Le cumplí su fantasía con mis pies pintados
Había tardado casi dos años en contármelo. Dos años de cama compartida, de aprender despacio cómo era el cuerpo del otro, de confesar cosas que antes se callaban. Cuando Marcos finalmente me describió su fetiche con detalle, sentí una mezcla de ternura y excitación que no esperaba.
Quería verme las uñas pintadas de negro o de algún tono oscuro. Quería que el contraste entre el esmalte y la piel clara de mis pies fuera marcado. Y quería que le envolviera el pene con ellos mientras le hacía oral. Me lo dijo en voz baja, con cuidado, como quien suelta algo que ha estado cargando demasiado tiempo.
—Quiero llenarte la cara y los pies al mismo tiempo —añadió, casi sin mirarme.
No lo rechacé. Tampoco lo empujé hacia adelante en ese momento. Solo lo escuché hasta el final, y cuando terminó le dije que lo íbamos a hacer. La pregunta no era si quería, sino cuándo.
Cumplir una fantasía así no era difícil. Lo difícil había sido que se atreviera a contármela.
***
Nuestra relación había ido creciendo de esa manera: marcando casillas una por una. Las primeras caricias, el primer oral, la primera vez completa, la primera confesión incómoda que terminó en algo bueno. Cada vez que cruzábamos una de esas líneas, algo se asentaba entre nosotros, se volvía más sólido. El fetiche de los pies era la siguiente casilla. No iba a dejarla sin marcar.
La semana que elegí para hacerlo, le pedí a Sofía, mi mamá, que me acompañara al salón de belleza. Nos arreglamos las manos y los pies juntas una tarde de sábado, sin apuro, charlando de cualquier cosa. Yo elegí un marrón muy oscuro, casi chocolate quemado, que contrastaba bien con el tono claro de mis pies. Las uñas me quedaron perfectas.
Esa noche le mandé un mensaje a Marcos con una foto de mis manos, enfocadas primero, sin mostrar los pies todavía. Solo escribí: Esto es para vos.
Me respondió con un emoji de ojos-corazón. Eso fue suficiente para confirmar que el plan funcionaba.
Dos días después era fin de semana y él tenía la casa libre. Sus padres habían viajado para cuidar a la abuela paterna, que estaba muy delicada, y Marcos andaba de un humor gris, lleno de esa angustia que produce la enfermedad de alguien querido. Quería estar con él, hacerle compañía, pero también tenía pensado darle algo que lo sacara de la cabeza por un rato.
Me bañé el día anterior. La idea era llegar con los pies limpios pero transpirados, no sucios, con ese olor específico que Marcos me había confesado que le gustaba: el de haber caminado con calzado cerrado varias horas bajo el calor. No el olor a suciedad, sino el de la piel que estuvo encerrada, el de transpiración contenida. Él me lo había explicado con tanta precisión que yo todavía me sorprendía recordándolo.
Metí en la mochila una muda de ropa y mis ojotas. Me puse los borcegos más cálidos que tenía, medias gruesas de invierno, y salí caminando hacia su casa. Eran quince cuadras largas, de día, con el sol de mediodía que ya pegaba con fuerza. El asfalto irradiaba calor. Para cuando llegué a su puerta, el plan había funcionado solo.
***
Me abrió antes de que terminara de llamar. Me besó en la puerta, un beso largo, con ganas, y me hizo pasar. Estaba mejor de lo que esperaba, más animado que los días anteriores.
Hablamos de su familia, de la mía, de cosas que importaban y no vienen al caso.
Me felicitó por la manicura.
—El marrón te queda muy bien —dijo, mirando mis manos. Luego bajó la vista un segundo hacia mis borcegos y no dijo nada, pero yo vi la decepción pasar por su cara y desaparecer enseguida. Era demasiado respetuoso para pedir lo que quería.
Sin ganas de cocinar ninguno de los dos, decidimos salir a buscar algo. Caminamos hasta una hamburguesería que quedaba a unas diez cuadras, con el sol ya en pleno apogeo y el asfalto caliente bajo los pies. Comimos ahí, hablamos de Natalia —mi mejor amiga, que últimamente aparecía mucho en nuestras conversaciones— y volvimos caminando. Para cuando llegamos de nuevo a su casa, tenía los pies encerrados en esos borcegos desde hacía más de dos horas y media.
Natalia tiene los pies largos y bonitos, siempre con las uñas de rojo furioso. Marcos la quería con ese cariño extraño de hermano mayor, aunque yo sabía sin que me lo dijera que también la encontraba atractiva. Una vez que ella estuvo en mi casa, no le sacó los ojos de las piernas en toda la tarde. En algún momento remoto eso tendría importancia en nuestra historia, pero todavía faltaba mucho para ese capítulo y esta tarde no era sobre Natalia.
Esta tarde era sobre mí.
***
Le pedí pasar al baño para cambiarme. Me metí con la mochila, corrí el pestillo y me miré en el espejo.
No me cambié la ropa. Seguía con el shortcito que marcaba bien mis piernas y la musculosa ajustada. Solo abrí el neceser, saqué el labial marrón intenso que me había traído Romina de un viaje, y me lo puse despacio frente al espejo. El tono combinaba exactamente con las uñas. Me miré una vez más.
Salí a los diez minutos.
—¿No te cambiaste? —preguntó Marcos, extrañado.
—Me puse labial. ¿Te gusta?
Me miró de arriba abajo con esa expresión entre confundida y absorbida que él tenía cuando algo lo perturbaba en el buen sentido. El labial marrón, las manos con las uñas del mismo tono, el shortcito. Todavía no había captado del todo lo que venía.
—Te queda hermoso.
Nos acomodamos en el sofá del comedor, un sofá grande de cuatro cuerpos. Yo me recosté con la espalda contra el apoyabrazos, estirando las piernas hacia él.
—Amor, tengo los pies destruidos de tanto caminar. ¿Me masajeas un rato?
Hacía meses que teníamos esas sesiones. A él lo volvían locos; a mí me relajaban. Muchas veces habían terminado en algo más, otras veces no. Él nunca sabía de antemano cuál de las dos sería.
Me saqué los borcegos. Las medias después. El olor llenó la habitación de inmediato.
Fue más fuerte de lo que calculé. En mi cabeza había imaginado algo sutil, un matiz apenas perceptible. Lo que se sintió en ese cuarto fue otra cosa distinta. Me entró un segundo de pánico: lo arruiné, demasiado, no era esto lo que él quería.
Marcos me miró los pies sin moverse. Luego levantó los ojos hacia mí y dijo, tranquilo:
—Te quedaron perfectas las uñas.
—Las pedí en ese tono pensando en vos.
—Lo sé.
Empezó a masajearme. Tenía manos fuertes y sabía cómo usarlas: presionaba con los pulgares en el arco del pie, deslizaba los dedos hacia los talones, subía por los gemelos. El cansancio acumulado durante la tarde se fue disolviendo.
—Disculpá el olor —dije—. Transpiré más de lo que pensé.
—No te disculpes —respondió. Acercó la cara a la planta de mi pie y pegó una aspirada lenta, profunda, como alguien que disfruta un aroma que lleva tiempo esperando. Después cerró los ojos un segundo.
—¿De verdad te gusta? —pregunté, entre incrédula y excitada.
—Huelen muy bien.
Puso la otra planta contra su nariz. Cerró los ojos otra vez. Yo lo miraba desde el otro extremo del sofá sin saber muy bien qué sentir: algo en el pecho que era ternura, y algo más abajo que era claramente otra cosa.
Después llegaron los besos. Empezó por el empeine, despacio, sin apuro. Pasó la lengua por los dedos uno por uno: el gordo primero, succionado con calma durante varios segundos; luego los tres del medio juntos; el meñique solo. Repitió el ciclo con el otro pie con la misma atención, como si cada dedo tuviera su propio tiempo asignado.
Cuando me chupó el dedo gordo la segunda vez, el placer fue concreto y brusco, una descarga que subió directo. Tensé las piernas sin querer y contuve el aliento.
—Para —dije.
Se detuvo y me miró.
—No te toques todavía. Acostate.
Vi en su cara que no entendía qué venía, pero obedeció sin hacer preguntas. Se quitó el pantalón, se recostó boca arriba sobre el sofá con la remera puesta y el pene erecto apuntando hacia arriba.
Me até el pelo.
***
Era el gesto que hacía siempre antes de chuparle la pija, y él lo sabía. Pero en lugar de inclinarme hacia abajo, me senté junto a su cadera con las piernas cruzadas, me acomodé, y le envolví el pene con la planta de mis pies. Las uñas marrones a los lados, perfectas, brillantes. Empecé a moverlos: arriba y abajo, torpe al principio, sin demasiada coordinación, encontrando el ángulo.
Él no necesitaba que fuera experta. Sus gemidos fueron inmediatos.
Me incliné hacia adelante. La postura era difícil: tenía que mantener los pies en su lugar mientras estiraba el torso hacia abajo, y los músculos de las piernas y la espalda me tiraban. Logré chuparle apenas los primeros centímetros, lo justo para que mi saliva lubricara el recorrido. Intercalé eso con los pies: un rato de boca, un rato de presión con los arcos, de nuevo la boca. La saliva ayudaba a que el movimiento se volviera más fluido, más continuo.
Funcionó mejor de lo que esperaba.
No lo apuré. Cuando sentí por sus gemidos que se acercaba, paré los dos movimientos y esperé, con las manos apoyadas en sus muslos. Él respiró hondo, se estabilizó, y volvimos a empezar. Lo hice dos veces. En la tercera no lo frené.
Me senté sobre el respaldo del sofá, levanté los pies hasta la altura de mi cara y los sostuve con los brazos, juntándolos delante de mis labios. Saqué la lengua y le pasé la punta por el glande una vez, despacio.
—Acabá en los pies y en la cara —le dije.
Se incorporó, se acomodó arrodillado frente a mí, y empezó a masturbarse con la cara de alguien que lleva dos años esperando exactamente esto.
El primer chorro me cayó en la mejilla. El segundo en la planta del pie izquierdo. El tercero se coló entre los dedos. Los siguientes terminaron dispersos entre la planta y los dedos del pie derecho, escurriéndose por los bordes, mojando el esmalte marrón.
Lo escuché gemir con la boca abierta, el cuerpo sacudido, los ojos cerrados. Un sonido largo, sin apuro.
Bajé los pies al piso con cuidado. Me miré los dedos: perfectas, brillantes, cubiertos. Agarré el teléfono de la mesita y les saqué una foto. Él la pediría semanas después, y volvería a pedirla muchas veces más en los años que siguieron.
Acerqué los dedos a la boca y me tomé lo que había quedado accesible. Tenía ese sabor salado que ya me resultaba familiar y que, a esas alturas, me parecía completamente natural.
—Ahora sí vamos a bañarnos —dije.
Pasé el resto de la tarde con las ojotas puestas, y eso bastó para mantenerlo en un estado de excitación permanente que se tradujo en dos encuentros más antes de la noche. Ninguno tan preciso como ese: dos años de espera, una tarde de borcegos bajo el sol, y una fantasía que tardó menos de media hora en cumplirse desde el primer gesto hasta el último.
Marcamos la casilla. Nuestra relación creció un poco más.