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Relatos Ardientes

Master Damián me enseñó a ser su esclava

Llevaba quince años trabajando como guardaespaldas. Quince años en los que mi cuerpo aprendió a obedecer órdenes antes de que el cerebro las procesara. Quince años en los que era yo quien protegía, quien controlaba cada situación, quien daba las instrucciones. Y allí estaba, de rodillas en la habitación de un hombre al que apenas conocía, con el sabor de su sudor todavía pegado en la boca y una joven llamada Lucía mirándome con un desprecio profesional que jamás había recibido de nadie.

Master Damián era distinto a todo lo que había imaginado.

Lo conocí a través de Mateo, mi entrenador del gimnasio y amante ocasional, el único hombre con el que nunca había tenido problemas para entenderme. Cuando Mateo me habló de Damián me reí en su cara. ¿Un dominante que necesitaba una guardaespaldas como sumisa? Sonaba a fantasía barata de novela mal traducida. Pero acepté la cita por curiosidad, y la curiosidad me llevó a firmar un contrato de prueba, y el contrato de prueba me arrastró hasta esa cama enorme de sábanas de lino donde Damián me había cortado tres veces la respiración con su miembro, hundiéndolo hasta hacerme arquear el cuello en ángulos que parecían imposibles.

A la tercera vez sentí algo nuevo. No solo la dureza, no solo el grosor. Sentí cómo presionaba contra los giros de mi garganta, obligándola a enderezarse para él, y mientras luchaba por no atragantarme, una corriente eléctrica me recorrió desde la base de la espalda hasta el clítoris. Damián me observaba desde arriba con esa media sonrisa que ya le conocía, sabiendo exactamente lo que pasaba en mi cuerpo antes de que yo pudiera nombrarlo.

Hizo una seña a Lucía y los tres cambiamos de posición.

***

Detesté no haberme depilado. Llevaba semanas sin coincidir con Mateo en el gimnasio, y mi pubis era una pequeña selva descuidada. Lucía, en cambio, estaba lampiña como una niña, su sexo joven y rosa enmarcado por una piel sin un solo vello. Me sentí vieja, sucia, desaliñada. Pensé en las miles de veces que había rechazado los comentarios de mis seguidores en internet, donde subía contenido bajo otro nombre y bajo otra personalidad, y de pronto me importó muchísimo lo que ese hombre pensara de mi cuerpo.

Damián me penetró de un solo envite, sin aviso, sin preparación, sin la cortesía de un dedo previo. Duro. Profundo. Me arrancó un grito de la garganta y un orgasmo del vientre antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo. Llevaba más de mes y medio sin estar con un hombre, y el suyo era considerablemente más grande que el de Mateo. Mi cuerpo no estaba listo, pero mi cuerpo se rindió de todas formas.

Lucía se montó sobre mi cara, y antes de que pudiera tomar una bocanada de aire, su sexo me selló la boca y su trasero me cubrió la nariz.

No pude respirar.

Mi primer instinto fue empujarla. Pesaba menos que yo, podía quitármela de encima en un segundo. Pero algo me detuvo. Quizá la mirada de Damián desde arriba, quizá la consciencia de que esa joven obedecía órdenes que yo había aceptado al cruzar la puerta de esa habitación. Lucía se elevó un instante, lo justo para que mi cuerpo creyera que iba a poder inspirar, y volvió a bajar sin permitírmelo.

Los pulmones me ardían. Damián seguía embistiendo con una violencia metódica, sin piedad, como si mi vagina fuera un instrumento que había decidido tocar hasta romperlo. Y entonces, en medio del dolor y la desesperación por el aire, sentí cómo el placer se concentraba en un punto único entre mis piernas, palpitando con cada latido del corazón.

Damián tiró de mi vello púbico. Una punzada de dolor brutal. Y mi cuerpo culminó en un orgasmo seco, contraído, casi sin fluido, mientras Lucía se levantaba lo justo para que pudiera tragar una bocanada de aire antes de volver a sellarme la cara.

—Lame, puta estúpida —ordenó Lucía con una voz que no parecía suya—. Sin parar hasta que me corra.

***

Saqué la lengua. No porque me apeteciera, sino porque algo en su tono me dijo que era la única forma de poder volver a respirar. El sabor metálico me golpeó primero. Sangre. Mis dientes le habían hecho una pequeña herida cuando intenté quitármela de encima. Recorrí su sexo desde el perineo hasta el clítoris, lentamente, y Lucía se arqueó sobre mí con un gemido contenido.

Damián cambió de ritmo. Más profundo, más lento, más demoledor. Cada embestida me empujaba la cara contra el sexo de Lucía, y cada vez que ella se elevaba para dejarme respirar era una concesión, un permiso, no un derecho.

No supe en qué momento empecé a disfrutarlo.

No supe en qué momento dejé de luchar contra la falta de aire y empecé a esperarla, a desearla, a sentir cómo mi clítoris se hinchaba con cada segundo de anoxia. Cuando el segundo orgasmo me arrasó, fue tan violento que pensé que iba a perder el conocimiento. Quizá lo perdí. Hubo un instante de oscuridad absoluta, y cuando volví, Lucía estaba retirando una mascarilla de oxígeno de mi cara y Damián ya no estaba dentro de mí.

—¿Sigo, Amo? —preguntó la joven en un susurro.

Damián negó con la cabeza. Lucía volvió a colocarse sobre mi cara, esta vez sin sellarme, y yo seguí lamiéndola hasta que se corrió con un grito largo y sucio que me caló los huesos. Damián se vació poco después, derramando lo que parecía una cantidad mínima para un hombre de su tamaño. Después supe que era el quinto orgasmo de su día.

***

—A la ducha —dijo Damián.

El cuarto de baño era enorme. La ducha tendría dos metros por dos, con chorros laterales y agua que caía desde el techo simulando lluvia. Entré la primera, tomé la esponja, la enjaboné y empecé a frotarme con mecánica eficiencia. Era lo natural. Era lo que cualquier persona haría tras un encuentro como ese.

Lucía entró detrás de mí.

—Dame la esponja, puta estúpida.

—Las cosas se piden por favor —respondí sin pensarlo, con el mismo tono que usaba con los novatos en el trabajo—. Te la paso cuando termine. Y no me llames así, que ya no te estoy lamiendo.

El silencio que siguió me erizó la piel.

Damián se interpuso entre el agua y mi cuerpo. No me gritó. No me golpeó. Solo me miró con una calma que era más aterradora que cualquier furia.

—Dale la esponja —dijo en voz baja—. Puta estúpida. Y después túmbate boca abajo en el suelo del baño. Apoyas los puños cerrados, no los codos, y haces cien flexiones completas. Quiero que tus pezones queden a cinco centímetros del suelo cuando estés abajo. Cuentas hasta quince y subes hasta extender los brazos. El cuerpo siempre recto.

—Perdón, Amo —balbuceé—. Yo… yo no…

—Ahora.

Salí de la ducha con la cabeza gacha y me tendí sobre el mármol frío. Empecé a contar. Una, dos, tres. Mientras tanto, escuchaba a Lucía enjabonando a Damián con una devoción que rayaba lo religioso. La oí besarle los pies después de secarlos con una toalla. La oí besar la punta de su miembro y ambas nalgas. Pequeños rituales que yo había ignorado por completo, demasiado ocupada en mi propia higiene de soldado.

Sesenta y siete. Sesenta y ocho. Lucía pasó junto a mí con la cabeza mojada y se inclinó sobre mi espalda. Escurrió su pelo encima de mi cuerpo seco y enjabonado, dejándome la piel tirante e incómoda. No protesté. Sesenta y nueve.

—Puta estúpida —dijo Damián desde la puerta—. No te levantes. Avanza así hasta el dormitorio. Si tienes la mitad del entrenamiento militar que dice tu currículum, podrás hacerlo. Y apoyas mal los pies.

***

Tardé una eternidad en arrastrarme hasta la habitación con los brazos en posición de flexión, sin permitir que el pecho rozara el suelo. Cuando llegué, Damián y Lucía estaban sentados en el borde de la cama, ella todavía desnuda y húmeda, él envuelto en una bata negra de seda.

—Te has movido sin permiso —dijo Damián—. Empieza a contar de nuevo. Y añade diez flexiones por no apoyar bien los pies.

Hice ciento diez flexiones. Cuando terminé, los muslos me temblaban y los hombros me ardían como si los hubiera atravesado una llama. Me incorporé y, por puro instinto, me dirigí hacia el baño para enjuagarme el jabón seco que aún tenía pegado a la piel.

—¿Adónde vas, puta estúpida?

—A la ducha, Amo.

—Has perdido ese derecho. Arrodíllate a los pies de la cama.

Lo hice. Me puse de rodillas con la espalda recta y las manos sobre los muslos, como había visto hacer a Lucía. Damián chasqueó la lengua, decepcionado.

—¿Eres consciente de cuál ha sido tu fallo? ¿Has visto cómo se comportaba Lucía?

—No, Amo —mentí—. Estaba ocupada con las flexiones.

Damián pulsó un botón en la mesita de noche. La pantalla del fondo se encendió. Apareció la grabación del baño, los tres entrando en la ducha, Lucía sirviéndolo con una entrega absoluta mientras yo me restregaba la espalda como si estuviera en mi propia casa. Vi mi cara de fastidio cuando ella me pidió la esponja. Vi mi tono altivo. Vi todo lo que había hecho mal con la claridad implacable de un vídeo de seguridad.

—Sabes que esto es un castigo, ¿verdad? —preguntó Damián.

—Sí, Amo. Acepto cualquier corrección que considere oportuna.

—Bien. Tu primer problema no es la actitud. Tu primer problema es el lenguaje. Tu segundo problema es la actitud. Vamos a empezar por el principio.

Hizo una seña a Lucía, que tomó un teléfono y empezó a grabarme. Yo me cubrí los pechos por instinto, con un brazo sobre los pezones y la mano libre sobre el sexo.

—Separa las piernas. Manos a la nuca. Esa será tu posición de descanso a partir de ahora, esté quien esté delante.

Obedecí. La cara me ardía de vergüenza.

—Vas a repetir tres frases delante de la cámara. Antes de cada una dirás: «Soy una puta estúpida que no sabe follar y por eso digo mal». Después dirás la frase tal y como te molestó decirla, y a continuación la dirás como debes decirla. Sin pronombres, sin perífrasis, sin medias palabras. Llamando a las cosas por su nombre.

Tragué saliva. En mi casa, palabras como follar, polla o coño habían estado prohibidas durante toda mi infancia. Mi madre nos lavaba la boca con jabón si nos pillaba diciéndolas. Las llamábamos «las cosas», «aquello», «esos asuntos». Treinta y ocho años después, mi lengua todavía tropezaba con ellas como si fueran piedras en mitad de un camino.

—Empieza —ordenó Damián.

—Soy una pu… puta estúpida que no sabe fo… follar —dije con la voz cortada—. Y por eso digo mal: con más tíos no fo… follo.

—Otra vez. Sin tartamudear.

—Soy una puta estúpida que no sabe follar. Y por eso digo mal: con más tíos no follo. Solo jodo con alguna puta como yo. Se me da mal buscar tíos para chingar fuera del trabajo.

Lo dije del tirón. El esfuerzo me dejó sin aliento. La cara me ardía como si me hubieran abofeteado, pero entre las piernas, bajo la mirada fría de la cámara y los ojos atentos de Damián, había vuelto a humedecerme.

Damián sonrió por primera vez en toda la noche.

—Ahora vas entendiendo —dijo—. Mañana al amanecer hablaremos del resto de los castigos.

Y supe, mientras Lucía apagaba la grabación y Damián me ordenaba acercarme a la cama gateando, con las rodillas todavía temblando por las flexiones y la garganta todavía áspera por la falta de aire, que esa noche no iba a volver a ser yo nunca más.

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Comentarios (7)

Pedro_Noche

tremendo relato, no pude parar!! sigue escribiendo por favor

MartinaRos

Me quede con el corazon acelerado al final... hay segunda parte??

Lau_mdp

se siente todo muy real, la escritura engancha un monton. Mas de esto porfavor!

atrevidoyloco

Increible, en serio. Una de las mejores que lei en este sitio

NocturnoLector

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo jaja... aunque no tan intenso. Muy buen relato!

Turco_Sur

Me queda una duda, es autobiografico o pura ficcion? Se siente tan vivido...

ClaudioRosario

Lo que me gusta es que se nota la emocion real de la protagonista, no es solo descripcion fisica. Eso hace que el relato te agarre y no lo soltes. Felicitaciones

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