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Relatos Ardientes

La noche que dos amos me convirtieron en su perrita

Fue algo que pasó hace bastante tiempo, cuando apenas empezaba a entender lo que significaba ser una buena sumisa. En aquella época vivía mis fantasías a escondidas: ciertas noches me vestía de mujer, me maquillaba con calma frente al espejo y salía a buscar la clase de aventura que no me atrevía a confesarle a nadie de mi vida diaria.

Una de esas noches encontré un anuncio en internet. Una pareja de hombres buscaba una travesti de clóset para una sesión de sumisión. Querían castigarla, humillarla y someterla entre los dos. Leerlo me encendió de inmediato.

Escribí a la dirección que dejaban y un par de días después llegó la respuesta. Eran Damián y Rubén, según me contaron, y querían exactamente lo que el anuncio prometía: una hembra obediente sobre la que descargar todo. La idea me excitó tanto que respondí con un par de fotos mías en vestido y les pedí más detalles para estar segura de en qué me metía.

Intercambiamos varios correos. Ellos mandaron fotos también, me explicaron sus gustos, lo que esperaban de la noche, hasta dónde pensaban llevarme. Cuando ya no me quedó ninguna duda de que eran una pareja real y de que el juego me gustaba, acordamos vernos en su apartamento.

***

Fue un sábado por la noche. Llegué con mi morral lleno de tesoros: ropa interior femenina, dos vestidos, una pijama, medias, el estuche del maquillaje y un montón de cositas más. Pasé rápido por la portería con el corazón golpeándome el pecho y subí. La puerta del apartamento estaba entreabierta.

Los encontré en la sala. Nos saludamos con una cordialidad rara, esa mezcla de timidez y deseo contenido, y me señalaron el baño para que me cambiara. Habían elegido la ropa por mis fotos, así que me puse lo que ellos querían: un vestido blanco ceñido, estampado de flores pequeñas, con pantis y sostén de encaje rosado debajo, medias de liguero blancas, zapatos de tacón también blancos. Me maquillé con cuidado, me miré en el espejo y me gustó la mujer que me devolvía la mirada.

Cuando salí, los dos me recorrieron de arriba abajo sin disimulo. Uno me alcanzó un vaso con licor.

—Te ves preciosa así —dijo Damián, el más alto—. Mucho más de lo que prometían las fotos.

Me senté con ellos. Hablamos un rato de cosas sueltas, de mis gustos y de los suyos, mientras el primer trago bajaba y aflojaba la tensión. Al segundo vaso, Rubén se inclinó hacia mí.

—¿Quieres empezar a ser nuestra sumisa?

—Sí —respondí sin pensarlo—. Lo deseo desde que crucé la puerta.

***

Me ordenaron desfilar para ellos. Obedecí, y mientras caminaba por la sala me fueron diciendo cómo posar, cómo mover las caderas, cómo exhibirme. Cada instrucción me ponía más caliente. Después de un rato me hicieron sentarme sobre las piernas de Damián y empezamos a besarnos, mientras Rubén deslizaba la mano por debajo de mi falda.

Fui cambiando de boca, pasando de uno al otro, cada vez más entregada. Mis manos buscaron sus vergas por encima de la tela y, sin dejar de besarlos, empecé a abrirles los pantalones. Ellos se reían entre dientes, calientes.

—Mírala. Es una perrita —dijo Rubén—. Vamos a disfrutar mucho domándote.

Damián se levantó y volvió con mi primer regalo de la noche: un collar de cuero con una placa. Me lo abrocharon al cuello mientras me explicaban las reglas.

—De ahora en adelante tu nombre es Cuquitos. Y a nosotros nos llamas amo. ¿Entendido?

—Sí, amo —dije, y la palabra me supo a gloria.

***

Con el collar puesto me llevaron a una terraza interior. Allí me ataron las muñecas a una viga, por encima de los hombros, de modo que quedé expuesta y sin defensa. Empezaron a manosearme por debajo del vestido hasta arrancarme los primeros gemidos.

Damián me dio la primera nalgada mientras Rubén me levantaba la falda.

—¿Te gusta? ¿Eres una perra? ¿Eres nuestra sumisa?

—Sí, amo. Sí —contestaba entre jadeos.

Cada respuesta me ganaba una palmada más fuerte que la anterior. La piel me ardía. Entonces sentí que me agarraban por detrás, tirando de la cadena del collar, y una de las vergas apareció contra mi culo. La pasearon por encima, rozándome, hasta hacerme rogar como una hembra en celo.

Eso los encendió todavía más. Corrieron mis pantis a un lado y Damián empezó a metérmela, dura, despacio. Yo ya estaba mojada de la pura excitación y tenía el culo enrojecido por las palmadas, así que la sentí entrar entera. Dolió un poco al principio, un dolor que se confundía con el placer, y arqueé la espalda ofreciéndome más.

Él lo notó. Me dio otra nalgada y la hundió hasta el fondo de un solo empuje. Mientras me cogía sin compasión, Rubén me humillaba: una bofetada suave aquí, dos dedos metidos en mi boca allá, animando a su pareja a llenarme.

—Llénala, llénale el culo —repetía Rubén—. Mira cómo lo disfruta la puta.

Damián se puso más rígido, besó a su novio sobre mi espalda y se vino dentro de mí. Sentí el chorro caliente inundándome por dentro, y me corrí con él, con el culo lleno de su leche.

El segundo turno fue de Rubén, y fue más rápido porque yo ya estaba abierta y empapada. Pero no por eso menos brutal: me dio nalgadas durante todo el rato, tiró de la correa hasta ahorcarme un poco y no dejó de humillarme ni un segundo.

—Eres una perra esclava. Una hembra en celo que solo existe para complacerme.

Yo obedecía hipnotizada por sus palabras. Cada vez que me preguntaba algo decía que sí. Cada vez que me pegaba decía gracias. Y cuando lo sentí descargarse dentro de mí, me corrí de nuevo, mojando los pantis que aún tenía puestos, sintiéndome abierta, caliente y completamente suya.

***

Cuando terminaron, me temblaban las piernas y casi no podía sostenerme en pie. Uno me soltó las muñecas de la viga, me las volvió a atar juntas y me ayudó a tumbarme en el piso, donde aprovechó para atarme también los tobillos. Me levantó la falda, me bajó los pantis hasta los muslos y me dejó así, exhibida, mientras los dos se sentaban a tomar algo y a mirar cómo el semen se me escurría.

Cuando recuperaron el aliento, tiraron de la correa.

—De rodillas. En cuatro patas, como la perrita que eres.

Me hicieron andar a gatas hasta su habitación, donde me esperaba la siguiente sorpresa. Sobre la cama habían dispuesto una bata rosada semitransparente, pantis y sostén blancos de encaje, pantimedias, guantes, y un juego de muñequeras y tobilleras de cuero con argollas para amarrarme a su antojo. Al lado, un par de vibradores, dos látigos y un potro pequeño diseñado para dejarme con la cara contra el suelo y el culo bien alto.

Me desataron y me dejaron ir al baño a limpiarme y cambiarme. Cuando volví, en pocos minutos ya estaba sujeta otra vez, recibiendo azotes en las nalgas mientras gemía y suplicaba que no pararan.

***

Lo primero fue atarme al potro, con el culo a su entera disposición. Me dieron nalgadas mientras me subían la bata y me metían los dedos por encima de los pantis llenos de lubricante. Usaron varios juguetes, unos más fríos, otros que vibraban tibios contra mi piel. Después corrieron la tela y vinieron los dildos: primero uno grueso, después uno más fino que vibraba sin descanso.

Yo me dejaba hacer de todo, entregada como una hembra en celo. Ellos me trataban como una mariquita sucia, como su juguete. En algún momento ni me di cuenta de que tenía los dedos de los pies de Damián en la boca, chupándolos y lamiéndolos como si fueran lo más rico del mundo.

Eso lo calentó de golpe. Sentí su verga entrar en mí, dura, hasta el fondo, y me cogió rápido y fuerte, tirándome del pelo y nalgueándome hasta vaciarse dentro otra vez. Me dejó llena, excitada y con ganas de más.

Entonces empezaron los latigazos. Rubén me azotaba mientras me hablaba.

—¿Te encanta tener el culo lleno de leche? Dilo.

—Sí, amo. Me encanta. Soy una puta —respondía, y daba las gracias por cada golpe.

Cogió un plug grueso, me lo encajó para que no se me saliera nada, y me soltó del potro. Me llevó a la cama a gatas. Allí estaba Damián, tendido, recuperándose.

—Súbete y límpiale la verga con la lengua.

Obedecí feliz, lamiendo cada resto de semen que veía en sus muslos, chupándole la verga despacio hasta dejarla limpia y dura de nuevo.

***

Cuando la tuvo otra vez firme, los dos se acostaron en sentido contrario, entrelazando las piernas, dejando sus dos vergas juntas, pegadas la una a la otra, y las bolas también. Lo primero que me ordenaron fue chuparlas: lamerlas, besarlas, recorrerlas como una hembra hambrienta. Logré meterme las dos a la boca al mismo tiempo y eso pareció gustarles muchísimo.

—Ahora súbetelas. Las dos. En ese culo de perra.

Me acomodé de rodillas encima de ellos, con las piernas abiertas, justo en el lugar para que las dos vergas pudieran empezar a entrar juntas. No fue fácil y usamos mucho lubricante, pero un rato después estaba brincando sobre ellos como una perra en calor, mientras los dos disfrutaban y me hacían sentir la más sucia de las sumisas.

Aguanté así hasta que el primero se vació dentro de mí. El líquido caliente me hizo apretar el culo de golpe, y eso bastó para que el segundo terminara también. Me corrí encima de ellos, jadeando, derramándome sobre el vientre de Damián.

Cuando todo terminó, me volvieron a poner el plug para mantener la leche dentro y me ordenaron limpiarlos con la boca, tragarme hasta la última gota que se había regado. Los obedecí sumisa, agradecida, sintiéndome más mujer que nunca.

***

De premio me quedé con toda la ropa que había usado esa noche, además de un par de regalos extra que tenían guardados de sorpresa. Salí de aquel apartamento al amanecer, con las piernas todavía temblando y una sonrisa que no se me borró en días.

Espero que hayas disfrutado este relato. Me encanta leer tus comentarios.

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Comentarios (5)

DiegoMR7

Tremendo relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo. Gracias por compartirlo!

lector_ansioso

Por favor que haya una segunda parte... quede con muchas ganas de saber como siguio todo. Me dejo pensando un buen rato.

RosarioVio

Me alegra que existan relatos como este. Muy bien narrado, de verdad te felicito.

Madrugador22

Me lo lei de un tiron a las 2am y no pude parar jajaja. Excelente!!!

Nocturnita_X

Esta categoria me tiene enganchada hace meses y este es de los mejores que encuentro por aca. Dale que va!

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