El botón que controlaba a mi sumisa a distancia
La tengo justo donde la quería: con la espalda contra la pared y mis dos brazos cerrándole la salida. No le digo nada todavía. El silencio es la primera orden, y ella lo sabe, porque su respiración se vuelve corta y desigual mientras intenta sostenerme la mirada sin conseguirlo. La recorro despacio, de los pies a la boca, y dejo que sienta esa inspección. Quiero que se note pequeña antes de tocarla.
Doy un paso más hasta que su pecho roza mi camisa cada vez que toma aire. Le pongo la mano en la nuca, hundo los dedos en su pelo y tiro hacia atrás lo justo para que me ofrezca el cuello. No es delicadeza, es una marca de propiedad. Noto el pulso golpeándole bajo la piel, rápido, delator, diciéndome lo que su boca todavía no se atreve a admitir.
—No te he dado permiso para mirar al suelo —le digo, muy bajo, contra su sien.
Levanta la vista de golpe. Buena chica.
La desnudo con una brusquedad medida, sin prisa pero sin ternura, mis manos moviéndose con la seguridad de quien ya conoce cada botón y cada cierre. Cada vez que mis dedos rozan su piel se le escapa un sonido ahogado que ella querría tragarse. La empujo hacia la cama y disfruto de cómo su cuerpo se rinde antes que su voluntad. Le sujeto las muñecas con una sola mano, se las fijo por encima de la cabeza y me quedo así un momento, sin hacer nada, sólo mirando cómo tiembla bajo mi peso. Todavía no ha pasado nada y ya está entregada.
—Esta noche no decides tú —le advierto—. Ni cuándo, ni cómo, ni cuánto.
Asiente con la cabeza, porque no le sale la voz. Es suficiente.
Saco el estuche del cajón. El chasquido del metal al abrirse la hace dar un respingo, y ese pequeño salto de nervios me arranca una sonrisa. No hay urgencia. El tiempo, ahora mismo, es mío, y pienso estirar cada segundo. Me inclino sobre ella, dejo que el calor de mi torso le roce los muslos y, con una lentitud que la desespera, le coloco la primera pinza en el pezón izquierdo. El jadeo que suelta es agudo, mitad protesta, mitad descarga. No la dejo recuperarse: le muerdo el cuello mientras le ajusto la segunda.
Ahora está decorada a mi gusto. Cada vez que respira hondo, cada vez que intenta moverse, el metal tira de su carne y le recuerda quién manda. Bajo una mano hasta su sexo y la encuentro empapada, mucho más de lo que su orgullo querría confesar. Empiezo a rozarle el clítoris con una presión calculada, llevándola hacia el borde sin prisa. Sus caderas se levantan buscando más, los muslos se le tensan, la espalda se arquea.
Y justo cuando su cuerpo da el primer aviso del orgasmo, cuando el grito ya le sube por la garganta, retiro la mano de golpe. Se queda vibrando en el vacío, desorientada, con los ojos suplicando. La miro desde arriba y disfruto de esa cara de pura frustración.
—Hoy no te corres cuando tú quieras —le susurro contra los labios, sin llegar a besarlos—. Te corres cuando yo lo diga.
Le doy un azote seco en el muslo, dejo la marca roja de mi palma y la obligo a incorporarse. La pongo de espaldas contra mi pecho, la rodeo con los brazos hasta convertirla en algo pequeño y atrapado. Con una mano vuelvo a sus pezones, todavía presos por el metal, y los pellizco con un ritmo cruel mientras la otra baja de nuevo entre sus piernas. Le meto dos dedos sin aviso y busco ese punto exacto que la hace perder el hilo.
—Mírate cómo tiemblas —le digo al oído—. Mira lo poco que necesitas para deshacerte.
El ritmo de mi mano se vuelve frenético. Noto cómo se le agarrotan las piernas, cómo intenta cerrarlas para atrapar mis dedos, y no la dejo: la obligo a mantenerse abierta. Su respiración es un silbido.
—Ahora sí —le ordeno, y le doy un último tirón a las pinzas—. Córrete.
El cuerpo se le arquea hacia atrás y choca contra mi torso. El espasmo la sacude entera, larga, líquida, salvaje, y la deja colgando de mis brazos como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. La sostengo mientras se vacía, susurrándole lo mucho que me gusta verla así, sin defensas. Luego la suelto y la dejo caer de rodillas en el centro de la cama.
Me pongo de pie frente a ella, dominándola con mi altura, y me desabrocho el pantalón sin prisa. La agarro del pelo para obligarla a levantar la cara.
—Mira lo que has provocado con tanto gemido.
No espero respuesta. La acerco, le rozo los labios entreabiertos y la obligo a abrir la boca. Empiezo despacio y luego marco un ritmo profundo, metódico, sujetándole las mejillas para que no pueda apartarse. Sus manos se agarran a mis muslos buscando un apoyo que no le sirve de nada. Cuando noto la presión acumulándose en la base, no me retiro. Quiero que sienta el momento exacto en que me vacío. Empujo una última vez y me corro con una violencia que me tensa cada músculo. La obligo a tragar, los dedos clavados en su nuca, y ella lo hace con una devoción que me gusta más que ninguna otra cosa. Cuando me aparto, le queda un hilo brillante en la comisura. Lo limpio con el pulgar y se lo meto en la boca.
—Esto era el principio —le digo—. Mañana salimos de viaje.
***
El aeropuerto es un hervidero de maletas y voces, y nadie sospecha que la mujer que camina a un metro de mí lleva, desde hace una hora, un huevo vibrador de silicona insertado y a la espera de mis órdenes. Camina con una rigidez deliciosa, sabiendo exactamente lo que tiene dentro. Yo llevo el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, y mi pulgar descansa sobre la pantalla como quien acaricia un gatillo.
—Caminas muy despacio —le digo al oído, rozándole el pelo castaño—. ¿Te molesta algo ahí abajo?
Deslizo el dedo y activo la vibración a la mitad. Sus rodillas flaquean al instante, se le corta la respiración y su mano se aferra a la correa del bolso para no perder el equilibrio en mitad de la terminal. El zumbido es imperceptible para el resto del mundo. Para ella es un terremoto. Me detengo frente a un escaparate, la obligo a pararse a mi lado y subo la intensidad. El rubor le trepa por el cuello mientras lucha por no gemir delante de cien desconocidos.
Me encanta este reparto de papeles. Estamos rodeados de familias y ejecutivos con prisa, y nadie sabe que soy yo quien decide, botón a botón, cuándo recibe la siguiente descarga. Le ordeno que me mire.
—Si haces un solo ruido, lo apago y no vuelves a sentir nada en todo el vuelo —la amenazo con una sonrisa tranquila—. Así que aprieta los dientes y aguanta.
Paseamos por la zona de tiendas y me paro frente a unos perfumes. Mientras finjo oler una fragancia, juego con el patrón: pulsos cortos, irregulares, que la mantienen al filo de un orgasmo que no le concedo. El sudor empieza a perlarle la frente a pesar del aire acondicionado. Se inclina hacia mí buscando apoyo y aprovecho para terminar de romperla.
—Quítate las bragas. Ahora, debajo del abrigo. No quiero nada entre mi juguete y tú. Me las das en la mano sin que nadie lo note, o te dejo vibrando al máximo en la cola de embarque.
Su cara de pánico es el mejor combustible. Veo cómo sus manos se mueven bajo la tela del abrigo largo, el contorsionismo necesario para obedecer sin llamar la atención. Segundos después me entrega un trozo de tela caliente y húmedo que guardo en el bolsillo. Reinicio la vibración, más agresiva esta vez. El norte nos espera, pero su castigo acaba de empezar en la puerta de embarque.
***
El aire de Islandia corta como un cristal. Un frío seco que contrasta con el incendio que ella lleva entre las piernas desde que aterrizamos. Estamos lejos de todo, en un claro rodeado de roca negra y nieve, bajo un cielo que empieza a teñirse de verdes y violetas eléctricos. Las auroras se mueven despacio sobre nuestras cabezas, pero yo sólo la miro a ella, envuelta en ropa térmica, temblando no por el clima, sino por las horas de tortura electrónica que llevo administrándole.
Saco el móvil. La pantalla brilla en la oscuridad como un faro de control.
—Mira hacia arriba —le ordeno, sujetándole la barbilla para que observe las luces—. Bonito sitio para deshacerte por dentro, ¿no crees?
Deslizo el control al patrón más fuerte que tiene el aparato. Suelta un grito ahogado que se pierde en la inmensidad del bosque helado y cae de rodillas sobre la nieve. La vibración es tan intensa que casi puedo oírla contra el silencio del lugar. Me coloco detrás, protegiéndola del viento, y le hundo los dedos en el cuello para obligarla a mantener la espalda recta mientras todo por dentro se le viene abajo.
—El frío fuera y mi juguete quemándote por dentro —le susurro—. No hay nadie en kilómetros. Podrías gritar todo lo que quisieras, pero sé que vas a intentar callarte, porque te gusta obedecer incluso aquí, en el fin del mundo.
La toco como si fuera un instrumento. Bajo la intensidad hasta casi apagarla, dejo que recupere un segundo de aliento y la subo de golpe al máximo. Sus caderas se sacuden sobre la nieve y dejan un rastro de humedad que se congela enseguida. Está en su pico, suplicándome con la mirada, los labios cortados por el frío y por el deseo. No la dejo llegar. La mantengo en ese limbo donde el placer es tan agudo que duele, y las auroras parecen latir al ritmo de cada orgasmo que le niego.
La levanto con un brazo, le pego la espalda a mi pecho y la guío hacia la cabaña, manteniendo el juguete en una pulsación lenta y profunda que le arranca hilos de saliva. Aquí ya no es una mujer con voluntad propia. Es una extensión de la mía, un cuerpo que vibra bajo mi pulgar.
***
La cabaña está bañada por el resplandor de las auroras que entran por el enorme ventanal de madera. La empujo contra el cristal y la obligo a apoyar las manos en el vidrio helado mientras sus rodillas ceden sobre la alfombra. El contraste es brutal: el hielo de la ventana delante de ella, el calor de mi cuerpo presionándola por detrás. Sin una palabra, le saco el vibrador de un solo tirón —un gemido de puro vacío— y lo reemplazo de inmediato, hundiéndome en ella de una sola embestida.
—Mírate en el reflejo —le gruño al oído, agarrándola del pelo para que no aparte la vista—. Mira cómo te abres mientras el mundo se congela ahí fuera.
Marco un ritmo duro que hace vibrar el ventanal bajo sus palmas. Cada golpe de mis caderas suena como un aplauso obsceno en el silencio del valle. Me hundo tan hondo que le arranco gritos que empañan el cristal con su aliento. Sus manos resbalan buscando un apoyo que no le doy. Sólo existo yo, el peso de mi cuerpo y la violencia de reclamarla.
Está al borde, los ojos en blanco, apretándome por dentro con una desesperación que lo dice todo. Justo cuando noto que empiezan los espasmos, la obligo a girar la cara hacia mí y le estampo un beso que no tiene nada de tierno: hambriento, salvaje, mi lengua invadiéndole la boca con la misma fuerza con que el resto la invade. Es un beso que le roba el oxígeno y la cordura, y entre esa asfixia y el clímax que por fin le permito, se deshace contra mí. Su orgasmo la sacude con tanta violencia que las piernas le fallan del todo. La sostengo mientras embisto un par de veces más y me vacío dentro de ella, llenándola de calor en mitad de la noche helada.
Me retiro despacio. Ella se derrumba sobre la alfombra, incapaz de sostener su propio peso, los ojos vidriosos perdidos en la nada, todavía procesando la tormenta. Los pezones, enrojecidos por las pinzas, le suben y bajan mientras intenta recuperar el aire.
Me quedo de pie, observándola con una satisfacción fría. Me visto sin prisa, dejando que me vea recomponerme mientras ella sigue ahí, abierta y rota bajo las luces del norte. Cada uno de sus temblores residuales es un tributo a mi control. Me acerco una última vez, me pongo en cuclillas a su lado y le limpio con el pulgar una lágrima que no es de tristeza. Le hundo la mano en el pelo castaño y la obligo a mirarme. Sus pupilas dilatadas me reconocen como el único eje de su mundo en este instante.
Le doy un beso casto en la frente, un gesto cargado de una posesividad que da más miedo que cualquier azote, y me levanto para salir. Antes de cerrar la puerta me detengo, la miro por encima del hombro con esa sonrisa que ahora ella conoce mejor que nadie, y dejo caer la única promesa que de verdad le importa:
—Descansa. Mañana volvemos a empezar.