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Relatos Ardientes

Desperté encadenado en el sótano de una anciana

Desperté desorientado en un lugar que no reconocía. No tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí. Estaba tumbado en el suelo, completamente desnudo, y eso fue lo primero que me heló la sangre. Me puse nervioso e intenté incorporarme deprisa, pero descubrí que no tenía fuerzas. Mi cuerpo no respondía, como si los músculos se hubieran desconectado de mi voluntad.

Traté de calmarme y recomponer la noche anterior. Lo último que recordaba con claridad era estar tomando una copa con aquella mujer, una desconocida elegante y guapísima a la que pensaba llevarme a la cama sin demasiado esfuerzo. La memoria se me iluminó de golpe. Había sido víctima exacta de la estrategia que yo mismo había usado tantas veces. Me habían drogado. Alguien había echado algo en mi copa mientras yo me creía el cazador.

El verdugo se había convertido en presa. Estaba probando mi propia medicina, y la dosis era mucho más fuerte que cualquiera de las que yo había servido. No podía mover un solo dedo. Recorrí la sala con la mirada, lo único que aún obedecía. Era un sótano lúgubre y destartalado, o quizá un almacén abandonado: paredes carcomidas, suelo de cemento, armarios viejos, una butaca rota y trastos amontonados contra un rincón. Un sitio que nadie pisaba desde hacía años.

La puerta se abrió. Esperaba ver entrar a la mujer guapa que me había engañado, pero me equivoqué por completo. En el umbral apareció alguien totalmente distinto. Una mujer de edad avanzada, una anciana que rondaría los setenta años, entró sin prisa. Lo que más me impactó fue su tamaño: era enorme, corpulenta, de espaldas anchas y brazos gruesos, con un cuerpo que sobrepasaba con holgura los cien kilos. Llevaba el pelo gris recogido en rizos apretados, unas gafas metálicas y una expresión severa que las arrugas hacían parecer todavía más dura.

¿Quién demonios era esta anciana, y qué quería de mí?

Se acercó hasta donde yo seguía inmóvil. Del bolsillo largo de su bata sacó un fajo de fotografías y empezó a mostrármelas una a una, sin decir palabra. Las reconocí a todas. Eran mujeres que en el pasado había engañado, usado y humillado. Aprovechándome de mi dinero y de mis promesas vacías, había hecho con ellas lo que me dio la gana. Cuando me cansaba, las echaba de mi casa entre risas, sin una pizca de remordimiento. Había sido un cretino. Nunca había sido un hombre de verdad.

Comprendí entonces que todas aquellas mujeres se habían unido y habían contratado a esta anciana para algo. Para asustarme, pensé. Ella guardó las fotos y por fin habló.

—Te preguntarás qué haces aquí —dijo con voz tranquila y grave—. Es muy sencillo. Llevas años despreciando, embaucando y humillando a las mujeres. Eso se terminó hoy. Yo me voy a encargar de que así sea.

No me dio más explicaciones. Se dirigió a un lado del sótano y, ante mi mirada incrédula, empezó a quitarse la bata. Quedó en ropa interior: un conjunto oscuro y holgado, medias gruesas sujetas con ligas a una cintura ancha, y unas botas planas y enormes que le llegaban casi hasta las rodillas. Sin la bata parecía aún más imponente, una mole de carne y determinación. Sus tetas colgaban pesadas dentro de un sostén negro descolorido, dos sacos enormes de carne floja que se balanceaban con cada movimiento. El vientre le caía sobre las bragas anchas, y los muslos, gruesos como troncos, se rozaban entre sí al andar.

Fue hasta un estante y cogió unos guantes de goma largos, de los de fregar. Empezó a calzárselos con esfuerzo; sus brazos eran tan gruesos que la goma apenas cedía. Tiró, retorció y estiró el látex hasta encajar cada dedo, y el chasquido seco se repitió una y otra vez en el silencio. Los guantes estaban gastados, antes amarillos y ahora marrones de mugre. Aquel gesto me asustó más que cualquier palabra. ¿Para qué necesitaba unos guantes sucios?

Se acercó cargando varios objetos metálicos. Sin mediar palabra, empezó a atarme. Me colocó unas esposas resistentes y me las cerró a la espalda, apretándolas hasta hacerme daño en las muñecas. Sentí el frío del metal y el tacto de la goma de sus guantes. Luego pasó a mis tobillos: dos grilletes con hebilla, anclados a unos ganchos que sobresalían del suelo de cemento. No estaba tirado allí por casualidad. Aquel rincón estaba preparado de antemano. Echó un candado grueso sobre cada grillete y giró la llave, dejándome con las piernas abiertas y sujetas al suelo, la polla y los huevos colgando expuestos al aire frío del sótano, indefensos.

En cuestión de minutos quedé encadenado de pies y manos. No había opuesto la menor resistencia; la droga aún me mantenía inerte. La anciana repasó su trabajo con una satisfacción tranquila, segura de que no iba a ir a ninguna parte.

Poco a poco el sedante empezó a remitir. Recuperé sensibilidad, fuerza, voz. Tiré de las esposas, forcejeé contra los candados, pero el metal no cedió ni un milímetro. Estaba completamente inmovilizado. Y con la rabia llegaron los insultos.

—Suéltame ahora mismo, vieja loca. En cuanto me libere te voy a moler a patadas —le grité, fuera de mí.

Ella me miró impasible, sin inmutarse. Fue de nuevo al estante y volvió con un rollo de cinta de embalar y una venda. Se detuvo frente a mí.

—No vas a volver a abrir esa boca sucia. No pienso aguantar tu falta de modales —dijo mientras se bajaba la prenda interior y la sacaba por encima de las botas.

Al bajarse las bragas quedó a la vista un coño canoso, cubierto por una mata gris y espesa de vello que le tapaba media entrepierna. Los labios mayores le colgaban gruesos y oscuros entre los muslos, arrugados por los años, y el olor rancio de aquella carne me llegó de golpe, agrio y penetrante. Se acercó con la ropa interior usada en su mano enguantada. Estaba sudada, con el fondo amarillento y una mancha húmeda que aún brillaba en la tela. El hedor me golpeó antes de que llegara a tocarme: sudor viejo, coño rancio, orina. Me agarró la cara con una mano y, con la otra, me forzó la tela dentro de la boca, con la parte más manchada apoyada contra la lengua. Apretó con la yema de los dedos, empujando poco a poco, sin darme un segundo de tregua, hasta rellenarme la boca por completo. El sabor era nauseabundo, agrio, repugnante, salado, con un fondo amargo que me raspaba la garganta. Tuve arcadas, pero no pude escupir nada. Enrolló la venda alrededor de mi boca y mi cabeza, vuelta tras vuelta, tensándola con fuerza, y la remató con la cinta gris. Gastó medio rollo. La presión era tan brutal que ni siquiera podía articular un sonido. Estaba amordazado, humillado, reducido a un bulto en el suelo de aquel sótano, con el sabor de su coño sucio pegado al paladar.

***

Pero sus preparativos no habían terminado. Cogió una cadena gruesa y la lanzó por encima de una viga de cemento que cruzaba el techo. No entendí qué pretendía hasta que me ciñó al cuello un collar ancho, de los que se usan con perros grandes, y lo cerró con otro candado, uniendo ambos extremos de la cadena. Ahora estaba sujeto también por arriba: manos a la espalda, pies clavados al suelo y la cabeza tirada hacia el techo. No podía moverme en absoluto. Intenté gritar, pedir ayuda, lo que fuera, pero la mordaza ahogaba cada intento. Solo conseguía tragar más de aquel sabor inmundo, chupando sin querer la tela empapada de su flujo viejo.

—Es inútil que lo intentes —dijo ella, observándome con calma—. Nadie sabe que estás aquí. Nadie va a oírte. No pienso quitarte la mordaza. Vas a pasar una buena temporada encerrado en este lugar, y todo dependerá de tu comportamiento. Si aprendes rápido, quizá te suelte pronto. Si no… puedes quedarte aquí días, meses, o no salir nunca.

Forcejeé con todas mis fuerzas, pero era como pelear contra una pared. Era un objeto inerte y ella lo sabía. Su mano enguantada bajó de golpe y me atrapó los huevos, apretándolos con una fuerza brutal. Un dolor sordo y punzante me subió por el vientre. Los estrujó, los retorció, tirando hacia abajo, y yo aullé dentro de la mordaza mientras las lágrimas me saltaban. Me soltó cuando me vio con los ojos en blanco. Luego me cogió la polla flácida entre el pulgar y el índice, con la punta de goma sucia rozándome el glande, y me la sacudió con desprecio, como quien manosea una salchicha vieja.

—Mira lo que tienes ahí colgando —se rio con desdén—. Con esta cosita ridícula has hecho llorar a tantas mujeres. Vamos a ver si con la correa aprendes a usarla como es debido.

—Vas a pagar por cómo has tratado a las mujeres —continuó, soltándome—. Día tras día vas a aprender a respetarlas. Nadie vendrá a ayudarte. Vas a conocer el infierno.

Se dirigió a un armario y sacó una correa de cuero marrón, ancha y gruesa. La sopesó en su mano enguantada con una sonrisa fría.

—¿Alguna vez te han calentado el culo a correazos? —preguntó—. Seguro que no. Si te hubieran educado así, te habrías comportado de otra manera. Te voy a azotar de diez en diez. Cada tanda más fuerte que la anterior. Vas a llorar, pero en silencio, sin molestarme. Y no voy a parar hasta dejarte el culo morado.

Se ajustó otra vez los guantes, enrolló un extremo de la correa en la mano y se colocó a un metro detrás de mí. Hubo un segundo de silencio absoluto.

Y entonces cayó el primer golpe.

El cuero impactó contra mi piel desnuda con un chasquido seco y un dolor que me recorrió la espalda entera. Nunca me habían azotado. El escozor de aquellos primeros diez correazos fue feroz, y tal como había prometido, la segunda tanda fue peor. Aumentó la fuerza, y con ella mi sufrimiento. La correa era un hierro candente sobre mi piel. Perdí la cuenta de los golpes y de las tandas, pero os aseguro que empecé a vivir el infierno que me había anunciado. Cada azote era un suplicio. Lloraba en silencio, sin poder gritar, sin poder suplicar.

Cuando creí que se detenía, se acercó y me agarró del pelo, tirando hacia arriba con una fuerza brutal. Acercó su rostro arrugado al mío para obligarme a mirarla.

—¿Ya estás llorando? —dijo casi divertida—. Si solo acabamos de empezar. Tenía tantas ganas de azotar a un imbécil como tú con todas mis fuerzas. El destino me ha hecho un regalo. Esto va a ser muy largo, te lo prometo.

Sin soltarme el pelo, se sentó pesadamente en la butaca rota que había frente a mí y separó las piernas gruesas y arrugadas. El coño canoso quedó abierto ante mis ojos, los labios mayores caídos y los interiores más oscuros asomando entre la mata gris. Con la mano enguantada se separó los pliegues, mostrándome el rosa mate de su interior y un clítoris grande, hinchado, que asomaba entre la carne floja como un botón oscuro.

—Mira bien, cerdo —dijo—. Este es el coño que vas a chupar hasta dejarme corrida cuando yo lo decida. Y me la vas a chupar bien, con la lengua entera, o te muelo a correazos hasta que te la aprendas de memoria. Vas a probar a qué sabe una mujer de verdad, y no las putitas jovencitas a las que engañabas con billetes.

Se metió dos dedos enguantados en el coño y los sacó brillantes, empapados de un flujo espeso y turbio. Me los restregó por debajo de la nariz, embadurnándome los labios de la mordaza, hasta que el olor rancio y ácido me llenó por dentro. Le corría un hilo del coño por la cara interna del muslo, mezclado con sudor viejo. Se agarró las tetas fuera del sostén, dos sacos pesados con pezones oscuros y anchos como monedas, y se los sacudió delante de mi cara.

—Esto es lo que os gusta a los cerdos, ¿no? Tetas. Pues chupa aire, que estas no las vas a tocar hasta que aprendas.

Me soltó el pelo, se colocó de nuevo a mi espalda y reanudó la tanda con más saña. El cuero subía y bajaba sin pausa. Me destrozó. Sentía la piel ardiendo, hinchada, marcada. Lloraba con cada golpe, ahogando el llanto en la mordaza, y una parte de mí, la única que aún razonaba, sabía que lo merecía. Yo no había tenido piedad con aquellas mujeres. Ahora pagaba el precio. Entre azote y azote, su mano enguantada bajaba y me agarraba los huevos por atrás, apretando, estrujando, tirando hacia abajo hasta arrancarme un aullido apagado. Después me metía un dedo grueso y sucio de goma entre las nalgas ardientes y me frotaba el culo, hurgándome el ojete cerrado con la punta, amenazando con clavármelo, y yo apretaba las piernas por instinto sin poder hacer nada, sujeto de arriba y de abajo.

—Este culo también me pertenece —jadeó a mi oreja, empujando el dedo hasta abrir un poco el anillo—. Cuando me canse de azotarlo, te lo voy a reventar con algo bien gordo. Y me lo vas a agradecer, cerdo. Vas a llorar y aún así me pedirás más.

Retiró el dedo de golpe y descargó otros diez correazos sobre el mismo sitio. El cuero me abrió la carne del culo con un latigazo tras otro, y cada golpe me sacudía la polla contra el vientre. Para mi horror, entre el dolor y la humillación, la polla se me había empezado a poner tiesa, colgando dura y roja entre los muslos. Ella lo vio, se echó a reír a carcajadas y me la agarró de un manotazo, apretándola en el puño enguantado, marrón y sucio.

—Mira lo que tenemos aquí —dijo, meneándomela con desprecio—. Al cerdito le gusta que le peguen. Se le ha puesto dura de tanto llorar. Vamos a ver cuánto aguantas.

Empezó a hacerme una paja seca, brutal, apretando fuerte con la goma áspera, arrastrándome el prepucio arriba y abajo sin la menor delicadeza. La goma rasposa me raspaba la piel del glande, escociéndome, pero la polla seguía dura, hinchada, palpitándome en su puño. Con la otra mano me pellizcaba los huevos, retorciéndomelos entre los dedos hasta que el dolor y el placer se mezclaban en algo que ya no podía nombrar. Le corría un hilo baboso de la punta y ella lo esparció con el pulgar sobre el glande, sonriendo.

—Córrete, cerdo. Córrete como el animal que eres, entre correazos, atado y amordazado, con una vieja meneándotela. Que sepas siempre cómo has terminado.

Aceleró el puño, brutal, la goma sucia haciendo un sonido húmedo y obsceno al deslizarse por mi polla. Yo apretaba los dientes contra la mordaza empapada de su coño, sacudiendo la cabeza, pero el orgasmo me subió de los huevos como una descarga, imparable. Me corrí a chorros dentro de su puño enguantado, disparando semen espeso sobre la goma marrón, sobre sus dedos gruesos, sobre las medias grises. Fueron cuatro, cinco chorros, la corrida más humillante y violenta de mi vida, arrancada a la fuerza. Ella siguió apretando y sacudiéndome hasta la última gota, hasta hacerme daño de puro sensible.

Después soltó mi polla flácida y me estampó la mano llena de semen contra la cara, restregándomelo por la nariz y la frente, por encima de la mordaza.

—Bien, cerdo. Ahora ya sabes lo que te espera aquí abajo. Vas a correrte cuando yo diga, vas a chupar lo que yo diga, y vas a llorar cuando yo diga.

***

La azotaina no terminaba nunca. Cada vez que cerraba una tanda de diez, se detenía un instante, recuperaba el aliento y empezaba otra más dura. Indefenso, en silencio, lo único que podía hacer era aguantar. En una de las pausas volvió a sujetarme del pelo.

—¿Doy por terminado tu castigo —preguntó— o prefieres una tanda más?

Era una pregunta sin respuesta posible. Quería suplicar que parara, pero la mordaza me lo impedía. Solo pude mirarla con los ojos anegados.

—Una más te vendrá bien —decidió ella—. Te ayudará a recordar. Es más, deberías agradecérmelo. Esta va a ser especial. Vas a recordar esta noche el resto de tu vida.

Se subió pesadamente encima de mí, montándose a horcajadas sobre mi cara con el coño abierto y goteante justo encima de la mordaza. El peso de sus muslos me aplastaba las orejas, y el olor rancio de su entrepierna me llenó la cabeza entera. Restregó el coño sudado contra la venda que me tapaba la boca, empapándola de su flujo espeso y caliente, frotándome el clítoris hinchado contra la nariz.

—Huele bien, cerdo. Métete este olor en la cabeza. Esto es lo que vas a tener por comida y por bebida los próximos días.

Se meneó encima de mí, moliéndome la cara con el coño abierto, hasta que un chorro tibio de flujo me corrió por las mejillas y el cuello. Yo casi no podía respirar bajo aquella mole, tragando el sabor a través de la tela, con las lágrimas mezclándose con su jugo sobre mi piel. Cuando por fin se bajó, me dejó la cara empapada, brillante, hedionda.

Alzó la correa y la descargó con una precisión implacable. Una nueva tanda comenzó, y supe, mientras el dolor me partía en dos, que aquella anciana apenas estaba empezando conmigo. El sótano se llenó del chasquido del cuero contra mi piel y de mi llanto mudo, una y otra vez, sin final a la vista.

Continuará.

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Comentarios(7)

RodriCba7

tremendo!!! me atrapo de principio a fin

Daniela22

Quiero saber que pasa despues!! por favor seguilo, quede con muchisimas ganas de mas

JorgeF_Mdq

Muy original el concepto, no es lo tipico que uno se encuentra por aca. Buen laburo

SandraR_ok

Me enganche desde la primera linea, ese suspenso del comienzo esta muy bien manejado

Lupita_SG

increible!!!

ElOjoCurioso

¿Habrá continuación? porque necesito saber como termina esto jaja

MauroK77

Se me hizo cortisimo, queria mas. Esperando la segunda parte con ansias

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