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Relatos Ardientes

La nadadora que dominó a su mirón en el vestuario

Ilustración del relato erótico: La nadadora que dominó a su mirón en el vestuario

Renata llevaba tres años entrenando en la piscina de la universidad con un solo objetivo en la cabeza: clasificar para el equipo nacional. Cada amanecer estaba ahí, cortando el agua con brazadas largas y precisas, mucho antes de que el resto del campus despertara. El esfuerzo se le notaba en el cuerpo. Era alta, de piernas firmes y hombros bien dibujados, con esa fuerza tranquila de quien sabe exactamente lo que su físico puede hacer.

Aquella tarde salió del agua agotada. Faltaban dos días para la competencia más importante de la temporada, y su entrenador le había ordenado bajar el ritmo y empezar a descansar. Se colgó la toalla del cuello y caminó hacia el vestuario con los músculos pesados y la mente puesta en la carrera.

—Otro buen día —murmuró para sí misma, satisfecha.

Pero desde hacía una semana algo la incomodaba. Una sensación persistente, como una corriente fría en la nuca: la certeza de que alguien la vigilaba. La sentía en la piscina, la sentía en los pasillos vacíos, y la sentía sobre todo en el vestuario, donde se suponía que estaba completamente sola. Había preguntado al guardia de seguridad, un tipo mayor llamado Aníbal, y él le había asegurado con una sonrisa demasiado amplia que por ahí no entraba nadie salvo ella y sus compañeras de equipo.

El vestuario estaba en silencio. Filas de taquillas metálicas, el goteo lejano de una ducha, el olor a cloro y a desinfectante. Renata cerró la puerta con pestillo, como siempre, y revisó cada rincón con la mirada antes de empezar a desvestirse.

—El cansancio me está volviendo paranoica —susurró mientras se bajaba el bañador húmedo.

Su cuerpo quedó desnudo bajo la luz blanca. La piel todavía erizada por el frío del agua, las marcas rojas del traje en la cintura, el pecho pequeño y firme subiendo despacio con cada respiración. No era ajena al deseo. Más de una vez había fantaseado con nadar sola y desnuda en la piscina vacía, sintiendo el agua deslizarse por cada centímetro de su cuerpo mientras se acariciaba sin que nadie la viera.

Un ruido metálico la sacó de golpe de sus pensamientos. Venía de una de las taquillas del fondo. Y entonces lo vio: un destello pequeño y redondo entre las rendijas de la puerta, el reflejo inconfundible del cristal de una cámara.

Lo entendió todo en un instante. No había fantasma, no había paranoia. Había un mirón. Un voyeur escondido en su propio vestuario, grabándola.

Lejos de gritar o cubrirse, una calma extraña se apoderó de ella. Así que era esto. Decidió no darle la satisfacción del pánico. Siguió moviéndose con naturalidad, fingiendo no haber notado nada, e incluso se estiró despacio, arqueando la espalda, dejando que el desgraciado creyera que tenía el control de la situación.

—Qué día tan tranquilo —dijo en voz alta, como si hablara consigo misma.

Caminó con pasos lentos hacia la fila del fondo. Y cuando estuvo justo enfrente de la taquilla sospechosa, su mano salió disparada y abrió la puerta de un tirón seco.

Encogido en el interior, con el teléfono todavía en la mano y los ojos abiertos de puro terror, estaba Bruno.

Lo reconoció al instante. Bruno, el chico tímido de la facultad de informática, el que siempre comía solo y al que los demás trataban como si fuera invisible. El que ella había defendido más de una vez de quienes disfrutaban humillándolo.

—¿Bruno? —El nombre le salió cargado de incredulidad, y enseguida de rabia—. ¿En serio?

—No… no es lo que parece —tartamudeó él, intentando salir del hueco.

Lo que casi nadie sabía de Renata era que, además de nadar, llevaba años practicando defensa personal. No solo la dominaba: se la enseñaba a otras chicas del campus los fines de semana. Conocía cada punto débil del cuerpo humano y sabía exactamente cuánta presión hacía falta para doblegar a alguien sin esfuerzo.

De un movimiento lo agarró del brazo y lo sacó de la taquilla con una facilidad que lo dejó pálido. Antes de que pudiera reaccionar, su otra mano descendió y se cerró con firmeza alrededor de su entrepierna, donde notó algo duro que delataba que el muy cobarde se había excitado espiándola. Apretó. Despacio. Y la dureza se desinfló de inmediato bajo la presión creciente.

—Te he defendido un montón de veces de esos imbéciles —dijo con la voz baja y peligrosa—. ¿Y así me lo pagas?

—¡Por favor! —rogó él, doblándose de dolor—. ¡Por favor, suéltame!

—Tienes un minuto —siseó ella sin aflojar—. Un minuto para convencerme de que no debería arruinarte aquí mismo. Y más te vale que sea una historia muy buena.

Lo soltó, y Bruno cayó de rodillas, jadeando. Entre lágrimas y frases entrecortadas, lo confesó todo. Néstor, el matón más temido de la facultad, llevaba semanas amenazándolo. Le había exigido fotos de Renata desnuda, y si no se las llevaba antes del fin de semana, le prometía una paliza que recordaría toda la vida. Bruno temblaba, encogido sobre sí mismo, con el rostro empapado.

—Lo siento —murmuró juntando las manos como en una súplica—. Siempre me has protegido… eres la única que me trata como a una persona. Pero tengo miedo, Renata. Tengo mucho miedo.

Algo en ella se ablandó al verlo tan roto. No era un depredador. Era una víctima asustada, usada como herramienta por alguien peor. Le acarició el pelo casi con ternura, como se consuela a un hermano pequeño.

—¿Cómo entraste sin que el guardia te viera? —preguntó frunciendo el ceño.

—Aníbal está compinchado con Néstor —respondió secándose la cara con el dorso de la mano—. Él me dejó pasar. Los dos están metidos en esto.

Renata apretó la mandíbula. No uno, sino dos. El matón y el guardia, los dos disfrutando a su costa. Una idea fría y precisa empezó a tomar forma en su cabeza.

—Te perdono —dijo al fin.

Bruno levantó la vista, incrédulo, con los ojos todavía húmedos.

—Pero antes —continuó ella, y su tono cambió por completo: ya no había rabia, sino un control absoluto y deliberado— vas a quitarte la ropa. Tú me has visto desnuda. Ahora me toca a mí. —Ladeó la cabeza con una sonrisa que no admitía réplica—. ¿O prefieres que toda la facultad se entere de que eres el pervertido de las taquillas?

Él negó con la cabeza, completamente rojo, y empezó a desnudarse con manos torpes. Renata lo observó en silencio, cruzada de brazos, dueña de cada segundo de la escena. La vergüenza del chico la excitaba de una forma que no esperaba.

—Siéntate ahí —ordenó, señalando el banco de madera. Luego se sentó frente a él, separó las piernas con calma y lo miró desde arriba—. Y ahora vas a hacer algo útil con esa boca. Lame.

Bruno la miró un instante, paralizado entre el miedo y un deseo que ya no podía esconder. Después se arrodilló entre sus muslos y obedeció. Renata, al principio, lo dejó hacer solo para verlo someterse, para grabar el momento con su propio teléfono y asegurarse el control definitivo sobre él. Pero, para su sorpresa, el chico tímido resultó tener una lengua paciente y atenta, mucho más entregada que la de cualquier compañero arrogante que hubiera tenido antes.

El placer la recorrió en oleadas lentas. Llevaba demasiado tiempo concentrada solo en entrenar, demasiado tiempo sin permitirse esto. Hundió los dedos en el pelo de Bruno, marcando el ritmo, mientras él lamía y la adoraba como si su vida dependiera de ello. Cuando el orgasmo llegó, le sacudió todo el cuerpo y la dejó con la mente en blanco, jadeando contra las taquillas frías.

Cuando se recuperó, ya tenía un plan completo. Y sonrió.

***

Esa misma noche, Bruno se reunió con Néstor y Aníbal en el aparcamiento trasero del polideportivo, tal como ellos esperaban. Les entregó el teléfono con las fotos prometidas. Los dos hombres se relamieron, idénticos en su bajeza, separados solo por la edad.

—Bien hecho, perdedor —dijo Néstor manoseando la pantalla con avidez—. Esta noche voy a disfrutar de lo lindo con esto.

—Espera a que se las enseñe a los muchachos de seguridad —añadió Aníbal soltando una risa grasienta—. Menudo cuerpo tiene la engreída esa.

No alcanzaron a decir mucho más.

De pronto, un grito agudo rompió el silencio del aparcamiento. Aníbal volteó y vio a Néstor desplomado en el suelo, encogido sobre sí mismo, gimiendo como un niño. Cuando levantó la mirada, Renata ya estaba frente a él, tranquila, con esa sonrisa serena que daba más miedo que cualquier amenaza. No tuvo tiempo de reaccionar. La patada le llegó directa a la entrepierna, lanzada con toda la potencia de unas piernas entrenadas durante años para impulsarse en el agua.

El guardia cayó de rodillas, sin aire, los ojos llenos de lágrimas.

Con los dos hombres en el suelo, Renata sacó su teléfono y marcó. En cuestión de minutos aparecieron media docena de chicas: sus compañeras de equipo y sus alumnas de defensa personal, las mismas a las que había entrenado fin de semana tras fin de semana.

—Os he hablado mil veces de esto —les dijo, señalando a los dos hombres derrotados—. Os he enseñado los movimientos con maniquíes. Ahora veis que funcionan de verdad.

Las chicas se acercaron entre risas. Entre todas inmovilizaron a Néstor y a Aníbal, les ataron las manos y los dejaron expuestos bajo la luz amarilla del aparcamiento. Néstor había acosado a media facultad; había golpeado a los hermanos de varias de ellas. Aníbal llevaba años mirándoles el trasero y susurrando comentarios cuando creía que nadie lo escuchaba. Aquella noche, por fin, las cuentas se saldaban.

—Bruno —llamó Renata.

El chico se acercó, todavía inseguro. Una de las jóvenes, una estudiante de informática tan tímida como él, con gafas y una sonrisa nerviosa, lo tomó de la mano.

—Buen trabajo —le dijo ella en voz baja, y le dio un beso en la mejilla—. Vámonos de aquí, tenemos toda la noche por delante.

Bruno asintió con una sonrisa boba, dejándose llevar. Por una vez, alguien lo miraba con deseo en lugar de desprecio.

—Renata —preguntó una de sus amigas, conteniendo la risa—, ¿les sacamos una foto a estos dos?

—Decid patata —exclamó Renata, levantando el teléfono.

Las imágenes de Néstor y Aníbal —atados, humillados, gimiendo en el suelo— circularon al día siguiente por todo el campus, recortadas con cuidado para no mostrar el rostro de ninguna de las chicas. Bastó el testimonio de varias alumnas para que ambos fueran expulsados de inmediato. Lo peor para ellos no fue ni siquiera la expulsión, sino las dos semanas de reposo que necesitaron para recuperarse del castigo: resulta que las piernas de una nadadora profesional pegan mucho más fuerte de lo que cualquier matón imagina.

Renata ganó la competencia dos días después, igual que había planeado desde el principio. Pero, en el fondo, la medalla no fue su mejor recompensa de aquella semana. Cada vez que recordaba el peso del control entre sus manos, el momento exacto en que el cazador descubrió que se había convertido en presa, una corriente cálida la recorría entera. Entonces cerraba la puerta de su habitación, se tumbaba en la cama y se permitía revivirlo, una y otra vez, hasta quedar completamente satisfecha.

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Comentarios (3)

Pato_BsAs

Que relato!!! Me dejo con la boca abierta

TormentaCR

El giro al final lo cambia todo. Ojalá haya una segunda parte, me quede con ganas de saber que pasa despues

VictoriaMR

Me encanto como manejaste la tension desde el principio. Se siente autentico sin ser burdo, eso es dificil de lograr. Sigue escribiendo así!

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