. Él lo sabía. Yo también lo sabía.

A medianoche, me levanté de mi silla y me senté sobre sus piernas.

Fue deliberado. Lento. Lo suficientemente lento para que cualquiera que estuviera mirando en ese momento entendiera exactamente lo que estaba pasando.

Adrián me recibió con las manos en mis caderas y me acomodé sobre él con un movimiento circular, sintiendo cómo su cuerpo respondía de inmediato. Lo tomé del cuello y le hablé al oído.

—Vine así porque quiero que nos vean.

No dijo nada. Me tomó de la nuca y me besó con una intensidad que me cortó la respiración. Lo agarré del pelo, que llevaba largo y rizado, y tiré de él hacia atrás para besarle el cuello con hambre.

Sus manos bajaron hasta mis nalgas y me apretó contra él. Nos movimos juntos, despacio, con ese ritmo que se encuentra solo cuando dos personas ya saben bien lo que quieren.

***

Metió los dedos por el escote del vestido y me bajó las tiras. El aire del bar me rozó la piel antes de que sus labios llegaran a mis pechos. Arqueé la espalda, consciente de que éramos completamente visibles desde cualquier punto del local.

Giré la cabeza y vi a una pareja en la mesa de enfrente que había dejado de hablar. Los dos nos miraban sin disimulo. No me molesté en desviar la vista. Eso era exactamente lo que quería.

—Hueles increíble —murmuró Adrián contra mi piel.

—Tu boca me está volviendo loca —respondí, cerrando los ojos.

Pasó la lengua por mis pezones, luego tiró de ellos suavemente con los labios. Sentí un calor que no era solo físico: era la suma de su boca más las miradas de los demás, una combinación que no había esperado que funcionara tan bien.

Adrián me tomó por las caderas, se levantó conmigo y me colocó tumbada sobre la mesa. Quedé boca arriba, con las piernas dobladas, el vestido subido hasta la cintura. Se sentó frente a mí en el sofá, me miró un instante fijo a los ojos, y luego bajó la cabeza.

Lo que hizo durante los minutos siguientes me hizo olvidarme de dónde estaba. O, más bien, me hizo recordar exactamente dónde estaba. Cuando abrí los ojos, había al menos cuatro personas observándonos. Un hombre en la barra que sostenía su copa sin beber. Una chica apoyada en la columna del fondo con la mirada clavada en nosotros. La misma pareja de antes, ahora más cerca.

Sonreí al techo y volví a cerrar los ojos.

***

—Quiero una garganta profunda —me dijo Adrián, incorporándose.

Me dejé guiar hasta quedar con la cabeza colgando al borde de la mesa, mirando el techo al revés, con el pelo cayendo hacia el suelo. Abrí la boca.

Se desabrochó el pantalón despacio.

Lo que vino después fue lento y profundo. Yo llevaba una mano a sus muslos para marcar el ritmo cuando necesitaba respirar, y él lo respetaba. Así funcionábamos. En algún momento se inclinó sobre mi cuerpo y comenzó a follarme con los dedos al mismo tiempo. Levanté la cadera hacia él. Escuché que alguien, en algún punto del bar, soltaba un suspiro largo.

Cuando terminó fue con un gemido contenido, con los dientes apretados. Me quedé inmóvil unos segundos antes de incorporarme.

Me tendió la mano para ayudarme a sentarme.

—Salud —dijo, levantando su copa.

—Me arde un poco la garganta —admití.

—Ya se te pasa, hermosa.

Lo tomé de la nuca y lo besé directamente, sin importarme el sabor ni nada más. Lo tomé de la mano y la llevé entre mis piernas para que sintiera lo mojada que estaba.

—¿Ves? —le dije—. Quiero más.

***

Volví a su regazo. Esta vez me clavé en él despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Cerré los ojos un momento para enfocarme en esa sensación concreta: el peso de su cuerpo debajo del mío, sus manos recorriendo mis costillas, el calor que subía desde donde estábamos unidos.

Empecé a moverme.

Agarré el respaldo del sofá y encontré el ritmo. Lento al principio, luego más marcado. Adrián no hablaba. Me miraba. Y esa mirada era suficiente para mantenerme al borde.

Un hombre se acercó por mi izquierda.

—¿Puedo participar? —preguntó en voz baja.

Abrí los ojos. Era joven, moreno, con una copa a medio terminar en la mano y una expresión que no era agresiva, simplemente directa.

—Ahora no —dije—. Esta noche solo quiero estar con él.

Se alejó sin insistir. Continué.

Aumenté los movimientos, rozando mi cuerpo contra la pelvis de Adrián con cada vaivén. Sentí que me acercaba cuando él introdujo un dedo por detrás, y eso fue suficiente para hacerme explotar encima de él, mojándolo. Me aferré a sus hombros y me quedé quieta unos segundos, respirando.

—¿Quieres que te coja por el culo delante de todos ellos? —me preguntó al oído.

—Sí —respondí sin dudar.

***

Me levanté, me puse de rodillas sobre la mesa y apoyé los antebrazos en la superficie. Arqueé la espalda y abrí las piernas.

La pareja de enfrente seguía en su sitio. Ella estaba inclinada hacia adelante con los ojos entrecerrados. Él tenía la vista fija en nosotros con una expresión que reconocí sin esfuerzo: quería lo que estaba a punto de pasarme.

Adrián se arrodilló detrás de mí. Sentí el frío de su bebida derramarse despacio por mi espalda antes de que su mano caliente me abriera y comenzara a preparar el camino con dos dedos. Moví las caderas hacia atrás, impaciente.

—Quieta —dijo, y me dio un golpe seco en las nalgas.

Me detuve.

Cuando entró fue gradual, milímetro a milímetro, dejando que mi cuerpo se acomodara. El ardor inicial se convirtió en algo más denso, más lleno, y me aferré al borde de la mesa para sostenerme. Me tomó del pelo y comenzó a moverse.

Miré hacia la pareja. El hombre tenía la mano entre las piernas de la chica. Ella gemía con los ojos cerrados. Él no me perdía de vista ni un instante.

Empujé hacia atrás con cada embestida de Adrián. El ritmo se hizo más rápido, más duro. Sentí cómo mi vientre se contraía, cómo las piernas empezaban a temblarme. Cuando llegué al orgasmo fue con un corrientazo que subió desde los muslos hasta la mandíbula. Adrián acabó poco después, y sentí el calor de él bajando por mi piel cuando se retiró.

Me ayudó a incorporarme y me ofreció un trago de su copa. Esta vez acepté un sorbo.

***

Me recosté sobre su pecho en el sofá mientras recuperaba la respiración. Él me pasaba la mano por la espalda sin decir nada. Había más gente mirando ahora que al principio de la noche. Algunos disimulaban. Otros ni se molestaban.

El hombre de la pareja se había acercado y estaba de pie a un metro de distancia. Su compañera lo seguía con la mirada desde su silla.

—¿Tienen espacio para uno más? —preguntó.

Adrián me miró a mí, en silencio, sin presionar.

Lo había estado mirando frotarse desde el otro lado del bar y me había imaginado esto exactamente. Sería hipócrita decir que no.

—Sí —dije.

El hombre sacó un preservativo del bolsillo. Adrián me acomodó sobre él, con mi espalda contra su pecho y mis piernas abiertas hacia afuera, expuesta. El extraño se acercó y entró en mí despacio.

Lo que siguió fue diferente a todo lo anterior. No más intenso, no más físico, sino diferente en una forma que es difícil de poner en palabras. Tener a dos personas al mismo tiempo, sentir cada movimiento duplicado y amplificado, escuchar dos respiraciones que no son la tuya. Adrián detrás de mí, moviéndose con calma. El extraño delante, mirándome a los ojos cada vez que empujaba.

El mundo se redujo a ese sofá, a esas cuatro manos, a esa sensación de estar completamente llena.

Llegué al orgasmo por tercera vez esa noche con un temblor largo que no pude controlar. Los dos acabaron poco después.

El extraño se apartó y asintió con la cabeza.

—Gracias —dijo.

—A ti —respondí.

Se volvió hacia su compañera, que lo esperaba con una sonrisa. Los dos se marcharon de la mano.

Adrián me besó en el cuello.

—¿Hotel?

Me levanté, me bajé el vestido y recogí mi bolso del suelo. Lo miré por encima del hombro.

—Lleva rato siendo mi idea.

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Comentarios (4)

NocturnoMDQ

Increible!!! Hace rato que no leia algo asi en esta seccion, muy bien logrado.

ClaraRdz

El detalle de pedir agua con gas para estar lucida me parecio genial. Que manera de querer vivir cada instante al maximo.

Rodri_BC

No puede terminarse ahi jaja... necesito saber como siguio la noche.

LucilaRos

Me recordo a una confesion que hizo una amiga mia hace tiempo. Estas historias me fascinan.

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