Cuando Camila me confesó que era sumisa
Siempre tuve un don para hacer amigas. Conozco a alguien nueva y en dos horas, si hay química, ya somos cómplices de algo. No sé si es la forma en que escucho o la manera en que hablo sin filtros, pero funciona. Siempre funcionó.
Con Camila pasó exactamente así.
Nos conocimos en el primer cuatrimestre de la facultad, en uno de esos trabajos grupales que dan al principio del año para que los alumnos se mezclen. Éramos seis en el grupo, pero entre el ruido de los demás algo entre nosotras dos encajó de forma distinta. Nos vimos unas cuantas veces más en casa de una compañera, siempre en grupo, pero el clic ya estaba desde el primer día. Empezamos a escribirnos por separado, a juntarnos solas, y en pocas semanas nos volvimos inseparables.
Camila mide un metro setenta y tres, tiene la piel muy clara, casi traslúcida, y facciones suaves que se graban en la memoria. El pelo castaño le caía hasta los hombros cuando la conocí, aunque de vez en cuando lo teñía de burdeos o de negro azulado, colores que le quedaban bien porque ella tiene esa clase de cara en la que cualquier cosa funciona. Sus pechos eran llamativos incluso con ropa holgada, y ella jamás los exhibía a propósito, pero la ropa clara y las camisas de tela liviana no dejaban mucho para la imaginación. Tenía curvas reales con una cintura que las equilibraba, y esa combinación de suavidad y presencia hacía que la gente le prestara atención sin que ella lo buscara. Tenía veinticinco años, dos más que yo.
Era el tipo de mujer que atrae sin esfuerzo, sin alardes. Linda pero accesible, sociable sin acaparar la atención. La clase de persona que uno presentaría sin dudar a su familia o a sus amigos, que provoca ese deseo tranquilo que no incomoda ni amenaza. Tenía algo de intacta en la mirada que tardé en entender.
Su historia amorosa era lo que uno esperaría de alguien criada en una familia sin demasiadas complicaciones: cuatro novios. El primero a los catorce, solo besos. El segundo desde los dieciséis hasta los diecinueve, con quien perdió la virginidad. El tercero, con quien experimentó el sexo anal y que tenía una fantasía particular: compartirla con otro hombre. Hicieron dos o tres tríos donde ella era el centro de la escena, aunque nunca del todo convencida. El cuarto, el novio actual, mayor que ella, con quien parecía haber encontrado algo adulto y estable por primera vez.
También tuvo dos encuentros casuales, uno con alguien del bar y otro de una aplicación de citas. Ninguno le dejó buen recuerdo. Después de eso dejó de buscar ese tipo de experiencias porque se sentía mal consigo misma al día siguiente.
Cuando la conocí tenía el pelo teñido de violeta oscuro, estaba saliendo con su tercer novio y los famosos tríos todavía no habían ocurrido. Lo que me llamó la atención desde el principio fue que no se sentía cómoda hablando de sexo. Lo evitaba, cambiaba el tema, se ponía tensa. Hasta que un miércoles a la tarde, solas en mi departamento con el ventilador sonando de fondo, algo cambió.
Se quedó mirando el techo un rato largo y me preguntó:
—Vale, ¿a vos te gusta tener sexo?
—Que pregunta rara. ¿A qué viene? —le dije riendo.
—Es que yo nunca fui muy fan, en realidad. Mis novios me pedían cosas y yo las hacía. Pero nunca me llamó la atención de por sí.
—Mirá, yo solo estuve con una persona, mi ex, y lo disfruté mucho. ¿No te gusta para nada?
—Sí me gusta, pero no siempre. Solo en algunas situaciones concretas.
—¿Querés contarme cuáles?
—Por ejemplo —dijo, sin mirarme—, no me llama la atención el sexo oral. Pero si mi novio me lo pide, lo hago.
—¿Y no te molesta hacerlo sin ganas?
—No. Me divierte saber que la está pasando bien gracias a mí. Eso me pone de buen humor, de verdad.
—A mí me encanta hacerlo, pero si un día no tengo ganas, no lo hago y listo —le dije—. No entiendo cómo podés hacer algo que no te nace.
—Yo al revés. Nunca me nace solo, pero si él me lo pide lo hago igual. No siento placer en el acto en sí, pero me siento realizada. Saber que alguien goza gracias a mí me alcanza y me sobra.
—¿Y qué te gusta entonces? ¿Algo te gusta?
Tardó un segundo antes de responder.
—Me gusta la idea de que mi novio use mi cuerpo para darse placer. A veces me quedo completamente quieta y cuando siento que está por acabar, yo también llego. De la excitación, no del contacto en sí.
Mientras ella hablaba, yo empezaba a entender algo que ella todavía no había nombrado. Decidí empujar un poco más.
—Cami, ¿cuándo te ves con él?
—Esta noche. Me quedo a dormir.
—¿Van a tener sexo?
—Seguramente.
—¿Querés que te dé algunos consejos para disfrutarlo más?
—La verdad es que a veces disfruto bastante, a mi manera. No es que no disfrute.
Me quedé sin saber qué decir. Esperaba una respuesta distinta.
—¿Entonces para qué me preguntaste si me gusta el sexo? —le dije riendo, genuinamente confundida.
—Porque te quería pedir un consejo de amiga. Sobre algo concreto.
—Dale, para eso estoy.
—Mi novio quiere... —empezó, y se detuvo—. Me da vergüenza decirte.
—Tranquila. Estamos en confianza. Y además, probable que yo ya lo haya pensado alguna vez.
—Mi novio quiere hacer un trío.
—Bueno, eso no lo hice, jajaja.
—¿Ves? Te dije, jajaja.
—Igual, en algún momento lo conversamos con mi ex. Él tenía la fantasía del pete a dos bocas, pero nunca llegamos a hacerlo. ¿Es con otra chica?
—No. Conmigo y con otro hombre.
—Ah.
Hizo una pausa.
—Sí. Quiere verme con otro tipo. Dice que esa es su fantasía.
—Es inusual que un hombre quiera eso. Pero si él quiere y vos querés, no veo el problema. ¿Vos querés?
—No lo busqué yo. Pero estoy dispuesta a probarlo.
—¿Ya están organizando algo concreto?
—Él armó un perfil en una página y contactó candidatos. Dice que la idea es juntarnos a tomar algo, y si hay onda, vamos a su casa.
—¿Y qué están dispuestos a hacer?
—Oral y penetración. Besos no, eso fue lo que acordamos. Por turnos, o a lo sumo le hago oral a uno mientras el otro me penetra. La idea en sí me parece bien, aunque me da algo de miedo.
—Cami. Vas a tener dos para vos sola.
—Jajaja, sí.
Le brillaban los ojos. No de nervios. De algo más quieto y más hondo.
—¿Vos hubieras buscado hacer un trío así por iniciativa propia?
—Jamás.
—¿Y por qué lo hacés entonces?
—Para complacerlo a él.
Sonreí.
—Camila. Sos sumisa.
Silencio. Dos segundos. Tres.
—Sí. Me daba vergüenza decirte, pero sí.
Nos reímos juntas de esa manera que solo pasa cuando algo incómodo finalmente sale a la luz y deja de pesar. Le dije que yo no era sumisa en general, pero que de vez en cuando tenía noches donde mi único objetivo era darle placer a mi pareja sin pensar en el mío, sin importarme nada más. Que eso, a mi manera, lo entendía perfectamente.
Entonces Camila se iluminó.
—Te tengo que contar algo que pasó hace unas semanas —dijo—. Algo que me dejó bastante impresionada a mí misma.
—Contame todo.
—Estábamos solos en su departamento. Habíamos comprado unas esposas y unas sogas.
—Ya me gusta a dónde va esto. Seguí.
—Había aprobado un examen muy difícil, uno que había reprobado dos veces. Como premio le dije que hiciera conmigo lo que quisiera esa noche. Sin condiciones.
—Cami. No sos sumisa. Sos otra cosa completamente.
—Jajaja, sí. La cuestión es que me ata en la cama y me venda los ojos. Estoy inmovilizada y sin ver. Empiezo a sentir que me hace sexo oral y, al no ver nada, todos mis sentidos se agudizan al triple. Cada toque se vuelve enorme.
—Eso suena increíble.
—A mí en general no me gusta que me lo hagan, me siento demasiado vulnerable. Pero había dicho que hiciera lo que quisiera y no me iba a echar atrás. Estaba muy incómoda y a la vez estaba al borde del orgasmo, y justo en ese momento él me dice en voz baja: «No acabes, o te castigo». Y me sigue chupando sin parar.
—Qué cruel, jajaja.
—No sabés. Estaba por llorar del orgasmo. No aguanté más y acabé igual. Y ahí me empezó a ratar, a decirme de todo en ese tono frío, y yo me ponía más caliente con cada palabra que decía.
—Mirá vos, te la tenías guardada.
—Jajaja. Después empezó a jugar con mis pechos, los chupaba, los mordía suave. Eso en general me encanta, pero después de un orgasmo los tengo muy sensibles. Le dije que no podía más y él se acercó a mi boca y me besó largo, apasionado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Hasta ahí te estaba haciendo gozar a vos. Muy generoso de su parte.
—Pensé lo mismo. Pero se guardaba algo. Empecé a sentir su pija en la cara. Me la frotaba en la frente, en la mejilla, en los labios. Despacio.
—Se está poniendo interesante el asunto.
—Imaginate: atada, vendada, sin ver nada, solo sintiendo eso sobre mí. Empieza a buscar mi boca y le hago oral. Cuando creo que ya está tranquilo, empieza a cogerse mi boca de verdad, fuerte, sin parar. Hasta que no aguanto más, me corren lágrimas por las mejillas y tengo una arcada. Solo ahí para.
—Seguí, por favor.
—Repite el ciclo. Me coge la boca hasta que no doy más, para para que respire, y vuelve a empezar. Una y otra vez.
—Es intenso. Y agotador.
—No daba más. Pero a la vez sentía que ese era exactamente mi lugar. Que no quería estar en ningún otro lado. En un momento escucho que dice «voy a acabar» y me preparo para tragarlo.
—Sos mucho más caliente de lo que pensaba, Cami.
—¿Ves que sí? Entonces siento que saca el pene de mi boca. Me agarra la cara con las dos manos y siento los chorros calientes. Uno, dos, tres. En toda la cara. Después descansó cinco minutos, me desató y me sacó la venda.
Hizo una pausa dramática y me miró fijo.
—Lo mejor fue lo que pasó después. No me dejó limpiarme. Estuve toda la noche así, con eso seco en mi cara, mientras me seguía cogiendo cada vez que le nacía.
La imagen se quedó grabada en mi cabeza varios segundos antes de que pudiera responder algo coherente.
—Sos de las mías, Cami.
—Jajaja.
Nos reímos un buen rato. Después de que el silencio volvió a asentarse, le pregunté lo que tenía que preguntar:
—Oye, cuando hagas el trío... ¿dónde querés que acaben?
No dudó ni un instante.
—En la cara. Como corresponde a una sumisa.
***
Esa noche hablamos de sexo durante horas. Me contó sus experiencias anales, sus miedos, las cosas que la habían sorprendido de sí misma. Y me prometió que cuando hiciera el trío, me lo iba a contar con todos los detalles.
Eso también terminó pasando. Pero esa es otra historia.