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Relatos Ardientes

El profesor que me enseñó a ser quien siempre fui

Todas mis compañeras suspiraban por él y ninguna sabía guardar el secreto. Era alto, callado, de esos hombres que no necesitan levantar la voz para que el aula entera se quede en silencio. Inteligente hasta el fastidio, y guapo de una forma que incomodaba. Estar en su clase era un alivio: con él, las materias más áridas se volvían fáciles y, sobre todo, entretenidas.

Recuerdo el día en que Brisa juró que él le había coqueteado a la salida. Todas la envidiaron. Yo no le creí ni un segundo. Ella era simple, transparente, y bastaba mirarlo a él para saber que le gustaba lo complejo, lo que tenía pliegues y dobleces. Mi vida los tenía de sobra, y quizás por eso me permitía fantasear con que algún día se fijara en mí.

Nací en el cuerpo equivocado. Esa fue la frase que me acompañó toda la vida, como una etiqueta cosida por dentro de la ropa que solo yo podía leer. Aquel año vivía una transición importante: era el primero lejos de mis padres, el primero respirando sin que alguien me vigilara la forma de caminar o de mirar.

En el trabajo de medio tiempo me hice amiga de Lorena, y la casualidad quiso que ella también lo conociera. Había sido su alumna, sí, pero antes de eso habían sido otra cosa. Amigos con derechos, dijo, restándole importancia mientras revolvía su café.

—No te lo imaginás, pero ese hombre tiene un lado que no le muestra a nadie —me soltó una noche, después de un par de cervezas.

No le creí. Ella no era, según mi cabeza obsesiva, lo bastante deslumbrante para alguien como él. Me equivocaba en todo, claro. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, entre risas y confidencias, me confesó que no solo habían sido amigos: que él tenía una vida secreta marcada por el BDSM, y que ella había sido su sumisa durante años.

Sonaba demasiado real para ser un invento. Y entonces, como quien comparte una herejía, inclinó la pantalla del teléfono hacia mí y me mostró los videos.

Nunca había sentido tanto calor entre las piernas. Lo sentí subir despacio, una humedad que no podía disimular en aquella mesa pegajosa del bar. En la pantalla él era otro: la voz baja convertida en orden, las manos firmes, una vara recorriendo la espalda de Lorena hasta arrancarle un gemido que era a la vez dolor y rendición. No aparté la vista ni un segundo. Apreté el vaso hasta que el frío del vidrio me devolvió al ruido del local, a la música de fondo, a la gente que reía sin sospechar lo que se cocía dentro de mí.

—¿Y por qué lo dejaste? —pregunté, con la garganta seca.

—Porque rompí la única regla —dijo—. Le hablé de amor.

Lo que él nunca supo, lo que ella me contó esa noche y jamás repitió, fue que había estado embarazada y que decidió no seguir adelante. Lo dijo sin lágrimas, como quien lee una factura vieja. A mí, en cambio, la cabeza se me incendió. No por ella. Por mí. Porque desde ese instante no pude dejar de imaginarlo haciéndome a mí todo lo que le había hecho a ella.

***

Pasaron semanas. Tuve problemas en casa y dejé de ir a clases, algo habitual en mi historia de hija que nunca encajó. Cuando por fin regresé a la facultad, lo último que esperaba era cruzármelo en el ascensor.

Las puertas se cerraron y quedamos solos. Me sonrió. Nunca lo había visto sonreír, y la imagen me descolocó como si el suelo se hubiera movido.

—Te extrañamos en clase —dijo—. ¿Todo bien? Si te puedo ayudar en algo, decímelo.

—Ojalá alguien pudiera —murmuré.

—Te sorprendería —respondió, mirándome de un modo nuevo—. A veces basta con contarlo.

Nunca le había hablado a nadie de quién era de verdad. Y sin embargo, esa tarde, en su oficina, las palabras se me escaparon como agua entre los dedos. Le conté que había nacido en un cuerpo de hombre pero que me sentía mujer. Que el día en que mi padre supo que me gustaban los hombres me golpeó hasta dejarme inconsciente. Que cuando mi madre encontró su ropa interior escondida en mi cajón, me echó de la casa sin abrigo y sin dirección.

Lloraba, y él no me apuró. Fue a buscar agua con azúcar y, antes de volver, cerró la puerta despacio, después de preguntarme con la mirada si me incomodaba. No me incomodaba. Por primera vez en mucho tiempo, no.

Me tomó la mano. La suya era tibia, ancha, segura.

—Quedate tranquila —dijo—. Acá nadie te va a hacer daño. Y si querés, acá podés ser mujer.

—Llamame Camila —le pedí, y al pronunciarlo en voz alta sentí que nacía algo.

Me habló de él, por una vez. También su padre había sido violento; también él había aprendido a no dar problemas, a volverse invisible, a estar solo en habitaciones llenas de gente. Sonó el teléfono y cambió de tema, como si hubiera dicho demasiado. Cuando me despedí, intenté disculparme por haberlo cargado con mis cosas.

—Está todo bien —me cortó—. Cualquier cosa, a cualquier hora, me escribís.

Me dio su número y me hizo jurar que nadie más lo tendría. Salí de esa oficina con la certeza imposible de que mi amor platónico me había abierto una puerta. Y no podía contárselo a nadie, ni siquiera a Lorena.

***

Aguanté tres días antes de arriesgarme. Le escribí preguntándole si tenía un rato para conversar y me contestó al instante, como si hubiera estado esperando. Lo invité a mi departamento, a pasos de la facultad. Llegó en minutos; aún estaba en su oficina cuando le escribí.

—Borrá el chat —me pidió en la puerta—. Y apagá el teléfono mientras esté acá.

—Tranquilo —le dije—. No tengo amigos en la universidad.

—Lo sé —respondió—. Pero en todos lados hay ojos y oídos.

Hablamos de cualquier cosa, abrimos una cerveza. Era distinto del hombre del aula: gracioso, atento, con una empatía que no había mostrado nunca en clase. Le pregunté por qué les enseñaba otra cara a sus estudiantes.

—No solo a ellos —dijo—. A todos.

Lo miraba y, por debajo de la charla amable, solo veía el video. La vara, la voz de mando, Lorena gritando que él era su dueño. Quería ser ella. Quería ser suya.

Cuando dijo que debía irse —una reunión con el rector—, le pedí que se quedara para otra cerveza. Me dijo que le encantaría, pero que no podía. Fuimos juntos hasta la puerta y lo abracé. Le agradecí, muy cerca del oído, haberme hecho sentir que no estaba sola en el mundo.

Me abrazó de vuelta. Y entonces, contra mi cuello, en voz baja, dijo:

—Camila, cuando quieras sentirte acompañada, llamame.

Y me besó el cuello.

No pude soltarlo. Giré la cara y lo besé en la boca. Él respondió con una fuerza que me arrancó el aire, una de esas fuerzas que no piden permiso. Nunca voy a olvidar que terminé temblando entre sus brazos antes de que pasara nada más, derrotada por un solo beso.

Me tomó del cuello con una mano firme y me sostuvo a la altura de su mirada.

—Aguantá como hombre —me dijo despacio—, pero gozá como mujer.

Y me bajó el pantalón de un tirón.

Su gesto cambió cuando vio la diminuta tela negra que llevaba debajo. Me recorrió con la vista, el cuerpo femenino, las facciones suaves, la curva que siempre supe que era mi mejor argumento. Me hizo girar contra la pared y me apretó con una mano que dolía y gustaba en la misma proporción exacta.

—A mí me gusta así —dijo, con los labios contra mi nuca—. Fuerte. Pero te voy a enseñar a disfrutarlo.

Lo busqué a él con la mano. Estaba tan duro que parecía capaz de romper lo que se le pusiera enfrente. Mientras me besaba el hombro, lo acaricié con la firmeza que me había pedido sin palabras, atenta a cada respiración suya, midiendo qué lo hacía cerrar los ojos. Aprendía rápido, y él lo notaba: con cada movimiento mío su mandíbula se tensaba un poco más, su mano en mi nuca apretaba un poco más, como si le costara trabajo seguir siendo el que mandaba.

Me arrodillé sin que tuviera que pedirlo. Desde abajo lo veía enorme, dueño absoluto de aquella habitación pequeña que de pronto era todo mi mundo. Él me miró con una calma que asustaba, esa calma de quien sabe exactamente lo que va a pasar, y yo entendí que ya no había vuelta atrás ni la quería.

—Voy a terminar —avisó, con la voz quebrada por primera vez.

—¿Dónde? —pregunté, de rodillas ya, mirándolo desde abajo.

Eligió mi cara. Me cerró los ojos, me llenó la boca, me marcó el pecho. Después me hizo limpiar cada gota con la lengua, despacio, mientras me sostenía el mentón para que no apartara la mirada. Lo grabó. Yo lo dejé, porque pertenecerle también era eso: que se quedara con una prueba de que yo había sido suya.

Cuando terminó de vestirse, se acomodó la camisa frente al espejo de mi entrada como si nada hubiera ocurrido. Antes de abrir la puerta, se inclinó y me dijo al oído la frase que todavía hoy me eriza la piel.

—Desde hoy sos solo mía, Camila.

No contesté. No hacía falta. Esa fue la primera de muchas noches, el comienzo de una historia que aprendí a llevar en silencio y que hoy, por fin, me animo a contarles.

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Comentarios (4)

Marlena_Rj

Increible relato!!! me dejo sin palabras

ElenaVera

Que historia tan bien contada. Por favor tiene que tener segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo.

Karla_Noc

Me emociono mucho leerlo, tiene algo que va mas alla del morbo. Pocas veces encuentro algo asi aca. Bravo!

SofiaVH

Lo lei dos veces. La forma en que describis esa mezcla de miedo y liberacion es muy real, se nota que viene de algun lugar verdadero. Esperando el proximo con ansias!

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