Lo que perdí en una apuesta no fue solo orgullo
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
Roberto llegó a Nha Trang buscando sol y descanso. Lo que encontró en una terraza frente al mar aquella primera tarde cambió el resto de su viaje.
Me propuso un baño termal mixto como parte del tour. Pensé que era una costumbre cultural. Una hora después, los dos estábamos desnudos en el agua y ya no había vuelta atrás.
Sabía que estaba mal, pero cada mensaje suyo me dejaba más mojada. El sábado que mis padres salieron, le abrí la puerta sin sostén.
Subí convencida de que tenía el control. Cuarenta minutos después entendí que el único que ponía las reglas en esa carretera era él.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Hay clientes que pagan por placer y hay clientes que pagan por poder. Aprendí la diferencia demasiado tarde, cuando ya tenía las cicatrices para demostrarlo.
Estaba respirando hondo frente a la puerta del cuarto cuando sus manos me rodearon la cintura por detrás. No estaba preparada para lo que venía.
Aquel armario de hombre comía un bocadillo en la barra. Bastó cruzar miradas para saber que esa noche iría a buscarlo a la puerta de la discoteca.
Caminé doce kilómetros con los tacones rotos y las medias ensangrentadas, decidida a confesarle algo que jamás debí sentir.