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Relatos Ardientes

El juego que llevamos demasiado lejos esa noche

Habíamos hablado de esto durante meses. Cada detalle, cada límite, cada palabra de seguridad. Mara quería sentir miedo de verdad, ese miedo que solo aparece cuando confías tanto en alguien que te permites perder el control del todo. Y yo quería dárselo. Quería ser la sombra que la esperaba en el sendero, el desconocido que sabía sus rutinas, el cazador de su propia fantasía.

Elegimos el parque viejo, el que está detrás de la fábrica abandonada, a esa hora muerta entre el final de la tarde y la noche cerrada, cuando ya no pasa nadie. Ella saldría a correr como cada martes. Yo la estaría esperando.

Recuerda la palabra. Si dices «invierno», todo se detiene. Se lo había repetido en la cama esa misma mañana, con los labios pegados a su oído, mientras le metía dos dedos en el coño y la sentía apretarse alrededor. Ella había asentido y me había mordido el hombro, corriéndose sobre mi mano con un gemido ahogado.

La vi llegar entre los árboles con sus mallas negras y el pelo recogido. Aceleró el paso al verme salir del recodo, porque ese era el papel, pero no dijo la palabra. La sujeté por las muñecas y se las llevé a la espalda, su cuerpo arqueándose hacia adelante, su respiración disparada contra mi cuello.

—Tanto tiempo esperando esto —le susurré, y noté cómo se estremecía de pies a cabeza—. Tanto tiempo imaginando cómo te iba a follar.

Era nuestro guion. Cada frase la habíamos escrito juntos, riéndonos a veces, excitándonos otras. Pero ahí, en la penumbra, con su pulso latiéndole en las muñecas finas que yo apretaba, la frase sonaba distinta. Sonaba real.

La obligué a arrodillarse sobre la hierba húmeda. Saqué del bolsillo de la chaqueta una venda de tela suave, la que habíamos elegido juntos porque no le marcaba la piel, y le tapé los ojos. Ella jadeó, fingiendo resistirse, tirando de mis manos lo justo para sentir mi fuerza. Ese era el pacto: ella luchaba, yo ganaba, y ninguno de los dos quería que fuese de otra manera.

—No te muevas —le dije.

—¿O qué? —respondió ella, y sonrió bajo la venda. Esa sonrisa rompía un poco el personaje, pero a mí me encantaba verla.

—O te la meto en la boca hasta que te atragantes, zorra —le contesté, y la sonrisa se le borró, sustituida por un jadeo hondo.

Le bajé las mallas de un tirón hasta las rodillas, sin bragas debajo porque así lo habíamos acordado. El culo blanco le quedó al aire en la penumbra, y le di una palmada seca que le arrancó un grito. Le pasé la mano entre los muslos y encontré el coño empapado, los labios hinchados y calientes, la humedad chorreándole ya por la cara interior de las piernas.

—Mírate cómo estás —le susurré, hundiéndole dos dedos de golpe—. Mojada como una puta. Llevas todo el trote imaginándote esto, ¿verdad?

Ella gimió y arqueó la espalda, empujando el culo contra mi mano. Le follé el coño con los dedos, entrando y saliendo, notando cómo se cerraba sobre ellos con cada embestida, cómo sus caderas empezaban a moverse solas buscándome.

***

Le até las muñecas con una cuerda blanda, dos vueltas, un nudo que ella sabía deshacer de un tirón si lo necesitaba. Lo habíamos practicado en casa una docena de veces. La recosté de lado sobre mi chaqueta extendida en el suelo, para que la tierra no le raspara la piel, y me quité la camiseta. El aire frío de la tarde me erizó la espalda.

—Llevo semanas imaginando esto —le dije, recorriendo su muslo con la mano—. Cada paso. Cada respiración tuya. Cada vez que se te iba a abrir el coño para mí.

Ella tembló, y no era teatro del todo. La conocía lo suficiente para distinguir el temblor del juego del temblor del deseo verdadero. Tenía los dos a la vez. Su pecho subía y bajaba rápido, los labios entreabiertos, y aunque tenía los ojos vendados, giraba la cara hacia mi voz como buscándome.

Le levanté la camiseta técnica y le liberé las tetas de un tirón del sujetador deportivo. Los pezones se le pusieron duros al golpe del aire frío, y me incliné a chupárselos uno detrás de otro, tirando con los dientes lo justo para hacerla arquearse. Ella gimió, y el gemido se le fue haciendo más largo cuando le pasé la lengua por el escote, por el cuello, por la mandíbula. Cuando le llené la boca con dos dedos, ella los chupó como si fueran otra cosa, con la lengua enroscada, mirándome desde detrás de la venda como si pudiera verme.

Me bajé el pantalón y saqué la polla, ya durísima, palpitando contra mi vientre. Le agarré la cabeza del pelo recogido y le acerqué la boca al glande.

—Abre —le ordené.

Ella abrió, obediente y hambrienta a la vez, y yo le metí la polla hasta el fondo de la garganta de una sola embestida. Mara se atragantó, se le llenaron los ojos vendados de lágrimas, pero no se apartó. Empecé a follarle la boca con ritmo, agarrándola de la nuca, notando cómo la punta le chocaba contra el paladar, cómo el hilo de saliva empezaba a caerle por la barbilla y a mancharle las tetas. Cada embestida le arrancaba un gemido gutural que me subía por la polla como una descarga.

—Así, así, cógela toda —le gruñí—. Chúpala como la puta que eres esta noche.

Le saqué la polla de la boca cuando estuve a punto de correrme, y le pasé el glande brillante de saliva por los labios, por las mejillas, por la barbilla. Ella sacaba la lengua buscándola, jadeando, con las muñecas atadas a la espalda y las tetas rebotándole con cada respiración.

La empujé de espaldas contra la chaqueta y le abrí las piernas de un tirón. El coño le brillaba en la penumbra, hinchado, abierto, chorreando. Me eché encima de ella y le pasé la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, en un lametón largo y sucio que la hizo aullar. Le clavé la boca en el coño y la comí con hambre, chupándole los labios, metiéndole la lengua tan adentro como podía, alternando con lametones rápidos y precisos sobre el clítoris. Ella empezó a agitar las caderas contra mi cara, restregándome el coño en la boca, y no me aparté hasta que la sentí temblar con el primer orgasmo, un espasmo largo que le sacudió los muslos alrededor de mi cabeza mientras se corría gritándome que no parara.

Me incorporé jadeando, con la boca empapada de ella, y le agarré las piernas por detrás de las rodillas para doblárselas contra el pecho. Le apoyé el glande en la entrada del coño y empujé despacio, sintiendo cómo se abría alrededor de mí centímetro a centímetro, cómo se cerraba caliente y apretada, cómo un gemido larguísimo le salía de la garganta a medida que la iba llenando entera.

—Toda para mí —le dije, hasta el fondo—. Toda esta noche, entera para mí.

Empecé a follármela con embestidas hondas, marcando el ritmo, con las manos apoyadas en la parte de atrás de sus muslos para tenerla abierta como quería. Cada golpe le arrancaba un gemido más agudo que el anterior. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño empapado se mezclaba con el crujido de las hojas secas bajo la chaqueta. Ella tenía las muñecas atadas contra el suelo, la venda torcida, la boca abierta, y de la comisura le seguía cayendo un hilo de saliva.

Estaba a punto de quitarle la venda para verle los ojos, porque eso también era parte del rito, cuando escuché las voces.

***

—¡Eh! ¡Eh, tú! ¡Aparta de ella!

El grito me cayó encima como un cubo de agua helada. Antes de poder girarme, una mano me agarró del pelo y tiró hacia atrás con una fuerza brutal, haciéndome caer de espaldas sobre la hierba con la polla todavía dura y brillante saliéndoseme del coño de Mara. El dolor me subió por el cuero cabelludo y me dejó aturdido un segundo entero.

Cuando enfoqué la vista, había dos mujeres. Una de pelo negro como el carbón, con vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero, se había arrojado junto a Mara para protegerla. La otra, la que me sujetaba el pelo, era rubia, de ojos azules tan fríos que parecían de cristal. Tendría unos treinta y cinco años y una rabia en la cara que no admitía explicaciones.

—No, esperad —empecé a decir, tirándome del pantalón hacia arriba con torpeza—. Esto no es lo que…

La punta de su bota me golpeó en el costado y me cortó la frase de raíz. Me encogí sobre mí mismo.

—Cállate, cerdo —escupió—. Nadia, suéltala, ayúdala.

La morena, Nadia, ya tenía las manos sobre la venda de Mara, intentando quitársela, intentando soltarle las muñecas, cubriéndola con su propia chaqueta para taparle las tetas y el coño desnudo. Y Mara, mi Mara, estaba paralizada, con la respiración entrecortada, con el semen que yo aún no había soltado escurriéndosele de mí por dentro y la humedad brillándole en los muslos, sin entender todavía qué estaba pasando ni de dónde habían salido aquellas dos.

—Habéis entendido mal —insistí, levantando una mano—. Os juro que…

La rubia me empujó de nuevo contra el suelo y me clavó la rodilla en el pecho. De cerca olía a tabaco y a algo metálico, como el frío de la noche concentrado en una persona.

—¿Cuántas veces lo habrás hecho, eh? —dijo entre dientes—. ¿A cuántas habrás cazado en este parque para follártelas atadas?

—¡A ninguna! —grité—. ¡Es mi pareja! ¡Estábamos…!

No me dejó terminar. Para ella yo era exactamente lo que parecía ser: un hombre con la polla fuera, en cuclillas sobre una mujer atada, vendada y medio desnuda en un parque vacío al anochecer. Visto desde fuera, sin contexto, sin la conversación de meses, sin la palabra de seguridad guardada en la boca de Mara, ¿qué otra cosa podía parecer?

***

Me volteó boca abajo de un tirón y me retorció el brazo contra la espalda. El dolor era real, agudo, nada que ver con los juegos suaves que practicábamos en casa. Forcejeé, pero la mujer sabía lo que hacía; cada movimiento mío solo le daba más palanca.

—Quédate quieto —ordenó—. Nadia, ¿está bien la chica?

—Está en shock —respondió la morena—. Tiembla, pero no la veo herida. Tranquila, cariño, ya estás a salvo, ya pasó.

Esas palabras —ya estás a salvo— me atravesaron de un modo extraño. Porque Mara nunca había estado en peligro conmigo. Llevábamos seis años juntos. Conocía cada cicatriz de su cuerpo y cada miedo de su cabeza, cada milímetro de su coño y cada gemido de su garganta. Y sin embargo, ahí tirado en la hierba con el brazo a punto de partirse y la polla todavía a medio meter en el calzoncillo, entendí por primera vez el aspecto que tenía nuestro juego desde afuera, y se me revolvió el estómago.

—Voy a llamar a la policía —dijo la rubia, palpándose el bolsillo con la mano libre—. Y como te muevas un milímetro, te juro que te rompo el brazo antes de que llegue.

—No —murmuré contra la tierra—. No, por favor, no es lo que creéis. Preguntádselo a ella. Preguntádselo.

La rubia dudó. Por primera vez, una grieta de duda le cruzó la cara. Miró a Mara, que seguía sentada en el suelo con la venda ya retirada, los ojos enormes, las muñecas libres, frotándose la piel donde había estado la cuerda, tapada por la chaqueta prestada de Nadia.

—¿Lo conoces? —le preguntó Nadia con dulzura, agachándose a su altura—. No tengas miedo. Si te ha hecho algo, estás con nosotras. Nadie te va a tocar más.

El silencio que siguió duró una eternidad. Yo, con la mejilla apretada contra la hierba fría, esperaba la palabra. Cualquier palabra. La rubia me apretaba el brazo y el hombro empezaba a arderme de verdad, un dolor que ya no tenía nada de placentero.

***

—¡Basta!

El grito de Mara salió ronco, desgarrado, nacido del fondo del pecho. La presión sobre mi brazo se aflojó de golpe.

—¡Soltadlo! ¡Por favor, soltadlo! —Se puso de pie tambaleándose, sujetando la chaqueta contra el pecho—. Es mi novio. Es mi novio y estábamos… estábamos follando. Es un juego. Lo planeamos nosotros. Tenemos una palabra para parar y yo no la dije porque… porque no quería parar. Porque me estaba corriendo cuando llegasteis.

El tiempo se detuvo. La rubia me soltó del todo y se quedó mirando a Mara con la boca entreabierta. Nadia se llevó una mano a la frente.

—¿Estás… estás de broma? —dijo la rubia.

—Os juro que no. —Mara se acercó corriendo y se arrodilló a mi lado, me ayudó a incorporarme, me sostuvo la cabeza contra su pecho—. Lo siento muchísimo. Visteis lo que parecía, claro que sí, cualquiera habría pensado lo mismo. Hicisteis lo correcto. Pero él jamás me haría daño. Jamás. Todo lo que me estaba haciendo se lo había pedido yo.

Me incorporé despacio, frotándome el hombro dolorido y colocándome el pantalón. La rubia se había puesto de pie y me miraba ahora con una mezcla de vergüenza y rabia residual, como si no supiera si disculparse o seguir furiosa.

—¿Sois conscientes —dijo al fin, con la voz temblándole— de lo que parecía desde el sendero? ¿De lo que pensamos? Estábamos paseando, oímos forcejeos y vimos a un hombre follándose a una mujer atada y vendada. ¿Qué se supone que teníamos que hacer?

—Exactamente lo que hicisteis —respondí, y lo decía en serio—. Gracias. De verdad. Gracias por no mirar para otro lado.

***

Nos quedamos los cuatro en silencio bajo los árboles, mientras la última luz azul de la tarde se apagaba entre las ramas peladas. Mara temblaba, pero esta vez la sostuve yo, y poco a poco su respiración fue volviendo a su sitio. La rubia se llamaba Eva. Nadia y ella eran pareja, salían a correr juntas dos veces por semana y aquella tarde habían cambiado de ruta por casualidad.

—Por casualidad —repitió Eva, soltando una risa nerviosa—. Si llegamos a venir por el otro camino, no os habríamos visto.

—Y nosotros seguiríamos follando —dije.

Se hizo un silencio incómodo y luego, sin saber muy bien por qué, los cuatro nos echamos a reír. Una risa torpe, liberadora, de esas que aparecen cuando el corazón todavía late a mil pero el peligro ya pasó.

—Una cosa —dijo Nadia, mirándonos con una ceja levantada—. Si os gusta esto… buscaos un sitio cerrado. O al menos uno donde no pasen dos idiotas dispuestas a romperle el brazo a tu novio mientras se corre.

—Tomo nota —respondió Mara, todavía abrazada a mí.

Esa noche, en casa, sí lo hicimos. Nos metimos en la cama y me subí encima de ella con una lentitud distinta, mirándola a los ojos esta vez, sin vendas ni cuerdas ni personajes. Le entré en el coño despacio, hasta el fondo, y me quedé quieto un momento sintiéndola apretada y caliente alrededor. Ella me clavó los talones en los riñones y empezó a moverse debajo de mí, buscándome, y yo la seguí, embistiendo hondo pero sin prisa, con la frente pegada a la suya, con los dedos entrelazados a los suyos por encima de la almohada. Me corrí dentro de ella cuando la sentí temblar por segunda vez esa noche, y me quedé encima, sin salir, oyéndole el corazón contra el mío.

Después hablamos durante horas. Del susto, de lo que habíamos sentido cada uno, de los límites que creíamos tener y de los que descubrimos esa tarde. Le besé las muñecas, una y otra vez, donde la cuerda le había dejado una marca rosada que se borraría en un día.

—No sé si quiero volver a jugar afuera —murmuró ella contra mi pecho.

—No tenemos por qué —le dije.

—Pero sí quiero seguir jugando contigo. Y que me sigas follando así.

La abracé más fuerte. El miedo que ella había buscado durante meses lo habíamos encontrado por fin, aunque no como lo imaginábamos. Y la lección que nos llevamos no fue dejar de jugar, sino entender mejor por qué lo hacíamos: porque entre nosotros, incluso fingiendo que no había confianza, la confianza lo era absolutamente todo.

—Mañana —le susurré al oído—, una palabra nueva. Y cuatro paredes.

Ella se rió bajito, ya medio dormida, y noté su sonrisa contra mi piel. Afuera, el parque viejo seguía vacío y oscuro, guardando para siempre el secreto de la noche en que un juego estuvo a punto de costarnos demasiado caro.

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Comentarios(7)

KarenSalta

excelente, uno de los mejores que lei en este sitio!!!

LectorEnSombras

Quedé enganchado desde el principio. Esas dos desconocidas apareciendo de la nada le dan una vuelta de tuerca increible al relato.

Romina_84

necesito una segunda parte si o si, no puedo quedarme con esa intriga jajaja

SolRivero

Me recordó a una noche que tuvimos con mi pareja donde tampoco salió como lo habiamos planeado... esas sorpresas son las mejores. Muy bueno!

GonzaloMdp

¿Hay alguna continuacion planeada? El final me dejo con ganas de mas.

Caro_88

Que bueno leerte, siempre una delicia. Gracias por publicar!

TitoCordoba

el giro con las desconocidas no me lo esperaba para nada. Tremendo relato, saludos desde Córdoba

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