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Relatos Ardientes

Cuando la cazadora se convirtió en presa

El trayecto hasta el puerto fue el descenso más largo de la vida de Raquel. Encerrada en la oscuridad metálica de la furgoneta, sin más referencia del mundo exterior que el olor a diésel y el balanceo sordo de la carretera, supo que el destino que le esperaba no tenía marcha atrás. Iván, a su lado, seguía siendo una máquina ciega impulsada por los químicos que le habían inyectado; su cuerpo no descansaba, su mirada no veía. Solo empujaba y empujaba, mecánico y brutal, con la polla enhiesta rebotando contra su vientre, hinchada, morada, chorreando un hilo espeso de precorrida que le mojaba los muslos y goteaba en el suelo de la furgoneta a cada bandazo. Cada vez que el vehículo pegaba un tumbo, la verga se le sacudía como un péndulo obsceno, y de su garganta salía un gruñido animal, ronco, hambriento, que a Raquel se le clavaba en la nuca.

Raquel apretó los dientes contra el bocado de hierro hasta que el dolor le cruzó la mandíbula. Pensó en la ironía perfecta: ella, que durante años había diseñado los cautiverios de otros, ahora era la pieza capturada. El cuero de las correas le cortaba las muñecas, y la marca reciente en su muslo ardía como una promesa sellada. Ya no era una persona. Era mercancía.

La furgoneta se detuvo cuando el aire cambió de temperatura y un olor salino y frío se coló por las rendijas del metal. El puerto. El balanceo de las olas contra los pilotes llegó apenas antes de que las puertas traseras se abrieran de golpe.

Separaron a Raquel e Iván con una eficiencia que no dejaba margen para la resistencia. Un tirón de cadena y Iván fue arrastrado hacia la zona oscura del muelle, donde el hedor a aceite se mezclaba con el miedo humano. Raquel lo siguió con los ojos hasta que desapareció entre las sombras.

***

Lo que le ocurrió a Iván en aquel rincón del puerto lo entendió más tarde, cuando volvió a verlo. Un guardia con máscara táctica lo inspeccionó con desprecio clínico, notó su estado —la polla dura como un mástil, los cojones tensos, cargados, a punto de reventar de tanta droga y tanta abstinencia— y actuó sin previo aviso: cerró la mano enguantada alrededor de sus huevos y apretó con una presión que lo dobló en dos, el grito atrapado tras el bocado de metal. Con la otra mano le agarró la verga por la base y se la sacudió tres veces con brutalidad seca, calibrando el grosor.

—Mirá qué desperdicio de carne —murmuró el guardia—. Ya vas a aprender a extrañarla.

Del cinturón salió un dispositivo de acero pulido, frío como el hielo de enero. Antes de encajarlo, el guardia le clavó el pulgar en el glande hinchado, forzó hacia abajo el prepucio y arrancó un chorro violento de precorrida que le manchó el guante. Le pinzó el frenillo con una uña, riéndose.

—Aquí todos llevan jaula, basura —le susurró al oído mientras colocaba el mecanismo con movimientos precisos y sin piedad—. El festín que te diste en el camión se acabó. En este muelle solo existe la obediencia.

El acero mordió el tallo, comprimió la carne hinchada hasta doblegarla, aplastó los huevos hacia abajo con un anillo tensor. Iván gimió detrás del bocado, con la mandíbula temblando, mientras el guardia ajustaba tornillos milimétricos que le cerraban la carne dentro de la trampa. El clic metálico que resonó al cerrarse fue, para Iván, el sonido de una tumba. Su polla, todavía crecida, luchaba contra las paredes de acero sin espacio adonde ir, dolorida, palpitante, con cada latido de su pulso convertido en un martillazo entre las piernas.

***

A Raquel la condujeron a las jaulas de alto valor: más limpias, mejor iluminadas, destinadas a la mercancía femenina premium. El protocolo de aseguramiento fue rápido y sin palabras. Dos guardias la obligaron a abrir las piernas, le separaron los labios del coño con dedos enguantados y le encajaron un cinturón de acero reforzado que albergaba dos dispositivos de vibración continua. Uno de los cabezales, largo, curvo, se le hundió dentro del coño hasta el fondo, y ella sintió el estirón helado atravesarla. El segundo, más chato, quedó calzado directamente sobre el clítoris, ajustado a presión.

Cuando encendieron el aparato, el zumbido le trepó por la médula. La frecuencia constante era un ruido blanco de estimulación forzada que le crispaba los nervios sin llevar a ningún lado: un placer parásito que la humedecía contra su voluntad, que le hinchaba el clítoris hasta hacerlo latir como un segundo corazón, pero que nunca terminaba de coronar. Un orgasmo colgado a un dedo de distancia, retenido, cruel, que la mantendría con el coño empapado y las caderas contrayéndose durante horas.

Raquel no opuso resistencia. Su mente, entrenada durante años en el arte del control, había cambiado de modo: ahora calculaba, observaba, esperaba. Pero su cuerpo la traicionaba: entre los muslos el jugo empezaba a filtrarse por los bordes del cinturón, un hilo brillante que le corría por la cara interna hasta la rodilla.

A tres jaulas de distancia, una mujer recién capturada gritaba y suplicaba. Los guardias la sometieron a base de golpes calibrados hasta que sus gritos se convirtieron en sollozos. Otra pieza para el engranaje, pensó Raquel, sintiendo el peso de su propia brida anclándola a la realidad, y el vibrador clavado en el coño arrancándole una nueva contracción inútil.

Fue entonces cuando escuchó la voz. Suave. Melódica. Cargada de un veneno que reconoció al instante.

—¿Raquel? ¿De verdad eres tú?

Giró la cabeza despacio. Fuera de los barrotes, envuelta en una gabardina blanca que resultaba obscenamente elegante en aquel antro de miseria, estaba Mei. La dominatrix asiática era pequeña, delgada, impecable. Sostenía un cigarrillo entre los dedos enguantados como si estuviera en una terraza de lujo y no en un muelle que olía a sal y miedo.

—Vaya, vaya... —Mei se acercó a la rejilla con una sonrisa que no tenía ninguna calidez—. La gran «Cazadora», convertida en pony de carga.

Exhaló el humo directo al rostro de Raquel. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el cráneo rapado, en el hierro de la boca, en las marcas del cuero en las muñecas, en el hilo brillante que le bajaba por el muslo.

—Mírate. Se te está cayendo el jugo por la pierna, cerda. El cinturón te tiene bien follada, ¿no? —Mei se rio, y metió dos dedos entre los barrotes para tocar el hilo pegajoso, restregándoselos después en el labio de Raquel—. Chúpate lo que sos.

—Ser una pony es demasiado honor para ti —susurró después, inclinándose hasta que sus ojos oscuros quedaron a la altura de los de su presa—. Las cerdas no trotan. Las cerdas se arrastran. Las cerdas se dejan follar por cualquiera.

Raquel intentó articular algo, cualquier cosa, pero el bocado de hierro solo permitió un gruñido húmedo. Mei soltó una carcajada cristalina y cruel, acariciando los barrotes con las uñas perfectamente cuidadas.

—No tenía planeado comprar nada esta noche —dijo Mei—. Pero verte así me ha despertado el apetito.

Los ojos de Raquel se abrieron de golpe. El miedo genuino, el que no había sentido ni bajo el látigo de su antiguo captor, le recorrió la columna de arriba abajo, mientras el vibrador seguía taladrándole el coño empapado sin darle tregua.

***

A medianoche la carpa de la subasta se alzaba como un templo iluminado en el centro del muelle. Raquel fue arrastrada hacia el escenario bajo los focos, cegada por la luz, rodeada por el murmullo de una multitud que pagaba mucho dinero por estar allí: magnates, coleccionistas, rivales con cuentas pendientes.

—Señoras y señores —anunció el presentador con voz de terciopelo—, el Lote treinta y dos. Un ejemplar único. Muchos la reconocerán: antes se hacía llamar la Cazadora. Esta noche regresa transformada en pony de carga, lista para dedicar el resto de su existencia a la obediencia total.

Las risas de reconocimiento llenaron la carpa. Un ayudante se acercó, le desabrochó el cinturón vibrador de un tirón y se lo arrancó chorreando, mostrándolo al público como un trofeo. El coño de Raquel quedó a la vista de todos: abierto, brillante, con los labios hinchados y morados de tanta estimulación, el clítoris asomando como una perla dolorida. Los flashes crepitaron. Alguien silbó. Raquel sacudió la cabeza con furia, un gesto inútil que solo aumentó el morbo.

—Abrimos en setenta y cinco mil.

Las paletas se levantaron en ráfaga. El precio subió: ciento cincuenta mil... doscientos ochenta mil... trescientos noventa mil dólares. Raquel recorrió la sala con los ojos inyectados, buscando a Mei. La encontró en primera fila, impasible, fumando con una calma que le helaba el alma. Sin mover la paleta.

Quizás no va a pujar, pensó Raquel. Quizás hay algo peor esperándome.

Justo cuando el martillo se levantó para caer, Mei alzó la paleta con una elegancia letal.

—Cuatrocientos cincuenta mil.

El silencio fue absoluto. Nadie superó esa cifra.

—¡Vendida!

El golpe del martillo resonó en los oídos de Raquel como el cierre definitivo de una puerta. Fue entregada directamente a las manos de Mei, quien la recibió con una sonrisa casi infantil, como la de alguien que acaba de obtener el juguete más preciado de una colección prohibida. Sin decir una palabra, Mei acarició el cuero cabelludo rapado de su nueva adquisición con desprecio infinito, deslizó la mano hasta la entrepierna de Raquel, le hundió tres dedos secos en el coño y los sacó chorreando, mostrándoselos a los que todavía miraban.

—Empapada como una perra —dijo, y se los limpió en la mejilla de Raquel antes de hacer una seña a los guardias.

***

La camioneta de lujo partió del muelle antes del amanecer. Raquel, encerrada en la jaula trasera, contó los minutos en la oscuridad. El silencio duró poco: en algún punto del trayecto, las puertas traseras se abrieron y dos esclavos fueron empujados dentro.

El primero era Iván. Raquel lo reconoció al instante por la postura tensa de sus hombros. Al notar la jaula de castidad de acero que aprisionaba su cuerpo —la polla enrejada, morada por la presión, los huevos apretados en su anillo, un manchón húmedo de precorrida filtrándose por las hendiduras del metal— algo cercano a la satisfacción cruzó sus ojos. Al menos esa amenaza estaba neutralizada.

Pero el segundo esclavo le llamó la atención de otra manera. Era un hombre de complexión imponente, más alto que Iván, de piel oscura que brillaba bajo las luces de emergencia. Incluso bajo el arnés de pony, su presencia emanaba una fuerza y una severidad que hizo que Raquel se tensara. Bajo el arnés, colgando pesada entre los muslos, se le adivinaba una verga oscura y gruesa, larga como un antebrazo cuando estaba en reposo. Sus ojos no mostraban derrota. Mostraban cálculo.

Mei apareció en el umbral, recortada contra la noche.

—Me he gastado una fortuna esta noche —dijo, clavando la mirada en Raquel—. Pero tú eres un capricho personal que pienso disfrutar hasta que tu cuerpo o tu mente digan basta. Y para que no te aburras, te traje compañía.

La puerta se cerró de golpe. El motor rugió. La camioneta partió.

***

Durante el trayecto, Raquel encontró un placer pequeño y cruel. Cada kilómetro que pasaba, Iván se hundía más en la desesperación: el químico en su sangre exigía una liberación que el acero le negaba, y sus ojos inyectados en sangre lo delataban. Con un movimiento lento y calculado, Raquel giró el torso y le ofreció una vista directa: separó los muslos hasta donde las correas se lo permitieron, arqueó la espalda, y dejó que la marca a fuego de su muslo y la cola postiza clavada en el culo quedaran perfectamente a la altura de los ojos de Iván. Se relamió detrás del bocado. Con dos dedos se abrió los labios del coño, todavía brillantes y palpitantes de las horas de vibrador, y le mostró el interior rosado, la mancha oscura del clítoris hinchado, el hilo transparente que le colgaba de la entrada.

El resultado fue inmediato. La polla enjaulada de Iván intentó hincharse dentro de su prisión de acero y no pudo. Los huevos se le pusieron azulados, tensos como piedras. Forcejeó contra sus amarres con una violencia que hizo crujir el metal de su jaula de castidad. La carne se le rebeló contra los tornillos, aplastándose contra las paredes con cada latido, y un hilo de sangre fresca comenzó a gotear sobre el suelo desde la punta de la jaula, mezclado con precorrida que se le escapaba por las ranuras. Gemía como un animal, con la mandíbula floja detrás del bocado, la baba cayéndole en hilos sobre el pecho.

Raquel lo miró con la antigua chispa felina en los ojos. Era poca cosa. Pero en ese universo reducido a jaulas y arneses, era lo único que le quedaba.

***

Al llegar a la propiedad, Ciro, el esclavo de confianza de Mei, recibió a los recién llegados con la eficiencia de quien ha explicado las reglas cientos de veces. Era un hombre que alguna vez tuvo otro nombre, ahora reducido a su función.

—Cuatrocientas hectáreas de cosecha activa —dijo mientras ajustaba el arnés de Iván con fuerza suficiente para cortarle el aire—. Las mujeres recolectan el fruto. Ustedes son los bueyes que lo transportan. La ley es simple: si el carro no se mueve, no comen. Si intentan quitarse el collar o cruzar el perímetro eléctrico, el dispositivo libera cincuenta mil voltios directo a la médula. No mueren, pero desearán haberlo hecho.

Ciro les dedicó una sonrisa que delataba que él mismo había pasado por ese quiebre.

—La vida no es tan dura aquí si aprenden a trabajar en equipo y aceptan que sus nombres murieron en el muelle.

***

A Raquel la llevaron al sótano de la mansión. El descenso fue una tortura rítmica; cada escalón golpeaba sus rodillas mientras el hierro de la brida resonaba en la humedad del ambiente. Al llegar abajo, no se sorprendió por lo que vio, sino por la precisión con que Mei había replicado, casi de memoria, los instrumentos que la propia Raquel había utilizado durante años: potros de madera oscura, cruces de San Andrés, cepos relucientes. Todo bañado en luz LED carmesí.

Mei se despojó de la gabardina blanca con movimientos lentos y calculados, revelando debajo un traje completo de látex negro que se adhería a su figura como una segunda piel. El brillo del material moldeaba los pezones erectos bajo el látex y la hendidura marcada del pubis. Se acercó, agarró a Raquel del mentón y le escupió dentro de la boca abierta por el bocado.

—Tragá, cerda. Es el único desayuno que te vas a ganar hoy.

Luego sacó de una mesa un paño de lino y vertió sobre él unas gotas de líquido transparente. El olor dulce y químico llenó el espacio.

—Voy a dormirte un momento —dijo Mei con una calma que resultaba más aterradora que un grito—. Cuando despiertes, vas a ser algo completamente diferente. Algo mucho más apropiado para lo que eres.

Raquel intentó retroceder, pero las botas de pony y la debilidad de sus piernas la traicionaron. La mano enguantada se cerró sobre su cara. Raquel contuvo la respiración tanto como pudo, clavando los ojos en los de su captora, intentando mantener algo de sí misma en esa mirada. Pero el líquido era implacable. Sus músculos cedieron uno a uno, y la luz roja del sótano se disolvió en negro.

***

El regreso a la conciencia llegó como una explosión de dolor técnico. Raquel intentó estirarse y comprendió al instante que algo fundamental había cambiado en su cuerpo. Sus muñecas estaban atadas con correas de las que partían hilos finos tensados hasta argollas perforadas en sus pezones: cualquier intento de extender los brazos provocaba un desgarro que la obligaba a encogerse. Los pezones, hinchados, morados alrededor del metal recién clavado, palpitaban con cada respiración. Sus tobillos compartían el mismo sistema, pero los hilos convergían más abajo, en un anillo pesado que atravesaba su clítoris. Al mover una pierna, aunque fuera un centímetro, el tirón le arrancaba un aullido ahogado: sentía el metal cortando la carne tumefacta del capuchón, mordiendo el nervio directamente.

No podía caminar. No podía ponerse de pie. Ni siquiera podía gatear sin que el metal tirara de su zona más sensible. Solo podía arrastrarse sobre el vientre, con las tetas colgándole hacia abajo, tirando de los aros a cada centímetro ganado.

En su boca, una mordaza de anillo mantenía la mandíbula permanentemente abierta. Un aro pesado perforaba su tabique nasal.

—La cerda despertó —anunció la voz de Mei desde las sombras.

Una patada en el costado hizo que Raquel rodara por el suelo de piedra, los hilos tirando de sus perforaciones con una precisión dolorosa. Mei enganchó una cadena al aro de su nariz.

—Sígueme.

***

La procesión por los pasillos de la mansión fue una lección de humillación geométrica: Raquel arrastrándose sobre manos y rodillas, dejando un rastro de sudor sobre el mármol pulido, con el culo en pompa y el coño abierto a la vista de cualquiera que quisiera mirar. Al salir al exterior, la luz del amanecer reveló la escala del imperio de Mei: cientos de mujeres desnudas recogiendo frutos bajo el sol, y los hombres-pony tirando de carros cargados entre los surcos.

Mei arrastró a Raquel hasta el borde del camino de tierra y la empujó con el pie, haciéndola caer de cara en un charco de lodo espeso y negro que bordeaba los cultivos. El barro se le metió por la mordaza abierta, le llenó las fosas nasales alrededor del aro, le tapizó las tetas colgantes.

—Ese es tu lugar, cerda. Revuélcate en lo que eres.

Luego se volvió hacia los carros que se aproximaban y levantó la voz.

—¡Muchachos! Aquí tienen su recompensa por el trabajo de esta mañana. Coño abierto, culo abierto, boca abierta. Úsenla como se les cante. La que no se rompe hoy, mañana repite.

Entregó la cadena de la nariz de Raquel a los esclavos que se acercaron con los ojos vacíos y los músculos quemados por el esfuerzo. Raquel intentó gritar, pero la mordaza de anillo convirtió sus súplicas en ruidos que no reconoció como suyos.

El primero se dejó caer sobre ella en el barro. Le agarró las caderas embarradas, le separó las nalgas con las dos manos y le encajó la polla de un solo empujón hasta el fondo del coño, con tanta violencia que el aire se le escapó del pecho en un chillido. La verga era gruesa, dura, sucia; sintió cómo le abría paso a la fuerza, cómo la venas le raspaban las paredes internas. El tipo empezó a follarla a un ritmo brutal, mecánico, aplastándole la cara contra el charco a cada embestida, hundiéndole las tetas en el lodo, arrancando los hilos de los aros de los pezones a cada tirón hacia atrás. El clítoris colgado del anillo pesado se le sacudía como un badajo entre las piernas y le mandaba latigazos de dolor a la médula.

Otro se arrodilló delante de ella, le agarró la cabeza calva por las orejas y le encajó la verga en la boca abierta por el aro de metal. No tuvo que abrirle nada: la mordaza ya la mantenía en posición de mamada permanente. Le hundió la polla hasta la garganta de un empujón, chocó contra el fondo, la mantuvo ahí hasta que Raquel empezó a convulsionarse por la falta de aire, y recién entonces sacó, para volver a hundir. Cada estocada le llenaba la garganta de una polla salada, sucia de tierra y sudor. Las lágrimas y la saliva le corrían por las mejillas mezcladas con el barro.

Un tercero, impaciente, le abrió las nalgas embarradas y le escupió en el culo antes de encajarle la punta en el ojete. Empujó sin piedad, forzando el anillo cerrado hasta que cedió, arrancándole un aullido ahogado que se estrelló contra la polla que le taponaba la boca. Sintió el desgarro seco, el ardor que le trepó por la espalda, la sensación de partirse en dos. El tipo la ensartó hasta los cojones y empezó a bombearle el culo al mismo ritmo que el otro le follaba el coño, los dos moviéndose juntos, encontrándose a través de la delgada pared interna, aplastándola entre ellos.

Raquel estaba empalada por tres bocas de carne al mismo tiempo, boca, coño y culo taponados a la vez, sacudida como un pelele en el barro. La brutalidad fue inmediata y mecánica; la usaban sin rastro de humanidad, convirtiendo el charco de lodo en un escenario de degradación total. Cuando el primero se corrió, lo hizo dentro del coño con un gruñido, vaciándose en dos, tres, cuatro chorros calientes que ella sintió bañarle el fondo de la matriz. Se retiró y otro ocupó el lugar antes de que la corrida terminara de escurrir. El del culo se corrió también, con la polla enterrada hasta los huevos, llenándole el recto de semen espeso. El de la boca sacó a último momento y le vació la corrida sobre la cara, sobre los ojos cerrados, sobre el aro de la nariz, en gruesos hilos blancos que se mezclaron con el barro negro. La marcaron entera. Turno tras turno. Perdió la cuenta al cabo del quinto. El semen empezó a escurrirle por los muslos, a chorrear del culo, a gotear del mentón. Cuando se retiraba una polla, otra ocupaba su lugar antes de que ella pudiera cerrar el hueco.

Mei se dio media vuelta, encendió un cigarrillo y se alejó sin mirar atrás. Sabía exactamente lo que estaba comprando con ese gesto: la producción al máximo, la lealtad de sus trabajadores y la demolición total de lo que quedaba de la Cazadora.

***

A lo lejos, entre los surcos de tierra seca, Iván notó el movimiento junto al camino. Reconoció a Raquel en el lodo, atravesada por vergas, empapada de corridas ajenas. La mujer que había sido su deidad y su verdugo estaba siendo devorada por el barro y la lujuria de los otros esclavos.

En lugar de horror, algo se encendió en la mente fragmentada de Iván. Una epifanía oscura y limpia. Sintió la polla intentando hincharse dentro de la jaula, chocando contra el acero, y el dolor familiar volvió a martillearle entre las piernas.

Si me esfuerzo. Si soy el mejor. Tal vez ella me permita jugar con la cerda. Tal vez me deje sacar la verga y hundírsela hasta el fondo en ese coño abierto.

Con una energía que rayaba en la locura, hundió las botas de pony en el camino e inclinó el torso hacia adelante hasta que las correas amenazaron con romperle las clavículas. El carro empezó a volar sobre el terreno. A su lado, el esclavo de piel oscura sintió el cambio de ritmo y sincronizó su zancada sin necesidad de palabras.

Para ambos hombres, las cuatrocientas hectáreas ya no eran una prisión. Eran un campo de pruebas. La degradación de Raquel se había convertido en su faro, la luz al final de un túnel de fatiga y arneses.

***

En su despacho, rodeada de pantallas de seguridad y muebles de diseño, Mei saboreaba el triunfo mientras el humo de su cigarrillo formaba espirales en el aire acondicionado. Ver a la Cazadora hundida en el lodo, empalada por sus esclavos, le daba a su existencia un sentido que el dinero nunca podría comprar.

El zumbido del teléfono satelital rompió el silencio. Al ver el código encriptado en la pantalla, la expresión de placer se evaporó de su rostro.

—Habla —ordenó con voz fría.

—Señora... El Campamento ha caído. Fue una aniquilación total. Las instalaciones están destruidas. Y Rémi... Rémi ha sido asesinado.

Los ojos de Mei se abrieron de golpe. El cigarrillo cayó al suelo. Rémi no era un subordinado cualquiera: era su confidente, el único que entendía la oscuridad de su alma sin necesidad de explicaciones. Perderlo era como perder una parte de sí misma.

—¿Quién? —rugió Mei, y el sonido fue el de algo que llevaba años sin soltarse—. ¿Quién se atrevió?

—La Unidad Cero, señora. No dejaron rastro. Atacaron con precisión quirúrgica.

Mei tardó tres segundos en reconstruir su máscara. Luego se levantó de la silla, fue hasta la ventana y miró el huerto donde Raquel seguía siendo follada por turnos en el lodo bajo la mañana recién nacida. La pérdida del Campamento era una catástrofe financiera incalculable. Pero la muerte de Rémi era algo mucho más peligroso: era el principio del fin si no actuaban de inmediato.

Su mente empezó a trabajar a una velocidad vertiginosa, trazando rutas de suministro, mercenarios y planes de contingencia. La malicia volvió a su rostro, pero esta vez no era por juego. Era por una sed de exterminio.

La Unidad Cero iba a pagar. Cada uno de sus miembros, con tiempo suficiente para arrepentirse de haberla desafiado.

La guerra había comenzado. Y mientras Raquel se hundía afuera en el barro, taponada por polla tras polla, Mei empezaba a tejer la red que atraparía a todo aquel que osara desafiar el poder del Círculo.

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Comentarios(9)

NocheVelada88

Excelente! me gusto mucho el giro, el titulo lo anticipa pero igual sorprende. Sigue escribiendo

jorgito88

mas mas mas!!! necesito saber qué pasa con Raquel después

MiguelBA

demasiado corto para lo bueno que es jaja, quiero la continuacion ya

CorvoBaires

La ambientación del muelle es perfecta, se siente la tensión desde el principio. Muy bien logrado

CristinaM

Qué buena sorpresa encontrar esto. Bien narrado y sin caer en lo burdo, se agradece. Ojalá haya segunda parte

tomas_norte

me recordó algo que viví, eso de creerte siempre el que lleva el control y de repente descubrir lo contrario... increible

SilvanaMdz

Raquel me pareció un personaje muy bien construido. Esa contradicción interna la hace real. Espero que sigas con su historia!

RojoNocturno

tremendo!!! de los mejores que leí en esta categoría

PaulinaR

Pregunta: ¿esto es ficción pura o tiene algo de real? se siente muy autentico. Buenísimo de todas formas

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