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Relatos Ardientes

Su amo volvió oliendo a otra mujer

El cerrojo de la jaula cedió con un chasquido metálico que ella conocía de memoria. No levantó la vista del suelo. Había aprendido que cualquier demora se pagaba después, y esa noche, por el modo en que él respiraba, intuyó que ya venía cargado de algo.

—Fuera. Al estudio —dijo él, sin más, dándose la vuelta antes de comprobar si lo seguía.

Ella salió a gatas, desnuda, con el suelo helado mordiéndole las rodillas y las palmas. Avanzó por el pasillo escuchando el eco de los pasos de él sobre la madera y, por debajo de su perfume habitual, captó otro detalle que le erizó la nuca: un aroma dulzón, ajeno, de mujer joven, mezclado con el olor denso del sexo reciente.

Lo reconoció antes de entrar. Vicente había salido esa tarde con una excusa que no necesitaba dar, y volvía marcado.

En el estudio se dejó caer en el sillón de cuero y se aflojó el cinturón con una lentitud calculada. Se bajó los pantalones lo justo, separó las rodillas y la miró desde arriba, con esa media sonrisa que ella había aprendido a temer y a desear en la misma medida.

—Aquí, en medio —ordenó, dando una palmada seca al espacio entre sus muslos—. De rodillas.

Ella se encajó entre sus piernas. El calor de su piel le llegó a la cara antes de que él la tomara del pelo y le acercara la nariz a la ingle.

—Huele —murmuró, sin prisa—. Despacio. Quiero que reconozcas el rastro de la otra.

Ella inhaló. El olor de él estaba ahí, familiar, pero envuelto en algo que no le pertenecía: un perfume floral, demasiado nuevo, y debajo el aroma inconfundible de otra mujer. Sintió que el estómago se le retorcía de humillación y, al mismo tiempo, una punzada caliente entre las piernas que la traicionó al instante.

—¿Lo notas? —preguntó él, acariciándole la nuca con dedos firmes—. Se llama Marina. Veintiséis años, la piel sin una sola marca. Quedé con ella en un hotel del centro y no salió de esa habitación igual que entró.

***

Él la obligó a frotar la mejilla contra su sexo, despacio, marcándola con el rastro de la otra mientras hablaba.

—Llegó nerviosa, sin saber muy bien dónde se metía —siguió, bajando la voz—. La senté en el borde de la cama y le expliqué las reglas. Que no me mirara a los ojos sin permiso. Que no se corriera sin pedirlo. Que cada vez que se equivocara, lo pagaría con la mano abierta.

Ella escuchaba con la respiración entrecortada, la cara pegada a su piel, sintiendo cómo cada palabra le abría un hueco en el pecho.

—Aguantó más de lo que esperaba —continuó él, apretando los dedos en su pelo—. La doblé sobre la cama, con el pecho contra el colchón y el culo en alto. Cada azote la hacía gemir un poco más alto, hasta que dejó de pedir clemencia y empezó a pedir otra cosa. Le marqué la piel con el cinturón hasta dejarla de un rojo precioso, y para entonces ya me rogaba que no parara.

Le hizo lamer la base de su verga, donde aún quedaba el sudor de la tarde, y ella obedeció con la lengua plana, despacio, mientras el aroma ajeno le inundaba la nariz.

—¿Te imaginas el ruido? —dijo él—. El de mi mano contra su culo en una habitación vacía. El olor a sexo y a miedo de una cría que descubre, demasiado tarde, que le gusta obedecer.

Bajó una mano y le hundió dos dedos entre las piernas. Estaba empapada. Notó cómo se estremecía al contacto, cómo goteaba sobre el cuero del sillón sin poder evitarlo.

—Mírate —dijo él con desprecio, restregándole su propio flujo por los labios—. Te cuento cómo he reventado a otra y te pones a chorrear como si fueras tú la que estaba debajo. ¿Tanto te pone saber que mi polla estuvo dentro de ella mientras tú te pudrías en la jaula?

—Sí, amo... —respondió ella con un hilo de voz, temblando de deseo y de vergüenza a partes iguales.

***

Sin previo aviso le sujetó el pelo con las dos manos y le metió la verga en la boca de una sola embestida, hasta el fondo. Ella sufrió una arcada, los ojos llenos de lágrimas, pero él no aflojó. Empezó a moverse con un ritmo seco, obligándola a tragárselo entero mientras el perfume de Marina seguía clavado en su garganta.

—Cuidado con los dientes —le advirtió, sin dejar de embestir—. Ella la tenía más pequeña que tú, pero usaba mejor la lengua. Me la chupaba mirándome de reojo, muerta de miedo y de ganas al mismo tiempo, sabiendo que si paraba se llevaba otro cinturonazo.

Le sacó la verga de la boca un instante, lo justo para que ella tomara aire entre toses, y le dio un revés suave en la mejilla, más humillante que doloroso.

—Aún no he terminado de contarte cómo acabó. Cómo se tragó hasta la última gota y me enseñó la lengua limpia, tan avergonzada que no podía ni mirarme. Eso es obediencia. Eso es lo que tú llevas meses intentando aprender.

La levantó del suelo de un tirón, ignorando su quejido, y la empujó contra la mesa del despacho. El pecho de ella chocó contra la madera y los papeles saltaron por los aires. Él le presionó la mejilla contra la superficie dura con una sola mano.

—De espaldas. Apóyate y saca el culo —ordenó con voz gélida.

Ella obedeció, temblando, las nalgas en alto y las piernas separadas. Sintió la verga de él rozarle la entrada, todavía húmeda de saliva y del rastro de la otra.

—Vamos a ver si aguantas lo mismo que aguantó Marina antes de empezar a suplicar —dijo, desenrollando el cinturón—. Ella me pedía clemencia a cada golpe. Tú te vas a quedar callada, sabiendo que otra ya ha pasado por esto mismo hace un par de horas.

***

Le dio una palmada seca en una nalga y la marca de sus dedos apareció al instante. Enrolló el cinturón en la mano, dejando apenas unos centímetros de cuero libre, y descargó el primer latigazo. El sonido retumbó en el estudio.

—Abre más —gruñó, sujetándole la nuca contra la mesa.

Se colocó detrás y entró en ella de un empujón firme, sin miramientos. Ella ahogó un grito contra la madera. Él empezó a embestir con un ritmo mecánico, saliendo casi del todo y volviendo a hundirse hasta la base, haciendo que el cuerpo de ella se desplazara hacia adelante con cada impacto.

—A Marina todavía tengo que domarla —jadeó, soltándole otro golpe de cinturón en el muslo—. Conserva ese miedo que me divierte, esa resistencia. Pero a ti ya te conozco entera. Ya sé dónde están tus límites y me encanta acercarme a ellos sin pedirte permiso.

Le cruzó la piel con el cuero justo donde su verga entraba y salía, mezclando el ardor del azote con la presión del sexo. Ella gimió, una mezcla espesa de dolor y de algo que se parecía demasiado al placer.

—Ella me miraba con esperanza, como si esto fuera el principio de algo —siguió él—. Tú ya sabes lo que eres. Sabes que mañana no podrás sentarte y que a mí me dará exactamente igual.

Pasó el cinturón por delante de su cuello, sin apretar, solo lo justo para obligarla a arquear la espalda, y tiró hacia atrás mientras la seguía follando con una fuerza que la hacía gemir contra la mesa.

—Dime que te gusta que te use mientras pienso en la otra —ordenó, con la respiración rota y el sudor goteándole sobre la espalda—. Dime que sientes mi verga después de que haya estado en ella.

—Me gusta... —jadeó ella, con la voz quebrada—. Me gusta ser yo la que te recibe al final, amo.

***

Él aceleró. El golpeteo de su pelvis contra el culo de ella se volvió constante, húmedo, brutal. Le descargó un último cinturonazo en la cara interna del muslo, una de las zonas más sensibles, justo cuando notó que ella empezaba a tensarse.

—Ni se te ocurra —le gruñó al oído, sintiendo el primer temblor—. Tienes prohibido correrte. Si noto una sola contracción que no sea para recibirme, te encierro una semana entera sin que te toque nadie. Te vas a quedar así, cargada y vacía, mientras yo me corro.

Le dio los últimos golpes de cadera, cada vez más profundos, y con una última embestida que la aplastó contra la madera se vació dentro de ella. Sintió cómo todo su cuerpo se relajaba mientras ella lloriqueaba de pura frustración, conteniendo su propio orgasmo por miedo al castigo.

Se quedó un momento ahí, clavado, disfrutando del temblor de sus piernas.

—Marina se corrió tres veces esta tarde —le susurró con desprecio antes de salir de ella de golpe—. Tú te vas a quedar empapada y con las ganas quemándote por dentro, para que aprendas que tu placer no me importa una mierda comparado con el mío.

Se subió los pantalones sin limpiarse, dejando que la mezcla resbalara por los muslos de ella hasta el suelo.

—A la jaula. Sin lavarte. Quiero que huelas a mí toda la noche.

Le dio un empujón suave, cargado de desprecio, para que se apartara de la mesa. Ella se dejó caer al suelo, con las piernas temblando y el culo ardiendo por el cinturón. El semen empezó a deslizarse por su entrepierna y a manchar la madera del despacho.

—Gatea —ordenó él, ajustándose el cinturón—. Y no cierres las piernas. Quiero que vayas dejando el rastro por todo el pasillo.

Ella obedeció, arrastrándose de rodillas, sintiendo el frío del suelo y la humillación de moverse así, usada y descartada. Él caminó detrás, observando cómo su cuerpo agotado avanzaba con dificultad. Al llegar, ella entró en la jaula y se ovilló en el rincón de siempre.

Antes de cerrar la reja, él se agachó y le agarró la cara para obligarla a mirarlo una última vez.

—Mañana vuelvo a verla —dijo con una sonrisa cruel—. Me ha gustado tanto cómo aprende que pienso repetir. Y tú vas a estar aquí, encerrada, imaginando cada azote que le dé y cada vez que se corra para mí. Vas a dormir con su olor en tu piel, sabiendo que ella es mi juguete nuevo y tú solo eres la que recibe lo que queda.

El candado se cerró con un golpe seco que resonó en toda la estancia. Ella cerró los ojos y, en la oscuridad, el aroma de la otra mujer seguía allí, mezclado con el suyo propio, recordándole exactamente cuál era su lugar.

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Comentarios (6)

Marcelo_Cba

Tremendo!! Uno de los mejores de esta categoría que leí en mucho tiempo, sin exagerar.

MilaFlorR

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo termina todo esto...

DiegoTucuman

Me dejó helado desde el primer párrafo. Que manera de entrar en tema sin rodeos. Excelente.

SolMdq

Como sigue??? quiero mas jaja espero ansiosamente la continuacion!!

Blackwirrow

La tension que se siente desde el inicio es increible, se te va el tiempo leyendo y no te das cuenta de nada.

GabiK_Lectora

Muy bien escrito la verdad. Se nota el cuidado en cada detalle, es raro encontrar algo así. Ojalá haya mas.

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