Castigada en el parque como una perra
Me llamo Camila. Tengo treinta y ocho años, el pelo rubio hasta los hombros y un cuerpo que, según me dicen, no corresponde a mi edad. No tengo hijos. Entreno cuatro veces por semana. Y en aquella época era soltera, con tiempo libre y la costumbre nada discreta de pasear a mi perra Luna —un maltés blanco y esponjoso— por el parque del barrio a las ocho y cuarto de la mañana.
Esa hora coincidía exactamente con la entrada al colegio que quedaba frente al parque.
Los maridos lo notaron primero. Después las esposas notaron a los maridos. Y después las esposas empezaron a mirarme con esa mezcla particular de desprecio y envidia que solo saben fabricar las mujeres que se sienten amenazadas. Al principio me importó un centavo. Después empezó a divertirme.
Cuando comenzaron los insultos en voz baja —«descarada», «sinvergüenza», «rompematrimonios»— decidí subir la apuesta.
Me puse polleras más cortas. Tops que dejaban adivinar más de lo que cubrían. Un par de tacos que hacían ruido en las baldosas del camino. Me agachaba a buscar la pelotita de Luna justo delante de sus maridos. Les hablaba al oído cuando les preguntaba la hora. Les rozaba el brazo sin querer al cruzarme. Era un juego, y me encantaba.
Debería haberlo dejado ahí.
***
El martes que cambió todo amaneció con ese calor pesado y húmedo que aplasta el pecho desde el momento en que uno abre los ojos. Me vestí con cuidado frente al espejo: pollera negra muy corta, top rojo sin corpiño que dejaba ver el piercing del ombligo, zapatos de taco también rojos y medias altas hasta las rodillas. Me solté el pelo. Me puse los lentes de sol rosados. Até la correa de Luna y salí a la calle sintiéndome invencible.
Llegué al parque y empecé la vuelta de siempre. Los maridos miraron como siempre. Las esposas fruncieron el ceño como siempre. Yo caminé despacio, con la espalda recta y la cabeza alta, dejando que el calor y los tacos hicieran su trabajo. Luna trotaba delante de mí, ajena a todo.
Al doblar por el sector del canil, sentí que algo me aferraba por la nuca.
Fue rápido. Demasiado rápido. Alguien le tomó la correa a Luna y me dijo en voz baja, casi con amabilidad:
—A tu perrita no le va a pasar nada.
Me tranquilicé un segundo. Justo el tiempo necesario para que me aferraran los brazos por detrás y me inmovilizaran entre varias. Intenté gritar. Antes de que el sonido saliera de mi garganta, me introdujeron algo en la boca y lo ataron con fuerza alrededor de mi cabeza. Era una esfera grande de goma dura que me forzaba la mandíbula abierta. Un palito rígido sobresalía entre mis labios, con una pequeña pala de plástico en la punta.
No podía hablar. Apenas podía respirar con normalidad.
Me miraron cinco mujeres. Todas las había visto en el parque durante meses. Ninguna me había caído bien nunca.
—¿Qué pasa, bonita? —dijo la más alta, con una sonrisa que no tenía nada de cálida—. ¿Pensabas que esto no iba a tener consecuencias?
Intenté zafarme. Me sujetaron con más fuerza. Me ataron una barra rígida entre las muñecas, fijando mis brazos en paralelo e impidiéndome doblarlos. Otra barra entre los tobillos, separándome las piernas sin posibilidad de cerrarlas. Me empujaron hacia el suelo despacio, con una firmeza que no dejaba lugar a la duda.
Quedé en cuatro patas. Las rodillas sobre el cemento caliente, las palmas de las manos apoyadas, la pollera que se había levantado lo suficiente para que, desde cualquier ángulo, pudieran ver exactamente lo que había debajo.
—Mucho mejor —dijo una—. Así te ves más natural.
Sentí unas tijeras cerca de mis caderas. Un tirón limpio. Me quitaron la ropa interior y la lanzaron al suelo delante de mí.
—Eso no lo vas a necesitar —dijo alguien entre risas ahogadas.
Me pusieron una correa al cuello. Y me llevaron, gateando, hacia el canil.
***
El canil estaba al fondo del parque, detrás de una reja verde descascarada. Era un espacio de cemento sin sombra, con olor a humedad y a animal. Estaba vacío de perros, pero no estaba limpio. Lo noté en cuanto me empujaron adentro y la reja se cerró detrás de mí con un golpe metálico.
La mujer más alta se agachó frente a mí. Me miró a los ojos con una calma que resultaba más amenazante que cualquier grito.
—Vamos a jugar un poco, Camila. Hay una bolsa en esa esquina. Tú tienes una palita en la boca. El canil necesita estar limpio. Son cuatro sucieras, no debería llevarte mucho tiempo.
Hizo una pausa calculada.
—Cada cinco minutos que pasen, vamos a abrir la puerta y dejar entrar un perro. Machos, sin castrar, todos muy activos. Tú decides qué prefieres hacer primero.
Se incorporó. Sacó el celular del bolsillo del pantalón.
—Ah, y estamos en vivo. Saluda a la gente.
Esto no puede estar pasando.
Pero estaba pasando. El cemento me quemaba las rodillas. El calor aplastaba desde arriba. Podía sentir el sudor corriéndome por la espalda, debajo del top rojo que seguía puesto aunque ya no quedaba nada más.
Empecé a moverme hacia el primer desecho. Manipular la palita con la cabeza era infinitamente más difícil de lo que parecía: tenía que inclinar el cuello en el ángulo exacto, empujar sin que se cayera lo que recogía, mantener el equilibrio con las manos y las rodillas. El olor era insoportable. Las rodillas me ardían con cada centímetro de avance sobre el cemento rugoso.
—Cuatro minutos —anunció una voz afuera, seguida de risas.
Logré llevar el primer desecho a la bolsa. Fui hacia el segundo. Era más complicado: estaba en un rincón, pegado a la pared, y tuve que hacer una maniobra lenta y torpe que las hizo reír aún más fuerte.
—¿Están viendo esto? —dijo una al teléfono—. Ya tenemos cuatrocientas personas en el vivo.
—¡Quinientas! ¡Le mandaron propina!
Sentí el calor en la cara. No era el sol. Era la vergüenza, que subía desde el pecho hasta las mejillas como una ola, y no paraba.
—Un minuto, Camila. Dale que te quedan tres.
Me apresuré hacia el tercero. Conseguí recogerlo. Pero al moverme hacia la bolsa, apoyé la rodilla en un charco y el impacto me desestabilizó. Se me cayó la palita. Cayó también lo que llevaba encima.
Las risas explotaron desde afuera de la reja.
—¡Con qué elegancia limpia! Miren a la reina del parque, chicas. Alguien graba en vertical, por favor.
Intenté recogerlo de nuevo. Tardé. Escuché el chirrido metálico de la reja abriéndose.
Entraron dos perros.
Uno mediano, de pelaje oscuro, que empezó a olfatear el perímetro con calma. Otro más pequeño, inquieto, que fue directo hacia mí y empezó a husmear alrededor de mis piernas. Seguí moviéndome. No tenía otra opción. El perro pequeño me rozó la cadera. Me quedé inmóvil un segundo, con la respiración cortada, y después retomé el movimiento lo más rápido que pude sin perder el equilibrio.
Conseguí terminar con el tercer desecho. Faltaba uno.
—¡Solo uno más! —gritaron—. Pero se nos escapó otro perro extra. Lo sentimos mucho.
Entró un tercero. Grande. Con esa calma lenta de los animales que no tienen apuro. Me observó desde la entrada un momento y después empezó a caminar hacia mí.
Fui hacia el último desecho. Lo recogí con dificultad. Estaba a metro y medio de la bolsa cuando el perro grande se cruzó delante de mí y me obligó a desviarme. Se me cayó todo al suelo. Me escuché a mí misma haciendo un sonido desesperado e ininteligible detrás de la mordaza.
—Toda tiene que ir a la bolsa —avisaron—. Si no, no cuenta.
Lo intenté de nuevo. El perro seguía rondando cerca, su aliento caliente contra mi espalda. Finalmente conseguí recogerlo todo y llevarlo. Lo deposité dentro de la bolsa.
Miré hacia la reja, agotada, transpirada, con las rodillas en carne viva y el pelo pegado a la cara.
—Camila. Fíjate ahí en el rincón.
Uno de los perros, en algún momento mientras yo no miraba, había ensuciado otro rincón del canil.
Cerré los ojos. Las risas aumentaron.
***
La mujer alta entró al canil. Se agachó frente a mí, esta vez más cerca. Olía a perfume caro. Tenía el celular en la mano, con la cámara apuntando hacia mí.
—Escucha. Tenemos una propuesta. Una condición más y te soltamos. Solo tienes que aceptar.
Detrás de mí, el perro grande se estaba acercando despacio.
Hice que sí con la cabeza, rápido.
Ella sonrió de verdad por primera vez.
—Bien. Primero te sacamos eso de la boca.
Me quitaron la mordaza. Sentí la mandíbula dolorida, entumecida. Antes de que pudiera articular una sola palabra, me colocaron otro dispositivo: un aro rígido de plástico que me mantenía la boca completamente abierta sin posibilidad de cerrarla. Lo fijaron detrás de mi cabeza con una tira de velcro.
—Para que no se te escape nada —explicó otra con dulzura artificial.
Me agarraron del pelo y me reclinaron hacia atrás. La cabeza quedó apuntando al cielo, la garganta expuesta, la boca abierta sin defensa posible.
Una de las mujeres se acercó. Después otra. Después otra más.
Escupieron adentro, una después de la otra, metódicamente, mientras el vivo seguía activo y alguien contaba los espectadores en voz alta. Algunas erraron y la saliva me cayó sobre las mejillas, sobre la frente, sobre el pelo que se me pegaba a la cara. No podía cerrar la boca. No podía apartar la cabeza. Solo podía estar ahí, inmóvil, con los ojos que se me llenaban de lágrimas sin que yo las llamara.
—Miren qué bien acepta la lección —dijo la alta.
***
Me soltaron las barras de las muñecas y los tobillos. Me quitaron el aro de la boca. Por un momento, mientras sentía el hormigueo volviendo a mis manos y mis piernas, pensé que era el final.
Entonces me esposaron las muñecas a la reja del canil con dos bridas de plástico gruesas.
—Así no te vas a ningún lado —dijo alguien—. Los perros todavía están adentro. Que los disfrutes, bonita.
Las escuché alejarse. Escuché cómo comentaban entre ellas los números del vivo, cuánta propina habían cobrado, qué parte había sido la mejor. Sus voces se fueron apagando hasta que quedó solo el ruido habitual del parque: una pelota rebotando, un niño que gritaba, las palomas.
Quedé sola. De rodillas sobre el cemento caliente, esposada a la reja, con el sol cayendo directo sobre la cabeza y los perros que seguían merodeando el canil con su ritmo lento e indiferente.
Nadie miró hacia adentro. O miraron y siguieron caminando.
Empujé hasta que empujaron de vuelta, pensé. Era una verdad incómoda. No era excusa para nada de lo que me habían hecho. Pero tampoco podía pretender que no había estado jugando con fuego durante semanas, convencida de que el fuego nunca me iba a tocar.
No sé cuánto tiempo pasé ahí. Veinte minutos, quizás media hora. Hasta que escuché unos pasos conocidos y vi a Luna entrando al canil. La habían dejado atada a un árbol cercano, y se había soltado o alguien la había soltado por ella. Entró moviendo la cola, se sentó a mi lado y no se movió. Como si supiera que su trabajo era quedarse.
Finalmente un empleado del parque que hacía su ronda se acercó lo suficiente. Grité. Me oyó. Vino. No hizo preguntas mientras me liberaba las bridas.
Salí del canil descalza —los tacos se habían roto en algún momento sin que yo me diera cuenta— con Luna trotando a mi lado y la cabeza gacha. Caminé así hasta mi casa, sin mirar a nadie, sintiendo cada piedra del pavimento bajo los pies.
No volví al parque esa semana. Ni la siguiente.
Cuando volví, cambié el horario.