Le pedí a mi marido un encuentro sin límites
Hace algunas semanas, leyendo relatos por internet, me topé con una palabra que creía conocer y en realidad no entendía del todo: masoquismo. Siempre había hablado de sadomasoquismo como si fueran lo mismo, pero al ir hilando las experiencias que Esteban y yo coleccionábamos desde hacía años, comprendí que lo que de verdad me prendía no era solo el juego de poder. Era la humillación, el sometimiento, la sensación de no tener control sobre lo que iba a pasarme.
Esteban arma el escenario y yo me meto en el aprieto. Esa siempre fue nuestra dinámica. Y como en los viajes, cada encuentro lo disfruto tres veces: antes, cuando el miedo a un desconocido me revuelve el estómago; durante, cuando ese hombre hace conmigo lo que quiere sin preguntarme nada; y después, cuando recuerdo cada detalle y entiendo por qué me deseo así de entregada.
—¿Y si esta vez lo pedimos directamente? —le dije una noche—. Quiero que la condición sea esa. Que el tipo me lleve al límite.
Esteban me miró largo rato antes de sonreír. Sabía que no estaba bromeando.
***
Estuvimos buscando en grupos privados y entre algunos contactos viejos hasta dar con un hombre de unos treinta años que buscaba estar con una mujer casada. Las condiciones las pusimos nosotros: por mi seguridad, Esteban estaría presente todo el tiempo; el lugar lo elegíamos nosotros; él pagaba todo. No pidió ninguna vestimenta especial, así que me vestí cómoda para llegar: pantalón negro ajustado, una blusa clara, tacones altos y el maquillaje cargado en tonos oscuros, con un labial rojo mate de los que aguantan cualquier cosa.
Llegamos al hotel y esperamos en la habitación. Cuando apareció, Rubén resultó ser alto, de complexión fuerte, cabeza rapada y una barba corta. Olía bien, aunque no era mi tipo. Saludó seco, casi cortante, y eso, lejos de molestarme, me hizo temblar un poco.
—Aquí está todo lo que quiero que use —le dijo a Esteban, tendiéndole una bolsa negra—. Que se cambie. El pago va adentro.
Después se tiró en la cama y prendió la televisión, como si nosotros no existiéramos.
—Qué carácter el tipo, ¿no? —me susurró Esteban en el baño—. A ver cómo te va.
—Estoy nerviosa —reí, con la voz temblando—. Mirá lo que quiere que me ponga.
Dentro de la bolsa había ropa interior de charol negro, un sujetador que me levantaba el pecho de forma escandalosa, una mordaza de bola, unas esposas y un collar fino con una placa que decía su nombre. Esteban me ayudó a vestirme y me cerró las esposas a la espalda.
—Quiero pasar mis límites —le dije, ya con un nudo en la garganta—. No me importa nada. Solo nada de marcas en la cara ni en el cuello. De ahí en más, lo que sea.
—¿Segura? —me preguntó él, serio—. ¿Cuál va a ser tu palabra de seguridad?
—No quiero palabra de seguridad. Quiero hacerlo de verdad, aunque mañana me arrepienta.
Esteban me miró con esa mezcla de incredulidad y morbo que yo le conocía tan bien. Asentí como una niña a la que empujan a hacer algo que la asusta, y salí.
***
El aire acondicionado estaba helado. Salí caminando apenas, con la piel de gallina, la boca ya babeada por la mordaza y los ojos muy abiertos. Esteban me tomó del cuello por detrás y me ofreció.
—Acá tenés a mi mujer —dijo con una calma que me erizó—. Viene dispuesta a todo. Yo no me meto en nada. Solo nada de golpes en la cara ni en el cuello. Ni siquiera tiene palabra de seguridad. Es toda tuya.
Con esas palabras perdí la protección de mi marido. A partir de ese instante quedé bajo el dominio de un desconocido. Rubén puso música baja y empezó a rodearme despacio, tocando apenas las palmas de mis manos, mi pelo, mis muslos, sin acercarse jamás a mis zonas íntimas. Me escaneaba entero con la mirada. Me estaba intimidando a propósito, y funcionaba.
Giré la cabeza buscando a Esteban casi sin querer, y en ese segundo una bofetada me cruzó la mejilla. Quedé mirando hacia el otro lado, con el pelo cayéndome sobre la cara.
—Solo me vas a mirar a mí. ¿Entendido?
Asentí. Llegó otra bofetada, más fuerte.
—Con la voz. Para eso tenés boca.
Respondí con el sonido ahogado que la mordaza me permitía. Se sentó en la cama, me acostó boca abajo sobre sus piernas y, con un tirón violento, ajustó la ropa contra mi piel. Dejé escapar un quejido. Empezó a azotarme despacio, con firmeza, marcando un ritmo que poco a poco se volvió una golpiza. Cuando grité, me tiró al piso, se puso de pie y me levantó del pelo para estamparme contra la cama.
—Vas a hablar cuando yo lo diga. ¿Quedó claro?
Otra vez ese «ajá» ahogado fue todo lo que pude darle. Me bajó la mordaza.
—¿Y las llaves de las esposas?
Miré a Esteban. Él entendió.
—Andá. Rápido. Y cuidadito con hablar.
Las traje en la boca, como un perro. Rubén me liberó las muñecas y, con la mano en mi nuca, dirigió mi cabeza hacia sus zapatos.
—Limpialos. Todo.
Nunca había hecho algo así. Pasé la lengua por el cuero con un poco de asco mientras él me acariciaba la espalda arqueada. Cuando levanté apenas los ojos, me tomó del pelo.
—Miráme cuando lo hacés. Las que sirven para esto miran a los ojos.
Un escupitajo me dio en la cara y cerré los párpados por instinto. Volví a mi tarea, sosteniéndole la mirada, resistiendo. Quería buscar a Esteban, pero lo tenía prohibido.
***
Rubén se puso de pie, se bajó el pantalón y, sin dejarme incorporar, me empujó boca arriba.
—Abrí la boca. Y no se te ocurra cerrarla.
Lo que siguió fue brutal. Me sujetó la cabeza y embistió sin pausa, dejándose caer una y otra vez con la misma violencia. El único sonido en la habitación, además de la música, era mi respiración entrecortada, hasta que ya no aguanté y empecé a toser. No paró. Me arrastró del pelo hasta el baño, me levantó frente al espejo y me clavó la mirada en el reflejo.
—Mirate. Estás hecha un desastre y ni siquiera empecé. Decime qué sos.
Me vi: el maquillaje corrido, una pestaña a punto de despegarse, el pelo revuelto, los ojos enrojecidos por la presión. Solo el labial seguía intacto.
—Un desastre —murmuré, sin saber qué más decir.
—Estás acá para que te traten así. Decilo.
—Estoy acá para que hagas conmigo lo que quieras. No valgo nada para esto.
Me dobló contra el lavabo, me separó las piernas con las suyas y empezó a tocarme sin la menor delicadeza. Intencionalmente me negué una vez, solo para ver su reacción, jugando con fuego.
—No tengo claro nada de lo que decís —lo desafié.
El castigo fue inmediato. Pero, contra todo pronóstico, en algún punto entre los azotes y los insultos, mi cuerpo empezó a responder. Lo que debía dolerme empezó a gustarme, y me descubrí colaborando con el ritmo, húmeda, traicionada por mi propio deseo.
***
Esteban no perdía un solo detalle. Desde su silla, con una cerveza en la mano, levantó la botella hacia mí en un brindis mudo, morboso. Yo le devolví el gesto con una sonrisa apenas dibujada, sintiendo el pelo rebotar sobre mi cara mientras Rubén me sostenía contra el espejo.
—¿Qué sos? —insistía él—. Decilo así te escucha tu marido.
—Soy lo que vos quieras que sea —respondí, ya sin orgullo—. Soy tuya mientras esto dure.
Y entonces me quebré. No por el cuerpo, que ya estaba entregado, sino por dentro. Empecé a llorar sin poder contenerme, y las lágrimas me corrían por las mejillas mientras él seguía, sin piedad, riéndose de mi llanto. Era difícil de explicar: esa sensación de sentirme reducida a nada era exactamente lo que me hacía vibrar de placer. Solté el cuerpo del todo, me dejé ir, y exploté en un orgasmo que me dobló las piernas hasta tirarme al piso.
—Mirá vos —se reía, aplaudiendo despacio—. A la señora le estaba gustando.
***
Me cargó al hombro como un saco y me dejó caer en la cama. Me acomodó boca arriba, con las rodillas dobladas sobre el pecho, y volvió a entrar con todo su peso. Yo hacía gestos de dolor, sin aire, partida en dos, mientras nos mirábamos fijo: él con su sonrisa burlona, yo con la mirada perdida en su cara. Había conseguido mi sumisión completa y los dos lo sabíamos.
En una embestida se le fue de lado y se lastimó. Más a él que a mí.
—Por tu culpa —gruñó, levantando la mano.
Cerré las piernas, tiesa, y por un instante quise parar de verdad. Vi de reojo a Esteban, que me preguntó con un gesto si seguía. Tenía un nudo en la garganta, pero mi cuerpo temblaba de excitación. Tomé aire y, para mi propia sorpresa, decidí continuar.
—Perdoname —le dije con un tono dulce, calculado—. Te recompenso. Dejame que vuelvas a estar listo y hacé conmigo lo que quieras.
No lo dejé pensar. Me incliné y trabajé despacio hasta devolverle el control, agradeciéndole con la boca todo lo que me había hecho. Había evitado un castigo que ni siquiera era mi culpa, y eso me hizo sentir, por primera vez en la noche, extrañamente poderosa dentro de mi propia entrega.
***
Lo que vino después fue una sucesión de posturas en las que dejé de pelear. Me puso en cuatro, me tomó del pelo y acompasó cada tirón con cada embestida. Después me giró de frente a Esteban.
—¿Viste? —le decía a él, no a mí—. Te la cojo de frente y vos mirando. Mirá lo que es tuya.
Mientras hablaba, me apretaba la base del cuello con una mano. Yo miraba a mi marido con seriedad, y las lágrimas volvían a caer. Esteban seguía ahí, sentado, cuidándome sin intervenir, viendo cómo otro hombre tomaba el control de mi cuerpo y de mi cabeza. Eso, esa idea, era lo que me llenaba de un erotismo imposible de explicar.
—Sacá la lengua —ordenó Rubén en un momento, levantando el teléfono—. Te voy a grabar. Decí quién sos y qué te hicieron hoy.
Obedecí, mirando la cámara con los ojos encharcados.
—Me usaste toda la tarde —dije, con la voz quebrada y a la vez encendida—. Me tiraste del pelo, me cacheteaste, me insultaste. Y aun así no quiero que pares.
—Pues es lo que viniste a buscar —respondió, dejándome otro escupitajo en la cara mientras yo sonreía.
***
Cuando por fin terminó, yo era otra. El maquillaje no existía, el pelo era una maraña, tenía los tacones matándome los pies y el cuerpo entero temblando. Y, pese a todo, seguía obedeciendo. Rubén me dio un beso seco en la frente, se vistió en silencio, cruzó un par de palabras con Esteban y se marchó sin volver a mirarme.
Me quedé sentada bajo la ducha, dejando que el agua me cayera sobre el pecho, tratando de entender qué había pasado. Había salido a buscar un encuentro masoquista y había vivido algo mucho más brutal de lo que imaginaba. Fue demasiado. Y, sin embargo, no puedo negar que valió la pena.
Esteban me ayudó a asearme, me secó, me peinó un poco y me puso un vestido corto de flores antes de acostarme. Me hice un ovillo en la cama.
—Quedan cuatro horas de habitación —me dijo bajito, acariciándome—. Dormí. Yo te cuido.
Cerré los ojos. Sentí sus manos recorrerme apenas, sin pedir nada más que el placer de mirarme, y entendí por qué había elegido ese vestido. Yo ya no tenía cuerpo ni cabeza para otra cosa que no fuera descansar, sabiendo que él estaba ahí, despierto, cuidando lo que quedaba de mí.





