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Relatos Ardientes

El juego que llevamos demasiado lejos esa noche

Habíamos hablado de esto durante meses. Cada detalle, cada límite, cada palabra de seguridad. Mara quería sentir miedo de verdad, ese miedo que solo aparece cuando confías tanto en alguien que te permites perder el control del todo. Y yo quería dárselo. Quería ser la sombra que la esperaba en el sendero, el desconocido que sabía sus rutinas, el cazador de su propia fantasía.

Elegimos el parque viejo, el que está detrás de la fábrica abandonada, a esa hora muerta entre el final de la tarde y la noche cerrada, cuando ya no pasa nadie. Ella saldría a correr como cada martes. Yo la estaría esperando.

Recuerda la palabra. Si dices «invierno», todo se detiene. Se lo había repetido en la cama esa misma mañana, con los labios pegados a su oído. Ella había asentido y me había mordido el hombro.

La vi llegar entre los árboles con su mallas negras y el pelo recogido. Aceleró el paso al verme salir del recodo, porque ese era el papel, pero no dijo la palabra. La sujeté por las muñecas y se las llevé a la espalda, su cuerpo arqueándose hacia adelante, su respiración disparada contra mi cuello.

—Tanto tiempo esperando esto —le susurré, y noté cómo se estremecía de pies a cabeza.

Era nuestro guion. Cada frase la habíamos escrito juntos, riéndonos a veces, excitándonos otras. Pero ahí, en la penumbra, con su pulso latiéndole en las muñecas finas que yo apretaba, la frase sonaba distinta. Sonaba real.

La obligué a arrodillarse sobre la hierba húmeda. Saqué del bolsillo de la chaqueta una venda de tela suave, la que habíamos elegido juntos porque no le marcaba la piel, y le tapé los ojos. Ella jadeó, fingiendo resistirse, tirando de mis manos lo justo para sentir mi fuerza. Ese era el pacto: ella luchaba, yo ganaba, y ninguno de los dos quería que fuese de otra manera.

—No te muevas —le dije.

—¿O qué? —respondió ella, y sonrió bajo la venda. Esa sonrisa rompía un poco el personaje, pero a mí me encantaba verla.

***

Le até las muñecas con una cuerda blanda, dos vueltas, un nudo que ella sabía deshacer de un tirón si lo necesitaba. Lo habíamos practicado en casa una docena de veces. La recosté de lado sobre mi chaqueta extendida en el suelo, para que la tierra no le raspara la piel, y me quité la camiseta. El aire frío de la tarde me erizó la espalda.

—Llevo semanas imaginando esto —le dije, recorriendo su muslo con la mano—. Cada paso. Cada respiración tuya.

Ella tembló, y no era teatro del todo. La conocía lo suficiente para distinguir el temblor del juego del temblor del deseo verdadero. Tenía los dos a la vez. Su pecho subía y bajaba rápido, los labios entreabiertos, y aunque tenía los ojos vendados, giraba la cara hacia mi voz como buscándome.

Me incliné sobre ella y la besé en la nuca, despacio, una traición de ternura dentro del personaje cruel. Ella suspiró. Bajé la mano por su vientre, sentí cómo se contraían sus músculos, cómo se entregaba poco a poco a la escena que habíamos construido entre los dos como quien construye una casa.

Estaba a punto de quitarle la venda para verle los ojos, porque eso también era parte del rito, cuando escuché las voces.

***

—¡Eh! ¡Eh, tú! ¡Aparta de ella!

El grito me cayó encima como un cubo de agua helada. Antes de poder girarme, una mano me agarró del pelo y tiró hacia atrás con una fuerza brutal, haciéndome caer de espaldas sobre la hierba. El dolor me subió por el cuero cabelludo y me dejó aturdido un segundo entero.

Cuando enfoqué la vista, había dos mujeres. Una de pelo negro como el carbón, con vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero, se había arrojado junto a Mara para protegerla. La otra, la que me sujetaba el pelo, era rubia, de ojos azules tan fríos que parecían de cristal. Tendría unos treinta y cinco años y una rabia en la cara que no admitía explicaciones.

—No, esperad —empecé a decir—. Esto no es lo que…

La punta de su bota me golpeó en el costado y me cortó la frase de raíz. Me encogí sobre mí mismo.

—Cállate, cerdo —escupió—. Nadia, suéltala, ayúdala.

La morena, Nadia, ya tenía las manos sobre la venda de Mara, intentando quitársela, intentando soltarle las muñecas. Y Mara, mi Mara, estaba paralizada, con la respiración entrecortada, sin entender todavía qué estaba pasando ni de dónde habían salido aquellas dos.

—Habéis entendido mal —insistí, levantando una mano—. Os juro que…

La rubia me empujó de nuevo contra el suelo y me clavó la rodilla en el pecho. De cerca olía a tabaco y a algo metálico, como el frío de la noche concentrado en una persona.

—¿Cuántas veces lo habrás hecho, eh? —dijo entre dientes—. ¿A cuántas habrás cazado en este parque?

—¡A ninguna! —grité—. ¡Es mi pareja! ¡Estábamos…!

No me dejó terminar. Para ella yo era exactamente lo que parecía ser: un hombre en cuclillas sobre una mujer atada y vendada en un parque vacío al anochecer. Visto desde fuera, sin contexto, sin la conversación de meses, sin la palabra de seguridad guardada en la boca de Mara, ¿qué otra cosa podía parecer?

***

Me volteó boca abajo de un tirón y me retorció el brazo contra la espalda. El dolor era real, agudo, nada que ver con los juegos suaves que practicábamos en casa. Forcejeé, pero la mujer sabía lo que hacía; cada movimiento mío solo le daba más palanca.

—Quédate quieto —ordenó—. Nadia, ¿está bien la chica?

—Está en shock —respondió la morena—. Tiembla, pero no la veo herida. Tranquila, cariño, ya estás a salvo, ya pasó.

Esas palabras —ya estás a salvo— me atravesaron de un modo extraño. Porque Mara nunca había estado en peligro conmigo. Llevábamos seis años juntos. Conocía cada cicatriz de su cuerpo y cada miedo de su cabeza. Y sin embargo, ahí tirado en la hierba con el brazo a punto de partirse, entendí por primera vez el aspecto que tenía nuestro juego desde afuera, y se me revolvió el estómago.

—Voy a llamar a la policía —dijo la rubia, palpándose el bolsillo con la mano libre—. Y como te muevas un milímetro, te juro que te rompo el brazo antes de que llegue.

—No —murmuré contra la tierra—. No, por favor, no es lo que creéis. Preguntádselo a ella. Preguntádselo.

La rubia dudó. Por primera vez, una grieta de duda le cruzó la cara. Miró a Mara, que seguía sentada en el suelo con la venda ya retirada, los ojos enormes, las muñecas libres, frotándose la piel donde había estado la cuerda.

—¿Lo conoces? —le preguntó Nadia con dulzura, agachándose a su altura—. No tengas miedo. Si te ha hecho algo, estás con nosotras. Nadie te va a tocar más.

El silencio que siguió duró una eternidad. Yo, con la mejilla apretada contra la hierba fría, esperaba la palabra. Cualquier palabra. La rubia me apretaba el brazo y el hombro empezaba a arderme de verdad, un dolor que ya no tenía nada de placentero.

***

—¡Basta!

El grito de Mara salió ronco, desgarrado, nacido del fondo del pecho. La presión sobre mi brazo se aflojó de golpe.

—¡Soltadlo! ¡Por favor, soltadlo! —Se puso de pie tambaleándose—. Es mi novio. Es mi novio y estábamos… estábamos jugando. Es un juego. Lo planeamos nosotros. Tenemos una palabra para parar y yo no la dije porque… porque no quería parar.

El tiempo se detuvo. La rubia me soltó del todo y se quedó mirando a Mara con la boca entreabierta. Nadia se llevó una mano a la frente.

—¿Estás… estás de broma? —dijo la rubia.

—Os juro que no. —Mara se acercó corriendo y se arrodilló a mi lado, me ayudó a incorporarme, me sostuvo la cabeza contra su pecho—. Lo siento muchísimo. Visteis lo que parecía, claro que sí, cualquiera habría pensado lo mismo. Hicisteis lo correcto. Pero él jamás me haría daño. Jamás.

Me incorporé despacio, frotándome el hombro dolorido. La rubia se había puesto de pie y me miraba ahora con una mezcla de vergüenza y rabia residual, como si no supiera si disculparse o seguir furiosa.

—¿Sois conscientes —dijo al fin, con la voz temblándole— de lo que parecía desde el sendero? ¿De lo que pensamos? Estábamos paseando, oímos forcejeos y vimos a un hombre encima de una mujer atada. ¿Qué se supone que teníamos que hacer?

—Exactamente lo que hicisteis —respondí, y lo decía en serio—. Gracias. De verdad. Gracias por no mirar para otro lado.

***

Nos quedamos los cuatro en silencio bajo los árboles, mientras la última luz azul de la tarde se apagaba entre las ramas peladas. Mara temblaba, pero esta vez la sostuve yo, y poco a poco su respiración fue volviendo a su sitio. La rubia se llamaba Eva. Nadia y ella eran pareja, salían a correr juntas dos veces por semana y aquella tarde habían cambiado de ruta por casualidad.

—Por casualidad —repitió Eva, soltando una risa nerviosa—. Si llegamos a venir por el otro camino, no os habríamos visto.

—Y nosotros seguiríamos jugando —dije.

Se hizo un silencio incómodo y luego, sin saber muy bien por qué, los cuatro nos echamos a reír. Una risa torpe, liberadora, de esas que aparecen cuando el corazón todavía late a mil pero el peligro ya pasó.

—Una cosa —dijo Nadia, mirándonos con una ceja levantada—. Si os gusta esto… buscaos un sitio cerrado. O al menos uno donde no pasen dos idiotas dispuestas a romperle el brazo a tu novio.

—Tomo nota —respondió Mara, todavía abrazada a mí.

Esa noche, en casa, no hicimos nada. Nos metimos en la cama vestidos, abrazados, y hablamos durante horas. Del susto, de lo que habíamos sentido cada uno, de los límites que creíamos tener y de los que descubrimos esa tarde. Le besé las muñecas, una y otra vez, donde la cuerda le había dejado una marca rosada que se borraría en un día.

—No sé si quiero volver a jugar afuera —murmuró ella contra mi pecho.

—No tenemos por qué —le dije.

—Pero sí quiero seguir jugando contigo.

La abracé más fuerte. El miedo que ella había buscado durante meses lo habíamos encontrado por fin, aunque no como lo imaginábamos. Y la lección que nos llevamos no fue dejar de jugar, sino entender mejor por qué lo hacíamos: porque entre nosotros, incluso fingiendo que no había confianza, la confianza lo era absolutamente todo.

—Mañana —le susurré al oído—, una palabra nueva. Y cuatro paredes.

Ella se rió bajito, ya medio dormida, y noté su sonrisa contra mi piel. Afuera, el parque viejo seguía vacío y oscuro, guardando para siempre el secreto de la noche en que un juego estuvo a punto de costarnos demasiado caro.

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