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Relatos Ardientes

La norma interna que nadie debía ver

Diego salió del despacho de don Marcos con esa cara que ponen las personas cuando acaban de escuchar algo que no deberían haber escuchado. Caminaba rápido, mirando el suelo, como si el pasillo fuera a tragárselo si apretaba el paso lo suficiente.

Carmen lo vio venir desde su mesa y se levantó antes de que él llegara a la puerta. Llevaba doce años en esa empresa y había aprendido a leer las caras de sus compañeros mejor que sus propios informes trimestrales.

—Espera —dijo, cortándole el paso con un brazo.

—¿Qué quieres?

—Lo que estás escondiendo. —No era una pregunta.

Diego intentó desviar la conversación hacia temas sin importancia: el presupuesto del mes, la reunión del jueves, el café que se había quedado frío en su mesa. Carmen no mordió el anzuelo. Lo miró fijo, con la paciencia de quien sabe que el silencio siempre gana, hasta que él bajó la vista.

—Ha activado el reglamento —susurró Diego, inclinándose hacia ella.

El roce accidental de sus labios en la oreja de Carmen duró un instante. Ella lo registró y lo descartó en el mismo segundo. Su mente solo tenía espacio para dos palabras.

El reglamento.

***

Esa misma tarde, en la sala de reuniones pequeña del segundo piso, don Marcos los convocó a los dos. Había bajado las persianas y colocado una silla adicional frente a la mesa. Sobre la mesa, una bolsa de tela negra.

Catorce papeletas dobladas. Una por cada empleado de la empresa, incluyendo a los tres presentes.

Faltaba una sola.

—Valeria no participa en el sorteo —aclaró don Marcos sin preámbulo—. Fue su error, de modo que no puede ser también la ejecutora. Carmen, por favor.

Carmen metió la mano en la bolsa sin pensarlo demasiado. Sacó un nombre escrito con letra de imprenta clara y lo leyó en silencio antes de pasárselo a Diego.

—Menudo marrón para Tomás —murmuró él—. Tiene la semana complicada.

—Que se las arregle. Carmen, mándale el correo con el protocolo completo. Diego, quédate a ayudarme con la sala. Cuanto antes lo preparemos, antes terminamos con esto.

***

Tomás recibió el email a las seis y media de la tarde.

Estaba terminando de revisar un informe cuando la notificación apareció en la pantalla. Encabezado: «Urgente — Prioridad máxima». Remitente: don Marcos. Su compañera Elena, sentada al otro lado del tabique de cristal, levantó la vista cuando él masculló algo entre dientes.

—¿Pasa algo? —preguntó ella.

—No. Es de don Marcos, ya lo miro en casa.

Elena volvió a su pantalla. Tomás guardó el portátil, dijo que se iba y salió sin más explicaciones. Elena meneó la cabeza y sonrió para sí misma, tragándose cualquier pregunta.

En casa, tumbado en el sofá con el documento impreso sobre el pecho, tardó casi una hora en leerlo completo. Era extenso. Minucioso. Cada paso numerado, cada variante contemplada. Había un apartado titulado «Situaciones imprevistas» que cubría desde la negativa de último momento hasta las reacciones físicas involuntarias. El lenguaje era administrativo y frío, como un manual de primeros auxilios.

Pensó en Valeria.

Era la más nueva del equipo. Siete meses, tal vez ocho. Había llegado con buenas referencias, mejor actitud y en poco tiempo se había ganado al departamento entero. El error —un dato introducido mal en el sistema que puso a un cliente importante al borde de romper el contrato— no era malicia. Era inexperiencia. El tipo de error que cualquiera comete cuando todavía está aprendiendo las costuras del trabajo.

Pero las consecuencias no preguntan por las intenciones.

Tomás apagó la luz a las doce y media sin haber conciliado el sueño todavía. Se la agarró debajo del pantalón del pijama sin ni siquiera pensarlo, la tenía dura desde hacía dos horas, y se corrió con la imagen de Valeria doblada sobre el potro antes de haber llegado a diez movimientos, mordiéndose el labio con rabia por haber cedido tan fácil.

***

La sala del segundo piso tenía las persianas bajadas y olía a madera y a algo más difícil de identificar. Habían retirado la mesa de reuniones y colocado en su lugar una silla de respaldo recto y un artilugio bajo de madera tapizada, con cuatro correas de cuero en los laterales. Tomás lo había visto descrito en el manual pero verlo en persona era diferente.

A las siete de la tarde en punto, Valeria entró.

Estaba seria. Pálida, tal vez, pero con la barbilla levantada y los ojos quietos. Llevaba el jersey gris de siempre y el pelo recogido en una coleta baja. Miró el potro sin detenerse en él más de un segundo y luego miró a Tomás.

Tomás leyó el formulario en voz alta. Fecha, hora, nombre completo. La cámara conectada al portátil transmitía en tiempo real, con cifrado de extremo a extremo, al servidor del departamento de cumplimiento. Los registros permanecerían disponibles durante quince días para atender reclamaciones o revisiones de personal autorizado, y luego serían destruidos de forma permanente.

—Valeria Sánchez Ortega, mayor de edad, presente por decisión propia y en pleno uso de sus facultades. ¿Algo que objetar?

Nadie habló.

—¿Desea usar el servicio antes de comenzar?

Valeria asintió. Carmen señaló la puerta del baño adjunto. Diego y Carmen se miraron un instante y luego miraron hacia otro lado, como si de repente el techo hubiera ganado un interés enorme.

***

Nerea llevaba casi veinte minutos sin moverse del pasillo.

Había salido del cuarto técnico con un cable de red en la mano y había pasado por delante de esa sala sin ninguna intención en particular. La puerta nunca cerraba del todo bien, llevaba meses así y nadie había llamado al técnico porque el problema era demasiado pequeño para figurar en ninguna lista de prioridades. Por la ranura de la cerradura se filtraba una franja de luz cálida.

Nerea era la persona más invisible de la planta. Gestionaba los servidores, reparaba los equipos cuando fallaban, hablaba lo estrictamente necesario. Vestía ropa sin forma definida. Llevaba el pelo sin peinar la mitad de las mañanas. Sus compañeros la saludaban por costumbre cuando se cruzaban con ella en la cocina, pero no la veían realmente. Era parte del mobiliario, como las impresoras o los extintores.

Se dijo que echaría un vistazo rápido. Solo para saber qué pasaba.

Lo que vio a través de esa ranura le cortó la respiración.

Tomás estaba sentado en la silla de respaldo recto, con el manual abierto sobre la rodilla y expresión concentrada. Valeria estaba sobre sus piernas, boca abajo, con los pantalones en los tobillos y la ropa interior a la misma altura. La voz de Tomás era baja y constante mientras explicaba los pasos del proceso, como si estuviera leyendo un procedimiento de seguridad. La mano abierta cayó sobre el trasero de Valeria con un sonido seco y limpio.

Nerea apoyó la espalda contra la pared del pasillo.

Esto no está pasando.

Pero sí estaba pasando. Y ella seguía mirando.

La mano cayó cuatro veces más. Cinco. Siete. La piel de Valeria empezaba a tomar color, un rojo vivo que se extendía de una nalga a la otra, y Nerea alcanzaba a ver desde la ranura la línea perfecta del culo abierto por la posición, y más abajo el coño de Valeria completamente expuesto entre los muslos apretados. Y lo que Nerea vio, y que le retorció algo por dentro, fue que ese coño brillaba. Los labios internos hinchados, la humedad clara resbalando lentamente por la cara interior del muslo derecho. Valeria estaba mojada. Mojadísima. Cada palmada la ponía más mojada.

Ella tenía la cabeza baja y los puños apretados contra los muslos de Tomás, pero no hacía ningún ruido. Solo respiraba con cuidado, como si el control del sonido fuera la última frontera que le quedaba por defender. Y Tomás, Tomás tenía una erección brutal debajo del pantalón que empujaba directamente contra el vientre de Valeria en cada palmada, un bulto que ella tenía que estar sintiendo con toda su piel, y que él no podía disimular ni queriendo. Cada vez que la mano bajaba, la polla de Tomás daba un salto, y el vientre de Valeria se apretaba contra ella.

Nerea deslizó la mano por debajo del elástico de su pantalón sin haberlo decidido conscientemente. Los dedos encontraron su propio coño empapado, más de lo que había estado en meses, en años. Se rozó el clítoris con dos dedos y tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gemir en el pasillo vacío. Empezó a frotarse en círculos lentos, apretando la frente contra la madera de la puerta, con los ojos clavados en el rectángulo de luz.

La mano de Tomás cayó otra vez, y otra, y otra. En la duodécima palmada, Valeria abrió los muslos apenas un centímetro, involuntariamente, y Nerea vio con toda claridad cómo un hilo de humedad caía de su coño y manchaba el pantalón de Tomás a la altura de la rodilla. Tomás lo vio también. Su mano se quedó un segundo suspendida en el aire antes de bajar de nuevo, más fuerte, como castigando aquella traición del cuerpo. Valeria dejó escapar un gemido bajo, apenas audible, que no era de dolor.

Nerea metió dos dedos dentro de sí misma sin dejar de frotarse el clítoris con la palma. Estaba tan mojada que los dedos entraron sin resistencia, hasta los nudillos, y tuvo que cerrar los ojos un segundo para no venirse en ese momento.

***

Cuando Valeria se incorporó y se cubrió, Carmen ya estaba desatando las correas del potro de madera. Diego traía una vara delgada y flexible, de poco más de un metro, que había estado apoyada contra la pared en un rincón.

—Procederemos con la segunda fase —dijo Tomás—. Valeria, cuando quieras.

Lo decía como quien lee el reglamento de seguridad antes de una evacuación. Sin inflexión emocional. Pero Nerea, desde el pasillo, vio cómo la mirada de Tomás seguía a Valeria mientras ella se acercaba al potro, y vio también cómo Valeria, al pasar cerca de él, le rozaba a propósito el bulto del pantalón con la cadera. Un roce mínimo, un accidente calculado, y Tomás cerró los ojos un instante como si le hubieran clavado un alfiler. Había algo en ese seguimiento de ojos que el manual no contemplaba.

Valeria se quitó los pantalones ella misma, y luego la ropa interior, sin que nadie se lo pidiera todavía. El protocolo lo iba a exigir después, pero ella se adelantó. Se quedó desnuda de cintura para abajo delante de los tres, con el jersey gris tapándole apenas hasta el ombligo, y el coño, hinchado y brillante y con el vello recortado a ras, quedó a la vista de todos. Carmen tragó saliva. Diego se giró un cuarto de vuelta hacia la pared, y desde el pasillo Nerea vio perfectamente que a Diego también se le marcaba el bulto en el pantalón.

Valeria se dobló ella sola sobre el potro. Carmen aseguró las muñecas con las correas de cuero. Diego, los tobillos. El potro inclinaba el cuerpo de Valeria hacia delante, dejándola en una posición que no admitía ninguna ambigüedad sobre lo que iba a suceder. El culo levantado, las piernas abiertas por la correa de los tobillos, el coño y el ojete completamente expuestos bajo la luz cálida de la sala. Nerea vio desde la ranura cómo un hilo de humedad de Valeria se descolgaba hasta el suelo, una gota tras otra.

—Serán quince —anunció Tomás.

Siguiendo el protocolo, comprobó de nuevo la zona que iba a recibir el castigo. Era necesario para monitorizar el estado de la piel entre golpe y golpe. Le pasó dos dedos por la nalga derecha, despacio, casi con ternura, revisando la temperatura y el tono. Los dedos de Tomás resbalaron un centímetro hacia el centro y rozaron sin quererlo el borde del coño empapado de Valeria. Ella soltó un gemido bajo, un gemido de verdad esta vez, largo y grave, y Nerea desde el pasillo se metió los dedos de la otra mano en la boca para no responderle con otro igual.

La vara silbó en el aire antes del primer golpe. Valeria tensó todo el cuerpo de golpe, como una descarga eléctrica que recorriera cada músculo a la vez. El sonido fue diferente al de la mano: más agudo, más preciso. Y con cada golpe, el coño de Valeria se contraía visiblemente, expulsando más humedad, y una línea roja perfecta se dibujaba en la piel.

Nerea apretó los labios para no hacer ruido. Tenía el pantalón bajado hasta las rodillas ya, no recordaba haberlo hecho, tres dedos dentro del coño y el pulgar apretado contra el clítoris, follándose la mano al ritmo exacto de los golpes de Tomás.

Los golpes caían con intervalos regulares. No rápidos, no lentos. Tomás revisaba entre cada uno, siguiendo el procedimiento, y cada revisión duraba un segundo más de lo estrictamente necesario, y sus dedos rozaban un poco más adentro cada vez. Cuatro. Cinco. Seis. Valeria aguantó hasta el octavo en silencio absoluto. En el noveno se le escapó un sonido breve, contenido, que podría haber sido cualquier cosa pero que sonaba más a placer que a dolor. En el décimo apretó los puños contra el acolchado del potro con fuerza suficiente para ponerse los nudillos blancos, y a la vez levantó el culo un poco más, ofreciéndolo, y todos en la sala lo vieron.

Carmen se había puesto a un lado, y Nerea alcanzaba a ver desde el pasillo cómo Carmen había apretado el muslo derecho contra el izquierdo y se los frotaba disimuladamente uno contra el otro. Diego tenía las dos manos por delante del pantalón, sujetando el bulto, la cara colorada. Nadie estaba fingiendo ya.

En el treceavo golpe, Valeria se corrió.

Se corrió atada al potro, con la vara en el aire y quince marcas rojas paralelas cruzándole el culo, y no pudo disimularlo aunque quiso. El coño se le contrajo en oleadas visibles, la humedad salió a chorros cortos por los muslos, y ella dejó escapar un gemido largo y ronco que rompió por fin la última frontera que había estado defendiendo. Tomás bajó la vara, respiró hondo, se ajustó el bulto en el pantalón sin siquiera intentar esconderlo ya, y dio los dos golpes que faltaban, más suaves, casi caricias en la piel castigada.

Nerea se corrió en el pasillo apretando la frente contra la puerta, con tres dedos hasta el fondo del coño y la otra mano tapándose la boca. Se corrió tan fuerte que se le doblaron las rodillas y se dejó caer despacio hasta quedar en cuclillas, con la espalda contra la pared, sin sacarse los dedos, alargando el orgasmo mientras oía a Valeria terminar de gemir dentro de la sala.

Quince.

***

Cuando Tomás leyó el cierre del formulario, la sala quedó en silencio. Carmen desató a Valeria con cuidado, y sus dedos temblaban al desabrochar las correas de las muñecas. Diego desconectó la cámara del portátil y cerró la tapa. Hubo un momento largo y denso en el que nadie habló mientras Valeria se enderezaba, despacio, con el coño todavía brillando y la humedad corriéndole por dentro del muslo, sin ninguna prisa por cubrirse.

—¿Necesitas algo? —preguntó Carmen en voz baja, y la voz le salió rota.

Valeria la miró. Miró después a Tomás, que seguía con el bulto marcado en el pantalón y la respiración acelerada. Miró a Diego, que no sabía dónde poner los ojos.

—Sí —dijo Valeria, muy tranquila—. Necesito que él termine lo que ha empezado.

Y señaló a Tomás con la barbilla.

La cámara ya estaba apagada. El formulario ya estaba cerrado. Lo que pasara a continuación no iba a quedar registrado en ningún servidor. Carmen y Diego se miraron un segundo, un segundo entero, y sin decir una palabra Carmen dio un paso atrás y apoyó la espalda contra la pared, con los muslos apretados y los ojos brillantes. Diego se sentó en la silla del rincón, se desabrochó el pantalón lo justo, y se sacó la polla dura por encima del calzoncillo sin ni siquiera bajarse la ropa del todo.

Nerea, en el pasillo, se llevó los dedos empapados a la boca y volvió a meter la otra mano entre sus piernas.

Tomás se acercó a Valeria despacio. Le puso una mano abierta en el culo enrojecido y Valeria dio un respingo y se le pegó todavía más al cuerpo. Él le buscó la boca. Se besaron con la lengua fuera, sin cerrar los ojos, mordiéndose los labios con hambre atrasada. Valeria le bajó la cremallera del pantalón con las dos manos, le sacó la polla dura y venosa, la sopesó un segundo en la palma como midiéndola, y se dejó caer de rodillas sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Hostia, qué polla tienes —murmuró ella, ronca, y se la metió en la boca hasta la mitad.

Tomás echó la cabeza hacia atrás. Valeria le chupaba despacio al principio, sacando la lengua para lamerle todo el largo desde los huevos hasta el glande, deteniéndose en la punta para chuparle la gota de semen que ya asomaba. Después empezó a mamársela en serio, con las dos manos, con la garganta, tragándosela hasta atragantarse y sacándola llena de saliva para volver a metérsela un segundo después. Los golpes de la cabeza contra las caderas de Tomás sonaban en toda la sala. Diego se estaba pajeando en la silla con la polla dura brillando y no disimulaba nada. Carmen se había subido la falda del vestido hasta la cintura y tenía dos dedos moviéndose deprisa sobre el coño por encima de las bragas empapadas.

—Ven aquí —dijo Tomás con la voz rota, tirándole del pelo hacia arriba—. Al potro. Otra vez.

Valeria obedeció sin decir nada. Volvió a doblarse sobre el potro, esta vez sin correas, esta vez ofreciendo el culo enrojecido y el coño empapado y abierto, y separó las piernas todo lo que pudo. Tomás se puso detrás de ella. Le pasó dos dedos por el coño, de abajo arriba, recogiendo la humedad, y se los llevó a la boca. Los chupó despacio, mirando a Carmen a los ojos mientras lo hacía.

—Está buenísima —dijo Tomás—. Está para follársela así.

Y le metió la polla de una sola embestida, hasta el fondo.

Valeria gritó. Un grito de verdad esta vez, largo, sin control, y ese grito estuvo a punto de hacer que Nerea gritara también en el pasillo. Tomás no le dio tiempo a acostumbrarse. Empezó a follársela con embestidas duras, secas, sacando la polla casi entera para volver a clavársela hasta el fondo, y con cada golpe la piel enrojecida del culo de Valeria chocaba contra las caderas de Tomás con un sonido húmedo y brutal.

—Sí —jadeaba Valeria—. Así. Más fuerte. Más fuerte, joder.

Tomás la agarró del pelo, le echó la cabeza hacia atrás y le clavó la polla más deprisa. Con la otra mano le dio una palmada seca en la nalga izquierda, justo sobre las marcas de la vara, y Valeria se estremeció entera y se corrió por segunda vez, apretándole la polla con el coño en oleadas.

Diego se corrió en la silla, casi en silencio, con la cara enterrada en el hombro y los dedos manchados de semen. Carmen se corrió dos segundos después, mordiéndose la mano para no gritar, resbalando por la pared hasta quedar sentada en el suelo con las bragas por los tobillos.

Tomás sacó la polla del coño de Valeria brillando de humedad. La escupió una vez, encima del ojete, y le metió el glande ahí despacio, presionando.

—Métemela toda —susurró Valeria—. Estoy limpia. Métemela toda por el culo.

Tomás empujó. La polla le entró apenas al principio, con resistencia, y Valeria apretó los dientes y empujó las caderas hacia atrás para tragársela ella misma. Tomás le clavó la polla hasta el fondo en el culo enrojecido de la vara, y empezó a follársela por atrás con las dos manos en las caderas, tirando de ella hacia él en cada embestida.

—Joder, qué apretada estás —gruñó Tomás—. Voy a correrme dentro.

—Córrete —jadeó ella—. Córrete adentro, todo, quiero sentirlo.

Tomás la embistió cinco, seis veces más, muy fuerte, muy hondo, y se corrió con un gemido grave que le salió del pecho. Valeria sintió los chorros calientes dentro y se corrió con él, gimiendo bajo con la cara pegada al acolchado del potro, mientras Tomás seguía moviéndose despacio, vaciándose entero, y una gota de semen empezaba a salírsele por el borde del culo y a caer lentamente sobre la humedad del propio coño.

Nerea se corrió por segunda vez en el pasillo. Esta vez no aguantó el gemido. Le salió por entre los dedos, ahogado, y se quedó ahí, hecha un ovillo contra la pared, respirando entrecortado, con las bragas empapadas y los dedos pegajosos, mientras oía a los cuatro dentro de la sala respirar despacio y venir hacia la puerta.

Se levantó como pudo. Se subió el pantalón. Corrió por el pasillo con las piernas temblando y se metió en el cuarto técnico dos segundos antes de que la puerta de la sala se abriera.

Y se fue Valeria, después de un rato. Sin mirar atrás, sin reproches, sin el gesto de quien busca compasión. Solo se fue.

***

Cinco días después, en la sala de descanso, Tomás y Carmen hablaban en voz baja con las tazas de café entre las manos. Era media mañana y el resto de la planta estaba en sus mesas.

—¿Qué opinas de todo esto? —preguntó ella.

Tomás tardó en responder. Miró el café, luego la ventana.

—Lo del consentimiento está bien sobre el papel. Lo entiendo. Pero me pregunto cuánto margen real tiene alguien cuando lleva ocho meses en un puesto nuevo y necesita el sueldo. No sé si ella quería estar ahí o si simplemente no veía otra salida. Esa diferencia importa, aunque el formulario diga que no importa. Lo que sí sé es que yo no habría aguantado así. Ella no perdió la compostura una sola vez. Yo la habría perdido mucho antes. Me refiero al dolor.

—Ya —dijo Carmen, y bajó los ojos a la taza, y las dos supieron que ninguna de las dos estaba hablando solo del dolor.

Nerea pasó por delante de la puerta de la sala de descanso sin detenerse. Llevaba una taza vacía en la mano como pretexto por si alguien la miraba.

Nadie la miró.

Nunca la miraban.

Pero Nerea había estado allí. Había visto a Tomás con la vara en la mano y la mirada de quien sigue un procedimiento y algo más al mismo tiempo. Había visto a Carmen y a Diego riendo por lo bajo en el pasillo antes de que todo comenzara. Había visto las marcas en la piel de Valeria cuando Tomás las descubrió para comprobar el daño según el protocolo. Había visto a Tomás follársela por el coño y por el culo sobre el potro, y a Diego pajeándose en la silla, y a Carmen corriéndose contra la pared con las bragas en los tobillos.

Y mientras los veía, había terminado sola, callada, con la espalda contra la pared fría del pasillo y el cable de red tirado en el suelo. Dos veces. Con tres dedos dentro y los ojos clavados en la ranura de la cerradura.

El proceso debía ser secreto. Alguien se había olvidado de llamar al técnico para arreglar esa puerta.

Nerea tenía el número del departamento de cumplimiento guardado en su teléfono desde hacía años, por protocolo, por si alguna vez era necesario. Una llamada anónima bastaría para iniciar una inspección. Y entonces Carmen y Diego, que habían estado presentes como testigos y no solo como testigos, tendrían que elegir cómo explicar ciertas cosas.

Lo pensó mientras encendía el ordenador.

Lo pensó mientras revisaba los logs de la noche anterior.

Lo pensó una vez más antes de cerrar la sesión y apagar la pantalla a las siete de la tarde.

Todavía no había marcado el número.

Pero lo tenía. Y sabía exactamente qué había visto.

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Comentarios(8)

lectura_nocturna7

Increible como lograste crear esa tension sin necesitar demasiado. Se me hizo cortisimo.

Mari_J81

Buenisimo!!!

CronicasNocturnas

Lo lei de un tiron. Por favor continua, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues de que Nerea se alejó de esa puerta.

VigilanteLector

Me encanto el ritmo, se siente real. Sigue asi!

Rulo88

jajaja me mato la parte de la respiracion cortada, te juro que yo tambien retuve el aliento leyendo

PabloSur23

Esperando con ansias la segunda parte. Saludos

LectorNocturno77

Muy bien narrado, se nota que sabes crear atmosfera. Me recuerda a una historia que lei hace años pero esta tiene mas gancho. Seguí publicando por favor.

NocheSinFin88

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Felicitaciones

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