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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer pidió ser compartida

El despertador de Rodrigo sonaba a las siete menos cuarto, pero llevaba media hora despierto, mirando el techo. Dieciocho años de matrimonio dejaban ese tipo de marcas en la rutina: los turnos para el baño, los desayunos a distintas horas, las cenas frente al televisor.

Esa mañana oyó los pasos de Elena en la escalera antes de que el café terminara de hacerse. Apareció en camisón, con el pelo suelto todavía revuelto del sueño, y fue directa a la nevera sin mirarlo.

—¿Preparo para los dos?

—Sí. —Rodrigo se sentó frente a ella.

Hablaron del tiempo, de que su hija venía desde Madrid la semana siguiente, de que la lavadora hacía un ruido raro. Rodrigo la miraba remover el café y pensaba en lo que le había dicho su compañero Marcos la tarde anterior: «Tu mujer está tremenda, tío. Con esas caderas». Lo había dicho sin mala intención y Rodrigo había sonreído y había cambiado de tema. Pero la frase le había dado vueltas toda la noche.

Elena no levantó la vista del café. No tenía idea de lo que él estaba pensando.

***

Esa noche tenían mesa reservada en un restaurante del paseo marítimo. Velas, Rioja, vistas al Mediterráneo. Elena se puso un vestido negro ajustado que casi nunca sacaba porque, decía, le marcaba demasiado las caderas. Cuando bajó las escaleras, Rodrigo se quedó quieto un segundo.

—Estás preciosa.

Ella lo miró de reojo, sin acabar de creérselo.

Durante la cena hablaron de lo de siempre: el trabajo, los hijos, los planes del verano. Pero el vino fue abriendo algo que llevaba tiempo cerrado. A mitad de la segunda copa, Rodrigo posó la mano sobre la de Elena encima del mantel.

—Quiero contarte algo que nunca te he dicho.

Ella levantó una ceja sin apartar la mano.

Y Rodrigo habló. Le contó la imagen que lo perseguía desde hacía meses: Elena deseada por otros, admirada, compartida. Le habló del comentario de Marcos. Le dijo que no lo entendía del todo, pero que tampoco podía ignorarlo más.

Elena escuchó sin interrumpirlo. El vino le calentaba las mejillas. Y en lugar del rechazo que esperaba sentir, notó un pulso entre las piernas que la sorprendió a ella misma.

—Eso me excita —susurró, casi sin voz.

Se miraron.

—¿Quieres que lo exploremos? —preguntó él.

Elena tardó solo un momento antes de responder.

—Sí. Pero con desconocidos. Lejos de aquí.

***

Dos semanas después reservaron un hotel en Barcelona para el fin de semana. El tren fue un ritual de anticipación nerviosa: hablaron de límites, de lo que era innegociable, de cómo parar si algo no iba bien. Elena miraba el paisaje por la ventana con esa mezcla de miedo y deseo en el estómago que hacía años que no sentía.

Cenaron ligero cerca del hotel y tomaron un taxi al Eixample. La puerta era negra, sin rótulo, en un callejón discreto. Dentro olía a madera oscura y música lenta.

Los primeros cuarenta minutos los pasaron en la barra, bebiendo agua con gas y observando. Elena veía parejas que se tocaban sin pudor, cuerpos entrelazados en los sofás, miradas que pedían permiso con naturalidad. Rodrigo le ponía la mano en la espalda baja y ella notaba ese calor familiar mezclado con algo completamente distinto.

Una mujer de pelo oscuro y cuerpo atlético se acercó desde la sala principal.

—¿Primera vez? —preguntó, sin brusquedad.

—Sí —admitió Elena.

—No hay prisa. Me llaman Vera.

Vera era experta en primeras veces. Los presentó a su pareja, un hombre callado y de manos grandes al que llamaban Dani. Los cuatro charlaron un rato en uno de los sofás antes de que Vera besara a Elena con una suavidad que la desarmó por completo.

Elena nunca había besado a una mujer. No había imaginado que sería así: sin urgencia, casi tranquilo, como una pregunta a la que su cuerpo respondió antes que su mente. Vera le desabrochó el vestido con paciencia y lo dejó caer al suelo.

—No hagas nada —le dijo—. Solo siente.

Y Elena sintió.

Vera la llevó a la cama circular de la sala y empezó a recorrerla con los labios: el cuello, la clavícula, el borde del sujetador. Dani se colocó detrás y le masajeó los hombros mientras Vera le bajaba la ropa interior despacio. Elena cerró los ojos.

Los dedos de Vera la encontraron húmeda. Elena arqueó la espalda sin pensarlo.

El primer orgasmo llegó rápido y limpio. Elena mordió el labio para no gritar.

Rodrigo se acercó entonces. La besó en la boca. Elena abrió los ojos y lo miró, y lo que vio en su cara no era celos: era deseo puro, sin adulterar. Eso la encendió más que cualquier otra cosa.

Dani se tumbó a su lado y ella lo tomó en la mano instintivamente, sin que nadie se lo pidiera. Lo acarició mientras Vera seguía trabajando entre sus piernas con una paciencia que la estaba deshaciendo. Rodrigo se colocó frente a ella y Elena lo tomó en la boca, cerrando el círculo.

***

Antes de medianoche, Vera los invitó a una habitación contigua. Las paredes eran de cuero oscuro. En el centro había una estructura de madera en forma de aspa, con correas de cuero en las muñecas y los tobillos.

—Solo si queréis —dijo Vera.

Elena miró a Rodrigo.

—Quiero.

La ataron de espaldas a la estructura, brazos extendidos y pies separados. Elena notó la madera fría contra la piel y el peso de su propia vulnerabilidad. Una venda suave le cubrió los ojos. La oscuridad amplificó todo: el calor de los cuerpos cerca, el sonido de las respiraciones, el olor a madera y perfume.

Vera empezó con una fusta de cuero, golpes suaves en las caderas que ardían más que dolían. Elena tensó los brazos contra las correas.

—Más —dijo.

Los golpes fueron subiendo de intensidad. Elena apretaba los dientes y soltaba el aire despacio. Cada impacto dejaba un rastro de calor que se acumulaba en capas. Rodrigo le hablaba al oído desde atrás, con la voz baja que usaba solo cuando estaban solos: le decía lo que veía, lo que sentía al verla así, expuesta y entregada a unos desconocidos que la trataban con una mezcla precisa de crueldad y cuidado que ella no había experimentado nunca.

Dani la penetró despacio desde atrás. Elena exhaló con fuerza.

—Sí —fue lo único que dijo.

Mientras Dani se movía, Vera se colocó delante y le pasó los dedos por el vientre, bajando hasta su clítoris. El placer fue acumulándose en capas: la presión de Dani, la precisión de Vera, la voz de Rodrigo en su oído. Elena empezó a temblar.

El orgasmo la sacudió sin aviso. No fue un clímax controlado: fue un derrumbe, una convulsión que le recorrió la espalda y las piernas y la hizo gritar contra la madera. Las correas la sostuvieron.

Cuando la desataron, cayó hacia atrás. Rodrigo la recibió y la envolvió con los brazos mientras le volvía la respiración. Le quitó la venda de los ojos. Elena parpadeó bajo la luz tenue.

—Hola —dijo Rodrigo.

Elena soltó una carcajada. Una risa absurda, de alivio y placer y algo que no sabía nombrar todavía.

***

Regresaron al hotel pasada la una de la madrugada. Elena se duchó y se tumbó en la cama king, mirando el techo. Rodrigo se recostó a su lado y ninguno de los dos habló durante un momento.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Estoy muy bien. —Hizo una pausa—. Hacía años que no me sentía tan dentro de mi cuerpo.

Rodrigo le acarició el brazo.

—A mí me ha cambiado algo. Verte así... no sé cómo explicarlo. Te quiero más que antes de entrar ahí, si eso tiene sentido.

—Tiene sentido.

Elena se giró hacia él. Lo besó con calma, sin urgencia, como lo había besado la primera vez, dieciocho años atrás, en un portal bajo la lluvia. Hicieron el amor despacio, en silencio, sin necesitar nada más que ellos dos.

Cuando apagaron la luz, Elena pensó que a veces hay que salir muy lejos para encontrar lo que siempre estuvo en casa.

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Comentarios (5)

RubenMdq

Buenisimo, quede sin palabras. De los mejores que lei ultimamente.

Fabiola88

Por favor que haya segunda parte!!! Me quede con ganas de saber como siguio todo.

GabilaBA

Me hizo acordar a una charla que tuve con mi pareja hace tiempo... capaz que algun dia me animo jaja. Muy bien escrito.

TomasVR

Esta basado en algo real o es ficcion? Se siente muy autentico, eso lo hace mas excitante.

SilviaDuarte

Morboso y excitante a la vez. No es facil encontrar relatos que tengan esa mezcla sin pasarse de la raya.

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