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Relatos Ardientes

Aprendí a obedecer a mi amo sin cuestionarlo

El paquete llegó un martes, sin aviso previo. Así funcionaban las cosas con Álvaro: sin explicaciones, sin espacio para preguntas. Solo un mensaje breve en mi teléfono —«Llega hoy un paquete para ti. Ábrelo cuando estés en casa»— y cuatro horas de espera mientras el día avanzaba con la certeza de algo que se acercaba.

Llevábamos casi dos años en esta dinámica. Lo que al principio parecía un juego de fin de semana se había convertido en una estructura que ordenaba mi vida de formas que no habría podido prever. No éramos una pareja convencional, no convivíamos, no teníamos un nombre claro para lo nuestro. Pero cuando él daba una orden, yo la seguía. Eso era lo que habíamos acordado, y ese acuerdo me había dado una calma que ninguna relación anterior me había dado jamás.

Llegué a casa a las siete de la tarde. El paquete estaba en el rellano de la puerta, una caja de cartón mediana con su nombre como remitente. Lo llevé adentro, lo dejé sobre la cama, y lo miré un momento antes de abrirlo. Tenía esa costumbre: hacer una pausa antes de abrir cualquier cosa que viniera de él, como si necesitara prepararme para lo que fuera a encontrar.

Dentro había tres bikinis. Uno blanco con detalles en negro, otro de un rojo intenso casi granate, y el tercero de color verde botella, con tiras más delgadas de lo que yo habría elegido para mí misma. Los tres tenían algo en común: estaban diseñados para mostrar más que para cubrir. No de forma vulgar, sino con esa precisión calculada que lo caracterizaba a él: elegante en apariencia, explícito en intención.

Debajo de los bikinis había una nota manuscrita. Álvaro tenía una letra pequeña y ordenada que siempre me parecía incongruente con su forma de dar órdenes.

La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno: una de frente, una de espaldas. Quiero ver exactamente cómo te quedan. No improvises los ángulos.»

Nada de «por favor». Nada de «si quieres». Solo la instrucción, precisa y directa.

Está bien, pensé. Puedo hacer esto.

Antes de empezar me desnudé del todo delante del espejo. Me bajé la falda, me saqué las bragas, me solté el sujetador y me quedé mirando mi cuerpo desnudo un momento. Los pezones se me habían puesto duros solos, sin que nadie los tocara, solo de pensar que él vería las fotos en un rato. Me pasé la mano por el vientre, bajé hasta el coño y me toqué apenas: ya estaba mojada. Húmeda de pensarlo, de sentir que él estaba orquestando todo a distancia, de saber que cada foto que le mandara iba a terminar mirándola con la polla en la mano. Retiré los dedos, me los llevé a la boca y me chupé mi propio sabor. Después agarré el primer bikini.

***

Empecé con el bikini blanco y negro porque era el que menos me intimidaba. Me lo puse delante del espejo del baño, ajusté las tiras de la parte de arriba, y me quedé quieta un momento mirando mi reflejo. El baño tenía buena luz natural a esa hora, una luz lateral que no perdonaba nada y que, por eso mismo, era la que él habría elegido si hubiera podido elegir también eso.

El efecto era exactamente el que él había calculado. La parte de abajo era alta en los lados pero cortada para dejar expuesta la cadera. La parte de arriba cubría lo necesario y nada más. Los pezones erectos marcaban dos puntos duros contra la tela blanca, imposibles de disimular. Y abajo, la braga se me metía entre los labios del coño, dibujando el pliegue con una nitidez casi obscena. Me vi de frente: era yo, pero la versión que él veía cuando me miraba. La versión que él había elegido que existiera.

Tomé el teléfono. Foto de frente, con el brazo extendido hacia arriba para que el encuadre fuera limpio. Después me di la vuelta, estiré el brazo hacia atrás, y tomé la segunda foto. En esa vista el culo quedaba prácticamente al descubierto, con la tela metida entre los cachetes como un tanga apretado. Las revisé antes de enviarlas. Dudé un segundo, porque una parte de mí quería ajustar algo, mejorar el ángulo, elegir la luz más favorecedora. Pero la nota había dicho «no improvises los ángulos», así que las envié tal cual.

Pasé al rojo granate.

Este era diferente. Las tiras eran más finas, el tejido más ceñido, y había algo en ese color que hacía imposible pasar desapercibida. Era un bikini para ser vista. No para ir a la playa a leer tranquila, sino para entrar caminando a la zona de la piscina y que todas las miradas se giraran de golpe.

Me lo puse despacio, ajustando cada tira con cuidado. La braga era todavía más pequeña que la del blanco: apenas un triángulo de tela roja que me cubría el coño y dos tiritas anudadas en las caderas. Cuando me giré de espaldas al espejo vi que era un tanga puro, un hilo rojo perdido entre los cachetes del culo. Me miré al espejo y sentí algo que no era exactamente incomodidad pero que se le parecía: esa tensión particular de ser observada aunque estuvieras sola. Él no estaba en esa habitación, pero su mirada ya estaba ahí, implícita en la elección de ese tejido, en ese corte, en la instrucción de que me lo probara y le mandara las fotos. Había elegido este rojo para que me sintiera así: expuesta, presente, consciente de cada centímetro de mi propio cuerpo.

Me acaricié el vientre con la palma abierta, bajé despacio hasta el triángulo rojo y me apreté el coño por encima de la tela. Estaba empapada. La braga se había puesto oscura en el centro, casi negra, un mancha húmeda que delataba lo caliente que me tenía todo eso. Aparté los dedos antes de correrme, porque él no había dado permiso para eso. Dos fotos. Las envié sin dudar esta vez.

El verde botella era el más complicado. Las tiras laterales eran tan delgadas que el bikini apenas marcaba una línea de color sobre la piel. Era el tipo de bikini que algunas mujeres usan en playas de moda con la soltura de quien nunca ha tenido que pensar demasiado en cómo la miran.

Yo sí pensaba. Siempre pensaba. Pero con él, ese pensar se había convertido en algo diferente: no era angustia, era conciencia. Conciencia de mi cuerpo, de cómo lo presentaba, de cómo él lo leía. Me puse el verde frente al espejo y me quedé mirándome más tiempo que con los otros dos. La braga era mínima, una capa de tela verde tan fina que se me transparentaban los labios del coño debajo, y las tiritas laterales estaban atadas tan arriba en la cadera que la piel del pubis quedaba expuesta hasta casi el mismo hueso. Había algo en ese color, en esa delgadez de las tiras, que lo hacía todo más íntimo. Como si cubrir poco fuera, paradójicamente, más personal que no cubrir nada.

Esto es lo que soy para él, pensé. No de una forma que me disminuya, sino de una forma que me define.

Dos fotos. Las envié.

***

Mientras esperaba su respuesta, me senté en el borde de la cama y pensé en cómo había llegado hasta aquí.

No fue una decisión que tomé en un momento. Fue una serie de conversaciones largas, de límites negociados con precisión, de noches en las que él me explicaba exactamente qué esperaba y yo decidía si eso era algo que quería darle. La sumisión que practicábamos no era ciega: era articulada, acordada, revisada cada ciertos meses como un contrato que ambos elegíamos renovar.

Álvaro no era el tipo de hombre que uno asocia automáticamente con esta dinámica. Trabajaba en diseño, hablaba tranquilo, cocinaba bien los domingos. Pero tenía una forma de mirarme que lo decía todo: esa atención total que me hacía sentir que era la única persona en la habitación, y también que me veía con más claridad de la que yo me veía a mí misma. Cuando me miraba así, era difícil esconderse. Y yo había aprendido que no quería esconderme.

La primera vez que me dio una instrucción directa —no como una sugerencia, sino como una orden— me había sorprendido lo mucho que me liberó seguirla. Me acordaba perfectamente: me había ordenado desnudarme delante de él y masturbarme con un vibrador que había traído, sin tocarlo a él, mientras me miraba desde una silla. Me hizo terminar tres veces seguidas, contándome cada corrida en voz alta, y solo después de la tercera se acercó a follarme. Se sacó la polla, me la puso en la boca hasta el fondo y me la hizo mamar hasta que las lágrimas me corrían por la cara, y solo entonces me dio la vuelta, me la clavó por detrás y me llenó el coño de semen sin sacármela hasta la última gota. No tener que decidir. No tener que negociar conmigo misma. Solo hacer exactamente lo que él pedía y dejar que eso fuera suficiente. Esa sensación nunca había desaparecido. Habría espacio para muchas cosas en esta dinámica, para tensión y para ternura, para momentos difíciles y para momentos de una calma absoluta. Pero esa liberación de fondo seguía ahí, constante, como el eje alrededor del cual giraba todo lo demás.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje suyo. Solo cuatro palabras: «Perfecto. El verde primero.»

Después llegó otro, casi enseguida: «Ponte el verde otra vez. Túmbate en la cama, abre las piernas y apártate la braga a un lado. Quiero verte el coño. Foto.»

Se me cortó la respiración un segundo. Me levanté sin pensarlo, saqué el verde del armario, me lo puse otra vez, y me tumbé en el centro de la cama. Abrí las piernas todo lo que pude, me pasé el dedo por el borde de la braga verde y la corrí a un lado. El coño quedó completamente expuesto, los labios abiertos, brillantes de lo mojada que estaba. Se me veía la humedad hilando entre los pliegues, un rastro pegajoso que había empapado la tela por debajo. Me temblaba un poco la mano cuando levanté el teléfono para hacer la foto. Encuadré desde arriba, con las piernas abiertas ocupando todo el marco, y le mandé la imagen.

La respuesta fue inmediata: «Métete dos dedos. Lentos. No te corras. Foto también.»

Me llevé la mano derecha al coño, me metí el corchete y el anular hasta el fondo, y sentí cómo se me hundían sin resistencia en la carne empapada. Curvé los dedos, los saqué despacio y los volví a meter, y con la otra mano me hice la foto. Los dedos brillando de mis jugos, hundidos hasta los nudillos entre los labios abiertos. El clítoris hinchado, expuesto, latiendo. Envié la foto y me quedé quieta, con los dedos dentro, esperando la siguiente orden. Todo el cuerpo me pedía correrme. Aguanté.

«Sácalos. Chúpatelos. Ya está bien por hoy.»

Obedecí. Me saqué los dedos, me los llevé a la boca y me chupé los jugos hasta dejarlos limpios. Me quedé tumbada un rato más, respirando fuerte, con el coño palpitando de necesidad y la conciencia clara de que no me iba a correr hasta que él lo decidiera. Esa era la forma pura de la disciplina: quedarme al borde y no cruzar la línea porque él no había dado permiso.

El verde primero significaba también que ese sería el primero que usaría cuando llegara el verano. Visualicé la escena sin que él tuviera que describirla: yo en la terraza sobre una toalla, con el bikini verde, al sol de la tarde. Él podría observarme desde dentro si quería, o podría no estar y yo seguiría ahí de todas formas, porque era lo que él había ordenado. Sus instrucciones tenían efecto aunque él no estuviera presente para verificarlas. La confianza funcionaba en los dos sentidos.

Le escribí: «¿Algo más esta tarde?»

La respuesta llegó en menos de un minuto: «Sí. Siéntate y escribe sobre los bikinis. Quiero que pongas por escrito lo que sentiste al probártelos. Con detalle. Sin editarte. Y sin correrte. Esta noche paso yo a resolverte eso.»

***

Y así llegué a esto.

No sé muy bien cómo describir lo que sentí al probármelos excepto diciendo que fue exactamente lo que debería sentir: la conciencia nítida de estar siendo controlada de una manera que yo había elegido. El coño mojado desde el primer bikini, los pezones duros contra las tres telas distintas, la humedad acumulándose en cada braga hasta dejar la mancha visible. No es una contradicción, aunque lo parezca desde afuera. Él elige la ropa, las instrucciones, los momentos. Yo lo elijo a él, y elijo seguirlo. Esas dos elecciones no se cancelan: se refuerzan.

La gente a veces pregunta si esto es real o si es una fantasía construida para el consumo ajeno. Entiendo la pregunta: hay mucho fingimiento en internet, muchas dinámicas performativas que existen solo para ser contadas, que se disuelven en cuanto nadie las mira. Esta no.

Álvaro existe. Los bikinis existen, están colgados ahora mismo en el interior de mi armario por orden de llegada: primero el blanco, después el rojo, después el verde. Las fotos que le mandé esta tarde están en su teléfono, incluidas las dos últimas, la del coño abierto y la de los dedos dentro. Mañana o pasado me dirá cuándo quiere que vuelva a ponérmelos, dónde, en qué circunstancias. Y yo me los pondré.

También me compró lencería en ese mismo pedido, pero eso lo guarda para otra instrucción. Sé que llegará. Con él, siempre llega, y cuando llega, es porque sabe exactamente lo que quiere de mí y cómo pedirlo.

Lo que hago en el intervalo entre sus órdenes es vivir en una especie de anticipación tranquila. Ahora mismo, mientras escribo, tengo el coño todavía palpitando, mojado, sin resolver. Sé que Álvaro va a llegar en unas horas. Sé que me va a hacer abrir la puerta con el verde puesto, que me va a mirar de arriba abajo sin decir nada, que me va a llevar a la cama, que me va a apartar la braga a un lado como me hizo hacer en la foto y que me va a meter la polla hasta el fondo de una sola embestida. Que me va a follar durante un largo rato antes de dejarme correrme, y que cuando por fin me deje, va a ser porque él ya está a punto de vaciarse dentro de mí. No es tensión ansiosa, no es espera ansiosa: es más parecido a la sensación de saber que algo bueno está por suceder sin saber exactamente cuándo. Un estado de atención que no se agota.

Esta tarde he hecho exactamente lo que él me pidió: me he probado los tres bikinis en el orden en que los saqué de la caja, le he mandado las fotos con los ángulos que él especificó, me he abierto de piernas para él, me he metido los dedos y me los he chupado, y ahora estoy escribiendo este relato sentada en la cama donde los encontré hace un par de horas. Cuando termine, se lo mandaré también. Él lo leerá, decidirá si es suficiente o si quiere que desarrolle alguna parte más, y yo haré lo que me pida.

Eso es todo lo que hace falta para que esto funcione: confianza en que él sabe lo que quiere, y claridad en que yo quiero dárselo. Todo lo demás, los bikinis, las fotos, este texto, el coño mojado esperando su polla, son solo las formas concretas que toma algo mucho más simple.

Obedecer, cuando se hace desde la libertad, no parece obediencia. Parece precisamente lo que es: elegir, cada vez, quién quieres ser para alguien que te ve completa.

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Comentarios(9)

Romina_BA

increible!!! me atrapó desde el primer parrafo

SantiG92

Lo lei dos veces y la segunda fue mejor. Muy bien narrado, se siente real sin ser exagerado. Sigan publicando cosas asi

darkpulse

Por favor una segunda parte, me quedé con muchas ganas de saber como sigue esa dinamica

Valentina_03

Me encanto la forma en que lo contaron. Ese detalle del paquete con nota... muy creible

NereaSur88

tremendo relato, de los mejores que lei en esta pagina en mucho tiempo

Silvia_RN

La narrativa es excelente, se nota que hay cuidado en cada palabra. Espero leer mas historias en esta categoria

LectorMDQ

Alguien sabe si hay mas relatos parecidos aca? Busco algo con esta misma energia

CarlosLector88

Me recordo a una situacion similar que viví, esa sensacion de seguir las reglas sin cuestionarlas... muy bien descripta

noche_cba

Breve pero contundente. A veces lo corto pega mas fuerte que lo largo, y este es un buen ejemplo

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