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Relatos Ardientes

Lo planeé todo para que él me viera con otro

Todo empezó con un mensaje que mandé a las siete de la mañana y que él dejó en visto hasta el mediodía. «Quiero verte», le escribí. «Yo también», contestó cinco horas más tarde, y con eso cerró la conversación. Llevábamos meses sin tocarnos y yo arrastraba unas ganas acumuladas que ya no sabía dónde guardar.

Sabía que encontrar un hueco en su agenda iba a ser imposible durante esa temporada, así que tomé el teléfono y empecé a revisar los mensajes que tenía abandonados. Había correos de gente que quería conocerme. Descarté la mayoría. Acepté un par. Nada que me moviera de verdad.

Fue entonces cuando me decidí a aceptar la invitación de Andrés, un amigo viejo y muy querido. «Vamos por un café», me había escrito, y los dos sabíamos que el café era apenas la excusa. Me sentí una traidora. Estuve a punto de cancelar más de una vez, de volver a rogarle a él que me regalara una tarde. Hasta soñé que me lo cruzaba de camino y que me besaba como antes. Pero era solo un sueño.

«Buenos días, te extraño», insistí una mañana. Nada. Lo veía en línea, sabía que hablaba con otras mientras a mí me dejaba en silencio. La tristeza fue dando paso al despecho, y el despecho, ya se sabe, empuja a tomar decisiones a la ligera. Así que zanjé el asunto: me daría el gusto de estar con alguien más.

Esa tarde me vestí para provocar. Un hilo con apenas una florecita por delante, un sostén tan fino que dejaba marcar los pezones, una blusa negra de encaje y una falda color vino que casi no me cubría. Me calcé unas botas altas de tacón y dejé el pelo suelto, negro y rebelde hasta media espalda. Antes de salir le escribí otro mensaje: «Amor, te extraño, quiero verte». La respuesta llegó casi al instante: «Yo también, pero ya ves que no tengo tiempo». Tragué saliva y caminé segura.

Andrés me esperaba en un local de comidas de una plaza cercana. Al verme llegar me abrió los brazos y me dio un abrazo cálido, de esos que hacía mucho nadie me daba. Después me miró despacio, deteniéndose un segundo de más en mis pezones marcados bajo la tela. Nos sentamos y la charla fluyó sola, ligera y divertida.

Estaba disfrutando de la comida y de su compañía cuando mis ojos tropezaron con una escena que me heló. Él entraba al local del brazo de una chica mucho más joven. Ella se le colgaba del codo y apoyaba la cabeza en su hombro, y él la miraba igual que me había mirado a mí tanto tiempo atrás. Algo me ardió por dentro.

No sé qué cara puse, pero Andrés se preocupó y me preguntó si estaba bien. Intenté recomponerme y no fui lo bastante rápida. Me levanté con la excusa del baño. Los oídos me zumbaban, la cabeza me daba vueltas y el nudo que arrastraba en el estómago ya no me dejaba respirar. Llegué al baño casi corriendo, pero no pasé desapercibida: él me había visto.

Encerrada en un cubículo me tragué la rabia y los celos. Tardé unos minutos en calmar la tormenta. Cuando salí, más serena, me obligué a recordar que yo estaba haciendo exactamente lo mismo: cenando con otro hombre y con toda la intención de pasar una buena noche. Miré hacia su mesa y nuestros ojos se cruzaron. Lo que leyó en los míos le dejó claro que algo se me había ocurrido y que esta vez quizá no estaría invitado. Apartó la vista fingiendo leer la carta.

Volví con Andrés, le sonreí y me disculpé por la tardanza. Inventé una excusa floja que bastó para tranquilizarlo. Le acaricié la mano como sin querer y llevé la charla hacia terrenos más interesantes. Sin proponérmelo, la conversación se fue llenando de indirectas y de sonrisas cómplices. Desde la mesa de al lado sentía una mirada cargada de preguntas, y eso me encendió todavía más.

***

Andrés entendió las señales y me besó con las ganas guardadas de tanto tiempo. Saboreó mis labios despacio, me rodeó la cintura, y yo pegué mi cuerpo al suyo. No sabía igual; no era él. Tenía otro sabor, ni mejor ni peor, simplemente distinto. Aun así lo disfruté, sabiendo que desde la otra mesa no se perdía un solo detalle.

La mano de Andrés empezó a jugar entre mis piernas. Las abrí apenas para facilitarle el camino, y sus dedos se toparon con el hilo, ridículo e inútil para cubrir nada. Yo ya estaba húmeda, las piernas pegajosas y ansiosas. En medio de un gemido contenido logré articular una pregunta: —¿Y si vamos a otro lado?

—Vamos —respondió, cortando el beso.

Para entonces no éramos los únicos en escena. Varias personas nos miraban: algunas con curiosidad, otras con morbo, otras incómodas. Andrés pidió la cuenta apenas conteniéndose. El amigo caballeroso de hacía un rato había desaparecido; un par de besos le habían disparado las ganas. Me acariciaba los brazos, las piernas desnudas, me rozaba los pechos como por accidente.

Necesitaba un minuto para pensar, así que me disculpé otra vez y caminé despacio hacia el baño. Antes de entrar, una mano me sujetó con fuerza. Reconocí el tacto y el aroma de su perfume sin necesidad de girarme. Cuando lo hice, esperaba encontrar su mirada fría de cuando se enojaba; en cambio había un fuego raro, el mismo que solo aparecía cuando estaba al límite de la excitación.

—¿Qué estás haciendo exactamente? —me preguntó.

—¿De qué hablas? Vine a comer con un amigo —contesté, fingiendo ligereza.

—¿A los amigos los besas así y los dejas meterte la mano?

—Creo que a estas alturas no tenés derecho a reclamarme nada —le dije, y sonó más a reproche de lo que pretendía.

Quise entrar al baño, pero no me dejó ir tan fácil. —No es un reclamo —murmuró, y su mano subió a uno de mis pechos para pellizcarme el pezón endurecido—. ¿Me vas a guardar un video?

—Tal vez. Y hasta una videollamada, si me da tiempo. Ya sabés cómo es, una a veces está taaan ocupada que se olvida —mentí. Sabía perfectamente que la noche iba a ser larga.

Minutos después salíamos del local. Al pasar junto a su mesa me deslizó una servilleta doblada. La guardé en el bolso sin mirarla y salí de la mano de Andrés.

***

—Vamos a mi casa —le dije ya acomodada en su auto.

—¿Estás segura? —preguntó, lanzándose de nuevo a mi boca.

—Segurísima —respondí, y le puse la mano sobre la entrepierna. Lo sentí duro bajo el pantalón y me mordí el labio. Le bajé el cierre, lo liberé y, mientras él arrancaba, me agaché. Un piercing en la lengua y mucha saliva hacen maravillas. Hice círculos lentos, dejé que los hilos resbalaran por el tronco, lo ayudé con la mano. Andrés gimió y estacionó a pocas calles, incapaz de manejar y aguantar a la vez.

Me sujetó del pelo para marcar el ritmo, empujándome contra su vientre hasta hacerme arquear. Yo me despegaba apenas para tomar aire y volvía a bajar. Lo frené antes de que se viniera; todavía no quería. Fue entonces cuando noté que a mi blusa le faltaban botones: en el forcejeo me los había arrancado y casi no me cubría. Una brisa fría se colaba por la ventanilla entreabierta y me erizaba la piel. Acercó la boca a mis pechos, los besó, los lamió y terminó succionando con fuerza. Dolía y me gustaba a la vez. Unas manchas moradas empezaron a asomar en mi piel: me estaba marcando.

***

Llegamos a mi casa con la respiración entrecortada. Mientras estacionaba, encontré en el bolso la servilleta arrugada. La abrí: «No olvides el video». Sabía cuánto le gustaba verme con otros. Andrés estaba tan caliente que no iba a oponerse a nada de lo que yo pidiera.

Bajamos y, apenas abrí la puerta, me apretó contra la pared del pasillo. Estaba oscuro y era tarde; supuse que los vecinos ya dormían. Me levantó la falda, mis pechos desnudos sintieron el frío y gemí. Lo escuché pelear con el cinturón: quería tomarme ahí mismo. Un par de intentos más y lo logró. Con la mejilla pegada a la pared lo sentí entrar de una sola vez, hasta el fondo. Me tapé la boca para no hacer ruido y empezó a embestirme.

—Mejor entremos —le pedí, pero él solo pensaba en seguir. Un ruido me sacó de concentración: alguien se asomaba por un balcón vecino. No alcanzaba a distinguir quién era, pero teníamos público. —Adentro, por favor, nos están mirando.

Andrés levantó la vista, vio al mirón y, lejos de cortarse, le dedicó una sonrisa y agitó la mano a modo de saludo. Después me ayudó a acomodarme la blusa y la falda, y entramos.

***

Le ofrecí una bebida. Mientras él se acomodaba en el sillón y ponía música, me metí en la habitación con la excusa de cambiarme. Andrés se había mostrado dominante, y eso encajaba perfecto con la idea que se me estaba formando. Saqué un par de juguetes de un cajón y, antes de salir, mandé un mensaje corto: «Vení a jugar con nosotros o te la vas a perder». Unos segundos después: «¿Es una invitación?». Le respondí con un emoji de diablito.

Me tomé mi tiempo poniéndome un body de encaje rojo, calculando los minutos para que él alcanzara a llegar. Cuando salí, Andrés ya iba por su segundo trago. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, me tomó de la mano y me atrajo. Me senté sobre él, lo abracé con las piernas y lo besé lento, profundo, con la lengua, buscando ponerlo al límite, que dejara de pensar.

Lo empujé despacio hasta recostarlo y le besé el cuerpo, lamí cada centímetro, bajé por su pecho dejando un rastro húmedo y volví a subir justo cuando llegaba a su vientre. Sentía su desesperación y yo sonreía. Cuando ya no aguantó, me tomó del pelo y me obligó a arrodillarme frente a él. Me apretó la nariz, esperando el momento en que abriera la boca para respirar, y aproveché para tomarlo entero. Empecé a chupar.

Tiró de mi pelo pidiéndome que lo mirara a los ojos. Las lágrimas se me escaparon solas cuando lo sentí golpear el fondo de mi garganta. Lejos de aflojar, empujó más, hasta dejarme pegada a su vientre. Intenté apartarme y no pude; en la desesperación le clavé las uñas en los muslos y le dejé unas líneas rojas. Se tensó, soltó un insulto y terminó en mi boca, con un sabor entre amargo y salado.

***

Mientras él recuperaba el aliento, fui por la bolsa roja donde guardaba las cuerdas y el resto de los juguetes. —¿Querés jugar? —le pregunté, balanceando unas esposas.

—¿A qué? —respondió, enderezándose.

—A que voy a ser tu sumisa y podés usarme como quieras —le sonreí, sentándome encima. Le mordí la oreja y le besé el cuello—. Pero hay una condición: en unos minutos va a llegar alguien. Vas a salir a recibirlo y lo vas a invitar a pasar. Podés atarme, ponerme lo que quieras de la bolsa y usarlo conmigo a tu antojo. Vos vas a ser mi dueño esta noche; el que viene solo va a poder hacerme lo que vos le permitas. ¿Te animás?

El brillo en sus ojos lo dijo todo. No terminó de entender de qué iba el juego, pero la idea de mandar lo prendió.

Tendida boca abajo en la alfombra, dejé que me atara las manos y los pies. Sus nudos eran torpes, pero ponía empeño. Al sujetarme los brazos a la espalda sentí su erección gotear sobre mis nalgas; me moví contra él, restregándome, y volvió a endurecerse. Me colocó una argolla en la boca para mantenerla abierta y, cuando la abrochó por detrás de la cabeza, entendí que no podría quitármela. Después me vendó los ojos. A ciegas no sabría quién me tocaba.

Sentí una punta fría apoyarse en mi entrada trasera. Estaba cerrada y se resistía; un poco de saliva facilitó las cosas. Cuando cedió, un dolor conocido me recorrió las piernas. Por el tamaño adiviné cuál de los juguetes había elegido. Se entretuvo metiéndolo y sacándolo, dilatándome con paciencia, divirtiéndose con cada gemido que me arrancaba.

***

Un mensaje en mi teléfono lo distrajo. Yo sabía lo que decía. Balbuceando como podía con la argolla, le avisé: —Llegó el invitado.

Se puso de pie de inmediato, se vistió a medias y salió sin camisa. Poco después escuché entrar a él, buscándome con la mirada, desconcertado de que fuera Andrés quien lo recibiera en la puerta. Lo midió de arriba abajo.

—Pasá, ella te espera —le dijo Andrés.

—¿Dónde está Lara? —preguntó, inquieto, sin verme porque uno de los sillones me tapaba.

Unos gemidos lo guiaron. Rodeó el sillón y me encontró boca abajo, atada de pies y manos, enfundada en el body rojo. No le hizo falta una explicación: conocía mis juegos de memoria. Se agachó a mi lado y me recorrió con manos temblorosas. No podía verlo, pero imaginé su mirada turbia. Un azote en la nalga me hizo saltar, y después otro, y otro más.

Andrés observaba de pie, sin saber bien qué hacer. Por fin, con la voz tomada, soltó: —¿Querés jugar con ella?

—¿Cómo? —respondió el otro, poniéndose de pie.

—Creo que no te explicó las reglas. Podés cogértela, pero solo cuando yo lo autorice. ¿Te parece?

Él no entendía por qué de repente tenía un acceso tan limitado a mi cuerpo, cuando siempre había sido el único dueño. No pude evitar sonreír detrás de la argolla. Me removí fingiendo querer soltarme, y Andrés se plantó frente a mí con una bofetada suave. —Quieta —ordenó. Obedecí.

—Podés tocarla —le concedió a él. Esas manos que tan bien conocía empezaron a recorrerme las piernas. Sentir cuatro manos a la vez me estaba volviendo loca; movía la cadera buscando que alguna llegara a mi entrepierna, pero el juego ya no era solo mío.

Una ropa cayó cerca de mi cara; por el aroma supe que era de él. Unos labios me recorrieron desde las nalgas hasta los pies. Hice círculos con la cadera, buscando inútilmente algo que me llenara. Sentí su carne dura y mojada abrirse paso entre mis nalgas, su aliento agitado sobre la espalda.

—No, todavía no —lo frenó Andrés.

—¿Por qué? Está mojada y dispuesta.

—Todavía no. Dejame acomodarme debajo.

Me levantaron como a una muñeca y un cuerpo se deslizó bajo el mío. Una erección se hundió de golpe en mi sexo empapado y se me escapó un gemido largo mientras me amoldaba a ella. Montada sobre Andrés, con el trasero al aire y atada, poco pude hacer para impedir que él se adueñara de mi otro agujero. No es que quisiera impedirlo.

Empezaron a moverse a la vez, empujando como si quisieran partirme por dentro. —Pegale —dijo Andrés. Sentí a él estirarse hacia la bolsa roja y, un segundo después, el golpe seco de una paleta en mi muslo. Solté un grito, más por la sorpresa que por el dolor. —Más fuerte —pidió Andrés, y la paleta volvió a caer. Un escozor delicioso me hizo escurrir todavía más.

—Le gusta —dijo él con la voz ronca—. Esperá, sacale fotos. —Se retiró un momento y lo escuché revolver entre su ropa. Aun con los ojos vendados percibí el destello del flash. Se entretuvieron fotografiándome desde todos los ángulos, metiéndome consoladores y vibradores de distinto calibre, haciéndome gritar y babear. Andrés se ensañó con unas pinzas en los pezones, apretando de a poco mis pechos hinchados y doloridos.

—Metésela en la boca, ahora las fotos las hago yo —ordenó Andrés. La verga de él entró en mi boca como le gustaba, dura y hasta el fondo, bofetada tras bofetada hasta sacarme lágrimas. Su mano en mi pelo no me dejaba apartar la cara. Cuando se cansaron de las fotos, Andrés por fin se hundió en mí. Me agarró de las nalgas y empezó a embestirme con fuerza, me mordió la espalda, me pellizcó los muslos, gimiendo como animal. —Ahogala —dijo, y me atraganté con mi propia saliva mientras el otro me llenaba la garganta. Andrés terminó dentro de mí y se desplomó sobre la alfombra, resoplando.

Él seguía en mi boca y, cuando quiso pasar a mi sexo, Andrés lo detuvo en seco. —No. Cogete el otro lado. Esto es mío. —Se quedó quieto unos segundos; nunca me había tomado después de que otro terminara dentro. Habría dado lo que fuera por ver su cara. Al final las ganas pudieron más que el orgullo. Entró despacio, ayudado por lo que Andrés había dejado, y el ritmo se volvió un choque sordo de piel contra piel.

Lo conocía demasiado bien: por su temblor supe que estaba a punto. Sus dedos se clavaron en mis nalgas, su mano tiró de mi pelo arqueándome hacia atrás, y con un gemido gutural terminó. Se derrumbó sobre mi espalda, besándome despacio mientras sus músculos se aflojaban uno a uno.

Le limpié con la lengua y le besé el abdomen. Apoyé la cabeza sobre su pecho, como tantas otras veces, y suspiré. Dormité unos minutos entre los dos. Me despertaron unas risas: hablaban animados, comentando la noche como si fueran amigos de toda la vida. Habían intercambiado fotos y videos, y ya se ponían de acuerdo para la próxima vez que me tendrían a los dos.

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Comentarios (5)

ValePardo

que relato!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar de leer.

Martina_rio

Dios, la tension de ese momento... me imagine la escena perfectamente. La verdad que escribis muy bien.

DiegoMdq88

Tiene que haber una segunda parte por favor. Como termino la noche?? Necesito saberlo jaja

SilviaMR

Cuando entro él del brazo de la otra... ahi se me corto la respiracion. Tremendo giro. Felicitaciones

LuciaT_Bsas

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace unos años, aunque no tan planificada jaja. Lo de vestirse para otro y que justamente aparezca el en ese momento... es que la vida no te da esas coincidencias, hay que crearlas. Muy buen relato, de verdad.

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