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Relatos Ardientes

Dos hombres maduros y una sumisión que no esperaba

Llevaba dos años divorciado de Marta. Aquella noche no encontraba la calma: el piso estaba demasiado silencioso, la televisión no enganchaba con nada y el whisky quedaba demasiado a mano. Me serví un vaso, después otro, y a medida que bajaba el nivel de la botella crecía una inquietud que no sabía cómo nombrar.

Salí sin pensarlo demasiado, sin darme tiempo a arrepentirme. El fresco de la calle me despejó un poco. No buscaba nada en concreto, o al menos eso intentaba creerme, pero quería romper la rutina, conocer a alguien, vivir algo distinto a las paredes de mi salón.

Llegué a un pub de luces cálidas. Desde la acera ya se escuchaba la música, agradable, nada estridente. Era el tipo de sitio donde uno puede sentarse y desaparecer un rato.

Me acomodé en la barra, pedí una copa y dejé que la noche decidiera por mí.

En el fondo del local destacaba un grupo de hombres que rondaban los sesenta. Parecía una celebración de ejecutivos, o algo así. Hablaban, se reían, se notaba que llevaban tiempo pasándolo bien.

No sé bien por qué, pero desde que entré me fijé en uno de ellos. Quedaba justo enfrente de mí. Era alto, de hombros anchos y pelo cano, con una presencia que llamaba la atención incluso estando sentado. Había algo en su forma de mirar, tranquila pero firme, que me costaba sostener. Cada vez que levantaba la vista de mi copa tenía la sensación de que me observaba. No me incomodaba. Al contrario, me resultaba extrañamente agradable.

El alcohol empezaba a hacer su trabajo. Sentía calor en todo el cuerpo, un calor que se concentraba sin permiso entre mis piernas. Mi imaginación echó a volar sola.

¿Cómo será su voz? ¿Qué pensaría si se sentara a mi lado?

Entonces lo vi sonreír, mirándome a mí. Dejó el vaso sobre la mesa, tocó el hombro de un compañero y se levantó. Caminó hacia la barra con paso seguro y se colocó junto a mí. Bajé la mirada y me concentré en mi vaso. Pidió una copa, bebió un sorbo y se dirigió a mí con una voz grave.

—Hola. Me llamo Esteban. No pareces de los habituales del pub.

Era una voz profunda y serena. Me recorrió por dentro.

—Encantado, soy Andrés —respondí—. La verdad es que no salgo mucho. Supongo que necesitaba airearme.

—A veces es lo mejor que se puede hacer —dijo, dando un trago a su copa—. Salir y dejar que la noche te sorprenda.

Extendió la mano. Su apretón fue firme, seguro, sin prisa por soltarme. No sé si fue el alcohol o la certeza de su mirada, pero tuve la sensación de que acababa de abrirse una puerta hacia algo que no entendía. O que no quería entender del todo.

Durante un rato hablamos de cosas sencillas: el trabajo, la ciudad, mi divorcio, lo largas que se hacen las noches cuando uno vive solo. Me resultaba fácil hablar con él, como si nos conociéramos de antes. En un momento dado miró hacia su mesa. Uno de sus compañeros, moreno, un poco pasado de peso y más o menos de su edad, levantó el vaso en señal de saludo. Esteban le respondió con una leve sonrisa.

—Es Lorenzo, un socio mío —me dijo—. Luego, si quieres, te lo presento.

No supe qué contestar, así que di otro trago. Y entonces, como quien sigue conversando, plantó su mano grande sobre mi muslo. El gesto me cortó la respiración. Me puse nervioso, apuré la copa y me bajé del taburete.

—Voy un momento al baño —murmuré.

Me alejé intentando disimular dos cosas a la vez: mi excitación y mi falta de equilibrio. Me miré en el espejo, como si la respuesta a lo que me estaba pasando fuera a aparecer en mi propio reflejo. Estaba sintiendo deseo por un hombre desconocido. Era la primera vez en mi vida. Oriné, y cuando fui a refrescarme la cara, allí estaba él, apoyado en el mármol, con los brazos cruzados.

—Pensé que igual me necesitabas —hizo una pausa, me agarró de los hombros y me atrajo hacia él—. O, si lo prefieres, mi casa está a diez minutos de aquí.

Ya no había sugerencias ni rodeos. Él estaba seguro de lo que quería. Y, lo más inquietante, también parecía seguro de lo que deseaba yo.

—Pues, si no te molesta, prefiero seguir en tu casa —dije con un hilo de voz, bajando la mirada.

Me puso la mano en la espalda y me guio hacia la salida. Pasó por la barra a pagar las copas y alzó la mano para despedirse de sus compañeros.

***

Antes de que llegáramos a la puerta, Lorenzo se acercó. El mismo al que había saludado antes desde la mesa.

—¿Ya os vais? ¿Estáis incómodos o interrumpo algo? —dijo, mirando primero a Esteban y luego a mí.

—Andrés quería tomar una copa en un sitio más relajado —contestó Esteban con media sonrisa—. ¿Y qué sitio más relajado que mi casa?

—Si queréis os acompaño. Aquí me aburro mucho —soltó Lorenzo, guiñándome un ojo.

Aquello me descolocó. Miré a Esteban, que parecía divertirse con la situación y con el nerviosismo que se me notaba a flor de piel.

—Tranquilo, Andrés —dijo con su voz grave—. No pasará nada que tú no quieras que pase. Tú decides.

Los dos se quedaron unos segundos esperando mi respuesta. El silencio pesaba más que cualquier pregunta.

—Bueno… sí. Vale. No hay problema —dije, ebrio y excitado a partes iguales.

Lorenzo soltó una carcajada.

—Suena a plan.

—Pues no se hable más —zanjó Esteban—. Mi casa está cerca y la noche promete.

Caminamos los tres por la calle. Notaba en mi interior una mezcla extraña: la excitación y la desinhibición de hacer algo que en cualquier otro momento ni se me habría pasado por la cabeza. Y, sin embargo, no quería frenar.

***

Llegamos a su piso. Se notaba que le gustaba el orden: amplio, muy limpio, sin un objeto fuera de lugar. Se quitaron las chaquetas y las corbatas y las dejaron sobre una silla. Esteban fue a preparar unas copas mientras Lorenzo y yo nos sentábamos en el sofá. Cuando volvió, nos repartió las bebidas y se acomodó de modo que quedé en el medio de los dos.

Sus muslos rozaban los míos por ambos lados. De repente sentí la mano de Lorenzo en mi nuca, pesada, sin agresividad, pero dejando claro quién mandaba.

—¿Cuánto hace que no te follan como es debido? —preguntó Esteban sin rodeos, acercándome el vaso a los labios para que bebiera.

—Mucho… —contesté—. Con mi ex, al final todo era rutina. Y después, nada de nada.

—Me refiero a otra cosa. ¿Has estado con hombres?

—Ah… disculpa. No. No, no he estado —tartamudeé, tragando saliva.

—Pues esta noche —susurró Lorenzo— te vamos a dar el placer que necesitas. Vas a tener dos pollas maduras y duras solo para ti. ¿A que te apetece? ¿A que deseas que te usemos un buen rato?

Apuré el resto de la copa y asentí con la cabeza.

—No —dijo Esteban—. Tienes que decirlo tú. Tenemos que oírlo.

—Sí —respondí, con la voz temblándome—. Deseo que me uséis.

No hizo falta nada más. Esteban se levantó y se aflojó el pantalón frente a mí, mientras Lorenzo metía la mano dentro de mi ropa interior y agarraba con fuerza mi pene todavía flácido.

—Joder, mírala —se rió—. Está cachondo y ni se le levanta de los nervios.

Esteban me miró complacido. Se sacó la verga, gruesa y marcada, con la punta ya brillante. La acercó a mi cara, me dio unos golpecitos en la mejilla y la apoyó sobre mis labios. Cerré los ojos. Empecé a lamerle el glande, abrí la boca y dejé que entrara.

—Así, chúpala como si te fuera la vida en ello.

El sabor era salado, fuerte, masculino. Me embriagaba más que el whisky. Esteban empezó a moverse despacio, marcando él el ritmo dentro de mi boca.

—Te quiero a cuatro patas, ya —ordenó Lorenzo, bajándose los pantalones. La suya no era tan larga, pero igual de gruesa que la que tenía en la boca.

Obedecí sin pensarlo. Dejé la polla de Esteban unos segundos para colocarme de rodillas sobre el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos y el culo en pompa. Nunca me había sentido tan expuesto, y nunca lo había deseado tanto.

Lorenzo se situó detrás. Me terminó de bajar el pantalón y el calzoncillo y, separándome las nalgas con las dos manos, soltó:

—Mira qué culo tiene este. Limpio y apretado.

Yo seguía mamando la verga de Esteban cuando sentí a Lorenzo escupir sobre mi entrada y esparcir la saliva con un dedo, despacio, en círculos.

—¿Te gusta que te miremos ahí, verdad? —dijo Esteban, sin dejar de moverse en mi boca.

—Sí… joder, sí —gemí sin ningún reparo.

Lorenzo empezó a lamerme con la lengua ancha, abriéndome poco a poco. Volví a gemir alrededor de la polla que tenía dentro, ahogado entre las dos sensaciones.

—Buen chico —dijo él—. Vas a tragar toda la leche que te demos esta noche.

Cuando consideró que estaba listo, Lorenzo se incorporó. Se untó la verga con la saliva que aún resbalaba por mis muslos. No era enorme, pero sí ancha y un poco curva, y solo de notar la punta empecé a imaginar lo que sentiría dentro.

—Voy a abrirte yo primero —avisó—. Relaja ese culo.

Empujó. Salió. Volvió a empujar, ganándome centímetro a centímetro, despacio, parando cada vez que me notaba tenso, retirándose y atacando un poco más. Hasta que sentí sus caderas chocar contra mí. Solté un quejido largo y ahogado, mezcla de dolor y de un placer que no conocía.

—Joder, qué apretado estás —dijo, empezando a moverse—. Aguanta, que ahora viene lo bueno.

Esteban sincronizó su ritmo con el de Lorenzo, follándome la boca al compás de las embestidas que recibía por detrás. Estaba lleno por los dos lados, perdido entre la excitación, el sudor y la sensación de estar siendo usado por dos hombres que me doblaban la edad. Y me dejaba. Quería que siguieran.

—¿Quieres que te llenemos por dentro? —preguntó Lorenzo.

—Sí… sí —alcancé a decir.

—Pídelo —exigió Esteban.

—Por favor… llenadme.

—Así me gusta —dijo, y volvió a meterla, sujetándome la cabeza con las dos manos.

Sentí cómo Lorenzo aceleraba. Sus embestidas se volvieron secas, cortas, certeras, golpeando un punto que me hacía ver luces.

—Me corro —avisó—. Pídela.

—Por favor… dentro —supliqué alrededor de la verga de Esteban.

No tardó. Un último golpe, más profundo, y noté el calor de su corrida llenándome chorro a chorro. Esteban no se quedó atrás: me sujetó la cabeza con firmeza, sin darme opción a apartarme, y terminó dentro de mi boca con tanta fuerza que me provocó una arcada. Espeso, caliente. Lo tragué entero, como si fuera lo más natural del mundo.

Cuando los dos se vaciaron, se retiraron y me dejaron allí, todavía a cuatro patas, con la boca hinchada, el culo goteando y la respiración entrecortada. Los dos me miraban satisfechos, victoriosos, como quien contempla una obra terminada.

—La noche no ha acabado —dijo Esteban, acariciándome la mejilla—. Tienes mucho potencial.

Me estremecí solo de imaginarlo. Y me dejé caer, exhausto, sobre el sofá, esperando lo que viniera después.

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Valora este relato

Comentarios (6)

Marcos_89

Increible, me dejo sin palabras. Uno de los mejores que lei en esta categoria!!!

FelixNoche

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que paso despues. Muy bien narrado.

Noctambula_27

Esa primera escena en la barra es genial, se siente la tension desde el primer parrafo. Felicitaciones.

SandroViajero

Tremendo!! Se hizo cortisimo

Vale_BA

Los hombres maduros siempre tienen algo que los jovenes no tienen... y este relato lo captura muy bien. Muy real, muy bien escrito.

LectorFurtivo9

Me recordo a una experiencia que tuve hace años, esa sensacion de darte cuenta de algo que ya sabias pero no querias ver. Excelente.

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