El ritual de hierro que la marcó para siempre
La casa de campo olía a cera quemada y a vino. Era una de esas tardes en las que Mateo reunía a todas bajo su techo, y nadie llegaba tarde. Irina terminó de contar su historia con la voz serena, como si recitara algo aprendido hace años: el viaje desde el este, las deudas que la habían empujado hasta él, los meses de entrenamiento, la disciplina que la había convertido en lo que era ahora.
—Y aquí acaba lo que tengo para contar —dijo.
—Bien. Solo queda que decidas si pasas la prueba o no —respondió Mateo desde el sillón—. Si quieres, tienes hasta tres oportunidades.
—Sí. Quiero pasarla.
Mateo hizo una seña y Nadia se acercó con una vela gruesa y un reloj de ajedrez. Lo dejó todo sobre la mesa baja, frente a Irina, con la precisión de quien ha hecho aquello muchas veces.
—Estas son las normas —empezó él—. Tendrás tres intentos. Si retiras el brazo y decides no seguir, es aceptable. No tienes por qué agotarlos todos.
»Como compites sola, únicamente contra el reloj, no habrá cuerda. Cuando bajes el brazo y el fuego empiece a quemarte, Nadia pulsará el reloj y contará. Ella tiene poder absoluto para decidir cuándo cuenta el tiempo.
»Si lo consigues a la primera, te marcaré sin sujeción, como a las demás. Si lo consigues a la segunda, ellas te sujetarán de piernas, brazos y tronco mientras te marco. Y si lo logras a la tercera, te ataré y no podrás elegir el tamaño de la marca.
—Sí, señor. Lo entiendo. Aunque intentaré que sea a la primera.
Nadia encendió la vela. La llama se irguió, recta y azulada en la base. Irina bajó el brazo. La piel del antebrazo quedó a un dedo del fuego y aguantó un tiempo largo, los labios apretados, antes de elevarlo de golpe.
—Cuarenta y tres segundos —anunció Nadia mirando el reloj.
—Tendrás que ganártelo en el segundo intento, si quieres —advirtió Mateo—. O puedes retirarte.
—Lo intentaré de nuevo.
Volvió a bajar el brazo, esta vez sobre el mismo trozo de piel ya enrojecido por la primera quemadura, y Nadia pulsó el reloj en cuanto la llama lamió la carne. Irina se mordió el labio inferior. No es el calor lo que me sostiene, pensó. Es el dolor. El sabor metálico de su propia sangre en la boca se mezcló con la quemazón del antebrazo, y de ese cruce nació algo distinto, una corriente que le subió desde el vientre. A su alrededor el mundo se fue desvaneciendo: las caras, las voces, la cera. Solo quedaron el fuego y un único pensamiento consciente, mantener el brazo en su sitio.
—Un minuto —dijo Nadia.
Irina se dejó ir. Un temblor la recorrió de la nuca a los pies y el brazo cayó sobre la mesa, vencido. Tardó unos segundos en recuperar el foco de la mirada.
—Solo queda que definas cómo quieres que te folle y qué tamaño de marca eliges —dijo Mateo.
—En cuanto a follar… no me follarás tú, amo. Lo haré yo. Túmbate y me sentaré encima. Y luego quiero que todas vean cómo me ensancho. La marca, del tamaño intermedio.
***
Mateo no se tendió todavía. Hizo una seña y Daniela y Pilar desaparecieron hacia la cocina mientras él cruzaba el salón hacia Lucía, que observaba todo desde el otro extremo con una copa intacta en la mano.
—Interesante, maestro —lo saludó ella—, pero no sé para qué me has hecho venir. Le pedí el día libre a mi gente solo porque dijiste que merecería la pena.
—¿Qué te ha parecido el final de su historia?
—Curioso. Aunque no esperes que yo me queme el brazo para que me marques con un hierro al rojo como si fuera ganado.
—No lo espero. Por eso tú eres ama y ellas sumisas… o, como Nadia, navegan entre dos aguas.
»Y hablando de Nadia, tardaré un buen rato con Irina. Así que he pensado que podías tener tu sesión arriba, en el gimnasio.
—¿Y las cámaras?
—Hay cámaras por toda la casa. Quedará registrado, no te preocupes. —Mateo bajó la voz—. No te he dado directiva todavía. Hoy la tendrás aquí: con Nadia, lo de siempre, sin marcas permanentes por mucho que te lo pida. Pero también estará Larisa, su madre. Con ella, sin límites. Es más, quiero que le dejes algún recuerdo.
—¿Lo sabe ella?
—No lo necesita. Tú tampoco se lo dirás. A Nadia sí puedes contárselo.
Llamó a Nadia con un gesto. La joven se acercó y se arrodilló a media distancia.
—Subirás al gimnasio con Lady Lucía. Tu madre os acompaña, y con ella vais sin límites, aunque solo manda Lucía.
—¿Sin límites, amo? —Los ojos de Nadia brillaron, mitad inquietud, mitad deseo.
—Sin límites. Espero que colabores.
—¿Sabéis la envidia que eso me da? —dijo ella.
—Lo sé. No esperaría menos de ti. Pero eso tendrás que ganártelo.
***
En ese momento sonó el timbre. Damián bajó a abrir y regresó seguido de dos mujeres. Beatriz entraba primero, vestida con botas altas de tacón imposible, medias negras y un blazer de cuero ajustado cerrado con una cremallera que dibujaba cada curva. Detrás de ella, atada por una correa de cuero que Beatriz sujetaba con desgana elegante, venía Bruna, con la cabeza alta y un collar grueso ceñido al cuello.
—Hola —la saludó Mateo con dos besos—. Me alegra que hayas podido venir. Veo que has abandonado tus costumbres con Bruna.
—No te creas. Ha venido tapada hasta tu puerta. Pero soy consciente de a qué venimos, así que su discreción se quedó colgada en tu perchero —respondió Beatriz, y aceptó la copa de cava que Pilar le ofrecía en una bandeja.
Cuando todas tuvieron su copa, Mateo levantó la suya.
—Hoy es un día especial. Estáis casi todas las que llegasteis juntas, y dos invitadas que hoy son importantes para vosotras. —Hizo una pausa—. Con la sesión de hoy se cierra un ciclo y una provisionalidad que arrastramos desde el día que llegasteis. Ahora sois mías, y yo cuido de lo que es mío.
Damián apareció con un maletín y lo abrió sobre el aparador. Dentro descansaban seis collares plateados y uno de un tono rojizo, todos bruñidos.
—Hasta ahora no os los había ofrecido —continuó Mateo—. Los de las sumisas son definitivos: el cierre tiene un bloqueo, de modo que una vez puesto solo se retira cortándolo. Os iré llamando, y cada una dirá si quiere llevarlo o no.
Las nombró una a una. Katia fue la primera; se levantó, se arrodilló frente a él y él cerró el collar en su cuello. Después Yelena, que voló a ocupar su lugar. Luego Larisa, mientras Nadia observaba a un metro cómo el metal rodeaba el cuello de su madre. Después Mira, que dio un paso adelante, retrocedió con la boca abierta a punto de protestar, y calló al cruzar la mirada de Mateo antes de arrodillarse. Por último Sonia.
—A ti te lo pondré después de la marca, Irina —dijo él.
—Gracias, amo.
Mateo tomó entonces el collar rojizo y lo sostuvo en alto.
—Este es distinto. Lo ofrezco a quien, aun habiendo elegido para ser ama, en algún momento desea ocupar el lugar de una sumisa. Nadia. Es tu turno. Este cierre sí tiene apertura. Te lo pondré ahora, porque subes al gimnasio con Lady Lucía y tu madre, y las próximas dos horas estaréis a su servicio. Para la ceremonia de la marca te lo quitarás.
—Sí, amo. Gracias, amo. —Nadia se arrodilló y él cerró el collar rojo en su garganta.
***
Lucía, Nadia y Larisa subieron al gimnasio. Beatriz reclamó a un par de voluntarias para su uso y el de Bruna, y se las llevó a un rincón con la naturalidad de quien dispone de lo suyo. Las demás se repartieron: algunas formaron su propio grupo, otras prefirieron quedarse de mironas. Y Mateo, por fin, se volvió hacia Irina.
—Desnúdame —ordenó.
Ella empezó a quitarle la ropa con manos firmes.
—Creo que va a ser la follada en público menos pública de todas —comentó él, mirando los grupos dispersos por el salón—. Cada una está a lo suyo.
—Mientras usted y yo estemos en ello, los demás no me importan, amo —respondió ella.
Mateo se tendió sobre el colchón que Damián había dispuesto en el suelo. Irina se arrodilló entre sus piernas y lo tomó en la boca, sin prisa al principio, hasta que lo notó duro. Entonces se incorporó, se colocó en cuclillas sobre él y lo guio hacia su interior. Empezó a moverse arriba y abajo, apretando con cada descenso, hasta que él, en apenas unos minutos, se corrió dentro.
—Tendrías que haberte corrido tú —dijo Mateo, recuperando el aliento.
—No quiero, amo. Eso me distraería. Lo haré cuando usted me abra con sus brazos. —Y volvió a inclinarse sobre él.
—Quiero que te corras antes. Con mi polla dentro. Aunque te aguantes el resto.
—Sí, amo. Pero tendrá que ayudarme. Golpéeme.
Cuando lo tuvo de nuevo dispuesto, se ensartó otra vez, esta vez por detrás, despacio al principio y luego cabalgándolo con pequeñas sentadillas, las manos en la nuca, ofreciéndose entera. Mateo empezó a darle palmadas en los pechos al compás de su balanceo. Ella pidió más, más fuerte, y él cerró los puños. La piel se fue enrojeciendo, luego marcando zonas más oscuras, mientras Irina luchaba por contener el orgasmo que la amenazaba a cada golpe. El sudor le caía en gruesos goterones por el esfuerzo de no parar y de no rendirse a la vez.
Mateo notó que se acercaba al límite. Dejó los golpes, le pellizcó los pezones, y cuando ella subía tiró hacia abajo. Irina no pudo más. Un orgasmo arrasador la atravesó, las contracciones la doblaron sobre sí misma y la dejaron caer, temblando, sobre las piernas de él.
—Eres una contradicción andante —murmuró Mateo, acariciándole el pelo empapado—. Pides el fuego y luego te corres con él.
—Es lo único que me hace sentir suya, amo —respondió ella sin abrir los ojos.
***
Cuando ambos estuvieron limpios y recuperados, Mateo mandó a Damián preparar la hoguera en el jardín. Avisaron a las demás. El aire de la noche era fresco y la leña ya crepitaba cuando Irina se tendió en el suelo, ofrecida.
Pese a haber ganado el derecho a la marca sin ataduras, fue ella quien pidió manos. Mira y Sonia le sostuvieron los brazos; Katia y Larisa, las piernas. Nadia y Bruna se sentaron sobre su cuerpo, no para inmovilizarla, sino para acompañarla. Mateo le dio una cámara a Lucía y le ofreció otra a Beatriz, que prefirió mirar y se la pasó a Daniela.
Mateo tomó el hierro del sello mediano y lo metió en las llamas. Sopló, golpeó el suelo un par de veces para soltar las cenizas adheridas y repitió el gesto tres veces, hasta que el metal brilló al rojo. Caminó hacia Irina.
—¿Lista?
—Sí, amo.
Apoyó el sello en la cadera y lo mantuvo mientras contaba hasta ocho. La piel siseó. Irina arqueó la espalda, apretó los dientes y no gritó. Cuando él levantó el hierro, Yelena se acercó con un paño húmedo y frío y lo presionó sobre la quemadura para cortar el ardor. Soltaron a Irina. Nadia y Bruna se incorporaron.
Damián trajo el maletín abierto con el último collar plateado. Irina, todavía temblando, se arrodilló frente a Mateo.
—Por favor, amo. Cíñame el collar.
Él se lo cerró en el cuello con un chasquido metálico definitivo.
—Gracias, amo —susurró ella, y por primera vez en toda la noche, sonrió.





