El juego de prendas que la dejó atada y a mi merced
Era apenas la segunda vez que salíamos y yo ya estaba convencido de que Carla era algo serio. Simpática, lista y con una boca que se mordía sola cuando pensaba. Por alguna razón que todavía no entendía, yo también parecía gustarle, y esa tarde tenía la sensación de que algo iba a cambiar entre nosotros.
Habíamos quedado para caminar por el centro, pero el cielo se rompió de golpe y empezó a caer una lluvia que no daba tregua. Mi piso estaba a cuatro calles, así que no lo pensé demasiado.
—Antes de que nos ahoguemos —dije—, ¿subimos a secarnos?
—Mientras no sea una excusa barata —respondió, ya empapada y riéndose.
Después de un rato de charla y de dos cafés, quisimos matar la tarde con algún juego. El problema fue ponernos de acuerdo: ella quería cartas, yo cualquier otra cosa. Entonces se me ocurrió algo.
—Hagamos una cosa. Cada uno escribe el nombre de dos juegos en papelitos distintos. Los doblamos, los metemos en una bolsa y sacamos uno al azar. Al que salga, jugamos. Sin protestar.
—Me gusta. Suena justo —dijo, ya buscando lápiz.
Doblamos los cuatro papeles con cuidado para que no se transparentara nada y los eché dentro de una bolsa de tela. Se la acerqué.
—Vamos, sé tú la mano inocente.
Carla metió la mano, removió los papeles con cara de niña traviesa y sacó uno. Por el doblez supe enseguida que era de los míos.
—El elegido es… —dijo, alargando el suspenso— ¡Penitencias!
—¿Y eso qué es? Vaya nombrecito.
—Un juego de ordenador. La idea es ir sumando puntos haciendo pruebas y, sobre todo, pasarlo bien.
—¿Y las pruebas son… de qué tipo? —preguntó, entornando los ojos.
—Al principio muy suaves. Después se van poniendo cada vez más picantes.
—Eres un descarado. Pero acepto. Te voy a ganar igual.
Fui a buscar el portátil y una caja con algunos «accesorios» que el juego suele pedir. Encendí la pantalla y arranqué el programa. Lo primero que nos pidió fueron los nombres y las cinco prendas que llevábamos puestos cada uno.
—Empezamos los dos con veinte puntos —expliqué—. Tú primera.
***
«Actividad: Carla, di tres películas protagonizadas por Penélope Cruz y ganarás veinte puntos.»
—Fácil. Volver, Vicky Cristina Barcelona y… Jamón, jamón —soltó, triunfal.
—Cuarenta puntos para ti. Puedes comprarme una prenda, recomprar una tuya o comprar un favor. ¿Algo más?
—No, así estoy bien.
—Mi turno, entonces.
«Actividad: Marcos, di el nombre de la mejor amiga de tu pareja y ganarás veinte puntos.»
—Demasiado fácil. Tu inseparable Noelia.
—Claro, como si no lo supiera medio mundo.
—Cuarenta para mí. Y, ya que estoy, gasto veinte en comprarte las zapatillas. Quitándotelas.
—Así que ya empezamos con esas —dijo, descalzándose despacio, sin dejar de mirarme.
«Actividad: Carla, mantente de pie sobre una sola pierna durante un minuto y ganarás diez puntos.»
Lo hizo sonriendo, segura de sí misma. Pero la sonrisa se le borró cuando, al validar la prueba, la pantalla escupió otra cosa.
«Sorpresa. Hora de desnudarse: Marcos, quítale la blusa a tu pareja.»
—¡No puede ser! —protestó.
—Brazos arriba. Reglas son reglas.
—Pero sin tocar, ¿eh?
Le subí la blusa con una lentitud calculada hasta dejarla en sujetador, una prenda que apenas contenía unos pechos más generosos de lo que su ropa dejaba imaginar. Ella se recompró la blusa de inmediato, con treinta y cinco puntos, y volvió a vestirse a toda prisa. Quedaba claro: pensaba jugar a la defensiva.
***
«Actividad: Marcos, di tres películas de Leonardo DiCaprio y ganarás veinte puntos.»
—Titanic, El renacido y El lobo de Wall Street —recité.
«Sorpresa: Marcos, mordisquea con suavidad los lóbulos de las orejas de tu pareja.»
Me acerqué y le aparté la melena hacia un lado. Tenía una oreja perfecta, pequeña, con un pendiente diminuto. Empecé por el lóbulo izquierdo, despacio, rozándolo apenas con los dientes, y la sentí contener el aire un segundo antes de reírse.
—Eres un guarro, me has dejado toda mojada el cuello —dijo, pero sin apartarse del todo.
—Y encima te compro la blusa otra vez. Ya puedes quitártela.
—¿Otra vez?
De nuevo quedó en sujetador, y esta vez tardó un poco más en cubrirse.
***
El juego siguió su curso, alternando preguntas tontas con sorpresas cada vez más atrevidas. Carla falló una voltereta que no sabía hacer y la máquina la dejó sin puntos suficientes para vestirse.
«Marcos, quítale los vaqueros a tu pareja.»
—Esto ya es demasiado —murmuró.
—Es lo que toca.
Me arrodillé frente a ella. Mi cara quedó a la altura de su ombligo, y cuando llevé las manos a su cintura me frenó en seco.
—Espera. Me lo desabrocho yo.
Se soltó el botón y bajó la cremallera para que yo terminara de quitarle unos vaqueros muy ajustados. Aparecieron unas braguitas blancas que ella tapó al instante con las manos.
—No es justo. Yo en ropa interior y tú sin quitarte nada todavía.
—Paciencia. Ya llegará.
***
La partida se volvió una guerra de estrategia. Yo iba acumulando puntos con cada acierto y los gastaba en desnudarla; ella los quemaba en recomprar lo que iba perdiendo. Pero la suerte de las sorpresas empezó a inclinarse de mi lado.
«Sorpresa: Carla, la próxima vez que salgas con tu pareja deberás llevar falda… pero nada debajo.»
—¿Cómo dices? —se le subieron los colores de golpe.
—Eso no es para ahora. Tranquila —dije, divertido con su cara.
Una prueba me obligó a frotarme la entrepierna por encima del pantalón durante un minuto, y comprobé sin disimulo que mi cuerpo llevaba un buen rato reaccionando a todo aquello. Otra le ordenó bailar.
«Favor: Carla baila para tu pareja moviendo las caderas en círculos, despacio, durante tres minutos.»
—Por favor… no sé si puedo —dudó.
—Vamos. Me han dicho que bailas muy bien.
Empezó sólo en braguitas, contoneándose con timidez. Pero algo se le soltó por dentro a mitad del baile: levantó los brazos, sus pechos quedaron al descubierto y los movimientos se volvieron lentos, deliberados, casi crueles de tan buenos. Yo me quedé clavado en el sofá, sin pestañear, mientras sus caderas trazaban círculos en el aire. Los tres minutos se me hicieron diez segundos.
***
—Te toca —jadeó ella, cubriéndose otra vez.
«Sorpresa: Carla, tus pechos serán dos montañas nevadas. Que tu pareja les ponga nata y haga de quitanieves con la lengua.»
—Vaya —fue lo único que acertó a decir.
Fui casi corriendo a la cocina por el bote de nata. Cuando volví la encontré recostada en el sofá, una mano sobre el pubis, los pechos esperando. Le cubrí los pezones de nata, dos cumbres rosadas, y me arrodillé para empezar por el derecho. No tuve ninguna prisa: subí desde la base hasta la punta, lamiendo despacio, y cuando llegué al pezón izquierdo se le escapó un sonido bajo que no supo disimular del todo.
—Ya está bien —dijo, incorporándose con las mejillas encendidas.
***
A partir de ahí, la balanza se rompió. Una sorpresa me dio permiso para atarla, y no desaproveché la oportunidad.
«Sorpresa: Marcos, ata la muñeca derecha de tu pareja a su tobillo derecho.»
—¡Vamos, no! —protestó, pero ya le estaba sujetando el brazo.
Le até la muñeca y luego le doblé la pierna hacia atrás para unirla al tobillo. En esa postura no podía mantener las rodillas juntas, y su otra mano tuvo que elegir entre taparse el pecho o el sexo. Eligió el sexo. Me separé unos pasos para mirar mi obra: incómoda, ruborizada y absolutamente espectacular.
Cuando le tocó atarme las manos y se negó, las cosas fueron a peor para ella. La siguiente sorpresa cerró la trampa.
«Sorpresa: Marcos, ata ahora la otra muñeca al otro tobillo. Esto la deja totalmente expuesta e indefensa.»
—No, por favor, eso no —suplicó.
—Tranquila. Vas a quedar preciosa.
—¿Preciosa? ¡Voy a quedar con todo al aire!
Ella misma me tendió la mano libre, y al hacerlo dejó de cubrirse. Le coloqué la pierna en posición. Con las rodillas separadas, ya nada me impedía contemplar su intimidad: el vello oscuro, recortado con cuidado, dibujando una línea sobre sus labios. La ayudé a recostarse mejor contra el respaldo, en parte por comodidad, en parte para tenerla justo como yo quería. Estaba roja hasta las orejas.
***
Le tocó una prueba imposible —soltarse sola en dos minutos— y forcejeó en vano mientras yo disfrutaba del espectáculo. Cuando se rindió, sacó las garras.
—Espera. Con los puntos que me quedan compro tus calzoncillos. Yo aquí atada e indefensa, pero a ti te quiero ver igual.
Le estaba saliendo el espíritu vengativo, y eso me gustó todavía más. Me quité el bóxer de un tirón, tapándome a duras penas con las dos manos, porque en el estado en que estaba una sola no bastaba.
—Ahora sí. Mi turno.
Compré un favor con sesenta puntos, y la máquina fue clara.
«Favor: tu pareja va a aprovecharse de tu situación. Acariciará tu sexo y jugará con tus pechos durante cinco minutos mientras tú luchas contra las ataduras. Después te liberará.»
—Con suavidad, por favor. Sé un caballero —pidió en voz baja.
Antes de soltarla quise cobrarme aquello. Posé la mano sobre su sexo y ella dio un respingo. La acaricié primero por fuera, despacio, y luego deslicé un dedo entre sus labios. Estaba húmeda, mucho. La miré a los ojos esperando incomodidad y encontré otra cosa muy distinta: los párpados a media asta, la respiración corta. Subí a sus pechos, los amasé con calma y le pellizqué los pezones, que crecieron entre mis dedos mientras ella apretaba los muslos sin querer.
—Te toca —dije al fin, deshaciendo los nudos.
***
Liberada, volvió a su pose pudorosa, las piernas juntas. Pero ya no se molestaba en cubrirse los pechos, que exhibía ahora con los pezones todavía erguidos. La siguiente sorpresa fue la más demoledora.
«Sorpresa: Carla, deja que tu pareja te afeite el sexo y te lo deje como él prefiera.»
—¿Pero cómo es posible? No puede ser.
—No tienes puntos para evitarla. Túmbate, voy a por lo necesario.
Traje una palangana con agua tibia, jabón, una maquinilla y una toalla. Ella seguía de pie, indecisa.
—Sólo un poquito, ¿eh? Recórtamelo nada más.
—Túmbate y déjame hacer.
La enjaboné con cuidado y empecé a retirarle el vello, prestando especial atención a los labios. Tardé un buen rato, no porque hiciera falta, sino porque estar tan cerca de ella, con esa vista, no era algo que quisiera apurar. Cuando terminé, le aclaré la zona con agua fresca y la sequé con la toalla.
—¡Me has dejado completamente lisa! Ahora me siento todavía más desnuda —protestó, mirándose abajo.
—Estás increíble.
***
Compré un último favor, y supe que sería el broche.
«Favor: puedes protestar todo lo que quieras mientras tu pareja te esposa las manos a la espalda y te coloca la mordaza.»
—No, otra vez no, por favor —dijo, poniéndose de pie de un salto al ver lo que sacaba de la caja.
—Te lo suplico —insistió mientras le cruzaba las muñecas a la espalda y cerraba las esposas.
No pudo añadir nada más: le ajusté la mordaza, una bola de goma sujeta con dos correas detrás de la nuca. Sus protestas se convirtieron en sonidos ahogados.
—Mmmh, mmmh.
—Así, callada y atada, estás de escándalo —dije, recorriéndola entera con la mirada. Su cuerpo desnudo, expuesto, indefenso, era la imagen más excitante que recordaba.
Ella movía la cabeza, decía cosas que la mordaza volvía ininteligibles, los ojos brillándole entre la vergüenza y algo más que ya no se molestaba en esconder. La dejé así un momento largo, sólo mirándola, dejando que la anticipación trabajara por mí.
Cuando por fin le quité la mordaza y la liberé, tenía las mejillas húmedas y la voz tomada.
—Eres un demonio —murmuró, frotándose las muñecas, pero sin apartarse ni un centímetro.
—¿Repetimos otro día? —pregunté.
Se quedó mirándome, todavía desnuda, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Quién sabe… Ahora lo que necesito es recomponerme un poco. Pero no te confíes: la próxima cita la pongo yo las reglas.