Mi primera fiesta y lo que vi en la sala oscura
Esa noche fue mi primera vez de verdad. No la primera con un hombre, sino la primera en un lugar como aquel, y eso me tenía más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir. Pasé casi una hora frente al espejo sin decidirme. Probé un vestido, lo descarté. Probé una falda, también. Al final me quedé con unos vaqueros ajustados y un top de polipiel que me marcaba más de lo que solía permitirme en público.
Me hice un ahumado fuerte en los ojos, denso y oscuro, y me pinté los labios de rojo con un labial de los que aguantan toda la noche. Por si acaso, pensé, aunque no terminaba de saber por si acaso qué.
Me recogiste tú. En el coche íbamos hablando con esa facilidad que teníamos siempre, como si nos conociéramos de mucho antes. Para ti no era ninguna novedad; ya habías estado en sitios así, y me lo contabas con una calma que me ponía aún más curiosa.
—¿Y qué tipo de cosas se ven exactamente? —pregunté, mirando por la ventanilla para disimular las ganas que tenía de saberlo todo.
—Performances, sobre todo —dijiste—. Algunas son arte. Otras no tienen nada de arte. Ya lo verás.
Me reí, un poco para tapar los nervios. Tú me miraste de reojo en un semáforo y sonreíste, como si supieras perfectamente lo que estaba pasando por mi cabeza.
***
Cuando entramos no había mucha gente todavía. El local era amplio, de techos altos, con la luz tenue y rojiza y una música grave que se sentía más en el pecho que en los oídos. Seguimos hablando junto a la barra, yo bebiendo despacio, observándolo todo con disimulo: las cuerdas colgadas del techo, los muebles extraños, la gente que iba llegando vestida de maneras que en otro contexto me habrían hecho girar la cabeza.
Poco a poco el sitio se fue llenando. Y entonces empezaron las primeras suspensiones.
El rigger trabajaba con una concentración que me dejó muda. Pasaba la cuerda por la piel de la chica con una lentitud deliberada, anudando, tensando, comprobando. No había prisa en ninguno de sus gestos. La fue elevando del suelo centímetro a centímetro hasta dejarla suspendida en el aire, doblada en una postura imposible, sostenida solo por aquellos nudos. Parecía muy profesional. Parecía, sobre todo, que ella confiaba en él por completo.
—Es precioso —murmuré, sin apartar la vista.
—Espera —dijiste tú, muy bajito, al oído.
En algún momento la gente empezó a agruparse alrededor de una especie de cama baja, forrada en un material brillante que no supe si era látex o piel. La temperatura de la sala, que ya era cálida, pareció subir de golpe.
Se subieron a ella una pareja. Eran guapísimos los dos, de esos que no parecen reales. Él comenzó a atarla a ella, otra vez las cuerdas, otra vez esa lentitud que me tenía hipnotizada. Mi primera performance de verdad, pensé, divertida, todavía creyendo que entendía lo que iba a pasar.
No lo entendía.
A medida que la ataba, se notaba cómo la sala entera contenía la respiración. Y entonces se subió otra pareja. Sin preámbulos, empezaron a azotarla a ella mientras el segundo chico se bajaba los pantalones y le llenaba la boca. Todo a la vez, sin transición, frente a docenas de personas que miraban en silencio.
Me impresioné. La verdad es que no esperaba algo así, no de esa manera, y sentí que se me subían los colores a la cara. Pero no podía dejar de mirar. Era como si una parte de mí, una que no conocía, se hubiera adelantado y hubiera tomado el control de mis ojos.
La desnudaron con poca delicadeza, casi con brusquedad, y empezaron a tocarla con los dedos. No estaba acostumbrada a ver nada parecido. Me sorprendió todo: la intensidad, la falta de pudor, la manera en que ella se entregaba a las manos de los demás como si fuera exactamente lo que había venido a buscar.
Empecé a sentir un calor que no tenía nada que ver con la temperatura del local. Y, por la forma en que tu mano apretaba la mía, supe que a ti te estaba pasando lo mismo.
***
Cuando terminó la performance, nos fuimos a sentar a una zona algo apartada, en un rincón con un sofá bajo donde la música llegaba más amortiguada. Necesitaba un momento para ordenar lo que acababa de ver.
—No me lo puedo creer —dije, todavía con el corazón acelerado—. No sabía que existían sitios así.
—Te sorprende a ti misma, ¿verdad? —dijiste, observándome con una media sonrisa—. No esperaba verte tan impresionada.
Y tenías razón. Hasta hacía bien poco yo había sido bastante inocente, de las que se sonrojan con una conversación subida de tono. Y allí estaba, con la respiración entrecortada y un cosquilleo entre las piernas que no sabía cómo apagar.
Te miré. Tú me mirabas a mí. Y no hizo falta decir nada más.
Nos besamos. Fue un beso largo, húmedo, profundo, de esos que empiezan despacio y terminan con mi mano agarrándote la nuca para que no te separaras. Sentía tu lengua, tu aliento, el roce de tu barba. Cuando por fin nos separamos, los dos respirábamos como si hubiéramos corrido.
—Hay una sala oscura ahí al fondo —dijiste, señalando con la barbilla hacia una puerta cubierta por una cortina pesada.
—¿Y qué hay dentro?
—Lo que cada uno quiera que haya.
No pensé que fuera a atreverme. La verdad es que no lo pensé mucho, y quizá por eso me atreví. Te cogí de la mano y te llevé yo hacia la cortina.
***
Estaba muy oscuro dentro, casi negro, y muy lleno. Antes de cruzar el umbral ya se oía el sexo: respiraciones, jadeos, el sonido húmedo de cuerpos moviéndose contra cuerpos. Nos quedamos un momento en la entrada, sin atrevernos a avanzar, y seguimos besándonos pegados a la pared mientras mis ojos se acostumbraban a la falta de luz.
Cuando sentí que un grupo salía y dejaba un hueco libre, tiré de ti hacia dentro.
No esperé. Me arrodillé y te bajé los pantalones con una urgencia que no me reconocía. Te la saqué y me la metí en la boca de golpe, con ansia, con unas ganas que llevaba toda la noche acumulando sin darme cuenta. Llevaba horas deseando justo eso, aunque no lo hubiera sabido formular.
Te recorrí entera con la lengua, de arriba abajo, despacio y luego rápido. Me la metí hasta el fondo de la garganta, todo lo que pude, hasta que se me saltaron las lágrimas por el maquillaje, y volví a empezar. En la oscuridad no veía nada, pero lo sentía todo: tu mano cerrándose en mi pelo, tu respiración rota encima de mí, el temblor de tus piernas.
A nuestro lado entró otra pareja. Se pusieron a follar a pocos centímetros, ella apoyada contra la pared, a cuatro patas, y empecé a oír sus gemidos justo en mi oído. No paraban. Aquello, en lugar de cohibirme, me encendió todavía más. Lamí con más fuerza, más rápido, dejándome llevar por sus jadeos y por los tuyos.
De repente noté que te corrías, caliente, en el fondo de mi boca. No me aparté. Seguí chupando, despacio ahora, porque me gustaba terminar de vaciarte hasta la última gota, sentir cómo te estremecías cuando ya no podías más. Me lo tragué todo y luego te enseñé la lengua en la penumbra, esperando que me dijeras que había sido una buena chica.
Pero no dijiste eso.
Me agarraste de los brazos, me pusiste de pie y me bajaste los vaqueros de un tirón. Sin preguntar, metiste los dedos entre mis piernas y notaste lo empapada que estaba. Oí cómo se te escapaba una risa baja, satisfecha.
—Mírame —dijiste.
Y aunque apenas distinguía el brillo de tus ojos en la oscuridad, te miré. Me masturbabas con ganas, sin delicadeza, con la misma intensidad con la que yo te había comido a ti, mientras la pareja de al lado seguía a lo suyo, sus gemidos cada vez más altos, mezclándose con los míos hasta que ya no supe distinguir cuáles eran de quién.
No tardé mucho en correrme. No podía haber tardado: toda la noche había sido una cuerda tensándose poco a poco, y aquel rincón a oscuras fue el nudo final. Me corrí mordiéndote el hombro para no gritar, agarrada a ti como si me fuera la vida en ello, con las piernas temblando.
***
Cuando terminé, nos quedamos un rato abrazados en la oscuridad, recuperando el aliento, riéndonos bajito de lo que acabábamos de hacer. Después salimos. Hacía un calor pegajoso allí dentro y el aire de la sala principal me pareció casi fresco.
Me sonreíste y te quedaste mirándome un segundo de más.
—¿Qué? —pregunté.
—Tu maquillaje. Ya no queda nada.
Me toqué la cara y me reí. El calor del momento, la oscuridad, tu boca, lo había borrado todo: el ahumado perfecto, el rojo permanente que aguantaba toda la noche. No había quedado ni rastro.
Y supe, con una certeza tranquila, que después de aquella noche nada volvería a ser igual. Que aquella chica inocente que se había pasado una hora frente al espejo sin saber qué ponerse ya no existía. La había dejado allí dentro, de rodillas, en la sala oscura. Y no la echaba de menos en absoluto.