Me senté en el malecón y dejé que me miraran
Era un martes de septiembre sin nada especial. Marcos llevaba cuatro días fuera por trabajo y el apartamento había pasado de ser un espacio compartido a una especie de sala de espera sin destino claro. Había limpiado dos veces, había visto una serie entera, había cocinado para una persona con ingredientes para dos. Llevaba cuatro noches durmiendo en el medio de la cama y cuatro noches metiéndome los dedos en el coño antes de dormir porque su lado vacío no me dejaba en paz. A las cinco de la tarde miré por la ventana y el cielo tenía ese tono naranja bajo que tiene el final del verano cuando ya no quema pero todavía no enfría, y pensé que si me quedaba un minuto más sentada en ese sofá iba a volverme loca.
Decidí salir a caminar por el malecón.
Me duché rápido, me sequé el pelo sin mucho cuidado, me puse un vestido largo de algodón color arena, de los que parecen una camisa enorme caída hasta las rodillas. Es uno de mis favoritos para el calor: cae bien, es fresco, pesa poco. Abrí el cajón de la ropa interior y lo cerré sin coger nada. No sé exactamente por qué lo hice. Fue un impulso, una decisión tomada antes de haberla pensado del todo. Lo dejé así y cogí las llaves. Antes de salir del baño me pasé un dedo entre los labios del coño solo para comprobar, y lo retiré brillante: ya estaba mojada de pensarlo.
En el ascensor me di cuenta de lo que acababa de hacer y sentí algo en el estómago. No era vergüenza. Era algo más parecido a la anticipación. Apreté los muslos uno contra el otro y noté cómo se pegaban húmedos por dentro, la tela del vestido rozándome el clítoris hinchado con cada paso.
***
El malecón a esa hora entre semana tiene algo de liminal. De día está lleno de familias con niños y paraguas de colores. De noche se llena de parejas y corredores nocturnos. Pero en ese intervalo de las seis de la tarde, cuando el sol ya baja pero todavía no desaparece, hay poca gente y la que hay camina despacio, sin propósito evidente. Una pareja mayor en un banco. Dos chicas con un perro grande. Un señor leyendo el periódico doblado a la mitad.
Empecé a caminar despacio en dirección al norte, hacia donde el paseo se abre sobre la roca y el viento llega directo desde el mar.
El primer golpe de brisa me llegó cuando pasé junto a la barandilla, en la parte más expuesta del paseo. El vestido se levantó hacia atrás y sentí el aire en la parte interior de los muslos. Llegó hasta arriba, hasta el coño desnudo, y me cortó la respiración un segundo. Me quedé quieta, como verificando que había pasado lo que creía que había pasado. El tejido volvió a caer. Volví a caminar con el culo y el coño todavía cosquilleando por el frío del aire.
No soy la clase de persona que hace este tipo de cosas normalmente. Tengo treinta años, trabajo desde casa, y mi vida tiene más rutina que sobresaltos. No me quejo de eso. Pero hay momentos en los que el cuerpo pide algo diferente, algo que salga del guión, y ese martes de septiembre mi cuerpo estaba muy claro en lo que pedía: pedía pollas mirándome, pedía que alguien me viera el coño, pedía que el viento me siguiera levantando el vestido hasta que alguien se diera cuenta.
Seguí caminando. El viento seguía haciendo lo suyo.
El dobladillo del vestido se levantaba por detrás con cada ráfaga. No era algo exagerado, no era exhibicionismo de película. Era ese milímetro entre estar cubierta y no estarlo que convierte algo mundano en algo completamente distinto. En una ráfaga más fuerte la tela me subió hasta la cintura por detrás y supe, sin necesidad de comprobarlo, que el culo entero me había quedado al aire durante dos o tres segundos. Pasé junto a un grupo de chicos sentados en los escalones de acceso a la playa. Ninguno dijo nada. Uno me siguió con la mirada durante más tiempo del necesario, los ojos clavados en la parte baja del vestido. Seguí caminando como si no me hubiera dado cuenta, pero sí me había dado cuenta. Claro que sí. Y me di cuenta también de que el coño se me había puesto a chorrear, que ya tenía el flujo bajándome por la cara interior del muslo izquierdo, una línea fina y caliente que el viento iba enfriando.
El corazón me latía un poco más deprisa de lo normal.
Sigue caminando. No pienses demasiado.
Pero pensar era exactamente lo que estaba haciendo. Pensaba en el chico de los escalones, en la dirección de su mirada, en la posibilidad de que hubiera visto algo. Me pregunté si se lo estaría contando al de al lado en ese momento, si estarían mirando todavía en mi dirección, si se le estaría poniendo dura la polla dentro del pantalón corto. No me giré para comprobarlo. Me gustó más no saberlo. Me imaginé la escena: él metiéndose la mano en el bolsillo para acomodarse, los amigos riéndose, alguno diciéndole "tío, esa va sin nada debajo", y eso solo me hizo apretar más los muslos al caminar.
***
Hay un tramo del malecón donde la barandilla da paso a un murete bajo de piedra oscura, como un escalón ancho orientado hacia la avenida principal. La gente se sienta ahí a esperar el autobús, a mirar pasar los coches, a terminar una llamada de teléfono. Ese día había cuatro o cinco personas dispersas a lo largo del muro. Me senté en el extremo más alejado, justo donde una farola vieja aún no se había encendido.
Estaba empezando a anochecer. La luz era esa mezcla de naranja y azul que dura exactamente veinte minutos antes de que todo se vuelva de un solo color.
Me senté con la espalda recta, las manos apoyadas en el borde del muro a cada lado de las caderas, y miré hacia la avenida. Luego dejé que las piernas se abrieran. Poco a poco. Con la misma naturalidad con la que uno se acomoda cuando lleva un rato de pie. Las separé un palmo, después otro, después un poco más, hasta que sentí que el vestido había cedido por completo entre ellas y caía dentro, formando un valle de tela que dejaba todo el resto al descubierto. El coño abierto, los labios hinchados, el clítoris asomando duro como un botón rosado, y el aire frío llegándome directo a todo.
Sentí el aire frío en los labios del coño y cerré los ojos un momento. Estaba tan mojada que cuando moví un poco la cadera escuché, o creí escuchar, ese ruido pequeñísimo que hace la humedad cuando se separa de la piel.
Hay una diferencia enorme entre estar desnuda en un espacio privado y estar así en un lugar público. No es la desnudez en sí, es la posibilidad de ser vista. Es saber que cualquiera que pase podría bajar los ojos en el momento exacto y ver exactamente lo que estás mostrando: un coño abierto, mojado, esperando. Esa posibilidad, esa ventana abierta al azar, es lo que convierte algo físico en algo que afecta al cerebro entero. El riesgo no es el peligro, es el umbral. Estar justo en el límite entre el secreto y lo visible, con el clítoris al aire y la avenida llena de coches y de gente.
Escuché pasos que se acercaban.
No miré. Mantuve los ojos al frente, hacia los coches que pasaban con los faros ya encendidos. El vestido se había levantado del todo por delante. Lo sabía sin necesidad de mirarlo. Sentía el aire en el coño abierto, sentía el frío suave de la piedra en la parte trasera de los muslos desnudos, sentía cómo el flujo se me había acumulado entre los labios y empezaba a gotear despacio sobre la piedra debajo de mí. Sentía el peso de lo que estaba haciendo.
Los pasos se ralentizaron al pasar junto a mí. Uno, dos hombres. Caminaban juntos. Aminoraron el ritmo, después se pararon directamente a tres o cuatro metros, fingiendo mirar el móvil. Yo seguí con la mirada al frente pero por el rabillo del ojo vi al de la derecha bajar la cabeza despacio, vi cómo su mirada se anclaba entre mis piernas abiertas, vi cómo se quedaba ahí. Le oí decir algo bajito al otro, una sílaba sola, y el otro miró también.
No oí ningún comentario. Ningún silbido. Solo ese cambio de ritmo que lo dice todo. Y eso, solo eso, fue suficiente para que algo se tensara en el centro de mi vientre de una forma que no tenía nada de casual. El coño se me contrajo entero, una vez, dos, como si pidiera algo que no le iba a dar.
Respiré despacio. Seguí mirando al frente. No te muevas. No rompas el momento. Pero abrí las piernas un dedo más, porque quería que vieran bien.
***
Pasaron varios minutos así. El vestido siguió haciendo lo que el viento que lo moviera. Yo seguí sentada sin moverme demasiado, salvo para ajustar ligeramente el ángulo de las piernas cuando notaba que el tejido amenazaba con caer de nuevo. Era un juego silencioso entre el viento y yo, y yo estaba decidida a no perderlo. Los dos hombres se habían sentado en un banco a ocho o diez metros, en diagonal, y desde ahí tenían vista privilegiada. Otro había llegado detrás de ellos. Eran tres ahora, mirándome el coño en silencio, fingiendo que no, y yo dejándome mirar fingiendo que no me daba cuenta.
En algún momento noté que los pezones se habían endurecido por el frío del aire. El algodón del vestido los rozaba con cada mínimo movimiento, y esa fricción constante tenía una cualidad acumulativa, como cuando se lleva una piedrecita en el zapato: pequeño, insistente, imposible de ignorar. Desabroché el botón más alto del escote. Solo uno. Lo hice despacio, con dos dedos, como si estuviera ajustando algo incómodo. El tejido se abrió un centímetro y el aire me llegó ahí también. Bajé un poco la barbilla y vi cómo se transparentaban perfectamente las puntas duras de las tetas contra la tela fina, los pezones marcados como dos huesos pequeños empujando hacia afuera.
Empecé a rozarme el pezón con la yema del índice a través de la tela.
Los pezones son una de esas partes del cuerpo que responden antes de que el cerebro procese la señal. El mío se endureció todavía más en menos de tres segundos. Lo pellizcé suave, luego con más fuerza, lo retorcí entre el índice y el pulgar como si quisiera arrancármelo, y sentí la corriente bajar directa, sin escalas, hasta el centro de lo que el viento seguía acariciando desde abajo. El coño se me apretó otra vez y noté una nueva gota gruesa de flujo escurrirse entre los labios y caer en la piedra. Cambié al otro pecho. Repetí. Pellizcar, soltar, retorcer. Las tetas pequeñas se me habían puesto duras enteras, no solo los pezones, y cada toque tiraba de un hilo invisible que terminaba directo en el clítoris.
Tenía los ojos entrecerrados. Escuchaba los coches, el ruido sordo del mar por detrás, las conversaciones lejanas de gente que pasaba por el paseo. No miraba a nadie. Era como estar dentro de una burbuja en la que todo lo de fuera se convertía en sonido ambiente para algo que estaba pasando entre mi cuerpo y la noche.
Pero no era solo entre mi cuerpo y la noche. Eso era exactamente el punto.
Bajé la mano del pecho muy despacio, la arrastré por encima de la tela del vestido a la altura del vientre, y la dejé caer hasta el muslo. Desde ahí, sin levantar el dobladillo, la metí por debajo como quien busca algo en un bolso. Los dedos encontraron el coño empapado en menos de un segundo. Pasé el dedo medio entre los labios, recogí flujo, lo subí al clítoris y empecé a frotar despacio, en círculos pequeños, sin sacar la mano de debajo del vestido. Desde fuera no se veía nada salvo que tenía la mano en el regazo. Pero yo sabía que estaba haciéndomelo en público, delante de tres tíos desconocidos que tenían los ojos clavados en mí, y esa idea sola me llevó al límite en treinta segundos.
Escuché que alguien más se detenía cerca. Luego otro. No voces, no palabras, solo esa ausencia de movimiento que indica que alguien ha decidido quedarse donde está. Supe que había al menos cinco o seis personas mirándome sin necesidad de abrir los ojos del todo. Lo sentí. Hay cosas que se sienten aunque no las veas, una especie de peso en el aire, una atención que tiene temperatura propia. Me los imaginé a todos con la polla dura dentro del pantalón, alguno con la mano disimulada encima, mirándome el coño y mirándome la mano debajo del vestido y atando cabos.
Eso fue lo que me llevó al borde.
***
No fue un orgasmo de película. No hubo convulsiones ni gemidos que alguien pudiera oír desde la distancia. Fue más parecido a una ola larga que llegó desde abajo y se fue extendiendo hacia arriba, una presión que se abrió despacio y luego se soltó de golpe en el centro exacto. Me corrí con el dedo apretado contra el clítoris y el coño cerrándose en espasmos alrededor del vacío, gota a gota, vaciándome encima de la piedra del murete. Me quedé completamente quieta mientras pasaba, con los dedos todavía empapados entre las piernas y la otra mano sobre el pezón y la mirada perdida hacia los coches de la avenida, respirando con cuidado para no delatarme. Solo se me escapó una exhalación más larga de la cuenta, un temblor en el labio inferior, y un golpe pequeño de cadera que el vestido tapó.
Saqué la mano de debajo del vestido despacio. Los dedos brillaban a la luz amarilla de la farola que por fin se había encendido. Los apoyé un segundo en el muro, los limpié contra la piedra rugosa como sin querer, y los volví a poner sobre el regazo.
Cuando abrí los ojos del todo, miré hacia adelante sin girar la cabeza. Desde el rabillo del ojo conté seis siluetas que se habían detenido o seguían rondando cerca de donde yo estaba. No sé cuántas de ellas habían visto algo. Probablemente la mayoría. Probablemente todas, a juzgar por la quietud con la que estaban ahí parados. No importaba en ese momento. Lo que importaba era que la posibilidad había estado ahí, real y concreta durante varios minutos, y eso había sido más que suficiente. Sobre la piedra del muro, entre mis muslos, había quedado una mancha húmeda del tamaño de una moneda. Ahí se iba a secar despacio, con su propia historia.
Me arreglé el vestido con calma. Junté las rodillas, dejé caer la tela, abroché el botón. Me puse de pie como si me hubiera sentado a descansar un momento y ya fuera hora de seguir caminando. Sentí cómo me bajaba por el muslo un nuevo hilo de flujo, lento, y lo dejé bajar. Nadie dijo nada. Uno de los hombres que estaba cerca intercambió algo en voz baja con otro y los dos se rieron por lo bajo, pero yo ya estaba caminando en dirección contraria, hacia el extremo sur del paseo, con el coño todavía latiendo y los pezones todavía duros bajo la tela.
El viento seguía soplando. El vestido se seguía moviendo.
Así debe ser.
***
Caminé hasta el final del paseo y volví despacio. El cuerpo estaba relajado de esa manera específica que tiene después de algo que lo ha mantenido en tensión durante un buen rato. La mente, en cambio, seguía activa y nítida, repasando los detalles como quien revisa las fotos de un viaje: el momento exacto en que los pasos se habían ralentizado, la presión del viento entre las piernas abiertas, la sensación del dedo resbalando entre los labios del coño mientras escuchaba el mundo de fuera seguir con su vida normal, la cara de uno de los tíos cuando había bajado la mirada y se había quedado clavado. La distancia entre lo que veían ellos y lo que sentía yo. Ese espacio entre las dos cosas era donde había estado todo. Caminando me di cuenta de que el coño seguía empapado y de que cada paso me producía una pequeña descarga en el clítoris hinchado, todavía sensible de haberme corrido hacía diez minutos.
Me detuve en un quiosco del paseo y pedí un refresco. Lo bebí de pie, apoyada en la barra de aluminio, mirando el mar oscuro. A esa hora ya no se distinguía dónde terminaba el agua y dónde empezaba el cielo. Solo había una línea de espuma blanca allá lejos, intermitente, que aparecía y desaparecía. El chico del quiosco me miró las tetas dos veces y la segunda se quedó mirando el bulto evidente de los pezones marcados contra el vestido. Le sonreí. Pagué. Me fui.
Las cosas mundanas tienen otro sabor cuando llevan algo detrás que no es mundano en absoluto.
Paré un taxi en la esquina del paseo con la avenida principal. El conductor puso la radio en algo que no reconocí y yo me apoyé en la ventanilla y miré las calles pasar con sus luces amarillas. En el asiento de atrás abrí las piernas todo lo que me permitió el espacio y dejé que el aire del aire acondicionado me llegara al coño desnudo por debajo del vestido. Vi al taxista mirarme un par de veces por el retrovisor, los ojos buscándome las piernas en la penumbra. No cerré las piernas. Eran casi las nueve y media. Marcos me había mandado un mensaje esa mañana diciendo que llegaría el viernes. Tres días más.
En casa me duché con agua caliente, largo rato. Bajo el chorro me volví a tocar el coño con la mano enjabonada, dos dedos dentro y el pulgar arriba en el clítoris, y me corrí otra vez de pie, apoyada contra los azulejos, con la frente pegada a la pared y mordiéndome el labio para no gritar. Me lavé despacio después, separando los labios del coño con los dedos para que el agua me llegara dentro, sintiendo cómo todo seguía sensible, cómo cualquier roce me hacía contraerme un poco.
Me senté en el borde de la cama con el pelo mojado y cogí el vibrador del cajón de la mesita, uno de esos modelos de presión de aire que hacen poco ruido y que succionan el clítoris en lugar de vibrar contra él. Lo encendí al mínimo y me lo coloqué encima del clítoris ya hinchado y latiendo. La primera succión me arrancó un gemido en voz alta que rompió el silencio del cuarto. Subí la intensidad un nivel. Después otro. Me tumbé hacia atrás con las piernas abiertas y dejé que la memoria del murete y del viento y de las siluetas que se habían detenido trabajaran solas, sin necesidad de añadir nada nuevo. Me imaginé al de los escalones acercándose, sacándosela ahí mismo, pidiéndome que se la chupara delante de sus amigos. Me imaginé a los dos del banco viniendo a turnárseme contra el muro, uno por delante y otro por detrás, follándome el coño y el culo a la vez mientras el resto miraba. Me imaginé llena de semen ajeno bajándome por las piernas mientras seguía sentada en la piedra, sin moverme, dejando que se enfriara con el aire del mar.
Tardé menos de cuatro minutos. Me corrí con el vibrador pegado y la otra mano apretándome una teta hasta hacerme daño, las caderas levantándose de la cama, un gemido largo y sucio que se me escapó entero porque ya no había nadie cerca al que disimular.
Después me quedé tumbada en la oscuridad con el techo blanco sobre mí, escuchando el ruido de la calle desde la ventana entreabierta, con las piernas todavía abiertas y el coño latiendo despacio, vaciado. Pensé que Marcos volvía el viernes y que iba a follarme tres días seguidos sin dejarme respirar. Pensé que el jueves por la tarde el tiempo seguía siendo bueno según la previsión que había visto esa mañana. Pensé que el vestido color arena seguía colgado en el armario y que el malecón seguía siendo el mismo sitio, exactamente igual, esperando la siguiente tarde de entre semana que no tuviera nada especial.
Me dormí con eso. Con la mano todavía entre las piernas.
