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Relatos Ardientes

La huésped que me puso de rodillas

Renata Villanueva se movía por su departamento de Mendoza con la precisión de quien ha convertido el orden en una forma de religión. A las seis y media ya volvía del gimnasio, la lycra pegada al cuerpo que tanto trabajo le había costado construir a lo largo de doce años de constancia. A las ocho estaba en los Tribunales. A mediodía, en alguna radio. A las ocho de la noche, preparaba la cena para una sola persona. Así, todos los días, desde hacía una década.

Sofía llegó un martes de marzo con dos valijas y una sonrisa que Renata interpretó, sin dudarlo, como timidez. Era hija de Marcela, su mejor amiga desde los años de la facultad. Tenía dieciocho años recién cumplidos y venía a cursar el primer año de Derecho en la ciudad. Renata le cedió el cuarto de huéspedes sin pensarlo dos veces. Era lo que haría cualquiera por la hija de su mejor amiga.

El contraste entre las dos mujeres era inmediato. Renata medía un metro setenta y cuatro, rubia, con los hombros cuadrados por años de natación y una mandíbula que sus colegas describían como «de hierro» dentro y fuera del estrado. Sofía no llegaba al metro cincuenta y cinco, morena, con caderas anchas y unas tetas generosas que ninguna remera lograba disimular del todo. Doscientas personas en Mendoza conocían el nombre de Renata Villanueva y la respetaban. Nadie conocía todavía el nombre de Sofía.

Eso estaba a punto de cambiar.

***

La primera semana transcurrió sin sobresaltos. Renata salía temprano, Sofía estudiaba o dormía hasta tarde, la convivencia era cómoda y casi invisible. Fue al final de la segunda semana cuando Sofía encontró la carpeta, caída detrás del mueble de la biblioteca entre el polvo y un par de revistas viejas.

Esa tarde, cuando Renata llegó de Tribunales todavía con el traje oscuro de la primera audiencia, Sofía estaba en el sofá con la tablet encendida. No la saludó. Esperó.

—Sofía, ¿qué hacés? —preguntó Renata, soltándose el rodete frente al espejo de la entrada.

—Ver un video —respondió Sofía sin levantar la vista—. Uno tuyo.

El aire en la habitación cambió. Renata se acercó despacio, como quien se acerca a algo que podría morder. En la pantalla se veía a una Renata de diez años antes, en un despacho de madera oscura, arrodillada, con la falda arremangada hasta la cintura y la boca ocupada por la polla de un hombre que cualquier abogado de Mendoza reconocería de inmediato: el actual presidente de la Cámara de Apelaciones. La cámara oculta captaba cada centímetro: el semen le chorreaba por el mentón, se le acumulaba entre las tetas expuestas, y ella se tragaba lo que podía mientras el tipo la agarraba del pelo y le dictaba, entre jadeos, cómo mover la lengua.

—Eso no es lo que parece —dijo Renata, con la misma voz que usaba cuando un testigo mentía en el estrado.

Sofía dejó la tablet en la mesita y se recostó contra el respaldo del sofá. Era pequeña, de cuerpo generoso, con esa mirada marrón que hasta ese momento Renata había leído como inocencia. Ahora leía algo completamente distinto.

—Parece exactamente lo que es —respondió Sofía—. Vos, en cuatro patas, chupándosela al presidente de la Cámara mientras te corría en la cara. Y lo copié tres veces. Por si acaso.

***

Esa noche, Renata cocinó la cena. No porque quisiera. No porque Sofía se lo pidiera con amabilidad. Sino porque Sofía se sentó en la banqueta de la cocina, abrió las piernas sobre el taburete y dijo, con la misma calma con que uno pide la sal: «Tengo hambre. Hacé algo rico.»

Renata obedeció. Sus manos, que esa mañana habían sostenido argumentos frente a tres jueces, pelaban papas. Cada vez que levantaba la vista, Sofía la miraba con una expresión entre satisfecha y evaluadora, como quien inspecciona una compra reciente.

—Más rápido —dijo Sofía en un momento.

—Estoy cocinando, no soy tu—

—Terminá esa frase o mañana a primera hora el video está en el escritorio del decano del Colegio de Abogados.

Renata terminó la frase en silencio. Siguió cocinando.

Esa noche durmió mal. Le daba vueltas en la cabeza la imagen de Sofía en el sofá, tan pequeña y tan segura. ¿Cuándo fue que perdí el control de esta situación? La respuesta era incómoda: desde el principio. Sofía había llegado ya sabiendo lo que buscaba.

***

Los días siguientes establecieron un ritmo nuevo. Sofía se levantaba tarde, desayunaba lo que Renata preparaba y estudiaba en la mesa del comedor mientras la abogada se arreglaba para salir. Antes de irse, Renata tenía que preguntar si necesitaba algo. Con las palabras correctas. En el tono correcto. De pie, frente a la chica que estaba sentada.

—Más café —decía Sofía a veces, sin levantar la vista de los apuntes.

—Sí —decía Renata.

—Sí, ¿qué?

Una pausa. El sonido del refrigerador. La ciudad afuera.

—Sí, Sofía.

—Bien. Traélo.

Renata tardó tres días en entender que la humillación no estaba en los actos en sí, sino en la velocidad con que su cuerpo los aceptaba. Para cuando llegó la primera semana completa bajo ese régimen, ya no necesitaba que Sofía le recordara las reglas. Las recordaba sola.

***

La noche del miércoles de la tercera semana fue distinta.

Renata llegó del trabajo y encontró el departamento en silencio. Sofía estaba en su cuarto, en la cama, con la luz apagada. Renata golpeó la puerta.

—Pasá —dijo la voz de adentro.

Cuando Renata entró, Sofía prendió la lámpara de noche. Se había sacado la remera y también el corpiño. Las tetas grandes le caían con ese peso natural de la juventud, los pezones oscuros y erectos apuntando hacia arriba. Se la veía sólida, con esa confianza en el cuerpo que no pide perdón por ocupar espacio.

—Cerrá con llave —dijo.

Renata cerró.

—Desnudate. Toda. Y dejá la ropa doblada en la silla, no en el piso.

Fue la primera vez que Renata sintió algo además del miedo. Algo que no tenía nombre todavía pero que le apretaba el pecho desde adentro, distinto al terror de perder su matrícula. Obedeció. El saco cayó primero, después la blusa, después el pantalón. Se sacó el corpiño y las medias con manos que apenas le respondían. Cuando fue a bajarse la bombacha se dio cuenta de que estaba empapada. La tela se le pegaba al coño, húmeda, oscura de mancha. Sofía lo notó también.

—Mostrame eso —ordenó, señalando la bombacha en el suelo.

Renata la levantó. Sofía la tomó con dos dedos, la olió sin apartar los ojos de los de la abogada, y sonrió.

—Estás chorreando, doctora. Y ni siquiera te toqué todavía.

Quedó expuesta bajo la luz amarilla de la lámpara, su cuerpo atlético brillando en contraste con la oscuridad del cuarto. Los pezones se le habían puesto duros contra el aire fresco del cuarto. Entre las piernas, el vello prolijo, y debajo, los labios ya separados, brillando.

Sofía la miró un momento en silencio.

—Acercate.

Renata dio tres pasos. Sofía extendió la mano y la apoyó, con firmeza, en la mejilla de la abogada. No fue un golpe. Fue una posesión. Sus dedos le marcaron el pómulo durante unos segundos largos mientras la miraba directamente a los ojos.

—Estás temblando —observó.

—Sí.

—¿Por qué?

Renata tardó en responder. Porque te tengo miedo. Porque no entiendo esto. Porque una parte de mí no quiere que sueltes la mano.

—No lo sé —dijo.

—Arrodillate.

***

Renata cayó de rodillas sobre la alfombra, entre los pies descalzos de Sofía. La chica se movió hasta el borde del colchón, abrió las piernas y dejó a la vista un coño peludo, oscuro, con los labios ya hinchados y una gota espesa colgando de la entrada. Olía intenso, a hembra joven que llevaba horas caliente.

—Mirame —dijo Sofía—. Quiero que me mires mientras me lo hacés.

La agarró del pelo con la mano derecha, sin apuro, y le apoyó la cara contra el coño hasta que la nariz de Renata quedó hundida en el vello y la boca contra los labios. La abogada abrió la lengua y empezó a lamer desde abajo hacia arriba, largo, como le habían hecho a ella años antes en otras vidas. Sofía soltó un jadeo corto, satisfecho.

—Más adentro. Metémela.

Renata clavó la lengua entre los labios, buscó el interior tibio, salado, y empezó a follársela con la boca. La chica sabía a monte y a sudor, y a algo más dulce que le llenó el paladar. Le pasó la lengua plana por todo el coño, subió al clítoris, lo chupó con los labios, lo soltó, volvió a bajar. Sofía le apretaba la nuca contra ella.

—Así, doctora. Chupame el clítoris. Metémela más. Más. La lengua entera, boluda.

Renata gemía sin darse cuenta contra la carne de la chica, y los gemidos vibraban dentro del coño de Sofía y le arrancaban espasmos cortos en los muslos. Le metió dos dedos, encontró ese punto rugoso adentro y empezó a golpearlo mientras seguía chupándole el clítoris, y Sofía se arqueó, cerró los muslos alrededor de la cabeza de la abogada, y le corrió en la boca. Un chorro tibio, salado, que Renata tragó porque ya no había otra opción. Cuando levantó la cara la tenía brillante, empapada de la ingle hacia abajo. Sofía la miró desde arriba, jadeando, con una sonrisa lenta.

—Bien, perra. Bien.

Después la hizo subir a la cama. La tumbó de espaldas, se sentó encima de ella y le apretó las muñecas contra el colchón, usando el peso de su cuerpo como ancla. Las tetas de Sofía le colgaban sobre la cara. Los pezones oscuros le rozaban los labios. Renata sacó la lengua, instintiva, y Sofía se rió y le acomodó una teta en la boca.

—Chupá.

Renata chupó. Le lamió el pezón, se lo pasó por los dientes con cuidado, le abrió la boca para tomarle la mayor cantidad de teta posible. Sofía movía las caderas encima de la panza de la abogada, restregando el coño mojado contra la piel firme, marcándola con humedad.

—Vas a quedar acá hasta que yo diga —ordenó, deslizándose hacia abajo hasta sentarse a horcajadas sobre uno de los muslos de Renata. Empezó a montarlo, moviéndose con lentitud, dejando un rastro brillante contra la piel—. Y vas a aprender a no correrte hasta que te dé permiso. ¿Entendiste?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

La misma pausa. El mismo peso.

—Sí, ama.

Sofía le abrió las piernas con la rodilla, le bajó la mano hasta el coño y empezó a jugarle el clítoris con dos dedos, lento primero, después más rápido. A Renata se le fue el aire. Doce años sin que la tocara nadie más que ella misma, y ahora una piba de dieciocho la tenía abierta, empapada, gimiendo contra un colchón que ni siquiera era el suyo. Sofía le metió los dedos, dos primero, después tres, y empezó a cogérsela con la mano, entrando hondo, con ritmo. Con la otra mano le pellizcaba un pezón hasta el borde del dolor.

—Mirame a los ojos cuando te vengas —le dijo—. Y me pedís permiso.

—Sofía, por favor…

—Sofía no. ¿Cómo es?

—Ama, por favor, dejame…

—Todavía no.

Renata se retorcía debajo de ella, con los muslos temblando, el coño apretándole los dedos. La chica seguía cogiéndosela con la mano, ahora más rápido, buscándole ese punto de adentro que hacía años nadie le encontraba. Cuando Renata ya no aguantaba, Sofía se inclinó y le mordió el cuello.

—Ahora. Corréte, doctora. Cagate encima si querés. Pero mirame.

Renata se corrió con un grito ahogado, la espalda arqueada, el coño chorreando alrededor de la mano de la chica, los ojos clavados en los ojos marrones de Sofía. Fue un orgasmo largo, sacudido, humillante, uno de esos que uno cree que no se acaban. Cuando terminó, Sofía le sacó los dedos, se los pasó por los labios y después se los metió en la boca a Renata para que se probara.

—Chupatelos. Todo.

Renata los chupó. Sofía la soltó. Se recostó a su lado. En algún momento de esa noche, ya casi en el amanecer, Renata se durmió con la cabeza apoyada contra el hombro de la chica que la tenía en puño, todavía con el semen propio secándosele entre los muslos. Fue el sueño más profundo que había tenido en meses.

***

La dinámica se volvió rutina con una rapidez que asustó a Renata cuando tuvo el coraje de mirarlo de frente. De día: la abogada más temida del fuero penal de Mendoza. De noche: la sirvienta de una estudiante de primer año.

Sofía empezó a exigir más. Que Renata la esperara de pie en la entrada cuando volvía de la facultad. Que sirviera la mesa sin abrir la boca hasta que le hablaran. Que durmiera en el piso, al lado de la cama, los días en que Sofía quería ese recordatorio físico de la jerarquía entre las dos. Que le lamiera el coño mientras la chica estudiaba, la cara metida entre las piernas por media hora, sin permiso de correrse, sin que la joven levantara los ojos de los apuntes de Derecho Civil.

Algunas noches, Sofía la despertaba a las tres de la mañana para que se la chupara. Otras, la tenía a cuatro patas en la cocina, con la cara contra las baldosas frías, mientras le metía un vibrador que había comprado por internet y le pagaba con la tarjeta de Renata. La abogada se corría contra las baldosas, jadeando, hasta dejar un charco propio que después tenía que limpiar de rodillas.

Renata cumplía. Y mientras cumplía, algo iba cambiando por dentro. La vergüenza seguía ahí, afilada como el primer día, pero ya no era el único sentimiento. Había algo más. Algo que se activaba cuando escuchaba los pasos de Sofía en el pasillo. Algo que le apretaba el estómago —y el coño— antes de que la chica abriera la boca para darle la primera orden de la noche.

Esto no es solo miedo, pensó una tarde, de rodillas en el suelo limpiando mientras Sofía descansaba. Hace semanas que dejó de ser solo miedo.

***

El viernes de la quinta semana, Sofía llegó de la facultad acompañada.

—Va a cenar una compañera —le había avisado esa mañana—. Tratala como me tratás a mí. Sin preguntas. Sin explicaciones. Y desnuda, como siempre.

La compañera se llamaba Belén, tenía veinte años y miró a Renata con la misma evaluación fría con que Sofía la había mirado la primera noche. Como si ya supiera todo. Como si Sofía se lo hubiera contado. Los ojos de Belén se pasearon por las tetas colgantes de la abogada, por el vello del pubis prolijo, por la marca roja que Sofía le había dejado la noche anterior en la cadera con los dientes.

—Así que sos la abogada —dijo Belén, sentándose en el sillón sin que nadie la invitara.

—Soy la abogada —confirmó Renata.

—Buena mercadería, Sofi. Hacenos algo de picar primero.

Renata fue a la cocina. Mientras cortaba el jamón y el queso, con las tetas rebotando cada vez que estiraba el brazo hacia la tabla, escuchó las risas de las dos del otro lado de la pared. Hablaban de ella. Lo sabía por los tonos, por los silencios que interrumpían las frases, por la carcajada breve que estalló cuando Belén dijo algo en voz baja.

Sirvió los platos. Las dos jóvenes estaban en el sofá con las piernas estiradas sobre la mesita de centro. Renata dejó la bandeja frente a ellas y se quedó de pie, esperando.

—Arrodillate —dijo Belén.

Renata miró un segundo a Sofía. La chica asintió. Renata se arrodilló sobre la alfombra, con las manos apoyadas sobre los muslos, la espalda derecha. Belén le hizo un gesto con el dedo y Renata gateó hasta quedar entre sus piernas. La estudiante llevaba una pollera corta y no llevaba bombacha. El coño depilado, brillante.

—Empezá.

Renata bajó la cara y le empezó a chupar el coño a Belén mientras Sofía masticaba jamón a un metro de distancia, mirando la escena como quien mira una película. La chica nueva era más ruidosa que Sofía, tiraba de la cabeza de la abogada con las dos manos y jadeaba con la boca abierta.

—Metele la lengua bien adentro, doctora. Cogéme con la lengua. Así. Así, dale, chupame ese clítoris. Uy, qué bien lo hacés, boluda.

Sofía se sumó cuando le dio la gana. Se paró detrás de Renata, se agachó y le empezó a jugar el culo con los dedos empapados en saliva. Le pasó una mano entre las piernas, le pellizcó el clítoris con dos dedos, y Renata gimió con la boca llena de coño de Belén.

—Vas a hacer coger a Belén y después vas a hacerla coger otra vez —dijo Sofía atrás—. Y no te vas a correr vos ni por casualidad. Si te venís sin permiso, mañana toca video en el escritorio del decano.

Renata siguió lamiendo. Belén se corrió dos veces, la primera contra su boca, la segunda mientras la agarraba del pelo y le montaba la cara sin dejarla respirar. Después la mandaron al rincón, de rodillas, con las manos atrás y la boca cerrada, y las dos jóvenes cogieron entre ellas en el sofá durante casi una hora. Renata las miró sin poder tocarse, con el coño chorreando por los muslos hasta la alfombra.

—Podés ir —dijo Sofía después, cuando terminaron—. A la cocina. Y limpiá bien esa mancha del piso, cochina.

Renata fue a limpiarla. Después fue a su cuarto. Se sentó en el borde de la cama y puso las manos sobre las rodillas. Sus manos, que esa mañana habían firmado un contrato de honorarios por doscientos mil pesos. Sus manos, que habían señalado a los jueces y convencido a los tribunales durante quince años.

Se quedó mirándolas un buen rato.

***

En la séptima semana, Sofía cambió una regla.

—Ya no usás ropa adentro. Ninguna. Cuando estés en el departamento, sos mía al cien por cien. Afuera podés ser la doctora Villanueva. Acá sos lo que yo diga.

Renata no protestó. Ya no protestaba.

Esa misma noche, desnuda en el living mientras Sofía miraba una serie en la pantalla, Renata se encontró pensando en el primer día. En las dos valijas. En la sonrisa que había leído como timidez. En cuántas veces en su vida había subestimado a alguien por la altura o por la edad. En cuántas veces había confundido el tamaño de alguien con la medida de su poder.

Sofía apagó la pantalla sin previo aviso.

—Vení acá.

Renata se acercó. Sofía le acomodó el pelo con una mano, despacio, casi con cuidado. Era un gesto diferente a todos los anteriores. Con la otra le pasó los dedos entre las piernas, sin apuro, y encontró el coño empapado. Los levantó, brillantes, y se los llevó a la boca. Los chupó despacio.

—¿Estás bien? —preguntó.

Era la primera vez que lo preguntaba.

Renata pensó en el video, en los Tribunales, en su matrícula, en la reputación que llevaba quince años construyendo piedra por piedra. Pensó en la noche que durmió pegada al hombro de Sofía. Pensó en lo que sentía cuando escuchaba sus pasos en el pasillo. Pensó en el coño de la chica contra su cara, en el sabor, en el peso de esos muslos cerrándose alrededor de sus orejas.

—Sí —dijo.

—¿Segura?

—Sí, ama.

Sofía la miró un momento más. Le acomodó el último mechón detrás de la oreja con el mismo gesto tranquilo de siempre y volvió a encender la pantalla.

—Sentate en el suelo. Acá, a mis pies. Y abrí las piernas, quiero verte el coño desde acá arriba.

Renata se sentó. La luz del televisor le iluminaba la cara. Sofía apoyó los pies descalzos sobre sus muslos, con el peso fácil de quien ya no necesita demostrar nada porque todo está dicho y acordado. Uno de los pies fue bajando hasta apoyársele contra el coño abierto, y la joven empezó a frotárselo, lento, con la planta del pie, sin dejar de mirar la serie. Renata cerró los ojos y respiró hondo.

Afuera, Mendoza seguía igual. Los Tribunales, el Palacio de Justicia, los clientes, los colegas que la respetaban en los pasillos. Todo igual. La doctora Villanueva seguiría ganando casos el lunes. Seguiría siendo temida y admirada. Nadie lo sabría nunca.

Pero a las seis de la tarde, cuando el ascensor del edificio se abriera en el séptimo piso y Sofía apareciera con la mochila colgada de un hombro y esa mirada que no pedía permiso para nada, Renata estaría esperándola de pie junto a la puerta, desnuda, en silencio, con las piernas ligeramente abiertas y el coño ya listo.

Como le había enseñado. Como ya no podía imaginarse no hacerlo. Como si eso, y no los Tribunales, fuera lo único que daba forma a sus días.

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Comentarios(8)

PatriciaLectora

que relato!!! me atrapo desde la primera linea, no pude parar de leer

NorbertoCba

La tension entre los personajes estuvo muy bien construida, de menos a mas. Excelente.

Lucia_mdq

Me encanto, la protagonista es un personaje que no se olvida facil. Seguí escribiendo asi!

LectorBA_99

Hace rato que no leia algo que me dejara con esa sensacion rara al terminar. Los personajes tienen peso real, no son de carton. Espero que hayas pensado en una segunda parte porque quede con ganas de mas.

dani_rosario

tremendo jaja

Marcos21

La dinamica entre las dos estuvo muy lograda, se nota el trabajo detras del relato.

Fernanda_RT

Y que pasa con la carpeta al final?? deja demasiadas cosas abiertas jaja, necesito saber como sigue!

IleanaB

Buenisimo!! lo lei de un tiro y eso ya dice bastante. Seguí subiendo cosas.

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