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Relatos Ardientes

Mi primera Miss y el límite que no quise cruzar

Esperaba de pie en el espacio abierto que era todo el apartamento, justo donde la entrada cedía al salón. Tenía los nervios a flor de piel y no sabía qué hacer con el bolso. ¿Lo sostenía delante con las dos manos? No, parecería que me defendía. ¿Lo escondía a la espalda? Pero entonces ella no vería el vuelo de mi falda, y yo había elegido ese vestido precisamente para que lo viera. Al final lo dejé colgado del hombro y respiré hondo.

La vivienda entera era cálida, sobria, de esas que no necesitan adornos para imponer respeto. Y como una llamarada en mitad de toda esa madera oscura, ella, sentada en el sofá, vestida en seda granate. No era ropa de andar por casa, pero tampoco una puesta en escena evidente: una camisola ligera que apenas le cubría hasta la mitad del muslo y una bata más larga, sin anudar, que le caía a los lados como un telón abierto. Un colgante finísimo de pedrería le bajaba desde el cuello y se perdía entre los pechos. Si al mirarla solo te fijabas en eso, es que no sabías mirar. Lo que atrapaba mi atención eran sus ojos serenos, casi divertidos, y la curva apenas dibujada de sus labios.

—¿A qué has venido, sweet girl?

Se incorporó. El repiqueteo de los tacones contra el parqué fue lo único que se escuchó durante unos segundos.

—A obedecerte, Miss.

Las palabras me salieron firmes, con más calma de la que sentía por dentro.

—¿Y qué te ha traído hasta mí?

Ya estaba a mi lado. Tuve que alzar la barbilla para mirarla a los ojos.

—La admiración que siento por ti y la confianza que me transmites, Miss.

Pinzó el borde de mi falda entre los dedos y, mientras pasaba a mi alrededor, acarició la tela con la yema del pulgar.

—Te has puesto guapa —dijo en voz baja.

Asentí apenas. Había elegido para la ocasión mi vestido negro sin mangas, dos horquillas que recogían el pelo lejos de la cara y unos tacones medianos, no tan altos como los suyos. A mi dueño le gustaba mucho esa combinación; decía que con mi melena pelirroja parecía una muñeca de aparador.

—¿Y qué esperas de mí? ¿Qué te puedo ofrecer yo? —preguntó.

Tardé un par de segundos en responder. Sus uñas largas, esmaltadas de carmín, se deslizaron por mi nuca y enrollaron un mechón. Me ruboricé sin querer.

—Aprender de tus conocimientos. Explorar y dejar que me exploren, Miss.

—Tienes un pelo precioso. Abundante, fuerte. No te lo recojas nunca conmigo.

Soltó las horquillas una a una. El cabello se me derramó por los hombros y ella me lo acomodó con una paciencia que parecía ritual.

—Así lo haré, Miss —alcancé a decir.

Sus dedos comenzaron a peinarme desde el cuero cabelludo hasta las puntas. No era un peinado, era una contemplación. Después me lo apartó todo a un solo hombro, dejándome el cuello expuesto, y noté el calor de su aliento muy cerca de la piel. Aguanté la respiración sin moverme.

—Hum… Hypnotic Poison, de Dior.

No me dio tiempo a confirmárselo. Recorrió mi cintura con un dedo, completó la vuelta a mi alrededor y volvió a aparecer frente a mí.

—¿Serías tan amable de desnudarte, sweet girl?

Había retrocedido dos pasos. Cruzó un brazo sobre la cintura, apoyó el codo del otro en él y se sostuvo el mentón entre el pulgar y el índice. No había lascivia en su postura. Solo una curiosidad limpia, casi clínica.

—Por supuesto, Miss —dije en cuanto pude reaccionar.

La pregunta me había sacudido más de lo que esperaba. No por la orden en sí, sino porque no contaba con que llegara tan pronto en la velada. El cuerpo se me adelantó con la prisa nerviosa de quien siente que llega tarde, y tuve que pararme medio segundo a respirar.

Modo espejo, Bárbara.

Esa era mi consigna privada para los momentos en los que no sabía bien qué se esperaba de mí. Bastaba con observar al otro e imitar su registro. ¿Qué tenía yo delante? A una mujer unos diez años mayor que yo, elegante, sensual sin esfuerzo, serena. Pues exactamente así me desnudé.

Dejé el bolso en el suelo con suavidad. Llevé las manos a la espalda y bajé la cremallera en un solo movimiento fluido. Saqué los brazos de uno en uno y, cuando la tela me cayó a la cintura, me incliné —sin doblar las rodillas— hasta dejar el vestido en los tobillos. Lo doblé con cuidado y lo coloqué a la izquierda del bolso. Luego el sujetador y la braga, extendidos sobre el vestido y orientados hacia ella. Por último los zapatos, perfectamente alineados con el resto.

Cuando me erguí, le devolví la sonrisa amable que ella me ofrecía. Me llevé las manos a la espalda y apoyé el peso sobre la pierna izquierda.

El dedo en el que descansaba su mejilla migró hasta sus labios. Sentí sus pupilas atravesarme con detenimiento, sin prisa, recorriendo cada centímetro de piel.

Era la primera vez que me exponía así ante una mujer y, curiosamente, el nerviosismo inicial se había ido. La admiraba: por la sofisticación, por la seguridad que irradiaba, por el trato exquisito que mantenía incluso en los gestos más mínimos. Que alguien como ella me mirara con esa atención me hacía sentir bien. Muy bien. Y debió notárseme en la sonrisa.

Sin decir nada, me pidió que me diera la vuelta con un movimiento circular del dedo. Obedecí, esta vez con las manos cruzadas por delante. No quería tapar nada. No quería que ningún gesto mío le impidiera mirarme a placer.

Los tacones volvieron a sonar. Cuando se detuvo a mi espalda, me levantó una nalga con la mano, después la otra.

—Haces ejercicio —afirmó, sin pregunta.

—Así es, Miss. Salgo a correr.

Y al instante me arrepentí del añadido. No por sincerarme, sino por haberle dado información que no había pedido.

—¿Y te alimentas bien?

Sus manos se posaron en mis hombros apenas rozándome. Me giró con suavidad para que volviéramos a mirarnos. Con la punta de un dedo me alzó la barbilla. Era bastante más alta que yo.

—Sí, Miss.

En silencio nos quedamos sosteniéndonos la mirada durante dos, tres, cuatro latidos. Era guapa. Muy guapa. Pensé que, si yo llegaba a su edad, me gustaría ser exactamente así.

Se apartó sin decir nada. La seguí con los ojos: ese balanceo de caderas tan suyo, esa elegancia que no parecía aprendida.

—¿No vienes, sweet girl? —dijo sin volverse, plegando el índice dos veces.

—A sus órdenes, Miss.

Se sentó de nuevo en el sofá y, con la palma de la mano, me señaló un cojín en el suelo, a su vera. Sabía lo que significaba y me moría por dárselo. Me arrodillé al instante y acomodé los muslos sobre las pantorrillas. No sabía si era la postura que ella prefería para sus sumisas, pero me pareció la más adecuada porque dejaba mi cabeza por debajo de su línea de visión.

Sin prestarme más atención, cogió un portafolios de la mesita. Su cara desapareció detrás. El roce de páginas pasando llenó la habitación. Expectante, me quedé mirándola en silencio.

Y esperé. Y esperé. Y esperé.

Soy una persona activa. Una abejita atareada, dicen los míos, a la que no se le da bien quedarse quieta. Pero ni una queja se me escapó, ni un atisbo de fastidio. Sin nada más en lo que entretenerme, me dediqué a observar lo poco de ella que alcanzaba a ver: las piernas largas y desnudas, las sandalias impecables, la manicura cuidadísima de los pies. Se mimaba más que yo, y me dio una pequeña vergüenza.

Estiró la mano y atrapó un mechón de mi pelo entre los dedos sin levantar la vista de la lectura. Lo enrollaba, lo estiraba, le acariciaba la punta de manera distraída, como quien juega con algo agradable. A mí siempre me ha fascinado que me atusen el pelo, y sin darme cuenta acerqué un poco la cabeza a su mano. Ella me la acarició. Sonreí con la mirada clavada en el suelo.

—¿Serías tan amable de servirme una copa de vino, sweet girl? En la cocina tienes todo lo necesario.

Encontré botella y copa sobre la encimera. Volví con la copa de Borgoña y el sacacorchos de dos tiempos en una mano, la botella en la otra. Sabía hacerlo, y me encantaba poder demostrárselo. De rodillas, apoyé la botella sobre la mesita encima de un posavasos con la etiqueta a la vista. Corté la cápsula bajo la marca del cuello, introduje el sacacorchos, saqué el corcho en dos movimientos limpios. Con la mano izquierda a la espalda, serví el vino sin sobresaltos, y un giro de muñeca evitó que cayera la última gota. Le tendí la copa por la base para que ella la sujetara por el tallo.

—Gracias —dijo con una sonrisa que devolví.

—El placer es mío, Miss.

Volvió a su lectura y yo, a sus pies, la dejé disfrutar.

—Dime qué te parece —me dijo al rato, tendiéndome la copa.

La marca de sus labios se imprimía en carmín sobre el cristal. Me aparté el pelo y fundí mi pintalabios coral con el suyo. El vino me resultó excesivamente dulce, casi una gominola, sin rastro de barrica. No era de mi estilo y los había probado mejores.

—Deja un buen regusto a fruta negra y su dulzor lo hace ideal para tomar sin acompañamiento. Pero le faltan matices. Es plano, en mi humilde opinión. Un vino para bebedores ocasionales, no para paladares entrenados.

No sabía cómo iban a caer mis palabras. Era el vino que ella había elegido. Pero me había pedido sinceridad y se la había dado, cuidando las formas. No me gustaba mentir.

Si la molesté, no lo dejó ver. Solo me miró otra vez de aquella manera, tranquila y agradable. Recuperó la copa, dejó el portafolios cerrado sobre la mesa, plegó las piernas sobre el sofá y se tumbó un poco, de medio lado.

—En la caja que hay debajo de la mesita tienes una pequeña sorpresa para ti —dijo antes de dar un trago corto.

Quise contener la ilusión, al menos de cara. Pero soy demasiado transparente y seguro que se me notó. Era una caja de madera lacada. Dentro, unas pinzas unidas por una cadena y un plug anal metálico con un cristal rojo engarzado.

Mis ojos buscaron los suyos. Con los labios apretados para disimular la sonrisa, la miré mientras ella, en silencio, trazaba círculos con un dedo en el borde de la copa. No me apremió. La sorpresa era ya invitación suficiente.

Cogí las pinzas primero. Era la primera vez que sostenía unas así. Pesaban más de lo que parecía. Tan emocionada estaba que no necesité prepararme: me sujeté un pecho con una mano y cerré la mandíbula metálica en torno al primer pezón. Después, con la misma ceremonia, el otro. Apretaban, sí, pero nada que no pudiera aguantar sin protestar. El peso de la cadena hacía que los pechos se me inclinaran ligeramente.

Después cogí el plug. Era de tamaño medio, no uno de esos pequeños y cómodos que mi dueño me pedía llevar para salir de casa, pero tampoco un disparate. Lo único: no había rastro de lubricante. Iba a costarme un poco.

Modo espejo otra vez. Sin buscar provocar lujuria ni teatro, sin perder la elegancia. Saqué la lengua y pasé el plug por su superficie de abajo arriba, con los ojos fijos en los suyos. Luego me lo metí entero en la boca, cerré los labios alrededor del cuello como si fuera un chupete y lo giré despacio.

Me di la vuelta sobre las rodillas y apoyé una mejilla en el suelo. Le ofrecí la vista sin pudor. Llevé el plug lubricado de saliva hasta el orificio y empecé a introducirlo. Con el esfínter relajado, y sin ser yo nueva en esto, fue cediendo poco a poco. En el punto de máxima circunferencia me detuve un instante antes de que terminara de tragárselo. Solté un suspiro muy bajito y recuperé mi postura inicial, de rodillas, las manos a la espalda. Mi Miss se había reincorporado y se inclinaba hacia mí, con la copa medio escondiendo su sonrisa.

—Bésame los pies.

Fue un shock. Me quedé congelada. No estaba procesando la petición: era el orgullo, que había saltado disparado y había barrido cualquier rastro de sumisión de mis venas. Yo eso no lo hacía. No lo había hecho nunca y no lo iba a hacer. Era un límite mío. Y la única hija de mi padre no salta un límite suyo por nadie.

—No —dije con rotundidad. Después de una pausa muy corta, añadí—: Miss.

La miraba sin pestañear, con la cabeza ligeramente ladeada y la mandíbula tan apretada que me dolían las muelas. Si a ella le molestó mi gesto, no le dio la menor importancia, y esa indiferencia atizó la llama. Se inclinó, atrapó la cadena entre las pinzas con un dedo y me la llevó a la boca.

—Quítate las pinzas, entonces.

Enseñé los dientes y tiré con el cuello todo lo que pude, pero la cadena era demasiado larga: lo único que conseguí fue lastimarme. Se me escapó un jadeo. Con la lengua empujé la cadena más hacia dentro. Al segundo tirón, una pinza saltó por los aires. Bufé. Respiré hondo, cerré los ojos y repetí la operación con la otra. El pecho me subía y bajaba a toda velocidad, por la adrenalina y por el dolor lacerante que se me extendía desde los pezones. Pero con el mentón bien alto y la cadena todavía colgando de la boca, le sostuve la mirada.

—Bésame los pies —repitió, en el mismo tono que la primera vez.

No me molesté en contestar. Cogí yo misma las pinzas y me las volví a poner soltando un gruñido cada vez que las mandíbulas se cerraron sobre los pezones doloridos. Pasé la cadena por debajo del borde de la mesita y la atrapé apoyando un muslo encima. Sacudí la cabeza para apartarme el pelo y le clavé los ojos otra vez.

—Quítatelas.

Como un resorte salté y obedecí. El dolor fue muchísimo peor esta vez. Boté en el sitio, me retorcí, bufé, grité con los dientes apretados, y una única lágrima se me escapó de un párpado.

—Joder… —solté en voz baja.

Dejé las pinzas sobre la mesita de un golpe seco. Dolorida, la miré con más orgullo que desafío real. Si pensaba que iba a usar mi palabra de seguridad para cerrar la sesión, es que no me conocía nada.

—Qué brutita eres, sweet girl —dijo con un tono que no supe interpretar. ¿Admiración? ¿Pena? Imposible saberlo. Yo estaba tan entumecida por el dolor que los pensamientos no se me ordenaban—. Has dejado tu punto claro.

Se arrodilló a mi lado y con el pulgar recogió la lágrima. Después posó su mano sobre la mía, la apartó con suavidad, cogió las pinzas y las devolvió a la caja.

—Espérame aquí.

Me acarició la mejilla y me dio un beso en la coronilla antes de levantarse e ir a la cocina. Escuché la puerta del frigorífico, el tintineo de hielos chocando entre sí. La tensión empezó a aflojarse y dio paso al cansancio. Cuando los tacones volvieron a sonar, alcé la vista y vi su colgante de brillantes titilar a la altura de mis ojos.

Traía un cubito atrapado entre los labios. Me levantó un pecho con el dorso de los dedos y empezó a frotar el hielo sobre el pezón herido. Primero la aréola, después la punta. Se me escapó un suspiro, se me cerraron los párpados y un escalofrío de alivio me bajó por toda la columna. Me iba a deshacer. Eché el cuello hacia atrás. Cuando terminó con ese pecho, el dolor que yo misma me había infligido había desaparecido. Le ofrecí el otro y recibí la misma atención.

Pequeñas gotas resbalaban por mi abdomen. Las recogió una a una con la punta de los dedos. Una sonrisa cariñosa le asomó a los lados del hielo. Con el pulgar tiró ligeramente de mi labio inferior y me depositó el cubito en la boca. Lo chupé sin morderlo. A pocos centímetros, nos miramos. Yo conecté. No sé ella, pero yo sí. Esa sensación de sentirme expuesta y a la vez cuidada era exactamente lo que siempre me había atraído de ser sumisa.

—Le prometí a tu dueño que estarías en casa a la hora de la cena —dijo, colocándome un mechón detrás de la oreja—. Y soy de las que cumple sus promesas. Qué rápido pasa el tiempo, ¿verdad, sweet girl?

—Así es, Miss —murmuré, bajando la mirada sin querer.

No quería irme. La velada me había sabido a poquísimo.

Se levantó primero y me tendió la mano para ayudarme. Me acompañó hasta donde estaba mi ropa y me ayudó a ponerme el vestido y luego los zapatos, dejando olvidada en el suelo la ropa interior. Me tomó por la cintura y nos miramos en el espejo de la entrada. Estábamos guapas las dos: ella de rojo, alta, estilizada; yo delante, más bajita, con mi vestido negro discreto.

—El plug es un obsequio para tu dueño. Estoy segura de que encontrarás el momento perfecto para dárselo —dijo—. Y en cuanto a ti… ten. No te lo quites.

En el reflejo vi cómo se sacaba el colgante por encima de la cabeza y me lo pasaba a mí, por encima del vestido. Era precioso. Mi mano corrió a tocarlo. La ilusión debió escapárseme por la cara.

—Abajo te espera un taxi.

Me tomó la mejilla, me giró el rostro y me dio un beso de despedida tan al borde de los labios que las comisuras nos rozaron.

Fue una velada mágica.

***

Desde la oscuridad de la habitación, con el antebrazo apoyado en el marco de la ventana, observó cómo su pequeña sweet girl entraba en el taxi, no sin antes alzar la mirada hacia el edificio. De la otra mano le colgaban el sujetador y la braga de su candidata a sumisa, mientras los reflejos de la ciudad le bañaban el rostro.

Encima de la cama, desparramado sobre las sábanas, estaba el portafolios abierto con el dosier de Bárbara. Edad, medidas, trabajo, experiencia, gustos, kinks. Subrayadas en rojo, dos expresiones: «Heterosexual» y «Already owned», como una advertencia. En el apartado «Límites» brillaban en flúor las frases «No besa los pies» y «No tolera collares como muestra de pertenencia o sumisión». Una pequeña nota manuscrita junto a esta última decía: «¿Incluso uno bonito de brillantes?».

Vio desaparecer el taxi en la lejanía y pensó que aquella visita le había dejado bastante más preguntas que respuestas.

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Comentarios (5)

lectora_nocturna

Increible relato!!! Me quede pensando un buen rato despues de terminarlo. Ojala haya segunda parte.

MiraFurtiva

Que bien lo contaste, sin pasarte de la raya pero dejando todo dicho. Eso es talento.

SolDeLecturas

10 de 10

Paty_23

Me recordo a una situacion que viví hace años y que nunca conté a nadie jaja. Gracias por animarte a escribir esto.

Val_cba

La tension del principio es lo mejor de todo. Ese vestido rojo y la pregunta al final... tremendo arranque. Espero que sigas.

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