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Relatos Ardientes

El castigo de la señora que me encerró en su sótano

Tardé un buen rato en entender cómo había llegado hasta allí. Estaba encerrado en aquel sótano húmedo, con las paredes manchadas y el aire pesado, y por más que repasaba las últimas horas no encontraba el momento exacto en que todo se torció. Yo era la víctima de aquella mujer madura, voluptuosa y cruel, y lo peor de todo era que en el fondo sabía que me lo había buscado.

Mi historial con las mujeres era largo y miserable. Las había engañado, embaucado, usado y descartado una detrás de otra. Marisol, Carla, aquella chica de la oficina cuyo nombre ya ni recordaba. Para mí eran trofeos, no personas. Me follaba a una, le prometía el mundo, y a la semana siguiente estaba metiéndosela a otra en el asiento trasero de mi coche. Y ahora estaba recibiendo mi propia medicina, gota a gota, con una paciencia que daba más miedo que la furia.

Seguía sin poder moverme. Estaba esposado, atado y sujeto con candados gruesos a una argolla clavada en la pared. Una cadena pesada unía mi cuello a esa misma argolla, y por más que tiraba no conseguía ni arrastrarme un palmo. Sentía una agonía sorda en cada músculo inmovilizado de esa forma, pero lo que de verdad me aterraba era no poder gritar. La mordaza me llenaba la boca con su sabor a goma sucia, y nadie, absolutamente nadie, sabía que estaba allí abajo. Estaba completamente desnudo, con la polla colgando expuesta, y esa desnudez frente a ella me humillaba tanto como los golpes.

La señora dejó la correa de cuero sobre una estantería arrimada a la pared. Respiré aliviado y exhausto al comprender que esa parte del castigo había terminado. Tenía la espalda y las nalgas ardiendo, marcadas a tiras. Ella se giró despacio, me miró de arriba abajo y sonrió.

—Dejaré la correa a mano —dijo con calma—. Por ahora hemos terminado. No te preocupes, vamos a tener mucho tiempo. Ya seguiré azotándote más tarde. Esto no ha hecho más que empezar.

Lo dijo sonriendo, mientras yo intentaba de nuevo zafarme de las ataduras sin el menor éxito. Cada tirón solo conseguía clavarme más los hierros en las muñecas.

Caminó hacia mí con sus botas pesadas, que resonaban contra el suelo de cemento, y se detuvo a mi lado. Levanté la vista y contemplé su cuerpo, cubierto apenas por un vestido oscuro entallado y unas botas altas hasta la rodilla. Las tetas grandes le empujaban la tela, el escote profundo dejaba ver el nacimiento de dos pechos maduros y pesados. Todo en ella transmitía un aplomo absoluto, la seguridad de quien ha hecho esto muchas veces. Volvió a hablarme con esa voz dura y serena que me helaba la sangre.

—Voy a contarte un secreto. Algunas de esas mujeres a las que humillaste se pusieron de acuerdo y me pagaron una buena suma para darte una lección. El trato era retenerte unas horas y propinarte una paliza. Me pagaron por hacer algo que adoro.

Hizo una pausa, saboreando el momento, y se inclinó hacia mí. El escote se le abrió delante de mi cara y, para mi vergüenza, sentí la polla despertando entre las piernas, hinchándose contra mi voluntad. Ella lo notó al instante. Bajó la vista, arqueó una ceja y soltó una risa breve.

—Mira al cerdo —murmuró—. Molido a palos, encadenado como un perro, y todavía se le pone dura. Vamos a arreglar eso también.

—Pero ahora viene la parte que ellas no saben. No voy a retenerte unas horas. Vas a quedarte aquí encerrado una buena temporada. Mañana las llamaré y les diré que ya te solté, que aprendiste la lección. Es un regalo que hayas caído en mis manos. Voy a probar contigo todo lo que llevo años deseando hacer, y lo mejor de todo es que nadie va a venir a buscarte.

Empezó a reírse, una risa grave que rebotó contra las paredes desnudas. Después se acercó a un rincón de la habitación y tomó un objeto metálico entre las manos. Yo sentía el corazón golpeándome el pecho, intentando adivinar qué venía ahora.

***

Regresó con unas pinzas metálicas unidas por una cadena fina. Tenían forma de pequeños alicates, con una tuerca en el centro. Arrastró una butaca baja y la colocó frente a mí, se sentó cómodamente a escasos centímetros y abrió las pinzas con dos dedos enguantados.

Las cerró sobre mi piel, una a cada lado del pecho, y empezó a girar la tuerca con una lentitud calculada. El metal mordía cada vez más fuerte. El dolor crecía a medida que apretaba, hasta un punto en que sentí como si me arrancaran la carne. Apretó un poco más, solo para ver mi cara, y sonrió al comprobar cómo me retorcía sin poder moverme.

—Acostúmbrate a las pinzas —dijo—. Las vas a llevar puestas un buen rato. Tu dolor no me importa lo más mínimo, igual que a ti no te importaba humillar a una mujer. Llora todo lo que quieras, que no te las voy a quitar.

Soltó otra carcajada y agarró la cadena que unía las pinzas. Tiró de ella sin prisa, y el dolor se disparó por todo mi torso. Habría gritado hasta quedarme sin voz, pero la mordaza me lo impedía y solo me salió un gemido ahogado que pareció divertirla todavía más.

Tiraba de la cadena una y otra vez, disfrutando de cada mueca de mi rostro. Con la mano izquierda mantenía la tensión sobre el pecho y, de pronto, con la derecha me cruzó la cara de una bofetada.

El golpe sonó seco contra el silencio del sótano. Su guante de goma tenía la palma rugosa, esa textura áspera pensada para que no resbalen las cosas, y la sentí marcarse en mi mejilla. Me abofeteó de izquierda a derecha, sin piedad, una vez tras otra, mientras seguía tensando la cadena con la otra mano.

—Podría abofetearte durante horas —comentó, casi aburrida—. Es algo que me encanta.

Y siguió haciéndolo, con un ritmo metódico, hasta que noté la cara entera caliente e hinchada. Cada palmada dejaba el granulado de la goma marcado en la piel. Yo solo podía cerrar los ojos y esperar a que parara, pero ella no tenía ninguna intención de parar.

Cuando por fin bajó la mano, se quedó mirándome con la cabeza ladeada. Después, muy despacio, bajó los ojos hasta mi entrepierna. La polla se me había vuelto a hinchar durante la tunda, dura y goteando contra mi voluntad, delatándome como el cerdo que ella decía que era.

—Increíble —susurró, y se rió entre dientes—. Te pego, te aprieto los pezones con hierros, te escupo humo en la cara, y a este todavía se le pone tiesa. Está claro que no aprendes por las buenas.

Alargó la mano enguantada y me agarró la polla con esa palma rugosa, apretando con una fuerza brutal. La goma áspera me raspó la piel tierna del glande y sentí un ramalazo de dolor que me nubló la vista. Empezó a masturbarme a la fuerza, con la muñeca girando rápido, sin cuidado alguno, arrancándome un placer sucio y doloroso a la vez. Yo gemía contra la mordaza, entre asqueado y a punto de correrme, sin saber ya qué sentía.

—Mírate. Se te va a escapar la corrida como a un mocoso —se burló, apretando más—. ¿Cuántas veces has forzado tú a alguna pobre chica a hacerte esto? ¿Cuántas veces le has metido la polla en la boca a una mujer que no quería? Ahora vas a saber lo que es que te toquen sin permiso.

Cuando notó que estaba a punto de reventar, soltó la polla de golpe y me clavó las uñas del guante en los huevos. El placer se cortó de tajo y se convirtió en un dolor sordo que me subió hasta el estómago. Me quedé jadeando, con la polla palpitando en el aire, negada del alivio, mientras ella se limpiaba el guante contra mi muslo con un gesto de asco.

—Ni pienses que te vas a correr en mi mano, cerdo —dijo—. Aquí nadie se corre menos yo.

***

Cuando por fin bajó las manos, se levantó de la butaca y volvió a la estantería. Esta vez tomó una vara fina de madera, de apenas medio metro, y regresó dándole vueltas entre los dedos enguantados. Se sentó de nuevo frente a mí. Yo estaba aterrado, sin saber qué nuevo tormento me esperaba.

Lo descubrí cuando me agarró con dureza los huevos, apretando con el guante hasta que creí que algo iba a reventar de la presión. Con la otra mano empezó a descargar la vara sobre la polla y los cojones, golpe tras golpe, sin darme tregua. La madera silbaba en el aire y estallaba contra la carne más sensible que tenía, y cada varazo me arrancaba un espasmo que sacudía toda la cadena.

La señora se reía a carcajadas ante mi sufrimiento. Apretaba y golpeaba a la vez, alternando la presión de su mano con el silbido de la madera en el aire. Yo me sacudía contra las cadenas, inútilmente, mientras las lágrimas se me escapaban sin que pudiera evitarlo. La polla, que un minuto antes estaba tiesa como una piedra, se me había arrugado de puro dolor, y aun así ella seguía descargando la vara contra el glande como si quisiera partírmelo en dos.

—Ya no te van a servir para nada —dijo con desprecio, aplastándome los huevos hinchados entre los dedos—. No vas a volver a usarlos. Después de una buena temporada sin tocarte, el simple roce del aire te va a doler, y ese será el momento en que empiece a patearte con las botas. Estoy deseando que llegue ese día.

Siguió humillándome con la vara hasta que se cansó. Entonces se levantó, se subió el vestido a la altura de las caderas y se abrió de piernas frente a mi cara. No llevaba nada debajo. Su coño, maduro y peludo, me quedó a un palmo, y el olor a hembra caliente me golpeó de lleno a pesar del sabor a goma que tenía en la boca.

—Antes te ha empalmado ver mis tetas —murmuró—. Mira bien lo que nunca vas a tener. Este coño se moja de verte sufrir, cerdo. Ni con la lengua vas a acercarte a él.

Se pasó dos dedos por la raja, muy despacio, y se los enseñó brillantes. Después me los untó por la nariz y la mordaza, dejándome su humedad pegada a la boca sin poder chuparla, sin poder hacer nada, solo oler ese coño que se burlaba de mí. Fue una crueldad más refinada que todos los golpes: querer y no poder, tenerlo delante y saber que jamás.

Se bajó el vestido, se sentó de nuevo y fue hasta una chaqueta que había colgado al entrar. Sacó de un bolsillo un paquete de tabaco. La vieja también fuma, pensé, sorprendido incluso en medio del miedo. Volvió a sentarse, encendió un cigarrillo y dio una calada larga, mirándome fijamente todo el tiempo.

Expulsó el humo directamente sobre mi cara y se rió de nuevo al verme toser contra la mordaza. Fumaba sin prisa, dejando que la ceniza se alargara, disfrutando del poder que tenía sobre mí. Yo solo deseaba que terminara el cigarrillo, ingenuo de mí, como si eso fuera a darme un respiro.

Cuando llegó al final, me sostuvo la mirada un segundo, sonrió y apagó la colilla contra la cara interna de mi muslo, a un dedo de los huevos machacados. El dolor fue blanco, cegador, y su carcajada llenó el sótano mientras yo me retorcía sin voz. Estaba siendo castigado de la forma más cruel que había conocido nunca, y empezaba a comprender que ella apenas estaba calentando.

***

—Es hora de descansar —anunció por fin, estirándose como quien termina una tarde agradable.

Se levantó de la silla y se acercó a un lado de la habitación, donde se ajustó mejor el vestido sobre el cuerpo. Tiró del extremo de cada guante, sacándoselos de un golpe seco, y se los guardó en el bolsillo junto al tabaco. Después recogió la vara y la dejó en la estantería, ordenada, como quien guarda sus herramientas para el día siguiente.

—Más tarde volveré y seguiremos con tu castigo —dijo, sin levantar la voz—. Vas a aprender a respetar a las mujeres, te lo aseguro. Y si no lo aprendes por las buenas, tengo cosas reservadas para ti que harán que esto de hoy te parezca un juego de niños. La próxima vez traigo el consolador. Vas a saber lo que es que te follen el culo hasta hacerte sangre, cerdo, igual que has hecho tú con tantas.

—Recapacita sobre lo que has hecho. Tienes todo el tiempo del mundo.

Me dejó las pinzas puestas. Quería que las llevara durante horas, que sintiera cada minuto de aquel encierro en la piel. Se acercó a la puerta, apagó la única bombilla que colgaba del techo y me sumió en una oscuridad total.

Oí girar la llave en la cerradura desde el otro lado. Un cerrojo, después otro. Sus pasos se alejaron escaleras arriba, cada vez más débiles, hasta que el silencio fue absoluto. Nadie iba a entrar. Nadie sabía que estaba allí, y así seguiría siendo, porque yo no podía moverme ni emitir un solo sonido.

En aquella negrura, con el cuerpo ardiendo, los huevos palpitando y el sabor amargo de la mordaza mezclado con el rastro de su coño en los labios, repasé todas las caras que había usado y tirado a la basura. Marisol, que lloró durante semanas. Carla, a la que le mentí hasta el último día. Pensé en todas ellas, una por una, mientras la cadena del cuello me pesaba como una losa y mi polla molida seguía intentando ponerse dura sola, traicionándome hasta en la oscuridad.

Por primera vez en mi vida entendí lo que era estar a merced de otra persona, sin escapatoria, sin voz, sin nadie. Y mientras esperaba a que volviera a abrirse esa puerta, supe que aquella mujer tenía razón en una cosa: esto no había hecho más que empezar.

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Comentarios(8)

MiradorK

tremendo relato, me dejó sin palabras!!!

SandroVR

Segunda parte por favor, no puede terminar así. Me quedé con ganas de saber que pasa despues.

RubenRosario

Me recordó a una situacion que viví hace un par de años, mucho mas suave claro jajaja. Pero ese clima de tension y encierro lo describis muy bien. Recomendado para los fans del genero.

LunaCba

increible!!! seguí escribiendo

DevotaLectora

El comienzo me atrapó de golpe. Pocas veces un relato me genera esa tensión desde la primera línea.

NocturnaVip

La señora no jugaba jajaja. Buenisimo, me encantó.

Gaston_MDQ

Hay continuacion? Quede intrigado con como termina.

Claudia_LN

No suelo comentar pero este me saco de la rutina. El ritmo que tiene, como va subiendo la tension... me gusto mucho. Espero ver mas de este estilo en la pagina.

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