La casa nevada donde intercambiamos parejas en Navidad
Alquilamos una casa perdida en la montaña para pasar las fiestas. La nieve nos dejó incomunicados, y esa misma noche un juego de cartas terminó con todos desnudos frente a la chimenea.
Alquilamos una casa perdida en la montaña para pasar las fiestas. La nieve nos dejó incomunicados, y esa misma noche un juego de cartas terminó con todos desnudos frente a la chimenea.
Posé las manos en sus caderas creyendo que seguía un plan. Cuando se giró y vio que era yo, supe que aquella noche se me había ido completamente de las manos.
Cada jueves ella inventaba una excusa torpe y yo fingía creerla. Sabía exactamente a dónde iba, con quién, y lo que harían durante esas tres horas robadas.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Semanas antes del encuentro, ya me lo había imaginado así: ella entre los dos, mirándome para pedir permiso antes de girarse. La realidad fue mejor.
Cuando el hermano mayor entró por esa puerta, ya era demasiado tarde para arrepentirme. Estaba en ese hotel, entre los dos, con el deseo ganándole a la vergüenza.
Llevábamos meses fantaseando con él. Cuando aceptó la invitación a cenar, supimos que esa noche no íbamos a hablar solo de la maestría.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.
Cuando Héctor le puso la mano en la espalda a Sofía y ella no la retiró, entendí que ese viaje iba a ser distinto a todos los anteriores.
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.