Las sirvientas me tomaron como su esclavo
Yo no sabía nada. Ignoraba que mi padre había perdido sus derechos sobre la casona, que la baronesa Adriana lo había orquestado todo con la paciencia meticulosa de quien lleva años esperando el momento exacto. Para mí, aquella mansión seguía siendo el mismo lugar opresivo y aburrido donde transcurrían mis días sin mayores consecuencias, y mi única forma de afirmación era molestar a esas dos criadas viejas cuya presencia me resultaba tan repulsiva. Dormí sin sospechar nada, envuelto en sábanas de hilo fino, completamente ajeno a lo que se preparaba al otro lado de la puerta.
Dormía boca abajo cuando las presentí. No las oí: algo cambió en el aire, una densidad distinta que rozó mis sentidos sin terminar de despertarme. Las dos criadas —Catalina y Esperanza— se habían descalzado antes de entrar. Avanzaban en medias negras sobre la alfombra, sus cuerpos pesados moviéndose con una sigilo que no esperaba de mujeres de su edad. Tenían una llave. La habían conseguido quién sabe cuándo, y la habían girado en el cerrojo con un clic metálico que no bastó para sacarme del sueño.
Del bolsillo del delantal, cada una sacó unos guantes de goma largos, hasta el codo. Eran guantes de trabajo, oscurecidos por el uso, con esa pátina marrón y grasosa que tienen los objetos que han tocado suciedad durante años. Los que se usan para fregar suelos o vaciar cubos. Empezaron a ponérselos en silencio. La goma rechinó al estirarse, un sonido húmedo y tenso que se extendió por la habitación. Tal vez ese chirrido llegó a algún rincón de mi sueño. Tal vez no. Mi cuerpo no reaccionó a tiempo.
***
Dos masas cayeron sobre mí desde lados distintos antes de que pudiera abrir los ojos del todo. El impacto fue aplastante. Me dejó sin aire, con la cara hundida en la almohada y los brazos atrapados bajo el peso de sus cuerpos. Una mano enguantada aferró mis muñecas y las retorció hacia mi espalda con una fuerza brutal. El metal de las esposas se cerró con dos chasquidos rápidos y definitivos.
Intenté gritar. No llegué a tiempo.
Una de ellas se inclinó sobre mi cabeza. Vi, confuso y desorientado, cómo Catalina se levantaba la falda del uniforme y se bajaba las bragas por debajo de las medias sin apresurarse. Eran unas bragas viejas, de algodón grueso, blancas alguna vez y ahora amarillentas en la entrepierna, con una mancha oscura y húmeda en el centro que delataba las horas que llevaban pegadas a su coño. Me las acercó a la nariz primero, restregándolas contra mi cara, obligándome a olerlas. El hedor era espeso y agrio, sudor viejo mezclado con flujo, con orina antigua, con algo animal que me revolvió el estómago. Se rió al ver mi arcada.
—Huele bien lo que has estado despreciando todos estos años —me dijo.
Los dedos enguantados me pellizcaron la nariz para forzarme a abrir la boca. Cuando lo hice, empujó la tela empapada hasta el fondo, hundiéndola con dos dedos entre mi lengua y mi paladar, apretándola contra las muelas. El sabor fue un golpe físico: amargo, acre, salado, con esa densidad viscosa del coño sin lavar que se te pega a la garganta y no se va. Sentí la humedad de sus jugos secos deshaciéndose en mi saliva, entrando en mí. Antes de que pudiera escupirla, un rollo de cinta adhesiva pasó varias veces alrededor de mi cabeza, apretando, sellando cada posible sonido.
Me ataron los tobillos con cuerda áspera. Me ajustaron un collar de metal al cuello y lo fijaron al cabecero con un candado. En menos de tres minutos estaba completamente inmovilizado sobre mi propia cama: muñecas esposadas, tobillos sujetos, cuello anclado, boca sellada con el sabor del coño de Catalina inundándome cada respiración. No podía moverme un centímetro en ninguna dirección.
Las risas empezaron cuando terminaron de asegurarse.
Eran unas risas cascadas y graves, cargadas de una satisfacción que no disimulaban.
—Pobre estúpido —dijo Catalina con un deleite que se le notaba en cada sílaba—. No lo vio venir. Ahora va a pagar por todo lo que nos ha hecho.
—Va a aprender a obedecernos —añadió Esperanza con una calma que resultaba más amenazante que el grito—. Sin rechistar y sin dilaciones. Y va a aprender a mamar todo lo que le metamos en la boca sin quejarse.
Yo luchaba. Tiraba de las esposas hasta que el metal me mordía la piel, intentaba separar los tobillos contra la cuerda, levantaba la cabeza lo que el collar permitía. Era completamente inútil. Cada movimiento era un recordatorio de mi impotencia, y ellas lo observaban con los brazos cruzados, sin inmutarse.
***
Del bolso que habían traído sacaron dos varas de madera, largas y finas como juncos. Las flexionaron en el aire con un movimiento que revelaba experiencia. Catalina aferró mi pelo con los dedos enguantados y tiró hacia arriba, obligándome a levantar la cara lo que el collar permitía.
—A partir de hoy haces lo que te digamos —dijo—. Lo que sea y cuando sea.
El primer golpe llegó sin aviso sobre las nalgas desnudas, porque me habían arrancado el pantalón del pijama de un tirón. La vara cruzó mi carne con un sonido seco y un dolor que me arqueó la espalda entera. El grito murió en la mordaza, convertido en un gemido sordo que nadie escuchó. La segunda vara cayó un instante después, en el mismo lugar exacto. El dolor se multiplicó.
No se detuvieron.
Caían en un ritmo constante y sin prisa, alternándose, como si hubieran practicado juntas durante años. El dolor fue transformándose: dejó de ser agudo para convertirse en algo más profundo y persistente, una agonía que se acumulaba capa sobre capa sin dar tiempo a recuperarse. Entre los varazos, una mano enguantada de Esperanza se coló entre mis muslos y me agarró los cojones con una firmeza que me hizo aullar dentro de la mordaza. Los apretó lentamente, midiendo mi umbral, arrancándome cada gramo de dignidad que me quedaba.
—Mira lo que tenemos aquí —dijo con una risa seca—. Un par de huevitos que van a servir para algo por primera vez en su vida.
Los soltó solo para volver a la vara. Lloraba sin poder evitarlo. Las lágrimas se mezclaban con el sabor horrible de la mordaza empapada de coño, y todo junto formaba una humillación que me vaciaba por dentro más que el dolor físico.
Sus risas continuaban entre los golpes. No era crueldad sin más: era disfrute genuino y calculado, el placer de quien ha esperado mucho tiempo algo que por fin puede tomar sin consecuencias.
—¿Aprendiendo? —preguntó Esperanza entre varazo y varazo, mientras deslizaba dos dedos enguantados entre mis nalgas ardidas y me tanteaba el culo con una insistencia que me heló la sangre—. Esto de aquí también nos pertenece ahora. Todo lo que tienes es nuestro. Cada agujero.
Continuaron durante lo que me pareció una hora o más. Cuando finalmente pararon, mi cuerpo era un mapa de dolor, las marcas en mi piel ardían como brasas encendidas y no me quedaban fuerzas para intentar nada. Se pusieron de pie, apagaron la luz y salieron sin soltar ninguna de las ataduras. Me dejaron así, en la oscuridad total, con el sabor del coño de Catalina en la garganta y el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo.
No dormí. No podía.
***
Al amanecer regresaron. Entraron con la misma llave y me desataron con una eficiencia fría que no dejaba espacio para la esperanza. Sobre la cama tiraron un uniforme de sirvienta: vestido negro con delantal blanco, medias negras, cofia rígida y zapatos de tacón que parecían pensados para lastimar.
—Póntelo —ordenó Catalina.
No contesté. Me puse el uniforme. La tela negra se me pegaba a las nalgas destrozadas y cada roce era un recordatorio de la noche anterior. No me dieron ropa interior. Debajo del vestido iba desnudo, con el culo abierto al aire y la polla colgando sin protección alguna.
—A partir de hoy eres nuestra —dijo Esperanza mirándome de arriba abajo—. Limpiarás, fregarás, harás todo lo que se te ordene. Y lo harás bien a la primera.
Me hicieron arrodillarme en el suelo de la cocina con un cepillo y un balde de agua sucia. Las rodillas sobre el mármol frío. Las dos me vigilaban desde la mesa, sentadas, bebiendo café con tazas de porcelana, hablando entre ellas como si yo no estuviera. Cuando encontraban un rincón mal limpiado o una mancha que había pasado por alto, la vara aparecía sin previo aviso. Cada corrección era un golpe sobre la piel ya castigada, en los mismos sitios, con la misma precisión metódica de la noche anterior.
Lloraba en silencio mientras fregaba. No había espacio para otra cosa.
A media mañana, Esperanza se levantó, se acercó por detrás y me pisó una mano con el tacón del zapato. La aguja del tacón se hundió entre mis nudillos hasta hacerme gemir.
—Deja de fregar y ven aquí —dijo.
Se sentó en la silla de la cocina, abrió las piernas bajo la falda negra y me tiró del pelo hasta que mi cara quedó a la altura de sus muslos.
—Ayer probaste el coño de Catalina. Es justo que hoy pruebes el mío. Métete debajo.
Me obligó a arrastrarme bajo la mesa, a meter la cabeza entre sus piernas abiertas. El olor del coño de Esperanza era distinto: más fuerte, más rancio, con esa pesadez de mujer madura que no se lava demasiado. No llevaba bragas. Me estampó la cara contra su entrepierna con las dos manos enguantadas.
—Lame. Y si paras antes de que yo lo diga, la vara te va a doler más que anoche.
Saqué la lengua. Empecé a lamerle el coño arrugado, los labios gruesos y colgantes, el clítoris duro que salía de entre el vello canoso. Me forzó a hundir la lengua hasta el fondo, a tragarme sus jugos ácidos, a girar sobre el clítoris hasta que la mandíbula empezó a dolerme. Catalina se acercó a mirar con la taza de café en la mano, riéndose bajito.
—Lo hace bien el pequeño señor. Mira cómo babea.
Esperanza se corrió agarrándome del pelo, aplastándome la cara contra su coño hasta que no pude respirar. Sentí las contracciones de sus muslos alrededor de mi cabeza, el chorro tibio y viscoso deshaciéndose contra mi boca, el temblor lento de su vientre. Cuando terminó, me apartó de un empujón y me tiró el trapo de fregar.
—Límpiate la cara y sigue con el suelo.
A mediodía me ordenaron doblarme sobre el respaldo de una silla con las manos apoyadas en el asiento. Levanté el uniforme sin que tuvieran que decírmelo dos veces. Las varas volvieron a caer, y esta vez metieron en mi boca el mismo trapo húmedo que yo había usado para fregar el suelo. Olía a jabón barato y a suciedad de cocina.
—Así aprenden los que no saben respetar —murmuró Catalina, y entre golpe y golpe me hundía dos dedos enguantados en el culo, sin lubricar, forzando la entrada seca, ensanchándome a la fuerza. La goma raspaba, mordía. Yo aullaba dentro de la mordaza mientras ella movía los dedos con una técnica que revelaba que aquello tampoco era nuevo para ella—. Ahí tienes que aprender a abrirte. Esta noche vas a necesitarlo.
Prometí obedecer en todo. No tenía otra opción posible.
***
Esa misma tarde entró la baronesa Adriana.
Era una mujer de unos cincuenta años, envuelta en un abrigo largo de piel oscura, con guantes de cuero negro ajustados que le llegaban a la muñeca. Entró en la sala donde Catalina y Esperanza me tenían arrodillado, me observó un momento con la expresión de quien inspecciona algo recién adquirido, y asintió con satisfacción.
—Bien —dijo.
Sacó un documento del bolso y lo extendió ante mí. Varias páginas densas, con párrafos apretados que no leí. Me señaló la línea de firma con un dedo enfundado en cuero.
—Firma.
Firmé.
La baronesa guardó el documento, se acercó y me acarició la mejilla con el revés del guante. El gesto tenía algo de condescendiente y casi afectuoso que resultaba más humillante que cualquier golpe.
—Así me gusta —dijo—. Vas a quedarte aquí. Harás todo lo que estas dos señoras te ordenen, y todo lo que yo necesite cuando lo necesite. Tu única función es firmar papeles y obedecer sin cuestionamientos.
Hizo una pausa breve, calculada.
—Y si alguna vez se te ocurre desobedecer lo más mínimo...
La bofetada llegó abierta, con toda la superficie del guante de cuero contra mi mejilla. Seca. Luego otra, del otro lado, igualmente precisa. El dolor era distinto al de las varas: más inmediato, más personal, más destinado a humillar que a castigar.
Las dos criadas se rieron.
—Recibirás azotes cada día —continuó la baronesa con una calma perfecta— hasta que no te quede un centímetro de piel sin marcar. ¿Ha quedado claro?
—Sí —respondí.
Se abrió el abrigo con una lentitud calculada. Debajo no llevaba nada más que un corsé negro de cuero que le apretaba la cintura, medias con liguero y unas bragas del mismo cuero brillante que apenas cubrían un coño depilado. Me agarró del pelo y me acercó la cara a la entrepierna.
—Bésalas.
Besé el cuero tibio. Olía a la piel de la baronesa por debajo, a un perfume caro y a coño limpio, muy distinto al de las criadas. Me apartó las bragas a un lado con dos dedos enguantados y me presentó el clítoris.
—Y esto también. Con respeto. Como si fueras un perro agradecido de que le den de comer.
Le besé el clítoris. Le pasé la lengua con la reverencia que me exigía, moviéndola en círculos lentos mientras ella me sujetaba la cabeza con los guantes. La baronesa no gimió ni una vez. Simplemente cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás y me usó como si yo fuera un objeto de baño, hasta que sintió lo que quería sentir. Luego me apartó de un tirón y volvió a cerrarse el abrigo con la misma lentitud con que se lo había abierto, sin más comentario.
Extendió el pie. Botas de tacón alto, negras, con el cuero reluciente bajo la luz de la tarde.
Incliné la cabeza y lamí la suela sin que me lo tuvieran que repetir. La lengua raspaba contra el cuero sucio, contra los restos de la calle, contra el sabor metálico de las suelas usadas. La baronesa esperó un momento antes de apartar el pie con brusquedad.
—No es suficiente —le dijo a Catalina sin mirarme—. Continúen con los castigos. Quiero que entienda exactamente dónde está y quién manda aquí.
***
Protesté. Fue el último error que cometí ese día.
Esperanza sacó la cuerda del bolsillo del delantal antes de que terminara de hablar. Catalina aferró mis brazos por detrás. En menos de un minuto estaba atado a la silla, con los tobillos sujetos a las patas, sin posibilidad de moverme.
Empecé a suplicar en voz alta.
Esperanza se detuvo, me miró con una expresión tranquila y divertida, y se levantó la falda del uniforme. Esta vez no se quitó las bragas: se puso de espaldas, se bajó las bragas hasta las rodillas y me plantó el culo desnudo en la cara.
—Le gustan mucho nuestras cosas —le dijo a Catalina—. Pues va a besarme el ojete antes de que le sellemos la boca. A ver si aprende cuál es su sitio.
Sentí el olor a sudor y a mierda vieja pegado a las nalgas gordas. Me obligó a hundir la nariz entre los cachetes carnosos, a sacar la lengua y pasarla por el agujero fruncido y arrugado. Lo hice porque no había otra cosa que hacer, y sentí cómo se reían las dos al oír mis arcadas.
Cuando estuvieron satisfechas, la mordaza volvió a su lugar —esta vez con las bragas de Esperanza, empapadas en su parte trasera—. El sabor, de nuevo, aún peor. Las varas, de nuevo. Esta vez en un ritmo todavía más lento, casi ceremonial, mientras yo no podía hacer otra cosa que llorar atado a esa silla, con el uniforme de sirvienta sobre el cuerpo y la certeza de que aquello no iba a terminar hasta que ellas decidieran parar.
Cuando pararon, no quedaba nada en mí que se resistiera. Ni voluntad, ni orgullo, ni siquiera la energía suficiente para seguir llorando.
***
Aquella noche no dormí en la habitación donde había transcurrido mi vida. Me llevaron al sótano: paredes con la pintura saltada, frío húmedo que se metía en los huesos y un olor a encierro que sugería años de abandono. Me encadenaron a la pared con cadenas gruesas y un candado en los tobillos, con el collar sujeto a una argolla de hierro oxidado que no cedía un milímetro. No podía sentarme del todo ni estirarme.
—Este es tu sitio de ahora en adelante —dijo Catalina antes de cerrar la puerta—. Aquí estarás cuando no te necesitemos arriba.
La llave giró. La oscuridad fue completa.
Escuché sus pasos alejarse por las escaleras de madera hasta que el silencio los engulló. Luego, solo el sonido de mis propias cadenas cuando me movía.
En algún momento de la madrugada, encadenado contra la pared húmeda, con el dolor latiendo en cada parte de mi cuerpo, empecé a entender que todo lo que había ocurrido estaba planeado con mucho tiempo de anticipación. La llave, las esposas, las varas, el uniforme, los documentos de la baronesa: nada era improvisado. Era un plan ejecutado con precisión por personas que habían esperado el momento adecuado. Yo había sido el único que no lo sabía, y esa ignorancia, comprendí entonces, había sido parte fundamental del plan.
***
Arriba, en sus habitaciones, las dos criadas se retiraron con la satisfacción tranquila de quien ha completado un trabajo pendiente desde hace demasiado tiempo. Catalina tardó en dormirse. Repasaba mentalmente cada momento de la noche con una atención que no era puramente profesional. Se pasó la mano enguantada por el muslo bajo las sábanas, se metió dos dedos en el coño mojado y se corrió lentamente pensando en la cara del señorito lamiendo el ojete de Esperanza, en la boca abierta forzada a recibir bragas empapadas. Se dijo a sí misma que a partir de esa semana habría algo mejor que las varas para pasar las noches largas del invierno.
Esperanza, en cambio, no pensaba en el pasado. Abrió el cajón de la mesilla y sacó el arnés que llevaba guardado durante años, esperando el momento y la persona adecuados. Lo sostuvo un instante frente al espejo, ajustándoselo a la cintura con la hebilla de cuero. El falo de goma era grande y negro, grueso como una muñeca de mujer, con venas marcadas y una punta ancha y roma que prometía trabajo. Se lo ajustó, se palpó la verga postiza como si fuera suya y sonrió a su reflejo.
Bajó al sótano esa misma noche. No esperó ni siquiera un día. La cerradura cedió y la puerta se abrió sobre mí sin advertencia. En la mano llevaba una vela encendida y un frasco de aceite. Se acercó sin decir palabra, me soltó las cadenas de los tobillos solo lo suficiente para separarme las piernas y me obligó a doblarme contra la pared, con el culo abierto hacia ella.
—Llevo veinte años viéndote pasar por delante sin saludar —me dijo con la voz muy baja, echándose aceite en la palma enguantada—. Veinte años oyéndote hablarnos como si fuéramos muebles. Esta noche voy a follarte por cada uno de esos años.
Me metió los dedos primero, sin ceremonia, tres a la vez, empujando el aceite dentro de mí, abriéndome el ojete a la fuerza. Yo apretaba los dientes, la mordaza aún en la boca, tragándome los aullidos. Cuando decidió que era suficiente, no lo era: apoyó la punta del falo negro contra mi agujero y empujó de una sola vez, hasta el fondo, con una brutalidad que me hizo ver luces detrás de los párpados. Sentí que algo se rompía dentro de mí, que el culo se me abría hasta un límite que no sabía que tenía. El dolor era distinto a todo lo demás: interno, profundo, humillante en un plano nuevo.
Esperanza empezó a follarme con embestidas lentas y largas, sacando el falo casi por completo antes de volver a hundirlo hasta la base. Con cada empujón, sus caderas gordas golpeaban contra mis nalgas ya destrozadas por la vara, y el dolor de los verdugones se mezclaba con la presión del falo dentro. Me agarró de las caderas con las dos manos enguantadas y empezó a acelerar. Yo lloraba contra la pared húmeda del sótano, con la boca sellada, con la polla colgando dura sin que yo quisiera —el cuerpo traicionándome, respondiendo al vaivén con una erección que me humillaba más que cualquier otra cosa.
—Mira eso —se rió detrás de mí, alargando una mano para agarrarme la verga—. Al señorito le gusta que le rompan el culo. Quién lo iba a decir.
Me la meneó mientras me seguía follando, con dedos firmes y expertos, sin dejarme correrme, apretándome la base cada vez que sentía que estaba a punto. Me tuvo así durante mucho tiempo, empalado en su falo, con la mano trabajándome la polla, alternando el ritmo, disfrutando de mi desesperación. La verga de goma me arrasaba por dentro con cada embestida, y ella jadeaba cada vez más fuerte, la cadera de la mujer madura moviéndose contra mí con la fuerza de quien se está corriendo también, restregándose el clítoris contra la base del arnés.
Cuando ella se corrió —con un gruñido largo y sordo, clavándome el falo hasta el fondo y quedándose ahí, apretando— me soltó la polla y me dejó correrme por fin. La leche me salió a chorros contra la pared del sótano, un orgasmo brutal que me sacudió entero mientras seguía empalado, mientras seguía llorando, mientras entendía en el mismo instante que también eso lo iban a usar contra mí, que ese placer arrancado a la fuerza era otra pieza más de la jaula que me estaban construyendo.
Esperanza sacó el falo de un tirón. Sentí el frío del aire entrando en el agujero abierto, la sensación de vacío y de desgarro. Se puso de pie sin decir nada, se limpió el arnés con un trapo, y se detuvo un instante para mirarme, encadenado y jadeando, con la mordaza empapada y el semen goteando por la pared.
—Desde esta noche bajaré cuando me venga en gana —dijo—. Sin avisar. Sin horario. Cada vez que me acuerde de una cosa que hiciste o dijiste alguna vez, bajaré y te la cobraré. No vas a saber nunca cuándo. Esa también es parte del castigo.
Volvió a subir sin decir una palabra más, dejándome encadenado en la oscuridad, con el sabor de las bragas todavía en la boca, el culo destrozado, y la certeza definitiva de que a partir de esa noche mi cuerpo ya no era mío.
Lo que vino después de aquella primera noche merecería contarse por separado.