Dos esclavas para el coleccionista
El departamento olía a maquillaje, a resina de pelucas y al cansancio específico de quienes han pasado tres días sonriendo para cámaras ajenas. Nadia cerró la puerta con el hombro y dejó caer la bolsa de cosplay sobre el sillón. Sofía, detrás de ella, se desataba las botas de plataforma apoyada en el marco de la entrada, con los ojos ya a medio cerrar.
Las dos habían pasado el fin de semana en la convención más grande del año, disfrazadas de las gemelas maid de una serie de anime que ese año había arrasado en popularidad. El resultado había sido exactamente el que esperaban: colas de fans, fotos incesantes, ventas récord. Un éxito que ahora pesaba en las piernas y en los hombros.
Nadia era la más menuda: un metro cincuenta y tres, piel clara, ojos color avellana que tenían esa calidez particular de quien ríe con facilidad. En el mundo del cosplay la conocían como Tsuki. Sofía era Hana: un centímetro más alta, tez ligeramente más oscura, ojos verdes enormes que la cámara capturaba con una fidelidad casi injusta. Si Nadia irradiaba una inocencia calculada, Sofía siempre había aportado la chispa, la coquetería, el gesto que rompía la simetría de sus actuaciones conjuntas.
Llevaban dos años viviendo juntas. Lo que comenzó como una colaboración práctica había derivado en algo más difícil de nombrar y mucho más sencillo de sentir.
—Duchas y a dormir —dijo Nadia, aunque el gesto con que le apartó el flequillo de la frente a Sofía no tenía nada de pragmático.
Sofía la tomó de la muñeca antes de que se alejara.
—Duchas primero —concedió—. Lo demás ya se verá.
La ducha fue larga y torpe, con las dos metidas bajo el mismo chorro porque después de tres días de convención ninguna tenía paciencia para esperar su turno. Sofía enjabonó la espalda de Nadia con las palmas abiertas, bajando hasta la curva del culo con una lentitud que ya no tenía nada de higiénico. Nadia se dio vuelta, la miró desde abajo con esos ojos color avellana empapados, y le mordió el pezón izquierdo antes de que Sofía pudiera protestar.
—Dijiste que las duchas primero —murmuró Sofía, con la voz ronca, agarrándole el pelo mojado con las dos manos.
—Ya estamos en la ducha.
Salieron envueltas en toallas que duraron menos de un tramo de pasillo. Sofía tiró la suya al piso de la habitación y se dejó caer boca arriba sobre la cama con las piernas abiertas, todavía goteando. Nadia se subió encima sin decir nada, se acomodó a horcajadas sobre su cara y le agarró la cabeza con las dos manos.
—Chupame el coño —le dijo, y no era una petición.
Sofía la agarró del culo con las dos manos y la bajó de un tirón hasta su boca. Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, despacio, saboreando el agua caliente y el gusto propio de Nadia debajo. La lamió con la lengua plana, después con la punta, rodeándole el clítoris en círculos apretados que le arrancaron a Nadia un gemido corto y agudo. Le metió la lengua adentro y volvió a subir. Le chupó el clítoris entre los labios y lo soltó con un beso húmedo. Nadia empezó a moverle la cara con las caderas, restregándose contra su boca sin ningún pudor, con los muslos temblándole a cada pasada.
—Así, así, no pares, puta —jadeó Nadia, apretándole el pelo—. Chupámelo bien, dale.
Sofía le metió dos dedos de golpe y Nadia se dobló hacia adelante con la boca abierta. Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo obsceno, buscando ese punto adentro que Sofía conocía de memoria, mientras la lengua no dejaba de trabajarle el clítoris. Nadia sintió que se le calentaba todo el vientre, que se le tensaban las piernas, que ese cosquilleo eléctrico le subía por la espalda como un aviso.
—Me corro, me corro, no pares —gritó, y se corrió sobre la boca de Sofía con un espasmo largo que le arrancó un gemido gutural, empapándole la cara y el mentón. Sofía siguió lamiéndola despacio mientras bajaba, sacando cada temblor de más, tragando lo que podía.
Nadia se dejó rodar a un costado, temblando todavía. Antes de que recuperara el aire, se giró y se puso de cuatro entre las piernas de Sofía.
—Ahora vos.
Le abrió las piernas más de lo que estaban y hundió la cara en el coño de Sofía sin ceremonia. Sofía ya estaba empapada. Nadia se lo comió con hambre, con la lengua metida hasta el fondo, chupándole los labios, mordisqueándole con cuidado el clítoris hinchado. Sofía se agarró de las sábanas con las dos manos, arqueando la espalda, gimiendo entre los dientes.
—Meteme los dedos, dale, más, más —pidió, y Nadia le metió tres de una vez, curvándolos hacia arriba, haciendo ese gesto rápido que Sofía nunca aguantaba mucho tiempo. Sofía se corrió a los pocos minutos, empujando la pelvis contra la cara de Nadia, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar al vecino.
Se quedaron ahí un rato, la cabeza de Nadia apoyada sobre el muslo interno de Sofía, respirando fuerte, riéndose bajito de puro cansancio.
—Ahora sí, a dormir —dijo Sofía.
—Ahora sí.
***
A las tres de la mañana el departamento estaba en silencio absoluto. Las dos dormían abrazadas sobre la cama, la frente de una apoyada contra la de la otra, la respiración acompasada como la de dos personas que llevan mucho tiempo aprendiendo a ocupar el mismo espacio. Ninguna oyó el pomo de la puerta girar. Ninguna sintió la corriente de aire frío que entró desde el pasillo.
El hombre se movía con la eficiencia mecánica de quien ha repetido este procedimiento suficientes veces como para no necesitar pensar en él. Extrajo un frasco pequeño del bolsillo de la chaqueta, empapó un paño de tela y se inclinó primero sobre Sofía. El contacto fue mínimo, casi delicado. Un suspiro, y los ojos verdes se cerraron sin resistencia. Luego Nadia. El mismo resultado: los ojos color avellana se hundieron en un negro sin sueños.
Raúl tardó menos de veinte minutos. Cuerdas de nylon que no cedían. Mordazas que anulaban cualquier posibilidad de voz. Collares de cuero grueso ajustados con un clic metálico que sonó, en el silencio de la habitación, como una sentencia. Cargó a Sofía primero, luego a Nadia, y las dispuso en la furgoneta negra que esperaba en el sótano del edificio con el motor apagado.
Antes de cerrar las puertas traseras, las observó un momento.
—El cliente va a estar muy satisfecho con estas dos —murmuró, y cerró con un golpe de metal que resonó en el silencio del sótano.
***
El primer pensamiento de Nadia fue que seguía soñando. El segundo fue que el suelo era demasiado frío para ser un sueño. El tercero la paralizó por completo: sus manos no respondían.
Abrió los ojos en la oscuridad casi total del interior del vehículo. El movimiento era constante, una vibración sorda, el ruido del asfalto. Intentó llevarse las manos a la cara por puro instinto y sintió la cuerda quemarle las muñecas: los codos inmovilizados detrás de la espalda, los tobillos anclados a un tubo metálico lateral. En la boca, la mordaza le impedía hacer otra cosa que emitir sonidos torpes. El collar le recordaba con cada latido que ya no era dueña de sus movimientos.
Giró la cabeza con desesperación.
Sofía estaba a menos de un metro, en la misma posición degradante: de rodillas, brazos inmovilizados, el cabello castaño alborotado sobre la mitad del rostro. Un hilo de saliva escapaba de la comisura de sus labios.
—¡Mmmph! —intentó Nadia, sacudiendo el cuerpo hacia adelante.
Los párpados de Sofía temblaron. Sus ojos verdes se abrieron con una pesadez agónica. Durante unos segundos hubo solo confusión, el rastro de un sueño interrumpido. Luego el foco se ajustó, y se encontró con la mirada bañada en lágrimas de Nadia. El reconocimiento fue instantáneo y brutal: la confusión se transformó en terror puro.
Sofía comenzó a forcejear. Las cuerdas se tensaron y le lastimaron las muñecas. Las dos intentaron arrastrarse la una hacia la otra buscando el único refugio disponible, pero los anclajes no cedían. El vehículo tomó una curva cerrada y el cuerpo de Nadia golpeó contra la pared de metal. El impacto fue corto, sordo, humillante.
Así estuvieron durante más de una hora: sin poder hablar, sin poder tocarse, mirándose porque era lo único que nadie les había quitado todavía.
***
La furgoneta se detuvo con un chirrido final en algún punto donde el asfalto había cedido hacía tiempo a un camino de tierra. Cuando las puertas traseras se abrieron, el aire que entró olía a pino y a tierra mojada. No había ciudad, no había luces de calle, no había nada que pudiera servir de referencia. Solo bosque y, más allá, los focos de una instalación rodeada por una valla que Nadia tardó un segundo en procesar como real.
Carmen las esperaba en el patio con los brazos cruzados y la expresión de quien administra inventario. Era una mujer de complexión robusta, cabello recogido con firmeza, mirada clínica. A su lado, Raúl encendía un cigarrillo apoyado en el lateral de la furgoneta.
Cuando les quitaron las mordazas, Sofía habló primero.
—¡¿Dónde estamos?! ¡¿Qué es este lugar?! ¡Ayúdennos!
La bofetada de Carmen fue seca, calculada, cargada con la precisión de quien la ha dado muchas veces. La cabeza de Sofía rebotó hacia un lado. Un hilo oscuro comenzó a deslizarse por la comisura de su labio inferior. El silencio que siguió fue total excepto por los sollozos de Nadia.
—Aprende rápido —dijo Carmen sin elevar la voz—. Aquí no se grita.
Las condujeron al interior. Las celdas olían a humedad y a metal frío. Una silla de acero atornillada al suelo en el centro de la habitación, un foco que parpadeaba con un zumbido eléctrico, paredes de piedra sin ningún elemento que pudiera servir de referencia temporal. Las obligaron a sentarse y las dejaron así, con los brazos todavía atados a la espalda, durante lo que pareció una eternidad.
Antes de que pudieran hablar entre ellas, Raúl entró de nuevo con dos hombres más y una tijera de sastre. Les cortaron la ropa a las dos sin ceremonia, dejando la tela caer en jirones sobre el suelo de piedra. Nadia intentó cerrar las piernas por instinto y recibió un latigazo de fusta en el muslo interno que le arrancó un grito. Sofía cerró los ojos y no se movió.
—Abrí las piernas —le ordenó Raúl a Nadia—. Las dos.
Nadia obedeció con las mejillas empapadas. Los tres hombres las examinaron con la misma frialdad con que se examina ganado antes de una feria. Uno le abrió a Sofía los labios del coño con dos dedos enguantados y comentó en voz alta, para Carmen, que la mercancía estaba en buen estado. Otro le apretó los pezones a Nadia hasta que se le endurecieron por reflejo, y asintió con la cabeza.
—Depiladas, hidratadas, sin marcas —enumeró Carmen desde la puerta, tildando ítems en una tablet—. Rodrigo va a estar contento.
—¿Para quién somos? —preguntó Nadia en voz baja cuando Carmen volvió con un sobre sellado.
La mujer ni levantó los ojos del papel que estaba leyendo.
—Para Rodrigo —respondió, como si eso lo explicara todo.
Y por la forma en que Raúl dejó de fumar al oír el nombre, Nadia comprendió que lo explicaba todo.
***
Lo que vino después no pudo medirlo en tiempo sino en sensaciones. El pinchazo en el cuello que la sumergió en otro vacío químico. El frío del acero cuando recuperó la conciencia. Y luego, despacio, la comprensión de la posición en que se encontraba.
Estaba cara a cara con Sofía, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Sus cuerpos desnudos se apretaban entre sí, forzados por una estructura de metal que los sujetaba a la altura de las caderas mediante un cinturón de acero del que ascendían cuatro cadenas hacia el techo, manteniéndolas suspendidas a pocos centímetros del suelo. Sus tobillos estaban anclados a la base de la estructura, las piernas estiradas al límite.
Intentó mover los brazos y sintió el tirón inmediato: manos forzadas en posición de oración invertida, ancladas a la parte trasera del collar. Los codos, atados hasta casi tocarse por detrás.
Pero lo que la paralizó fue otra cosa. Cuando intentó separar la cabeza de la de Sofía, una descarga de dolor nació en su lengua y se extendió hacia abajo con una intensidad que le quitó el aliento. Sus lenguas habían sido perforadas y unidas mediante una barra de acero quirúrgico colocada más atrás de lo normal, obligándolas a mantener la cabeza inclinada hacia adelante para aliviar la tensión sobre el músculo. Desde afuera, la escena debía guardar una geometría casi perfecta: dos cuerpos entrelazados en lo que parecía un beso sin fin.
Y todavía había más. El pezón derecho de Nadia conectado al izquierdo de Sofía, y viceversa, mediante piercings cruzados que convertían cualquier movimiento independiente en un tirón punzante en el tejido más sensible de su cuerpo. Sus pechos aplastados por la presión mutua eran el epicentro de un dolor constante y vibrante que se amplificaba con cada respiración.
Carmen caminaba alrededor de la estructura con las manos a la espalda, examinando la simetría de su trabajo.
—Tienen dos opciones —dijo—. Quedarse quietas y que duela menos. O moverse y que duela mucho. La decisión es suya.
Sofía emitió un sonido que era mitad llanto y mitad pregunta. Sus ojos verdes, que siempre habían brillado con una picardía natural, estaban rojos y completamente perdidos. Nadia fijó la mirada en ella y no la apartó. Sofía. La persona cuya respiración reconocía en la oscuridad, cuyo olor le resultaba más familiar que el propio. Ahora estaba aquí, a centímetros, tocándola de una forma que ninguna había elegido.
Todavía estoy aquí, quería decirle. Aquí contigo.
***
Desde la consola en la esquina, Carmen activó una descarga eléctrica. El impulso recorrió los dispositivos insertados en sus cuerpos con una brutalidad repentina que tensó cada músculo de forma simultánea. Por instinto de supervivencia, ambas intentaron arquearse y separarse, pero la barra que unía sus lenguas lo impidió con una precisión cruel, y los piercings en los pezones se tensaron al límite, amenazando con desgarrar el tejido sensible.
El jadeo de las dos quedó atrapado en el espacio entre sus bocas, sin salida posible.
Cuando la descarga cesó, Nadia temblaba sin control. Cada espasmo de su cuerpo se traducía en un tirón en la lengua y los pechos de Sofía, quien soltaba quejidos ahogados, doblemente castigada: por su propio dolor y por el de la persona que más amaba. Era una crueldad diseñada con precisión, una trampa en la que la compasión y el instinto de protección se volvían contra ellas.
Sofía respiró hondo. Luego, con una lentitud que costaba más que cualquier grito, inclinó la cabeza hasta que su frente encontró la de Nadia. Cerró los ojos. Y en medio de todo aquello, forzó en sus labios algo que se parecía a una sonrisa.
Nadia lloró. Pero dejó de temblar.
—Aprendan a estarse quietas —dijo Carmen desde las sombras, con un aplauso lento—. A partir de ahora, el movimiento de una es la agonía de la otra. Cuanto antes lo interioricen, mejor para las dos.
***
La puerta se abrió una hora después, o tres, o ninguna: el tiempo en ese lugar había dejado de funcionar como una referencia útil.
Rodrigo entró con la parsimonia de un coleccionista que visita su galería privada. Rondaba los cincuenta años. Llevaba un traje oscuro y bien cortado que contrastaba de manera obscena con el olor metálico de la sala. En su mano derecha sostenía una correa de cuero negro que conectaba con el collar de Laura, una joven que caminaba con la mirada fija en el suelo y los pasos automáticos de quien ya no recuerda que una vez eligió hacia dónde ir.
Se detuvo frente a la estructura y la contempló en silencio durante un momento largo. Sus ojos recorrieron la imagen sin prisa, con la satisfacción contenida de quien recibe exactamente lo que había pedido.
—Es magnífico —dijo en voz baja—. Parecen una sola criatura.
Caminó alrededor de la estructura con la correa de Laura en la mano, deteniéndose detrás de Nadia. Le pasó la palma abierta por la nalga, apretándola, separándosela de la otra con un pulgar frío.
—Y todavía se les puede sacar más —comentó, más para sí que para Carmen.
Le deslizó dos dedos entre los muslos por detrás y encontró el coño de Nadia. Se los metió sin lubricación, con la seguridad de quien sabe que nadie va a protestar. Nadia intentó cerrar las piernas y no pudo: los tobillos anclados a la base la mantuvieron abierta. El movimiento involuntario de su cadera tironeó de los piercings, y Sofía soltó un quejido ahogado contra su boca.
—Chsss —le susurró Rodrigo al oído a Nadia—. Quieta. Cuanto menos te muevas, menos le duele a ella.
Le movió los dedos adentro con calma clínica, mientras con la otra mano se abría el pantalón. Sacó la verga, ya dura, y se la restregó por el culo a Nadia sin apuro. Le agarró las caderas para estabilizarse contra el marco de acero y la penetró de un empuje largo, hasta el fondo. Nadia sintió la verga abrirle el coño hasta un lugar profundo que le arrancó un grito atragantado por la barra que le unía la lengua a la de Sofía. El impulso de la embestida le empujó los pechos contra los de Sofía, y los piercings tironearon del tejido sensible con un latigazo de dolor punzante.
—Tranquila —dijo Rodrigo, sin dejar de empujar—. Si te movés, la lastimás.
Empezó a follarla despacio, con una cadencia medida que hacía imposible acostumbrarse. Cada empujón obligaba a Nadia a apretar la frente contra la de Sofía, cada retirada le arrancaba un temblor que se transmitía por los piercings hasta el pecho de la otra. Sofía lloraba en silencio, con la boca abierta contra la de Nadia, saboreando las lágrimas que le corrían por el mentón. Sus lenguas atadas se rozaban con cada respiración, un beso obligado que las obligaba a compartir cada gemido, cada quejido.
Rodrigo aumentó el ritmo. Le clavó los dedos en las caderas y la embistió con más fuerza, con el ruido húmedo del coño de Nadia mezclándose con los golpes de piel contra piel. Nadia dejó de resistirse. Aflojó la espalda, dejó que la penetrara, dejó que el propio dolor entrara en un lugar donde ya casi no la alcanzaba. Todo lo que le quedaba era mantener los ojos fijos en los ojos verdes de Sofía, respirar su aire, no separarse ni un milímetro más de lo necesario.
—Buena chica —murmuró Rodrigo—. Aprendés rápido.
Cuando terminó de correrse dentro de ella, con una serie de embestidas cortas y guturales, dejó la verga adentro unos segundos más de lo necesario, como quien firma una escritura. Después salió despacio, y Nadia sintió el semen tibio deslizarle por el interior del muslo.
Rodrigo rodeó la estructura hasta ponerse detrás de Sofía. Se limpió la verga en la nalga de ella con un gesto casual y volvió a endurecerse en pocos segundos. A Sofía la penetró en el culo, no en el coño. La entrada fue lenta pero implacable, un empuje sostenido que le arrancó a Sofía un aullido gutural que la barra atrapó entre sus dientes. Nadia sintió el temblor de Sofía atravesarle el pecho por los piercings, sintió su llanto contra su propia boca, sintió cómo cada embestida de Rodrigo empujaba a Sofía contra ella y le tironeaba de la lengua.
—Mirala —le ordenó Rodrigo a Nadia, hablándole al oído por encima del hombro de Sofía—. Mirala mientras me la cojo. Es lo único que podés hacer por ella.
Nadia la miró. Le sostuvo la mirada verde, empañada, agónica, mientras el hombre la follaba por detrás con embestidas cada vez más brutales. Le sostuvo la mirada cuando Sofía apretó los ojos, cuando volvió a abrirlos buscándola, cuando la boca abierta contra la suya soltó un jadeo ahogado que la barra convirtió en el sonido más triste que Nadia había oído en su vida. Le sostuvo la mirada cuando Rodrigo se corrió dentro del culo de Sofía con un gruñido bajo, y cuando salió, y cuando el semen empezó a deslizarse por los muslos de las dos, mezclado, como una firma final.
Rodrigo se acomodó el pantalón con calma, retomó la correa de Laura del piso donde la había apoyado y volvió a mirar la escena con la satisfacción del comprador que ha probado la mercancía y la aprueba.
A los pies de Rodrigo, Laura levantó la vista por un instante. Sus ojos se cruzaron con los de Nadia y en ellos no había piedad sino algo peor: reconocimiento. El espejo exacto de lo que ella misma había sido antes de que el condicionamiento borrara la mayor parte de lo que quedaba.
Rodrigo le acarició el cabello con la ternura retorcida de quien ha confundido la posesión con el afecto.
—Las llevan esta noche —le dijo a Carmen—. Quiero que estén listas para el transporte.
Le entregó la correa de Laura junto con un sobre cerrado lleno de instrucciones y salió sin mirar atrás, con la misma calma con que había entrado. La puerta se cerró con un clic suave.
Carmen tomó la correa y tiró de ella hacia la puerta interior. Laura se levantó sin resistencia y la siguió. Antes de desaparecer, giró la cabeza por última vez y miró a Nadia y a Sofía, suspendidas en ese abrazo de metal que ninguna de las dos había elegido y que ninguna de las dos podía terminar.
***
En la oscuridad de la sala, Nadia y Sofía respiraban el mismo aire. Sus frentes seguían apoyadas la una contra la otra. Las cadenas no habían cedido. Los piercings no habían cedido. La voluntad del hombre del traje no había cedido.
Pero Sofía seguía mirándola. Y Nadia seguía mirándola a ella.
En ese espacio de pocos centímetros entre sus caras, en ese beso que no era un beso sino una trampa, Nadia buscó algo a lo que aferrarse. Y lo encontró: los ojos verdes de Sofía, todavía ahí, todavía ella, reducida pero no extinguida. Era lo único que nadie había podido llevarse todavía. Y mientras eso siguiera siendo cierto, no estaban completamente perdidas.
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