Sola con mi suegro en la casa de playa
Las vacaciones en la casa de playa de los padres de Andrés eran siempre iguales: demasiado sol, demasiada familia y Ernesto mirándome de esa manera que me hacía apartar los ojos demasiado rápido.
Llevábamos cuatro días allí y yo había perdido la cuenta de las veces que su mirada se había demorado sobre mí más de lo que era razonable. No era una mirada amable ni paterna. Era algo completamente distinto, y los dos lo sabíamos aunque ninguno lo hubiera dicho nunca en voz alta.
Ernesto tenía cuarenta y siete años y ese tipo de presencia física que algunos hombres desarrollan cuando llevan décadas siendo los que toman las decisiones en cualquier habitación donde entran. El pelo entrecano le quedaba bien, igual que la piel oscurecida por el sol y los hombros anchos de un hombre que todavía trabajaba con las manos. Su mujer, Graciela, era encantadora y completamente ajena a cualquier cosa que no fueran sus sobrinos, el arroz con mariscos que preparaba cada mediodía y las series turcas que veía después de cenar.
Yo llevaba un año con Andrés. Lo quería, de verdad. Pero había algo en su padre que me perturbaba desde el primer día que lo conocí, y esa perturbación no era precisamente repulsión.
Lo había notado en la cena de presentación, hacía trece meses. Ernesto me dio la mano al saludar y la soltó con una calma que no correspondía al tiempo que duró el apretón. Andrés no vio nada. Graciela tampoco. Pero yo sí noté la comisura de su boca cuando finalmente retiró la mano, ese gesto pequeño y controlado que no estaba destinado a nadie excepto a mí.
Desde entonces habíamos sido muy cuidadosos los dos. Corteses, distantes, correctos en todo momento. La nuera perfecta y el suegro perfecto, sin ninguna razón aparente para que nadie sospechara nada de nada.
Cuatro días de vacaciones en familia estaban poniendo eso a prueba de formas que no había anticipado.
***
Esa mañana habíamos bajado todos a la playa después del desayuno. El sol pegaba fuerte sobre la arena blanca y Andrés se había quedado dormido bajo la sombrilla naranja con la revista sobre la cara, como hacía siempre que salía demasiado tarde la noche anterior. Sus hermanos jugaban con los niños a la orilla. Graciela leía.
Ernesto estaba en el agua, de pie hasta la cintura, de espaldas a todos. No hacía nada. Solo miraba el horizonte con esa postura que tenía de hombre acostumbrado a esperar sin ponerse nervioso.
Cuando me di cuenta de que lo había estado observando sin querer durante varios minutos, sacudí la cabeza con irritación y me puse de pie.
—Subo un momento a buscar el teléfono —dije en voz general, aunque nadie en particular me escuchó excepto Andrés, que murmuró algo ininteligible sin abrir los ojos.
Caminé por la arena caliente hacia la casa. Me concentré en el quemor bajo los pies descalzos, en el ruido de las olas, en el mensaje que tenía que contestar. En cualquier cosa que no fuera la imagen de Ernesto de pie en el agua con los hombros mojados brillando bajo el sol de mediodía.
Empujé la puerta de la casa y entré al fresco del interior.
Él estaba dentro.
De pie junto a la barra de la cocina, con una toalla colgada sobre un hombro y un vaso de agua en la mano. Me miró sin moverse cuando entré. Solo eso: me miró, sin prisa, con esa serenidad que tenía para todo y que a mí me sacaba de quicio exactamente por eso, porque no era la serenidad de alguien que no siente nada.
—Pensé que estabas en el agua —dije.
—Subí antes que tú.
Asentí. Crucé hacia el salón buscando el teléfono, que había dejado sobre la mesita antes de bajar. Tenía muy claro que debía encontrarlo rápido y volver a la playa. Tenía muy claro todo, en teoría.
Escuché sus pasos detrás de mí.
—Sofía.
Me giré. Estaba justo ahí, mucho más cerca de lo que esperaba y mucho más cerca de lo que ningún suegro debería estar de su nuera. El vaso de agua había desaparecido en algún momento sin que yo lo hubiera notado.
—¿Qué? —pregunté. Me salió más bajo de lo que quería.
No respondió de inmediato. Me estudió la cara con esa expresión que yo había aprendido a no encontrarme directamente, porque cuando lo hacía algo se me revolvía en el estómago de una forma que no sabía bien cómo clasificar.
—Llevas cuatro días mirándome —dijo al final. No era una pregunta.
Abrí la boca para negarlo. Para decir algo cortante e irrefutable que pusiera distancia entre los dos y cerrara esa conversación antes de que fuera a algún lugar del que no hubiera retorno posible.
No salió nada.
Ernesto dio un paso más. Levantó una mano y me rozó la mandíbula con los nudillos, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna duda sobre lo que estaba haciendo.
—Para —susurré. Era lo que se suponía que tenía que decir.
—¿Quieres que pare?
Era la pregunta correcta y él lo sabía. Y yo supe, en ese momento exacto, que no iba a poder responderla honestamente porque la respuesta honesta era demasiado incómoda para decirla en voz alta en ese salón, con Andrés durmiendo a doscientos metros bajo la sombrilla naranja.
Me agarró por la muñeca con una firmeza que no dejaba espacio para la ambigüedad y me condujo hacia la pared del fondo del salón, sin prisa pero sin pedirme opinión tampoco. Puso una mano plana sobre el yeso junto a mi cabeza y se inclinó hasta que su boca quedó a centímetros de mi oído.
—Desde la primera vez que te trajo a casa —dijo en voz baja—, lo supe. Y tú también lo sabías desde esa misma noche.
Me estremecí. Quería decirle que se equivocaba. Que esto era una locura. Que toda su familia estaba a doscientos metros de allí.
—Andrés está en la playa —dije.
—Lo sé —respondió él, sin moverse ni un centímetro.
Y entonces me besó.
No fue un beso tentativo ni de exploración cuidadosa. Fue el beso de alguien que ha estado conteniendo algo durante demasiado tiempo y ha tomado la decisión, en un momento concreto e irreversible, de dejar de contenerse. Me aplastó contra la pared con el peso de su cuerpo y yo no hice absolutamente nada para evitarlo.
Cuando rompió el beso y me miró, sus ojos tenían una oscuridad que no les había visto antes.
—No voy a pedirte permiso para nada —dijo—. Y tú no vas a querer que lo haga.
Algo se tensó en mí de una forma que no era exactamente miedo. Era algo adyacente al miedo, que lo imitaba superficialmente pero que en el fondo era completamente otra cosa. Algo que me avergonzaba reconocer precisamente porque lo reconocía sin ningún esfuerzo.
Me giró hacia la pared con una mano firme en la cadera.
Sentí sus dedos deshacer el nudo del bikini con una decisión que no toleraba discusión. Me quedé quieta. Sabía que podía moverme, que podía decir que no, que él pararía. Lo sabía en algún lugar racional de mi cabeza. Pero no me moví y no dije nada, y eso también era una respuesta perfectamente clara para los dos.
—Bien —murmuró detrás de mí, con una aprobación tranquila que me produjo una calidez que me avergonzó en tiempo real.
Me puso una mano grande en la nuca, aplicando una presión que me indicaba exactamente cuánto margen tenía. Poca. Casi ninguno. La presión no era violencia, era precisión: la diferencia entre los dos la conocía en el cuerpo aunque no hubiera sabido explicarla con palabras.
—Llevo meses pensando en esto —dijo contra mi cuello—. Y apuesto a que tú también.
No respondí. Él tomó el silencio como la confirmación que era.
Lo que siguió no tuvo nada de delicado. No era delicadeza lo que ninguno de los dos buscaba en ese salón a mediodía. Fue intenso y directo y tuvo esa cualidad específica de las cosas que se han reprimido tanto tiempo que cuando finalmente ocurren tienen demasiada presión acumulada para ser tranquilas. Ernesto decidía cada movimiento y yo lo seguía, y había algo en esa dinámica que me resultaba completamente ajena a cómo funcionaba yo en cualquier otro contexto de mi vida. No pensaba. Solo sentía.
Cada vez que intenté tomar alguna iniciativa, él me lo impedía. Sujetaba mis muñecas, ajustaba mi postura, marcaba el ritmo con una calma que me ponía más nerviosa que cualquier urgencia habría podido hacerlo. Dejé de intentar cualquier cosa y me rendí a ese control de una forma que no habría podido predecir.
—Quieta —decía, y yo me quedaba quieta.
—Así —decía, y yo obedecía sin pensarlo.
Había algo inesperadamente liberador en no tener que decidir nada. En dejar que alguien más cargara con cada movimiento, cada consecuencia. Lo entendí en ese momento de una forma concreta, física, que no había podido entender de ninguna otra manera.
—Mira hacia la ventana —me ordenó en un momento dado—. Que sepas exactamente dónde está tu novio mientras esto pasa.
No quería mirar. Miré de todos modos. A través del cristal se veía el azul tranquilo del mar y la franja de arena amarilla y, en algún lugar allá, la sombrilla naranja bajo la que Andrés seguía durmiendo ajeno a todo. El corazón se me disparó. Era una mezcla de cosas que no quería nombrar por separado porque nombrarlas significaba entender con demasiada claridad lo que estaba haciendo.
—No puedes —susurré, sin saber bien qué era exactamente lo que declaraba imposible.
—Ya estoy pudiendo —respondió él, con una calma que me resultó más perturbadora que cualquier urgencia.
Cuando llegamos al límite de lo que cualquiera de los dos podía sostener, fue con una intensidad que me dejó los pulmones sin aire. Ernesto hundió los dedos en mis caderas sin pedir disculpas por la fuerza, y yo me aferré a la pared con las dos manos sin importarme nada en absoluto. Sentí cómo se derrumbaba el control que los dos habíamos construido con tanto cuidado durante todos esos meses, y el derrumbe fue exactamente tan intenso como había imaginado que sería, en los momentos en que me permitía imaginarlo.
Después hubo un silencio que duró varios segundos.
Ninguno de los dos habló.
Me recompuse el bikini con manos que tardaron en funcionarme con normalidad. Él se movió hacia el otro lado de la habitación, recogió la toalla del suelo donde había caído en algún momento sin que ninguno lo notara, y se quedó de espaldas a mí un instante.
—Tienes que bajar —dijo al final. Voz completamente normal, como si nada.
—Lo sé.
—Andrés va a preguntar por ti si tardas más.
—Lo sé —repetí.
Encontré el teléfono donde lo había dejado, sobre la mesita del salón, exactamente donde debería haber estado desde el principio y adonde podría haber llegado, tomado y vuelto a bajar en menos de dos minutos si las cosas hubieran seguido el camino que yo había planeado al entrar por esa puerta.
Caminé hacia la salida.
—Sofía.
Me detuve pero no me giré.
—Esto no termina aquí.
No le respondí. Abrí la puerta y salí a la luz del sol, que lo inundaba todo con esa indiferencia brillante que tiene el mediodía de verano para todo lo que ocurre debajo de él.
Caminé de vuelta a la playa. La arena quemaba bajo los pies. A lo lejos, Andrés seguía dormido bajo la sombrilla naranja con la revista sobre la cara. Sus hermanos seguían en el agua con los niños. Graciela levantó la vista de su libro cuando me acerqué y me sonrió.
—¿Encontraste el teléfono?
—Sí —respondí, y me senté junto a Andrés con una naturalidad que me sorprendió a mí misma.
Nada había cambiado en la playa. El mar seguía siendo el mismo mar azul y tranquilo. La sombrilla hacía la misma sombra. El calor era el mismo calor de las once de la mañana que era cuando bajé.
Ernesto bajó diez minutos después. Cruzó la arena sin apresurarse, saludó a Graciela con una mano breve en el hombro, y se metió directamente al agua sin mirar en ninguna dirección en particular.
Puse el teléfono bocabajo sobre la toalla y cerré los ojos. Debajo del sol nadie veía nada. Seguía siendo la novia de Andrés, de vacaciones en familia, tomando el sol en una playa. Eso era todo lo que alguien que me mirara desde fuera podría haber dicho de mí.
Pero sabía, con una claridad incómoda y perfectamente nítida, que Ernesto tenía razón.
Esto no iba a terminar ahí.