Cuando mi amiga se convirtió en mi verdugo
Han pasado ocho meses desde que crucé la verja de acero. Doscientos cuarenta días que se han fundido en una sola cicatriz que no termina de cerrar. Mi cuerpo ha perdido cincuenta kilos en ese tiempo —peso ahora apenas sesenta, un esqueleto envuelto en piel floja que cuelga de los huesos como tela mojada—, con el número 318 marcado a fuego en mi nalga izquierda y las argollas de metal en la oreja y el tabique que tiran de la carne inflamada cada vez que muevo la cabeza, dejando marcas rojas que ya son permanentes.
Lo peor, sin embargo, no fue el cuerpo. Lo peor fue la prueba de élite: cuarenta y ocho horas en oscuridad total, con tapones sellados, antifaz y bozal de cuero ajustado, sin contacto humano, alimentada por sonda cada seis horas con un líquido espeso que sabía a nada. Un aislamiento que me arrancó la identidad en capas, como pelar una fruta, hasta que olvidé mi propio nombre. Cuando me sacaron, solo balbuceaba el número 318. Las otras cuatro élite hacían lo mismo.
Tardé una semana entera en recuperar fragmentos de mí misma. Primero el olor a talco de bebé de Nicolás. Luego la voz de Andrés diciéndome «te espero» esa última mañana antes del ingreso. Y finalmente mi nombre, Verónica, que regresó como un eco al fondo de un pozo profundo. En la celda de recuperación, los médicos anotaban en sus tablillas que «la cerda 318 presenta disociación parcial, progresión estable», mientras yo yacía inmóvil mirando el techo blanco, sintiéndome como una cáscara de la que alguien había vaciado todo el contenido.
Cada noche, antes de intentar dormir, sacaba la foto doblada que guardaba detrás de la costura del colchón. Andrés con Nicolás en brazos en esa plaza que huele a azahar en primavera. La apoyaba contra mi pecho y contaba: cuanto tiempo llevaba adentro, cuanto tiempo faltaba, si las cuentas seguían cuadrando. Era lo único que todavía me pertenecía.
***
Esta mañana no hubo trompeta. Solo silencio: uno denso, casi físico, que pareció comprimir las paredes de la granja entera como si el lugar contuviera la respiración antes de exhalar su siguiente crueldad.
A las seis y media, la puerta de mi celda se abrió con un chasquido electrónico que resonó en mis huesos todavía frágiles. Dos guardias entraron sin mirarme a los ojos. Me pusieron de pie de un tirón, me ataron las muñecas a la espalda con cuerda de nylon que se hundió en las marcas de los azotes anteriores como si las reabriera, y me pusieron delante un vaso de agua con sabor a cloro que tuve que tragar de un solo golpe. Sin desayuno. Sin explicaciones.
Me arrastraron por el pasillo principal. A través de la ventana estrecha del corredor alcancé a ver al resto de las sumisas en el patio exterior, trotando en círculos bajo un sol que apenas despuntaba, sus jadeos llegando amortiguados por la distancia. Yo iba en dirección contraria.
***
El salón de graduación era una habitación que nunca había visto. Paredes de acero inoxidable que reflejaban la luz como espejos ligeramente distorsionados, suelo de baldosas blancas tan limpias que parecían burlarse de todo lo que vendría. En el centro, un caballete de madera oscura con correas de cuero ya extendidas. Junto a él, un podio elevado donde aguardaba la jefa de sector.
Sonia llevaba el mismo uniforme de siempre, pero con un pin nuevo en la solapa. A su lado estaba Clara.
Clara vestía uniforme gris nuevo, recién planchado, con el emblema de la granja bordado en el pecho izquierdo. En la mano derecha sostenía una varilla de bambú todavía verde —de las que duelen el doble porque no se quiebran, sino que ceden y vuelven— y en la izquierda un cronómetro plateado. Sus ojos castaños, los mismos que una vez me susurraron «aguanta, Vero, aguanta» en los pasillos oscuros de las primeras semanas, me miraban ahora desde detrás de algo que no reconocí como ella. Una pantalla. Una distancia nueva.
Sonia sonrió como una madre que presenta a su hija en un acto de fin de curso.
—Cerda 318 —dijo, y su voz resonó en el salón vacío con una claridad obscena—. Hoy es un día especial. La cerda 217 ha completado su ciclo completo y ha demostrado lealtad sin fisuras. La ascendemos a supervisora de sector.
Clara no parpadeó.
Sonia le entregó la varilla con las dos manos, como si fuera un cetro o una espada. Clara la tomó sin que le temblara un músculo.
Los guardias me empujaron al centro del salón y me obligaron a arrodillarme sobre una rejilla metálica cuyo frío me atravesó las rodillas como agujas de hielo. Clara se acercó, su sombra cayendo sobre mí, y se agachó lo justo para hablarme al oído.
—Lo siento, Vero —susurró.
No le tembló la voz.
***
Sonia dictó el castigo con la misma indiferencia con que se anuncia el tiempo: ochocientas sentadillas con pesas colgantes en los labios vaginales, y por cada repetición incompleta, un azote de varilla.
Los guardias trajeron las pinzas. Más grandes que las que me habían colocado en meses anteriores, con dientes de acero serrado en los bordes internos. Se abrieron con un chasquido metálico que me heló la sangre. La primera mordió el labio izquierdo —hinchado de cicatrices previas, sensible hasta el límite— y el dolor fue inmediato y brutal, como una aguja al rojo vivo clavada en carne viva. La segunda en el labio derecho. Las pesas colgaron, balanceándose muy despacio, como péndulos que prometían lo peor.
—Empieza —dijo Clara.
Bajé.
Las pesas tiraron hacia abajo con un peso que no esperaba, estirando la carne hasta su límite. Subí. El dolor se duplicó, añadiendo una capa de ardor encima del anterior. Bajé de nuevo y sentí el primer desgarro: pequeño, como una costura que cede milímetro a milímetro. Un hilo de sangre caliente empezó a correr por el interior de mis muslos.
A las cincuenta repeticiones, las piernas ardían. A las cien, temblaban como si no hubieran descansado en semanas, que era casi la verdad. A las doscientas, la sangre formaba una mancha oscura en las baldosas blancas debajo de mí, y las pesas tiraban de una carne que ya no tenía resistencia que ofrecer. A las trescientas, dejé de sentir los labios como parte de mí. Se habían convertido en algo ajeno, dos masas palpitantes que colgaban de mi cuerpo con un peso que ya no era solo físico.
Entonces la varilla silbó.
El primer azote cruzó mi espalda y abrió una cicatriz vieja de los meses anteriores. El segundo cayó sobre los muslos. El tercero sobre las nalgas. Cada golpe era preciso, calculado, sin furia visible. Solo deber ejecutado con frialdad absoluta.
—Esto es por el intento de fuga —dijo Clara, en voz baja, casi íntima—. Por hacerme dudar. Por creer que podíamos salir las dos juntas.
Azotó de nuevo. Guardó silencio. Azotó otra vez.
A las quinientas repeticiones, mis piernas dejaron de responder. Caí sobre las palmas de las manos y el golpe de las pesas contra las baldosas me arrancó un sonido que no reconocí como mío: algo entre un grito y un graznido, la voz de alguien que lleva semanas sin usarla de verdad. Clara me agarró del pelo con la mano libre, me obligó a volver a arrodillarme y me miró de frente por primera vez en toda la mañana.
—Si paras, empezamos desde cero. Si llegas a ochocientas, terminamos —dijo.
Piensa en Nicolás. Piensa en Andrés esperándote. Cuatro meses. Solo cuatro meses más.
Me puse de pie.
***
A las setecientas ochenta, las pesas ya no tiraban de los labios vaginales: tiraban de trozos de carne que se habían desgarrado y colgaban apenas unidos por un hilo. A las ochocientas, colapsé de lado. Las baldosas blancas recibieron mi peso con indiferencia. La sangre formaba un lago pequeño debajo de mí y ya no podía cerrar las piernas.
Sonia aplaudió una sola vez. El sonido fue obsceno en el silencio del salón.
—Castigo completado. La supervisora 217 ha demostrado su lealtad.
Clara se arrodilló junto a mí. No dijo nada durante un tiempo que no fui capaz de medir. Luego sacó del bolsillo del uniforme un trozo de hielo envuelto en un paño de algodón y lo apoyó con cuidado sobre la zona más dañada. El frío fue un choque brutal. Después llegó algo que se parecía al alivio, aunque no lo era del todo.
—Es lo único que puedo hacer —murmuró, tan bajo que parecía hablarle al suelo.
Los guardias me llevaron a la enfermería arrastrándome por los sobacos. Me tendieron sobre una camilla fría y el médico de guardia vertió alcohol en los desgarros sin avisar. El dolor me dobló hacia adentro. Ya no quedaba voz para gritar: solo un graznido seco que se apagó en el techo blanco antes de llegar a ningún lado.
Me limpiaron. Me vendaron. Me dejaron ahí.
Clara entró cuando el médico ya se había ido. Se quedó en el umbral de la puerta con los brazos cruzados y los ojos brillantes, mirándome como si quisiera decir algo que no encontraba. Después de un minuto largo, se dio la vuelta y se fue. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo de metal hasta que el silencio los tragó.
***
Esa noche, en mi celda, me acurruqué contra la pared de hormigón y conté mis respiraciones hasta que dejé de temblar. El cuerpo entero era un mapa de dolor: la espalda, los muslos, los labios, las rodillas. Pero lo peor no era físico. Lo peor era el espacio vacío donde antes vivía la certeza de tener a alguien del mismo lado.
Saqué la foto. Andrés con Nicolás en brazos en esa plaza de la ciudad que huele a azahar en primavera. La apoyé contra mi pecho y cerré los ojos.
No lloré. Ya no quedaban lágrimas para eso.
Solo quedaba el conteo: cuatro meses. Y la certeza nueva, dura como el acero de las paredes, de que Clara ya no era mi aliada. Era mi supervisora. Y yo seguía siendo la cerda 318, con cuatro meses por delante y el recuerdo de una plaza con olor a azahar como lo único que aún me pertenecía del todo.