La finca secreta donde todo cambió entre nosotros
Nuestra etapa más abierta empezó a cobrar vida propia cuando dejamos de controlar cada detalle. Este relato recoge lo que vino después de aquellas primeras fiestas en Sevilla: pequeños encuentros, decisiones precipitadas y la noche en una finca que nos cambió a los dos sin que lo supiéramos todavía.
A principios de diciembre fuimos a Valencia a pasar el puente. Teníamos contacto por internet con una mujer de Cuenca con la que habíamos intercambiado fotos y mensajes durante semanas. Él no era mi tipo, pero a Marcos le gustaba mucho ella, así que propusimos quedar en la capital un día de los que pasaríamos allí. No nos habíamos visto por cámara. Quedamos frente a los Jardines del Turia a mediodía.
—¿Lucía y Marcos, verdad? —Era una mujer sola: guapa, bajita, morena, pelo rizado. Exactamente como en las fotos. —Soy Elena. —Nos dio dos besos.
—¿Cómo estás? ¿Y tu marido?
Se quedó seria de golpe. Nos explicó que nos había engañado: su marido no sabía nada. Le excitaba chatear y tener sexo virtual con desconocidos a espaldas de él, pero había dejado crecer la mentira hasta que ya no sabía cómo pararla. Nos quedamos helados. No nos enfadamos. Hablamos mucho, y como nos pareció sincera en su arrepentimiento y además era simpática y buena conversadora, terminamos comiendo juntos los tres.
Nos contó que tenía más de cincuenta años, que la vida sexual con su marido era aceptable pero que ella necesitaba otras cosas: situaciones de riesgo, hombres más jóvenes que la insultaran. Había tenido dos aventuras. Nosotros éramos la primera pareja con la que quedaba en persona. En cuanto acabamos de comer fuimos al apartamento alquilado y nos pasamos la tarde los tres.
Hubo un momento que no voy a olvidar: a mitad de la tarde le llamó su marido. Nos pidió silencio. Se sentó al borde de la cama a hablar con él y Marcos se puso delante de ella masturbándose. Elena le agarró con fuerza y empezó a moverla rápido. Se corrió en su cara mientras ella hablaba con su marido intentando disimular la respiración. Cuando colgó, se rió sin poder evitarlo y se abalanzó a limpiarle. Una tarde estupenda. La acompañamos a la estación y desde entonces, cada vez que volvemos a Valencia, quedamos con ella.
***
A mediados de enero volvimos a quedar con Silvia y Rodrigo, a los que ya conocíais de un relato anterior. Cenamos en su casa y follamos los cuatro. Bueno, Rodrigo se corrió a los tres minutos de metermela y el resto de la noche se dedicó a tocarse mientras nos miraba. Nos contaron que habían cambiado mucho: salían a locales liberales casi todos los fines de semana. Rodrigo nos reconoció que cada vez le gustaba más mirar cómo Silvia follaba sin participar él mismo, que se había convertido en un voyeur sumiso y lo disfrutaba sin complejos.
Después de esos encuentros, aunque Marcos estaba en su mejor momento y a mí me encanta el sexo en pareja, yo llevaba un tiempo necesitando algo diferente. Lo encontré en Bilbao, a finales de abril, en un local liberal conocido. Marcos hizo un trío con una pareja de nuestra edad mientras yo me fui con un hombre enorme, el primero de ese tipo con el que estaba. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Los días siguientes solo podía pensar en eso.
***
Dos semanas después llamó Silvia. Yo habría preferido quedar con alguien que no fuera mi marido para que me follara bien, pero nos caían bien y Silvia está muy buena. Volvimos a quedar. Esa noche nos contaron que les habían invitado a un evento privado en una finca a las afueras. Un encuentro clandestino organizado por gente con dinero: pocas parejas elegidas y algunos hombres solos.
—¿Queréis venir? Creo que podemos conseguiros invitación.
—Suena un poco turbio —dije.
—He hablado con parejas que han ido y dicen que es una pasada. No es peligroso, en serio.
—¿A ti te parece bien, Rodrigo?
—Da respeto no saber qué te vas a encontrar, pero también es excitante por eso mismo.
—Creo que vamos a pasar —dijo Marcos.
—Pensadlo, ¿vale?
No lo pensamos en serio hasta que a finales de mayo encontramos un sobre negro en el buzón.
«Estimados Lucía y Marcos: han sido recomendados para participar en un encuentro privado que se celebrará en Sevilla el día 15 de octubre. La dirección y las normas de etiqueta las conocerán a su debido tiempo, junto con las instrucciones. Si están dispuestos, llamen al número indicado para confirmar asistencia. Si tienen tabúes o prejuicios, este lugar no es para ustedes.»
Llamé a Silvia.
—Os dijimos que no queríamos ir.
—Será divertido.
—Eso no lo sabes. Igual son un grupo de viejos pervertidos. Igual nos obligan a hacer cosas que no queremos.
—Que no. Me han dicho que es seguro. No te obligan a nada. Solo hay que respetar las normas.
—¿Y si no las respetas?
—Te echan. Y si no cumples las expectativas, no vuelven a invitarte.
—Estás loca. Te has convertido en otra persona.
—Estoy todo el día cachonda, Lucía. En el trabajo, en la calle. Cualquier hombre que me cruzo, solo pienso en cómo me follaría. No sé qué me pasa, pero me encanta.
—Y además Rodrigo ya no te folla.
—Nunca ha sido ninguna maravilla, pero ahora solo quiere mirar. Nada más.
—Vaya pareja estáis hechos.
—Por favor. Venid. Prefiero que vengáis vosotros. Si no os gusta, nos vamos, de verdad.
Esa noche se lo comenté a Marcos. No le entusiasmaba, pero a mí cada vez me apetecía más. Después de un par de días dándole vueltas, nos decidimos. Llamé por teléfono.
—Buenas tardes. Quería confirmar nuestra asistencia.
—En la tarjeta, arriba a la derecha, hay un código. Díganlo.
—Pjmkr82.
—Lucía y Marcos, amigos de Silvia y Rodrigo. Confirmados. El día 15 recibirán instrucciones en este mismo número.
—Perdone, ¿puede decirme en qué consiste exactamente el encuentro?
Hubo un silencio largo.
—Pensé que ya lo sabían. Una reunión de amigos que hacemos cada cierto tiempo. Invitamos a parejas y a hombres solos que se follan a las esposas. Los maridos pueden participar o mirar. Si esto es un problema, olvídenlo. Rompan la invitación.
El silencio largo ahora fue mío.
—¿Y si una vez allí nos arrepentimos?
—No obligamos a nadie. Por eso queremos que lo tengan claro antes. Allí se va a follar. Sin violencia, sin nada escatológico.
—¿Puedo pensarlo y llamarles después?
—No. En cuanto cuelgue destruiré este teléfono. Decídase ahora. Nos da igual, tenemos muchos candidatos.
Lo pensé durante lo que me pareció un minuto entero.
—Confirmamos asistencia.
—Lo sabía. No se arrepentirán.
***
Llegó el día 15. A mediodía recibí una llamada desde número oculto: vestido largo para las mujeres, traje oscuro para los hombres, y el punto de encuentro sería la puerta de un local liberal que ya conocíamos. Pensé que vendría algo elegante. Fue una furgoneta grande de ocho plazas. En ella íbamos nosotros, Silvia y Rodrigo, y otra pareja que ellos sí conocían. Se notaba que no era su primera vez.
En este relato no voy a dar detalles de lugares ni personas reconocibles. Ya sabéis por qué.
Llegamos a una finca enorme en un pueblo a pocos kilómetros de Sevilla. Dos plantas más sótano. Nos pidieron los teléfonos al entrar. La planta baja era como un bar elegante: música suave, barra con camarero uniformado, mesas y sillones. Éramos las tres parejas y siete hombres solos, todos de mediana edad, elegantes. Uno me llamó la atención desde el primer momento: tendría unos sesenta años, alto, delgado, con pelo canoso abundante y barba corta bien arreglada. No hablaba con nadie. Solo observaba. Cruzamos la mirada varias veces. Resultó llamarse Andrés, aunque eso lo supe después.
Pedimos un cóctel y fuimos hablando con el resto. Todo muy correcto y educado. Luego aparecieron tres parejas mayores, de punta en blanco, que se presentaron como los organizadores. Nos explicaron la distribución: sótano como vestuario, planta baja como bar, primera y segunda planta con cuatro habitaciones temáticas cada una, utilizables en pareja o en grupo. Hice los cálculos: seis parejas y siete hombres. Dos hombres por mujer. Pero yo solo tenía ojos para el canoso del rincón.
Bajamos al sótano, nos quitamos la ropa y nos pusimos unas batas de raso que habían preparado. Subimos y seguimos bebiendo. Los primeros en subir fueron dos de las parejas anfitrionas con algunos de los hombres solos. Poco después subimos el resto.
***
Las dos primeras habitaciones eran un glory hole: dos salas contiguas con agujeros en la pared. Silvia, la mujer de la tercera pareja y yo entramos en una; nuestros maridos y uno de los hombres solos, en la otra. En esa puerta Marcos y yo nos besamos y nos despedimos. A partir de ahí, cada uno por su camino.
Enseguida aparecieron pollas por los agujeros. Reconocí la de Marcos. La mujer desconocida se arrodilló y empezó a chupar. Silvia hizo lo mismo con la siguiente. Me quedaban dos para mí. No tenía ganas de chupársela a un desconocido así en frío, así que cogí una con cada mano y empecé a masturbar. Una me pareció la de Rodrigo. Me apoyé en la pared y las moví a las dos a toda velocidad. La primera se corrió enseguida. Seguí con ambas un rato más, ese pequeño sadismo posorgásmico que tanto me gusta. La segunda aguantó algo más pero no mucho. Me limpié las manos con las toallitas que había en la habitación y salí al pasillo.
Abrí la tercera puerta. Cama enorme. Dos de los hombres solos empotrando desde atrás a dos de las mujeres mayores, con fuerza y velocidad constantes. Ellas gemían con los ojos cerrados. En un sofá frente a ellas, sus maridos se masturbaban el uno al otro, muy despacio, sin prisa. Me hicieron una seña. Me quité la bata, me senté en el regazo de uno y puse las piernas encima del otro. Este empezó a chuparme los pies mientras me acariciaba el sexo con los dedos; el otro me besó largo y tranquilo y luego se puso a comerme las tetas. Ahí estaba yo, tumbada sobre dos hombres mayores que me trabajaban a cuatro manos. Tuve mi primer orgasmo de la noche. Todavía con la respiración acelerada me senté entre ellos, los masturbé mientras mirábamos el espectáculo y esperé. Se corrieron. Los besé y salí.
En la siguiente habitación había una cama redonda giratoria. Una de las mujeres anfitrionas llevaba puesto un arnés con un consolador negro y se lo metía a su marido por detrás mientras este le hacía una felación al tercer hombre. Muy morboso, pero yo allí no pintaba nada. Volví al pasillo.
¿Dónde estaba el canoso?
Subí al piso de arriba. Primera habitación: vacía, paredes cubiertas de juguetes eróticos. Dildos de todos los tamaños, vibradores, bolas, látigos, esposas y cadenas. Estaba repasando el arsenal cuando oí cerrarse la puerta a mi espalda.
—Hola. Me llamo Andrés.
Su voz era exactamente como imaginaba: grave, tranquila, sin prisa. Seguía impecable con el traje, como a primera hora.
—Lucía.
—Llevo un rato observándote. Creo que me estabas buscando.
—No, sí, no sé. —Me puse nerviosa de verdad.
—¿Te importa si cierro con pestillo?
—No.
—Bien. No quiero compartirte esta noche.
Se acercó despacio. Recorrió mi hombro con un dedo, bajó por mi brazo hasta las muñecas y me puso unas esposas que colgaban del techo. Cogió un látigo de tiras de tela y empezó a pasarlo por mi cuerpo con calma. Por los pezones. Por el culo. Después, pequeños azotes en mi sexo. Me retorcía de miedo y de placer a partes iguales. Luego sacó un vibrador en forma de U y lo introdujo despacio en mi interior.
—Que no se te caiga.
El aparato empezó a vibrar. Me costó un esfuerzo enorme no correrse ahí mismo.
—Desde que entraste, supe que eras para mí —dijo, sin elevar la voz.
—Yo también me fijé en ti.
—Ya me di cuenta. ¿Cuánto llevas en esto?
—Justo un año. —Justo desde que conocimos a Pablo y Ana y todo empezó.
—¿Has tenido muchas experiencias?
—Unas cuantas. Parejas, hombres, mujeres. De todo.
—Pues eso se acabó por esta noche. Ahora serás solo mía hasta que yo decida. Dilo.
—Soy tuya. Solo seré tuya hasta que tú decidas.
Soltó las esposas y me sacó el vibrador. Me besó con calma, sin urgencia. Me pidió que me tumbara en una camilla boca arriba, con las rodillas dobladas, y ató mis tobillos y muñecas en las esquinas. Lo que siguió me pareció un infinito. Derritió cera sobre mis pechos. Metió y sacó bolas de tamaños crecientes. Me masturbó con varios aparatos mientras otro hacía vibrar el clítoris. No sé cuántas veces me corrí. Mi cuerpo estaba hipersensible, al límite.
—Para. No puedo más.
—Recuerda que eres mía.
Me desató y me besó. Me ayudó a incorporarme y me hizo sentar en el respaldo de un sillón tántrico. Él se sentó en la parte baja y, con mis piernas sobre sus hombros, me comió como no recuerdo que me hubieran comido en mucho tiempo. Después me hizo apoyar el pecho en el respaldo y me folló desde atrás: suave, sin prisa, sin acelerar ni frenar en ningún momento. Como si no quisiera acabar nunca. Después de un rato largo así, se corrió dentro de mí. Me quedé en esa postura, asimilando lo que estaba pasando. No sabía qué me había hecho Andrés, pero estaba completamente rendida.
***
Me acarició la espalda y me preguntó al oído si quería dar una vuelta por la casa. Asentí. Salimos al pasillo de la mano.
Abrimos la siguiente puerta y me quedé sin palabras. Marcos estaba en una cama redonda con las tres mujeres mayores. Un torbellino de brazos y piernas. Se follaba a una mientras besaba a otra. La tercera le comía el culo mientras la que quedaba se sentaba en su cara. Cambiaban de posición como un organismo solo. Marcos estaba pletórico.
Andrés me preguntó al oído si era mi marido. Le dije que sí. Marcos me vio. Le cambió la cara al instante. Yo estaba desnuda en el umbral, Andrés seguía con el traje, y yo tenía agarrada su mano y apoyaba la cabeza en su hombro. Vi que no le gustó cómo me sentía con ese hombre. Una cosa era el sexo. Otra era esto, que los dos percibimos al mismo tiempo: que entre Andrés y yo pasaba algo más. Mi marido apartó la mirada y siguió con las tres mujeres.
Salimos y entramos en la última habitación. Rodrigo estaba atado desnudo en una cruz de San Andrés, excitado, mientras en una cama pequeña en el centro Silvia recibía a uno de los hombres solos con las piernas abiertas. Los otros cuatro esperaban su turno alrededor. El que estaba con ella sacó la polla, se movió rápido y se corrió en su vientre. Otro le sustituyó de inmediato. Así, uno tras otro. Rodrigo miraba con esa cara de idiota feliz que pone cuando lo disfruta de verdad, mientras su mujer era bañada sucesivamente. Me impresionó la escena. Andrés y yo nos sentamos en un sillón y no me perdí un detalle.
Poco a poco la habitación fue quedando vacía. Silencio. Desaté a Rodrigo. Recogió a Silvia y salieron sin decir nada.
—Cuando hablé contigo por teléfono, ya sabía que quería que fueras mía esta noche —dijo Andrés.
—¿Cómo? ¿Eras tú el del teléfono? Pensaba que eras un invitado más.
—No. Yo organizo estas veladas. Las tres parejas que hicieron de maestros de ceremonias son mis clientes; a ellos les monté el espectáculo. Vosotros seis sois los invitados de honor. Y los hombres solos pagaron bastante por estar aquí esta noche.
Me quedé sorprendida, enfadada y halagada a la vez. Me estaba colgando de ese hombre y lo sabía perfectamente.
—Baja cuando quieras. Podéis tomar algo, vestiros y marchar. La empresa de limpieza tarda tres horas.
—¿Podemos quedarnos un poco más aquí los dos?
Nos quedamos en el sofá hablando, besándonos. No follamos más, pero terminé haciéndosela. Dieron las cinco de la mañana.
—Tengo tu teléfono. Si no te importa, quiero volver a contactarte. ¿Me das tu permiso?
—Pensaba que ya me lo habías quitado. Que ya te pertenecía.
Se rió a carcajadas.
—Sabía que eras diferente, Lucía.
Me besó y salió de la habitación.
***
Bajé a la planta baja. Los hombres solos charlaban en grupo. En la barra Marcos hablaba con la tercera pareja. Me puse a su lado. Me besó. Le besé. Bajamos al sótano, nos aseamos y vestimos, y cuando los seis estábamos listos nos llevaron de vuelta a la ciudad. Fuimos en silencio todo el trayecto. Apreté la mano de Marcos y apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Qué pasa con ese hombre?
—¿A qué te refieres?
—A que yo he estado con cinco mujeres esta noche y tú solo con él.
—No lo sé, cariño.
—¿Te gusta?
—Sí. Algo pasó. No puedo explicarlo. Quiere volver a quedar. ¿Tú qué piensas?
Esa noche, al día siguiente y durante muchos días después hablamos mucho sobre la experiencia. Volvimos a quedar con Andrés muchas más veces. Se convirtió en amante, en amigo, en algo que todavía no sé cómo nombrar. Pero no quiero adelantar nada.
A la otra pareja los hemos visto alguna vez por la calle, sin nada más. Silvia y Rodrigo pasaron una mala racha después de aquella noche, pero siguieron juntos y se alejaron completamente de los clubs y los intercambios. Seguimos teniendo muy buena relación con ellos. Ya irán saliendo en futuros relatos.