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Relatos Ardientes

Convertí a mi nuevo vecino en sumiso desde el primer día

El departamento del segundo piso tenía un defecto que para mí era una virtud: la ventana del salón daba directo a la calle principal, sin cortinas, sin persianas, sin nada que me separara del mundo. Lo vi en la primera visita y supe que era perfecto. La agente inmobiliaria me explicó algo sobre la orientación solar y el ruido del tráfico, pero yo solo podía pensar en cuánta gente pasaría por esa acera cada mañana.

Me mudé un viernes de septiembre. Elegí el horario a propósito: las ocho de la mañana, justo cuando la calle se llenaba de universitarios camino a la facultad que quedaba a tres cuadras. Me puse una falda corta, tacones y una blusa que dejaba adivinar más de lo que ocultaba. No necesitaba ayuda con las cajas. Necesitaba que alguien creyera que sí.

Subía y bajaba por las escaleras del edificio con una lentitud calculada, cargando cajas que pesaban menos de lo que aparentaba. Me agachaba más de lo necesario. Dejaba que el sol de la mañana me iluminara las piernas cada vez que cruzaba el portal. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y eso era lo que más me excitaba: el control absoluto sobre la situación.

Los primeros en mirar fueron tres chicos que se habían detenido en la esquina. Los vi de reojo: codos apoyados en la pared, mochilas colgando de un hombro, intentando disimular que me comían con los ojos. Uno de ellos, el más alto, ni siquiera parpadeaba. Tenía el pelo oscuro, la mandíbula marcada y unos hombros anchos que delataban horas de gimnasio. Me sostuvo la mirada cuando lo pillé observándome. No la apartó. Eso me gustó.

Le dediqué una sonrisa lenta, apenas una curva en los labios, y volví a entrar al edificio. Sentí su mirada clavada en mi espalda como un hierro caliente. Subí las escaleras sintiendo cómo el pulso se me aceleraba entre las piernas, no por él todavía, sino por lo que estaba a punto de hacer.

Desde la ventana del segundo piso lo observé durante diez minutos. Sus amigos se habían ido, pero él seguía ahí, apoyado en la pared, mirando hacia mi portal como si esperara algo. Bien, pensé. Ya mordió el anzuelo.

Bajé con otra caja y la dejé en la acera, justo frente a él. Esta vez no me agaché. Me quedé de pie, con las manos en la cintura, mirándolo directamente a los ojos.

—¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a ayudarme? —le dije con un tono que no era pregunta. Era una orden disfrazada de petición.

Se llamaba Matías. Tenía veintipocos, estudiaba algo que olvidé al instante y tenía las manos grandes. Eso sí lo noté. Subió tres cajas sin que se lo pidiera dos veces, siguiéndome escaleras arriba como un cachorro obediente. Yo iba delante, y cada escalón que subía era un pequeño espectáculo diseñado exclusivamente para él.

Cuando dejó la última caja en el salón, se quedó de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer con las manos. Miraba las cajas, miraba la ventana, me miraba a mí. Tenía la respiración agitada y no era por el esfuerzo físico.

—Esa caja —le señalé una que había dejado junto al sofá—. Ábrela.

No pregunté si quería. No le di opción. Y lo más revelador fue que él no pidió ninguna. Simplemente obedeció. Se arrodilló frente a la caja, despegó la cinta adhesiva y levantó las solapas de cartón.

Adentro, cuidadosamente doblada, estaba mi ropa interior. Encajes negros, satén rojo, algodón blanco, tangas de colores que apenas cubrían nada. El aire del departamento se llenó de mi perfume concentrado durante semanas dentro de esa caja cerrada. Vi cómo le cambiaba la cara. Los ojos se le oscurecieron, los labios se le entreabrieron y tragó saliva con un ruido que escuché desde el otro lado de la habitación.

—Sácala —le ordené, señalando una tanga morada que estaba encima de todas—. La que tiene el lazo.

La tomó con dos dedos, como si fuera algo sagrado o algo peligroso. Le temblaban las manos. Se la quedó mirando en silencio, y yo observé cómo luchaba consigo mismo, cómo la curiosidad y la vergüenza le tiraban en direcciones opuestas.

—Huélela —dije.

Mi voz salió más grave de lo que esperaba. No era una sugerencia. Era una instrucción, clara y directa, y los dos sabíamos que acababa de cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.

Matías me miró con los ojos muy abiertos. Durante tres segundos no se movió. Tres segundos en los que el departamento entero pareció contener la respiración. Y entonces se llevó la tela a la nariz y cerró los ojos.

Inhaló profundo, con la boca entreabierta, como si necesitara llenar los pulmones de mí. Su cuerpo entero se estremeció. Lo vi apretar la tanga contra la cara con las dos manos, aspirando una segunda vez, más largo, más hondo, y un sonido gutural le salió de la garganta que me hizo sentir un latigazo de calor entre las piernas.

—Buen chico —le susurré, y vi cómo esas dos palabras le recorrían el cuerpo como una descarga eléctrica.

Me acerqué despacio. Cada paso que daba hacia él era un paso que él no daba hacia ningún lado. Se había quedado congelado, de rodillas junto a la caja abierta, con mi tanga en la cara y una erección que le deformaba el pantalón. Cuando estuve lo bastante cerca como para tocarlo, extendí la mano y le aparté el pelo de la frente con una suavidad que contrastaba con todo lo que estaba pasando.

—Ahora vas a hacer exactamente lo que yo te diga —le dije, pasándole las uñas por la nuca—. ¿Entendido?

Asintió sin abrir los ojos.

—Con palabras, Matías.

—Sí —dijo con la voz rota.

—Sí, ¿qué?

Hubo un silencio que duró una eternidad. Lo vi tragar, lo vi abrir los ojos y buscar los míos desde abajo, desde esa posición arrodillada que lo hacía parecer más joven, más vulnerable, más mío.

—Sí, lo que tú digas.

Sonreí. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que acaba de ganar una partida que el otro ni siquiera sabía que estaba jugando.

Le quité la tanga de las manos y la dejé sobre el respaldo del sofá. Después me senté frente a él, crucé las piernas despacio y dejé que la falda se subiera lo justo para que viera el borde de encaje negro que llevaba debajo. Sus pupilas se dilataron tanto que el marrón casi desapareció.

—No toques nada a menos que yo te lo permita —le dije—. Las manos detrás de la espalda.

Obedeció al instante. Las manos cruzadas a la espalda, los hombros tensos, la respiración entrecortada. Ahí estaba: un chico que probablemente había entrado en este departamento creyendo que iba a impresionar a la vecina nueva, y que ahora estaba de rodillas esperando instrucciones como si fuera lo único que había querido hacer en toda su vida.

Le acaricié la mandíbula con el pulgar. Él giró la cara hacia mi mano, buscando el contacto como quien busca agua en el desierto.

—Abre la boca —le ordené.

Lo hizo. Deslicé dos dedos entre sus labios, despacio, sintiendo el calor húmedo de su lengua contra mi piel. Él los recibió con los ojos cerrados, chupándolos con una delicadeza que me sorprendió, como si estuviera practicando algo que sabía que vendría después. Le agarré la barbilla con la otra mano y le incliné la cabeza hacia atrás.

—Mírame —le dije.

Sus ojos se abrieron, vidriosos, rendidos, y en ese momento supe que lo tenía. No solo su atención, no solo su excitación, sino algo más profundo. Algo que él mismo acababa de descubrir que necesitaba.

Le saqué los dedos de la boca y un hilo de saliva nos conectó durante un segundo antes de romperse. Me puse de pie y caminé hacia la ventana. Afuera, la calle seguía llena de gente. Corrí la cortina invisible que no existía y dejé que la luz entrara de lleno.

—Ven aquí —le dije sin darme vuelta—. De rodillas.

Escuché cómo se arrastraba por el suelo de madera. El sonido de sus rodillas contra el parqué me aceleró el pulso de una forma que no esperaba. Cuando lo sentí detrás de mí, tan cerca que su aliento me calentaba la parte trasera de los muslos, me di vuelta y lo miré desde arriba.

La ventana estaba abierta. Cualquiera que levantara la vista desde la calle podría habernos visto. Eso lo sabía él y lo sabía yo. Vi cómo miraba de reojo hacia afuera, vi el miedo cruzarle la cara durante un instante, y vi cómo ese miedo se transformaba en algo mucho más intenso cuando volvió a mirarme.

—¿Te asusta que nos vean? —le pregunté, enredando los dedos en su pelo.

Negó con la cabeza. Mentía. Le aterraba. Pero le excitaba más de lo que le aterraba, y eso era exactamente lo que yo necesitaba.

Le guie la cabeza con las dos manos, despacio, sin prisa, acercándolo a mí mientras el sol de la mañana nos bañaba a los dos como un reflector obsceno. Le subí la falda lo justo, lo necesario, y sentí su boca caliente contra mi piel.

Matías lamió con una devoción que no se aprende. Se entregó con la boca, con la lengua, con cada respiración entrecortada que le salía de la nariz. Yo le sostenía la cabeza con firmeza, marcando el ritmo, guiándolo hacia donde quería, apartándolo cuando iba demasiado rápido, apretándolo contra mí cuando encontraba el punto exacto.

—Más despacio —le ordené cuando sentí que aceleraba.

Obedeció. Cada orden que le daba lo hacía gemir contra mi piel, como si la instrucción misma fuera parte del placer.

Terminé con las rodillas temblando, agarrándome del marco de la ventana con una mano mientras con la otra le sostenía la cabeza en su sitio. El orgasmo me recorrió desde el centro hacia afuera, en oleadas que me hicieron cerrar los ojos y apretar los dientes para no gritar. Abajo, en la calle, la gente seguía caminando sin saber lo que pasaba dos pisos más arriba.

Cuando solté a Matías, él se quedó donde estaba. De rodillas, con la cara húmeda, los labios hinchados y los ojos brillantes mirándome desde abajo como si esperara un veredicto.

—Bien —le dije, pasándole el pulgar por el labio inferior—. Muy bien.

Él sonrió. Una sonrisa tímida, casi infantil, completamente incongruente con lo que acababa de hacer. Se limpió la cara con el dorso de la mano y se puso de pie despacio, como si las rodillas le pesaran.

—¿Y yo? —preguntó en voz baja, señalando la erección que seguía marcándose contra la tela del pantalón.

Lo miré de arriba abajo. Tomé la tanga morada del respaldo del sofá y se la puse en la mano, cerrándole los dedos alrededor de la tela.

—Cuando yo decida —le dije—. No antes.

Vi cómo procesaba mis palabras. Vi la frustración cruzarle la cara, seguida de la confusión, seguida de algo que se parecía mucho a la gratitud. Apretó la tanga en el puño y asintió.

—Ahora vete —le ordené, señalando la puerta con la barbilla—. Y Matías: vuelve mañana a la misma hora. Si llegas tarde, no abro.

Salió del departamento sin decir una palabra, con mi tanga morada en el bolsillo y la erección todavía visible. Cerré la puerta, me apoyé contra ella y dejé escapar una risa silenciosa.

Me asomé a la ventana justo a tiempo para verlo salir del edificio. Sus amigos lo esperaban en la esquina. Lo rodearon enseguida, empujándolo, preguntándole cosas con esas sonrisas hambrientas de quien quiere detalles. Matías sacó la tanga del bolsillo y la levantó en el aire como si fuera una bandera de conquista. Los otros se la arrebataron, oliéndola, riéndose, peleándosela entre empujones.

Pobres, pensé, mordiéndome el labio mientras los miraba desde arriba. Creen que él me conquistó a mí.

No tenían idea de que Matías no había conquistado nada. Que fue yo quien lo elegí, quien lo hice entrar, quien le enseñó a arrodillarse. Y que mañana iba a volver, puntual, obediente, con las manos detrás de la espalda antes de que yo tuviera que pedírselo.

Miré hacia la esquina donde los tres chicos seguían peleándose por mi ropa interior. Tres bocas, tres cuerpos, tres voluntades que todavía no sabían lo que les esperaba.

Porque tenía un cajón lleno de tangas y una semana entera por delante. Y algo me decía que los amigos de Matías iban a ser igual de obedientes que él.

Cerré la ventana, pero dejé las cortinas abiertas. Siempre las dejaba abiertas.

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