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Relatos Ardientes

La enfermera me enseñó cuál era mi lugar

Damián acababa de cumplir los dieciocho y seguía pareciendo un crío. Bajito, con el pelo rubio y rizado, el cuerpo enjuto y las hormonas disparadas a todas horas. Había repetido curso un par de veces, no por revoltoso, sino porque estudiar le aburría hasta el alma.

El centro era enorme y acogía también cursos para adultos, así que por los pasillos se cruzaban tanto chavales como hombres de treinta años que llegaban en moto o en coche. Y entre todo aquel ir y venir había una sola persona que ocupaba la cabeza de Damián de día y de noche: Lorena, la enfermera.

Lorena tenía veintisiete años, el pelo oscuro recogido en una trenza y unas gafas de montura fina que le daban un aire de buena estudiante. Pero bajo aquella bata blanca se adivinaba un cuerpo que no tenía nada de inocente, y unas piernas que dejaban muy poco a la imaginación.

—Joder, Lorena… —jadeaba él, encerrado en el baño de su casa, con la mano moviéndose deprisa.

Terminó en apenas un minuto y se quedó sentado en el suelo, sujetando todavía su pene. Porque ese era el otro problema: no tenía gran cosa entre las piernas. Poco miembro, poco testículo, y un vello tan fino y claro que parecía no haber terminado de desarrollarse. Se miraba y le entraban ganas de llorar.

***

Todo cambió una tarde en que lo castigaron hasta casi la noche. Se suponía que ya no quedaba nadie en el edificio. Cargando la mochila, cruzó uno de los pasillos vacíos y pasó frente a la enfermería. Debería haber estado cerrada a esa hora, pero por una rendija de la puerta entreabierta se filtraba luz.

Damián se acercó sin pensar y se asomó por un pequeño hueco en la pared que nadie había tapado nunca.

Abrió los ojos de par en par.

Dentro estaban tres de aquellos adultos de los cursos superiores. Desnudos, de rodillas, masturbándose en silencio mientras Lorena permanecía de pie frente a ellos, con una sonrisa que él no le había visto jamás. Parecía otra mujer por completo.

—¿Y vosotros os hacéis llamar hombres? —preguntó con desprecio.

Con la punta del zapato rozó el miembro de uno de ellos. El tipo soltó un gemido ronco y se corrió de golpe, manchándole la media.

La cara de Lorena se torció de asco. Apartó el pie y le dio un golpe seco en la entrepierna que dobló al hombre sobre sí mismo, agarrándose con un quejido agudo. Otro de los arrodillados se vino solo con verlo.

Se quedó pegado a la pared, sin atreverse a respirar. No entendía qué estaba viendo, ni por qué se le secaba la boca y se le aceleraba el pulso al mismo tiempo. Aquella mujer dulce que le ponía tiritas y le tomaba la fiebre estaba ahí dentro, pisoteando a hombres adultos como si fueran insectos, y disfrutándolo.

Damián escuchó pasos al fondo del pasillo y huyó antes de que lo descubrieran. No paró hasta llegar a su cuarto. Se encerró, se quitó la ropa de un tirón y se agarró el pene, que incluso en erección era una pena. Imaginándose a sí mismo arrodillado en aquella enfermería, recibiendo el golpe en sus partes, se sacudió como un poseso. En un minuto y medio mordía la toalla para que no lo oyeran y terminaba con la mente en blanco.

—Madre mía… —respiró, temblando.

No sabía qué le pasaba. Siempre había fantaseado con desnudarla, con tenerla debajo. Pero lo que acababa de ver le había dado la vuelta a algo por dentro. Ahora lo que quería era exactamente lo contrario: estar bajo su zapato, ser uno más de aquellos hombres de rodillas esperando permiso.

***

Unos días después, en clase de educación física, andaba distraído mirándole el culo a una compañera cuando un balonazo le reventó en plena entrepierna. Cayó redondo al suelo. Las chicas estallaron en carcajadas mientras él se retorcía, y el profesor no tuvo más remedio que mandarlo a la enfermería.

Lorena lo hizo tumbarse en la camilla.

—Desnúdate de cintura para abajo —dijo.

—¿Qué? —se puso rojo como un tomate.

—¿Cómo quieres que te examine si no? —de un tirón le bajó los pantalones cortos y los calzoncillos, dejando al aire su pene encogido por el dolor y la vergüenza.

Parecía el de un niño pequeño. Ella empezó a palparle los testículos con dedos fríos mientras él se mordía los labios para no llorar; el golpe había sido brutal.

Y entonces lo notó. Ella se había dado cuenta de su reacción de la otra tarde, de cómo la miraba. Lo supo por la forma en que sonreía mientras lo examinaba, sin prisa, alargando cada roce más de lo necesario, observando su cara con una curiosidad casi científica.

—No tienes nada roto, es solo el dolor… normal —dijo al fin, tras un rato que a él se le hizo eterno—. Ponte esta crema y quédate así un poco.

Damián obedeció. La bata de Lorena tenía un escote que le habría puesto duro en cualquier otra circunstancia, pero la crema helada lo encogió todavía más, y eso solo aumentó su humillación.

Ella soltó una risita y se cubrió la boca con la mano. Él se miró hacia abajo, se tapó como pudo, ardiendo de vergüenza. Fue a coger la ropa de la silla justo cuando se abrió la puerta y entraron tres alumnas de su clase, sudando, con la camiseta de deporte pegada al cuerpo.

Él estaba desnudo. Ellas no.

No tardaron ni un segundo en mirarle la entrepierna encogida. Las carcajadas resonaron por toda la enfermería, unas risas que iban a perseguirlo el resto de su vida.

—Salid, salid —pidió Lorena, riéndose también—. Y ni una palabra de lo pequeña que la tiene, ¿eh?, o tendréis castigo.

No sonó nada convincente.

—¡Claro, no diremos nada! —contestaron, y se fueron muertas de risa.

***

Damián se marchó a casa hundido. Y lo peor no fue la humillación, sino que pasó varios días sin poder tener una erección decente ni masturbarse. Días que se le hicieron semanas, en los que el pene solo le servía para mear.

Entonces llegó el recado. Lorena le ordenaba presentarse en la enfermería a última hora, cuando ya no quedaba nadie. Era una orden, no una invitación.

Recorrió el pasillo en penumbra hasta la puerta, llamó con los nudillos y oyó su voz al otro lado diciéndole que pasara.

—Con permiso —murmuró, cerrando tras de sí.

Ella estaba sentada al borde de la mesa, con un escote tan pronunciado que él estuvo a punto de correrse allí mismo, sin tocarse.

—Hablemos de tu problema —dijo, ajustándose las gafas con un gesto lento, casi obsceno—. Tienes un pene tan ridículo que tarde o temprano traerá problemas. Los hombres como tú acabáis amargados, y los hombres amargados hacen daño a las mujeres. Eso no pienso permitirlo.

—¿Qué? ¡Claro que no! —exclamó él, ofendido—. Yo soy una persona decente.

—Eso dicen todos los que son como tú —bajó un poco las gafas y lo miró por encima de la montura—. Pero tranquilo. Voy a tratar tu pequeño problema.

Al cabo de un rato, Damián se encontró con un enorme miembro de silicona ajustado sobre el suyo, de esos huecos en los que metes el pene dentro.

—Con esto cualquier mujer quedará satisfecha —explicó ella con una sonrisa—. Y, de paso, al verla feliz no se te ocurrirá hacerle daño. Admítelo de una vez: eres un pene pequeño. Ni siquiera tus testículos tienen un tamaño decente.

Sacó el móvil, buscó algo y le puso unas fotos delante de la cara. En la primera, un hombre enorme y musculoso exhibía un miembro descomunal. En la segunda, ese mismo hombre lloraba, y entre las piernas tenía el escroto vacío.

—Un violador que abusó de ocho mujeres —dijo, guardando el teléfono—. Ya has visto cómo terminó. Y esa misma actitud la he visto en hombres con una pena entre las piernas, como la tuya. —Cogió un bisturí de la bandeja y lo apuntó desde la distancia, hacia su entrepierna—. Si me entero de que le haces algo a una de tus compañeras, por venganza o por lo que sea, tus pelotas acabarán colgando del retrovisor de mi coche. Y si me pillas de mal humor, también me llevaré esa cosita que te cuelga. ¿Queda claro?

El joven asintió, incapaz de hablar.

—Muy bien. Puedes retirarte.

***

Damián volvió a casa muerto de miedo. Aquella noche sus padres estaban fuera y la casa entera era suya. Se tumbó desnudo sobre la cama y, sin proponérselo, empezó a imaginar la escena: él atado a una camilla, las chicas de su clase burlándose de su pene, y Lorena de pie junto a él con el bisturí brillando entre los dedos.

Fue, sin ninguna duda, la mejor masturbación de su vida.

Quiero que me ponga en mi sitio. Quiero arrodillarme con los demás.

Mientras tanto, a varias calles de allí, Lorena se preparaba para su verdadera clase de la noche. Vestida solo con un conjunto de lencería negra y el escote desbordando el sujetador, se sentó en un sillón con las piernas abiertas. Frente a ella, media docena de sus alumnos adultos, desnudos y de rodillas, se masturbaban a su ritmo y le pedían permiso para correrse.

Bastaba con que ella se cruzara de piernas para que alguno perdiera el control. Daba igual lo que tuvieran entre las piernas, grandes o pequeños: todos terminaban igual cuando Lorena se ponía la lencería y los miraba desde arriba, como a lo que eran.

Y en algún rincón de aquella habitación, Damián sabía, había un sitio vacío esperándolo.

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Comentarios (6)

cris_malbec

Increible relato, de los mejores que lei en esta categoria!!!

MaxiCba99

Tremendo giro el de la camilla jajaja no me lo esperaba para nada. Por favor que haya segunda parte

Fernanda_Lec

Me encanto como construiste la tension desde el principio, se nota que saben manejar el morbo sin pasarse. Sigan asi!

NocturnoR

Buenisimo, me recordo a una situacion parecida que vivi hace años aunque no tan extrema jaja. Muy bien narrado

EnfermeraDiabla

Trabajo en el sector salud y esto me dio demasiadas ideas jajaja. Excelente, muy bien escrito

Romina_Cba

Me dejo con ganas de mas!! 🔥

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