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Relatos Ardientes

La mujer que dominó el reality más brutal

—Hoy estrenan ese programa que tiene a medio país escandalizado —dijo Rubén dejándose caer en el sofá con el mando en la mano—. ¿Lo vemos o no?

—¿El de los presos que sueltan en una isla para que se maten entre ellos? —preguntó Lucía sin levantar la vista del teléfono.

—Ese mismo —contestó Marina por él, acurrucándose en el otro extremo del sofá—. Ponlo, Rubén. Tengo curiosidad por ver hasta dónde se atreven a llegar.

Eran tres amigos de poco más de treinta años matando un sábado de lluvia con cervezas y mala televisión. Rubén apretó el botón justo cuando la sintonía llenaba la pantalla.

Una presentadora de sonrisa perfecta dio la bienvenida y explicó las reglas con una frialdad que no encajaba con lo que estaba diciendo. A los peores criminales del país les habían ofrecido un trato: participar en un reality donde serían abandonados en una isla desierta para luchar hasta el final. Premio para el único que siguiera en pie y consiguiera llegar a la cima del volcán, en el centro exacto de la isla: la libertad.

—Veinte aceptaron —leyó Rubén del rótulo de la pantalla—. Veinte locos.

La presentadora fue mostrando a los participantes uno por uno. Asesinos, sicarios, hombres de entre veinticinco y cuarenta años, todos en plena forma, todos con esa mirada vacía de quien ya no le teme a nada.

—Son todos tíos —observó Lucía, dejando por fin el teléfono—. ¿No hay ninguna mujer?

—Una mujer ahí no tiene nada que hacer —soltó Rubén con la seguridad del que cree que su opinión es un dato—. Está feo decirlo, pero es la verdad. Solo serviría para que la destrozaran en el primer minuto.

—Si tú lo dices… —murmuró Marina, sin ganas de discutir con él.

—No lo digo yo, lo dice la lógica —insistió, dándole un trago a la lata.

Y entonces apareció la última participante.

—Vesna, treinta y un años —recitó la presentadora—. La única mujer del programa. Y la más letal, según nuestros expertos.

***

El primer episodio arrancó con un paisaje de postal: arena blanca, agua turquesa, una vegetación tan densa que parecía pintada. Los veinte presos fueron repartidos por distintos puntos de la orilla, cada uno solo con su instinto.

La cámara se centró en Vesna. Era una rubia de hombros anchos y mirada serena, con el pelo cortado justo a la altura de la mandíbula, lo bastante corto para que nadie pudiera agarrárselo. En lugar de internarse en la maleza, eligió bordear la costa, buscando un acceso más seguro hacia el centro.

—Mira qué tranquila va —se burló Rubén—. Como si esto fuera un paseo. Le quedan dos telediarios.

No tardó en cruzarse con su primer rival, que había tenido la misma idea de seguir la orilla. Era uno de los más jóvenes, un tipo alto y musculoso de unos treinta y ocho años, con la cara marcada y una sonrisa torcida que se le ensanchó en cuanto vio quién venía hacia él.

—Qué poco va a durar —sentenció Rubén, recostándose satisfecho.

Ni Marina ni Lucía contestaron. Estaban concentradas en la pantalla, donde el hombre avanzaba lentamente, saboreando el momento, convencido de tener delante a una presa fácil.

—¡Joder, qué suerte la mía! —gritó él a una veintena de metros—. Me prometieron asesinos y me mandan a una modelo. Pórtate bien y a lo mejor te dejo seguir viva, guapa.

Vesna no respondió. Siguió caminando hacia él, sin acelerar el paso, sin frenarlo.

—Te estoy hablando, preciosa. —La sonrisa del hombre empezó a tensarse—. Cuando uno te habla, se contesta.

Ella seguía avanzando, con los brazos relajados a los costados y los ojos clavados en los de él, como si midiera una distancia que solo ella entendía.

—¡Que respondas, te he dicho! —rugió el tipo, y lanzó el dorso de la mano hacia su cara con la velocidad de quien ha golpeado a mucha gente.

Vesna inclinó la cabeza apenas unos centímetros. El golpe cortó el aire donde había estado su mejilla medio segundo antes. Y en ese mismo instante, su pie salió disparado contra el interior de la rodilla del hombre.

—¡Uy! —saltó Lucía, incorporándose de golpe.

El crujido se oyó incluso a través del televisor. El criminal se tambaleó con un gruñido de incredulidad, la pierna doblada en un ángulo imposible, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, la rodilla de Vesna subió como un pistón y se estrelló entre sus piernas.

El hombre se quedó sin voz. Abrió la boca, pero no salió nada. Después se desplomó sobre la arena como un saco, las dos manos aferradas a la entrepierna, el rostro convertido en una mueca que no tenía nada de humano.

—Madre mía —susurró Marina, tapándose la boca con una mezcla de horror y fascinación.

El programa, sin ningún pudor, repitió la jugada a cámara lenta. Se veía con detalle cómo Vesna esquivaba el manotazo, reventaba la rodilla y descargaba el rodillazo definitivo. La realización se recreó en ese último impacto, y a Rubén se le borró la sonrisa del rostro.

—Eso… eso ha tenido que doler —dijo, removiéndose en el sofá.

—¿Un poco? —Lucía soltó una carcajada incrédula—. Mira cómo lo ha dejado tirado. Y tú decías que no duraba ni un minuto.

—Parece que la rubia va a aguantar más de lo que pensabas —añadió Marina, lanzándole una mirada de reojo.

Ahora era Rubén el que callaba.

***

En la pantalla, Vesna no había terminado.

—Otro genio que se cree el rey del mundo —dijo ella por fin, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. ¿Cuántas veces habrás usado esa misma sonrisa, eh?

El hombre intentó arrastrarse hacia atrás, escupiendo arena e insultos a partes iguales, pero apenas conseguía moverse. Jamás se le habría pasado por la cabeza que aquella mujer de aspecto sereno pudiera convertirse en una amenaza para él, que había matado con sus propias manos a hombres el doble de grandes.

—Te voy a destrozar —gruñó, más por orgullo que por convicción—. En cuanto me levante…

—No te vas a levantar —lo cortó ella, agachándose a su lado con la tranquilidad de quien recoge algo del suelo.

Lo agarró por la muñeca cuando él lanzó un puñetazo desesperado, y le torció el brazo con una precisión quirúrgica que lo dejó inmóvil, boca arriba, indefenso. El criminal forcejeó, pataleó, suplicó entre dientes, pero cada movimiento parecía robarle un poco más de fuerza. No sabía qué hacer. No estaba preparado para eso. Ningún hombre como él lo está nunca.

—Por favor —jadeó al fin, con los ojos desorbitados—. Por favor, déjame…

—¿Tú dejaste a alguno de los tuyos? —preguntó Vesna, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

No hubo respuesta. Solo un gemido largo y agudo cuando ella apretó, los dientes del hombre rechinando, su cuerpo arqueándose en la arena. La cámara se acercó a su rostro empapado en lágrimas y sudor, y el plató de la presentadora, según el rótulo, estallaba en aplausos.

—Apaga eso —murmuró Rubén, con la voz extrañamente fina.

—Espera, que todavía no ha terminado —dijo Lucía, hipnotizada.

—Que lo apagues —repitió él, levantándose del sofá.

Pero dio dos pasos hacia el pasillo, se llevó una mano a la frente, y se desplomó sobre la alfombra antes de llegar a la puerta.

***

—¡Rubén! —Marina saltó del sofá y se arrodilló junto a él, sacudiéndolo del hombro—. Rubén, ¿me oyes?

Él abrió los ojos despacio, pálido como el papel, con la mirada perdida en algún punto del techo. Tardó unos segundos en entender dónde estaba.

—¿Qué… qué ha pasado? —balbuceó.

—Te has desmayado —dijo Lucía, conteniendo a duras penas la risa—. En serio, te has caído redondo al suelo viendo a la rubia que «no iba a durar ni un minuto».

Marina lo ayudó a incorporarse hasta dejarlo sentado contra el sofá. En la televisión, ya sin sonido, Vesna se incorporaba sobre la arena, se sacudía las manos con desdén y seguía su camino hacia el centro de la isla, dejando atrás un cuerpo inmóvil y una orilla en silencio.

—A lo mejor —dijo Marina, mirando a su amigo con una sonrisa que él no le conocía— deberías tener más cuidado con eso de subestimar a la gente.

Rubén no contestó. Por primera vez en toda la noche, no encontró nada que decir. En la pantalla, la presentadora anunciaba que diecinueve participantes seguían en juego, y que Vesna acababa de convertirse en la favorita absoluta del público.

—Diecinueve menos —murmuró Lucía, volviendo a coger su cerveza sin apartar los ojos del televisor—. Esto se está poniendo interesante.

Y mientras Rubén se recuperaba en el suelo, las dos mujeres se acomodaron de nuevo en el sofá, subieron el volumen, y se prepararon para ver hasta dónde era capaz de llegar la única mujer de la isla.

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Comentarios(2)

ToroPampa9

Que relatazo!!! de los mejores que lei en lo que va del año. Felicitaciones!!

ValentinaGS

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como sigue. Muy bueno todo

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