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Relatos Ardientes

El día que mi amo trajo agujas a la sesión

Llevaba meses viendo a Damián una vez por semana, a veces dos cuando él tenía la cabeza despejada y yo el cuerpo dispuesto. Al principio me costaba mirarme al espejo después de las sesiones; ahora era distinto. Las marcas que me dejaba en la espalda y en los muslos las llevaba como recordatorio de que algo en mí, por fin, encajaba.

Cambié hasta la forma de vestirme. Empecé a usar camisas de manga larga incluso en agosto, jeans en lugar de bermudas, suéteres holgados que disimulaban el ardor de los moratones más recientes. Mis compañeros de oficina pensaban que estaba en una etapa rara. Mejor eso a tener que explicar lo que ya no quería esconder de mí mismo.

Damián no era el primero. Antes que él había probado con dos chicos que decían saber lo que hacían y no sabían nada. Uno me pidió perdón al ver mi reacción, como si llorar de alivio fuera una catástrofe. El otro se había puesto un disfraz de látex barato y me había trenzado las piernas con una soga que olía a sótano. Damián era de los pocos que entendían que yo no iba en busca de un juego. Iba en busca de algo que casi nadie sabía darme.

—Mateo —me dijo una noche, mientras nos terminábamos un té después de la sesión—, la próxima vez quiero probar con agujas.

Me reí casi sin querer. Hay cosas que en mi cuerpo no funcionan como en el resto. Las inyecciones nunca me han dolido. De pequeño, según contaba mi madre, las vacunas no me arrancaban ni un quejido. Le expliqué a Damián que iba a tener que esforzarse mucho para sacarme una mueca.

—Algo encontraré —me contestó—. No te preocupes por mí.

Le pedí un favor, además. Que no se olvidara de la paleta de cuero con tachas, esa pequeña, la que tenía la forma justa para sembrarme la piel de constelaciones. Esa paleta y yo teníamos una historia particular. Cuando me daba con ella veía manchas de luz por dentro de los párpados.

—Eres terrible —dijo, sonriendo—. Yo te digo «agujas» y tú negocias extras.

—Soy un masoca cumplidor —le respondí—. Y tú eres el sádico al que le toca dar.

***

El piso de Damián siempre olía a algo limpio, casi de hospital. Yo creo que lo hacía a propósito, para que el ritual de la entrada tuviera una solemnidad propia. La puerta se cerraba, se corría el cerrojo y empezaban las bofetadas; nunca había mucho intercambio de palabras al principio. Era como si su mano me recordara las reglas antes que su voz.

Esa noche, mientras me desnudaba, eché un vistazo a la mesa baja del salón. Damián había preparado todo: gasas, alcohol, un frasco con tapón de rosca y una bandeja metálica llena de agujas. Sentí un latigazo en el estómago. No eran tres ni cuatro. Eran muchísimas. Tenían un grosor distinto al de las inyecciones que yo conocía. Más largas, además. Me pregunté en qué tienda compraba esas cosas y me prometí no averiguarlo nunca.

—Mira lo que tengo para ti —dijo a mis espaldas.

—Te tomaste en serio lo que te dije —respondí.

—Tú nunca aprendes.

Empezó con la paleta sin previo aviso. Sin el habitual ritual de calentamiento, sin los primeros golpecitos suaves para que el cuerpo aceptara. El primer paletazo me dejó sin aire. El segundo me arrancó un quejido que no esperaba. Para el cuarto ya tenía las nalgas calientes como si hubieran estado un rato bajo el sol del mediodía.

Después me puso las pinzas. Apretó los tornillos hasta el tope sin preguntar. Las cadenas colgaban de mis pezones como dos pequeñas plomadas, y yo respiraba por la boca, intentando no pensar en lo que vendría después. Sabía que en el ritual de Damián las pinzas eran la antesala de algo peor.

Cuando me clavó la primera aguja en la nalga derecha, no sentí casi nada. Una presión, un pinchazo limpio, una entrada profunda. Sonreí por dentro. Mi cuerpo no estaba traicionando mi pronóstico. Damián clavó la segunda, en simétrico. Después clavó dos más, y dos más. Diez en una nalga, diez en la otra. Yo lo miraba en el espejo de la pared del fondo y me reía sin reírme. Era una imagen extraña: un hombre con la espalda recta y la piel sembrada de pequeñas varillas de acero. Parecía un erizo recién despertado.

—Por ahora vas ganando tú —dije.

—Por ahora —contestó.

Pasó a los pezones. Tiraba de la cadenita con la mano izquierda mientras con la derecha empujaba la aguja detrás de la aureola, de un lado al otro. Esa primera, la sentí distinto. La sentí como un escalofrío que se subía desde el pecho hasta los dientes. La segunda, ya con el pezón tirante por la pinza, me hizo cerrar los ojos. Para la cuarta de cada lado, yo ya no estaba haciendo cálculos. Estaba aguantando.

—¿Ahora qué? —me preguntó, con la voz tranquila de un kinesiólogo.

—Sigue contando que no me duelen —respondí.

—Sé bueno y espera.

Empezó a moverlas. No de a una, sino de a dos, una con cada mano. Las desplazaba un milímetro, las giraba, las sacaba un poco y las volvía a meter hasta el final. El dolor no era el del paletazo. Era otro animal. Era una corriente fina que se ramificaba por la piel, que no entendía de músculo, que se quedaba a vivir un rato debajo. Empecé a sudar de verdad. Por la frente, por la espalda, por las palmas de las manos.

—Ya empiezas a quejarte —dijo, casi con cariño.

—Algo encontraste —reconocí—. Felicitaciones, cabrón.

—Te lo había prometido.

***

Cuando se cansó de mover las de las nalgas, me ordenó que caminara. Pensé que era una broma. No lo era. Me hizo dar una vuelta entera por el salón, despacio, con las veinte agujas todavía clavadas. Cada paso era un descubrimiento. Los músculos al contraerse jalaban contra los pequeños puntos donde el metal entraba en la carne. Eran agujas finas, no me iban a abrir nada, pero el dolor era como un alfileteo eléctrico que me bajaba por los muslos.

Conté las baldosas para no detenerme. Volví hasta él como un perro que vuelve a su lugar.

—Buen chico —dijo, y por dentro yo me derretí.

—Tengo más, si quieres —ofrecí, aunque la voz se me quebró un poco.

—Tienes más —confirmó.

Me clavó otras cinco en cada nalga, ahora más cerca del muslo, donde la piel es más fina. Esas las sentí distinto, más adentro, más rápido. Me dejé caer boca abajo sobre sus rodillas sin que me lo pidiera. Yo sabía lo que él quería. Él sabía lo que yo necesitaba.

—Me lo pones a huevo —murmuró, con esa media sonrisa que le brotaba cuando le gustaba lo que veía.

—Sí —dije con la cara contra el sofá—. Haz lo que tengas que hacer.

Volvió a mover una a una las agujas, despacio, dándoles tiempo. Yo cerré los ojos y me concentré en respirar por la nariz. Era una sensación nueva. No era el dolor brusco que me había acompañado todos estos meses. Era un dolor paciente, que se quedaba, que se distribuía. Empezaba a entender por qué Damián había insistido tanto con la idea.

***

Las sacó con la misma calma con la que las había puesto. Una a una, gasa en mano, presionando un segundo después de cada extracción. La sangre era poca, manchas finas que parecían picaduras de mosquito. Me pidió que me arrodillara en la alfombra y trabajó con las de los pezones. Esas, al salir, me dolieron más que al entrar. Sentí cada pinchazo en reversa como una pequeña descarga que se me quedaba en el centro del pecho.

Cuando terminó, me dejó respirar un rato.

—Damián —le dije, con la voz ronca—. La paleta.

—¿Estás loco? —preguntó, y se rió de verdad, con sorpresa real—. ¿Sabes lo que es darte con la paleta de tachas justo donde acabas de tener veinte agujas?

—Lo imagino —contesté—. Por eso te la pido.

—Eres un caso, en serio.

—Soy tu caso.

Me puso de rodillas sobre el sofá, con el culo levantado, las manos apoyadas en el respaldo. Los primeros dos paletazos me arrancaron un grito que no me esperaba. La piel ya estaba sensibilizada por las agujas y los pequeños pinchacitos rojos se convirtieron en un mapa de fuego cuando el cuero con metal aterrizó encima. Damián se detuvo un momento, mirándome.

—Pensaba que con dos te alcanzaba —dijo.

—Te equivocaste —contesté—. Sigue.

Y siguió. No volvió a contar. Pegó hasta que las nalgas tomaron un color que no tenía nombre. Rojos, morados, líneas brillantes donde la tacha había marcado, alguna gota fina por donde antes había estado una aguja. En algún momento empecé a respirar diferente, con la boca abierta, casi como si me estuviera durmiendo. La excitación había crecido hasta volverse un solo zumbido en la nuca.

—Ya está —dijo, y bajó la paleta.

—No es cierto que ya está —respondí.

—¿Qué más quieres, Mateo?

—Lo que falta.

***

No hizo falta que se lo explicara. Damián me sujetó por las caderas, sin lubricante, y empujó con la calma de quien sabe que el otro lo está esperando. Sus dedos cayeron justo encima de los puntos donde minutos antes habían estado las agujas, y el dolor de la entrada se mezcló con el ardor de la presión. No podría decir cuál de las dos cosas dolía más. No quería decirlo. Lo único que quería era que no se detuviera.

—Te mereces esto —dijo, mientras se movía—. Lo buscaste tú.

—Lo busqué —admití—. Y lo seguiría buscando.

Me embistió hasta el fondo, sin apuro pero sin tregua. Cada vez que llegaba al final, mis nalgas chocaban contra su pelvis y el ardor se volvía a encender, como una mecha que nunca terminaba de apagarse. Yo me sostenía con las dos manos del respaldo y me empujaba contra él, como diciéndole que todavía me quedaba un poco más.

Cuando se vino, me sujetó la nuca con la palma abierta y me apretó la cabeza contra el sofá. No me corrí yo, no me hizo falta. Esa noche el clímax fue otro, uno que no necesita explicación entre dos personas que se entienden así.

Después, en silencio, me limpió las heridas con gasas mojadas en algo que olía a manzanilla. Me pasó por encima una pomada blanca que ardía menos de lo que yo esperaba. Me alcanzó una camiseta vieja que le robé esa noche sin avisarle.

—Mañana te vas a acordar —dijo mientras me acompañaba a la puerta.

—Sí —respondí.

—¿De mala manera?

—No. De la mejor manera posible.

Bajé las escaleras del edificio con las piernas un poco tensas, el culo ardiendo a cada paso y una sonrisa que no me cabía en la cara. Saqué el celular y le mandé un mensaje antes de cruzar la calle.

Gracias, macho. La semana que viene busco otra forma de joderte la paciencia.

Tardó un minuto en responder.

Te estaré esperando.

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Comentarios (5)

DiegoNocturno_22

increible relato, me quede sin palabras. la tension desde el principio es brutal

SantiCruz78

Por favor que haya continuacion, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues!!!

NocteLector

Lo que mas me gusto es como describis ese mix de miedo y entrega. Se siente muy real, muy bien escrito.

MatiasBsAs

me recordo a algo que vivi hace tiempo... esa confianza ciega en otra persona es un viaje que no tiene palabras. Buen relato

BrunoRosario21

excelente!!! seguí subiendo mas relatos asi

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