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Relatos Ardientes

Me drogaron, me ataron y se confiaron demasiado

Me desperté con la cabeza pesada y la boca seca. Tardé un momento en comprender que estaba en plena oscuridad y que mis manos estaban firmemente sujetas a la espalda. Probé con los pies y descubrí que los tobillos también estaban atados. Lo último que recordaba era el bar de Las Acacias, una mujer morena llamada Sofía que había dicho tener pruebas y un trago demasiado dulce que había bebido sin pensar.

Llevaba dos semanas detrás de la misma historia. Soy periodista, y un confidente me había hecho llegar un sobre con documentos que vinculaban a un matrimonio de la alta sociedad bogotana con una red de trata de mujeres. El día anterior, una supuesta víctima me había contactado por correo ofreciéndome más material a cambio de proteger su identidad. Cita en un reservado, dos copas y, después de eso, este lugar.

La cabeza me daba vueltas. Me habían drogado, no había otra explicación.

De repente, una puerta se abrió y un foco se encendió sobre mi cabeza. Tardé unos segundos en adaptarme a la luz, pero cuando lo hice, comprendí en qué clase de problema me había metido. Frente a mí, observándome con una sonrisa idéntica de satisfacción, estaban Mariana y Andrés, el matrimonio que había estado investigando.

—Mira lo que tenemos aquí —dijo ella—. El reportero estrella.

—Te dejo el asunto, cariño —dijo el marido con tono autoritario—. Tengo que estar en Panamá mañana al mediodía. Ya sabes lo que necesitamos saber.

—Ve tranquilo —respondió Mariana—. Sabes que conmigo se quedan en buenas manos.

El hombre salió sin volver a mirarme. La rubia se acercó despacio. Calculé que rondaría los cuarenta, aunque su cuerpo no había perdido nada de firmeza. Llevaba un vestido negro muy ajustado y un perfume agresivo que llegó antes que ella.

—Vas a decirme dónde guardaste los documentos que nos pertenecen —dijo, inclinándose para que mi cara quedara a la altura de su escote.

—No sé de qué documentos me habla.

—Veo que vamos a tener que jugar un rato.

Recorrí la sala con la mirada. En las paredes colgaban argollas, cadenas y un panel con todo tipo de instrumentos: fustas, látigos de varias colas, mordazas, esposas. Era el sótano donde rodaban con las mujeres que secuestraban. Comprendí que, si les contaba lo que querían saber, en cuanto tuvieran los documentos sería un cabo suelto que tendrían que cortar.

Aguantar. Ganar tiempo. Buscar una grieta.

—Acércate, Sofía. Vamos a empezar.

La morena del bar entró por la misma puerta. Ahora la veía sin maquillaje, con ropa de deporte y una expresión muy distinta de la de la noche anterior. Entre las dos manipularon las cuerdas de mis muñecas hasta engancharlas a un mosquetón que colgaba del techo. Una manivela en la pared accionó una polea y, en cuestión de segundos, mis brazos quedaron tensos sobre mi cabeza. Apenas tocaba el suelo con la punta de los pies.

—Tenemos hasta que mi marido vuelva el lunes —dijo Mariana—. Si quieres jugar, jugamos.

La bofetada me llegó sin previo aviso. La mandíbula me crujió y noté el sabor metálico de la sangre dentro de la boca.

—¿Sigues mudo? Mejor. Así me divierto más.

Sofía obedeció una orden silenciosa y me cortó la camiseta con unas tijeras. Después me bajó los pantalones a tirones, sin cuidado, dejándome solamente en bóxer. Los dos pares de ojos me recorrieron de arriba abajo, evaluándome, y por primera vez en mi vida sentí lo que era estar siendo cosificado.

—Déjame a mí —dijo la rubia.

Se arrodilló frente a mí, deslizó los pulgares por la cintura del bóxer y tiró hacia abajo de un solo movimiento. Quedé completamente desnudo, suspendido, expuesto a esas dos mujeres que sostenían el control absoluto de la sala.

—Mira lo que se nos ha caído del árbol, Sofía. No está nada mal.

Mariana cogió un látigo de varias colas del panel y se colocó detrás de mí. El primer impacto me cruzó la espalda y me arrancó un grito que retumbó en el cemento. Vinieron más, alternando espalda y nalgas, hasta que perdí la cuenta. Cuando se cansó, jadeaba ligeramente y tenía las mejillas enrojecidas.

—Sofía, ábrele las piernas.

La chica me ató los tobillos a dos argollas del suelo, separándome las piernas hasta donde el ángulo permitía. Después, Mariana volvió a accionar la polea y me elevó otro palmo, hasta que mis pies se despegaron por completo del piso. Mi peso quedó suspendido entre las muñecas y los tobillos. La presión en los hombros era insoportable.

—Pobres pelotitas —murmuró ella, sopesándolas con la palma abierta como quien evalúa fruta en el mercado.

Después dio un paso atrás y descargó una patada plana, exacta. El dolor me subió desde el escroto hasta la garganta en una sola descarga blanca. Grité. No pude hacer nada más. Estaba tan atado que ni siquiera podía encogerme.

—¿Recuerdas algo nuevo?

—No… no sé nada.

Una segunda patada, esta vez de pleno, golpeó ambos testículos a la vez contra mi vientre. Por un instante, vi puntos de luz negra. Sofía, mientras tanto, se arrodilló y empezó a tocarme con dedos suaves, como si quisiera contradecir el dolor. A pesar de todo, mi cuerpo respondió.

—Cuidado, no vaya a ser que le guste —dijo Mariana, agarrando una fusta corta.

El primer fustazo cayó en la base del miembro y lo hizo balancear. El segundo impactó de lleno en el glande. Otros llegaron en serie, sin pausa, sin lógica. Estaba a punto de gritar cualquier cosa para que parara. Una dirección, un código bancario, lo que fuera. Pero entonces se me ocurrió la idea.

Dejé caer la cabeza, aflojé los músculos del cuello y simulé desmayarme.

—Mierda. Lo necesitamos vivo.

—¿Lo bajamos?

—Bájalo. Si revienta antes de hablar, mi marido nos mata a las dos.

Aflojaron las cuerdas de los tobillos y bajaron la polea. Dejaron caer mi cuerpo hasta que mis pies tocaron el suelo. Sentí cómo se alejaban un par de pasos para coger algo del panel. Era el momento. No habría otro.

Abrí los ojos lo justo. Sofía estaba revisando un cajón de espaldas a mí. Mariana seleccionaba algo de la pared. Calculé el ángulo, doblé las rodillas y, con un pequeño salto, desenganché las muñecas atadas del mosquetón. Mis manos seguían unidas, pero ya no estaba colgado.

Corrí hacia Mariana antes de que pudiera reaccionar. Le clavé el hombro en la espalda y la mandé contra la pared. Cuando giró, le golpeé en la nuca con los dos puños unidos. Cayó como un saco. Sofía gritó, intentó salir corriendo hacia la puerta, pero la alcancé en dos zancadas y le metí el codo en el estómago. Se dobló por la mitad, sin aire, arrodillada.

—Esto por la copa de anoche.

Recogí del bolsillo de Mariana el inmovilizador eléctrico que me había mostrado al principio. Encontré también las llaves de las esposas que había en la mesa. Le ordené a Sofía, todavía sin aire, que me liberara las muñecas. Me puse los pantalones rotos y respiré, por primera vez en horas, sintiéndome dueño de algo.

Podría haber llamado a la policía en ese instante. Tenía pruebas, los tenía a ellos, tenía la dirección del sótano. Pero también tenía el cuerpo cubierto de marcas que tardarían semanas en desaparecer y un odio que necesitaba salir de algún sitio. Decidí que la justicia podía esperar unas horas.

—Mariana —dije, golpeándole la mejilla con la palma para que volviera en sí—. Despierta. Empezamos otra ronda.

Abrió los ojos. Tardó un instante en comprender que la situación había cambiado. Cuando lo hizo, intentó incorporarse y abalanzarse sobre mí.

—No te saldrás con la tuya —escupió.

—¿Estás segura?

Apreté el botón del inmovilizador y le toqué el hombro. Cayó de lado convulsionándose unos segundos. Cuando se recuperó, parecía mucho más dócil.

—Las dos. Contra la pared.

Obedecieron en silencio. Las miré desde el centro de la sala. Sofía seguía recuperando el aliento. Mariana respiraba pesado, intentando recomponerse.

—Ahora os quitáis la ropa.

—No vas a…

—Llevo dos horas desnudo delante de ustedes. No es mucho pedir.

Se miraron. Sofía empezó. Camiseta, pantalón, zapatos. Quedó en sujetador negro y un tanga del mismo color. Después Mariana, con mucha más rabia, se quitó el vestido. Llevaba un conjunto de encaje blanco que apenas contenía los pechos. Eran del estilo de las mujeres que han pagado mucho dinero por verse así.

—Lo demás también.

—Eres un cerdo.

—Aprendí del mejor.

El sujetador y las bragas cayeron al suelo. Sofía tenía los pechos firmes, areolas oscuras, sexo completamente depilado. Mariana mostraba un cuerpo cuidado, con un pequeño triángulo rubio entre las piernas, y unos pechos grandes que confirmaron lo que el sujetador insinuaba. Las dos cruzaron las manos por delante.

—Las manos a la espalda. Si vuelvo a verlas tapando algo, uso esto otra vez.

Cogí dos pares de esposas del panel y se las puse. Las giré y, con calma, evalué la sala completa.

—Gracias por la información de Panamá. Va a ser un fin de semana largo.

***

A Sofía la conduje a un rincón y la esposé a una argolla baja. Le coloqué una mordaza de bola, no porque me molestara escucharla, sino porque quería ocuparme de Mariana primero y sin distracciones.

A la rubia la senté en el suelo bajo el mosquetón. Encontré una barra separadora y le até los tobillos a los extremos, manteniéndole las piernas abiertas en un ángulo incómodo. Después enganché la polea a una argolla que tenía la barra en el centro y accioné el botón de subida. Sus piernas comenzaron a elevarse a pesar de sus protestas hasta que solo la espalda y la nuca quedaron en contacto con el suelo. Subí un poco más. Quedó suspendida boca abajo, el pelo rozando el cemento, los brazos esposados a la espalda y todo el resto del cuerpo a un metro del suelo, completamente expuesto.

—Por favor —dijo, y la voz ya no tenía nada de la dureza de antes.

—Tú también dijiste «por favor» cuando me suplicaste no decir tonterías.

Cogí la fusta de cerdas. Cuando me acerqué, vi un hilo fino de orina bajándole por el vientre hacia el pecho. Nunca había visto a una persona orinarse de miedo. Esperé un momento.

—Vamos a empezar suave.

El primer fustazo cruzó la barriga. El segundo cogió uno de los pechos invertidos y lo hizo rebotar contra el otro. Mariana gritaba, las lágrimas le caían en la frente, los ojos se le habían vuelto enormes.

—Por favor, ahí no, no aguanto…

—Pues entonces cambiamos de zona —dije, apuntando al objetivo más obvio.

Un nuevo latigazo cayó entre los muslos abiertos. Aulló. Cogí el siguiente látigo, uno de tira simple, medí la distancia y descargué un golpe seco. El cuerpo entero se le tensó. Había alcanzado lo más sensible. No insistí. Le pasé la palma por la cara interna del muslo, comprobé que estaba marcada pero entera, y la fui bajando lentamente hasta dejarla tendida en el suelo, todavía esposada.

***

Sofía me observaba desde el rincón. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero también algo más. Algo parecido al alivio de no estar siendo la primera. Me agaché frente a ella y le quité la mordaza.

—Yo solo cumplía órdenes.

—Entonces vas a cumplir las mías.

La levanté y la llevé hasta el caballo de madera que había en el otro extremo de la sala. Era una cuña horizontal apoyada sobre dos caballetes. La obligué a pasar una pierna por encima, dejándola de pie con la madera entre los muslos. Le até las muñecas a una argolla del techo y, después, le subí los dos pies a la altura del culo, atándoselos con cuerdas. Su peso quedó descansando entero sobre el filo de la madera.

—Ahhh —se le escapó.

Le coloqué dos pinzas en los pezones y pasé el cordón que las unía por una argolla en la parte delantera del caballo. Cuando tiré del cordón, la obligué a inclinarse hacia adelante, lo que aumentaba la presión sobre el sexo. Si intentaba erguirse, las pinzas tiraban de los pezones. Una postura imposible. Le devolví la mordaza y la dejé allí, equilibrándose entre dos dolores que se cancelaban entre sí.

***

Las dejé al final del día tendidas en el suelo, esposadas, con cadenas en los tobillos sujetas a argollas distintas. Cerca de cada una, un cuenco con agua. Tenía que mantenerlas en buenas condiciones.

—¿Por qué? —susurró Mariana cuando me agaché a comprobar las cadenas.

—Porque la próxima semana, cuando tu marido baje a este sótano, va a entrar sin saber lo que le espera. Y la policía va a entrar diez minutos después.

Apagué la luz al salir. Subí los escalones del sótano sintiendo, por primera vez en muchas horas, el aire frío de un piso normal. Tenía mucho que hacer antes del lunes. Documentos que recoger del apartado de correos, abogados a los que llamar, un comisario al que ya conocía y que llevaba años intentando cazarlos sin pruebas.

Pero antes, me dejé caer en el sofá de la salita superior. Cerré los ojos. Por primera vez en dos semanas, dormí.

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Comentarios (10)

TorpedoX88

Que giro al final!!! no me lo esperaba para nada, quede con la boca abierta

Ricky_B22

Necesito la continuacion ya, no puede quedar ahi!!

NadiaVR

Muy bien contado, la tension se siente desde la primera linea. Espero que sigan los capitulos pronto

CarlosLector88

jajaja lo del desmayo fingido me saco una carcajada, que tipo mas vivo

ValeBaires

Me tiene completamente enganchada, que pasa despues?? Quiero saber como termina esto!

Marta_lec

Increible, uno de los mejores del genero que lei por aca. Sigue asi!

Torrebruno

Se hizo cortisimo, claramente falta la segunda parte. Esperando ansioso

nocturna_88

Buenisimo el relato, aunque creo que le faltaba un poco mas de desarrollo al inicio. Igual lo disfrute mucho

NachoBsAs

Tremendo inicio, la escena que describes es intensa pero muy bien llevada. Bravo

Fer_Rosario

me recordo a algo que lei hace mucho pero este tiene mas garra. Buen trabajo

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