La noche en que cinco mujeres tomaron el control
Esa noche Daniel se durmió con el cuerpo ardiendo. Las horas previas habían sido un infierno diseñado a medida: lo habían atado, vendado, follado, ordeñado y sometido a cada capricho de aquellas cinco mujeres que él creyó poder manejar a su antojo. Le habían dejado marcas en las muñecas, la cara enrojecida por las bofetadas, el culo dolorido de tanto azote y el orgullo hecho pedazos. Le habían vaciado las pelotas y le habían llenado la boca tantas veces que ya no recordaba el sabor a otra cosa que no fuera coño. Pero lo peor no había pasado todavía.
Lo que Daniel no sabía era que Lorena, la líder del grupo, había planificado la sesión final con una precisión quirúrgica. Llevaba semanas preparándola, y las demás estaban tan ansiosas como ella.
***
Todo había empezado tres meses atrás, cuando las cinco descubrieron que Daniel las había estado usando al mismo tiempo. A cada una le había prometido exclusividad, a cada una le había jurado que era la única, a cada una le había metido la misma polla con las mismas mentiras. Lorena fue la primera en enterarse, y en lugar de llorar o gritar, sonrió. Convocó a las otras cuatro y les propuso algo que ninguna había imaginado: no iban a dejarlo ir así como así. Iban a enseñarle lo que significaba estar a merced de alguien.
La trampa fue sencilla. Lorena lo invitó a su casa de campo con la promesa de un fin de semana a solas. Daniel llegó con esa sonrisa arrogante que todas conocían, la misma que usaba para seducir, para mentir, para hacerlas sentir que sin él no eran nada. No sospechó nada cuando Lorena le sirvió una copa de vino con unas gotas de somnífero. Media hora después dormía profundamente en el sofá.
Cuando despertó, estaba en el sótano.
***
La mesa metálica estaba fría contra su espalda desnuda. Correas de cuero le sujetaban los tobillos abiertos en escuadra, las muñecas a los costados y el cuello al borde superior. Una banda más le inmovilizaba las caderas. Tenía las piernas tan separadas que se le veía todo: la polla floja, los huevos colgando, el ojo del culo expuesto a la luz. La luz era escasa, apenas el resplandor amarillento de una lámpara de pie en la esquina. Olía a humedad y a algo químico que no supo identificar.
—Bienvenido —dijo una voz que conocía bien.
Lorena apareció en su campo de visión. Llevaba un delantal blanco ajustado sobre un corsé negro que le levantaba las tetas, guantes de látex hasta el codo y el pelo recogido en un moño severo. Detrás de ella, cuatro siluetas se movían en la penumbra.
—¿Qué carajo es esto? —balbuceó Daniel, tirando de las correas sin éxito.
—Esto es lo que pasa cuando te follas a cinco mujeres al mismo tiempo y crees que ninguna se va a enterar.
Las otras cuatro se acercaron. Valentina, morena y de ojos oscuros, la que él llamaba «su gatita», con un escote que dejaba ver dos tetas blancas perfectas. Camila, la pelirroja alta que conoció en un bar, con el delantal abierto por delante y nada debajo: el coño afeitado a la vista, los pezones rosados duros. Sonia, la compañera de trabajo con la que se escapaba a la hora del almuerzo, ya con una mano metida entre las piernas. Y Andrea, la más joven, la que todavía le mandaba mensajes que él ya no contestaba, ahora con una sonrisa nueva que él nunca había visto.
Todas llevaban delantales blancos. Todas sonreían.
—Ya nos divertimos bastante estos días —continuó Lorena, paseando los dedos por el borde de la mesa—. Te hemos azotado, te hemos humillado, te hemos hecho suplicar. Te hemos abierto el culo con los dedos y te hemos hecho mamar coño hasta que no podías ni respirar. Pero esta noche es especial.
—¿Qué van a hacerme? —la voz de Daniel se quebró por primera vez.
—Vamos a quitarte lo que más valoras.
***
Lorena se colocó entre las piernas abiertas de Daniel y le palpó la entrepierna con los guantes de látex. Le agarró la polla con la mano enguantada, sin contemplaciones, como quien toma una herramienta. Empezó a sacudírsela con movimientos lentos, firmes, mirándolo a la cara para no perderse el momento exacto en que el cuerpo lo traicionaba. Tardó treinta segundos. Treinta segundos en los que Daniel intentó pensar en cualquier otra cosa: en el frío de la mesa, en una factura sin pagar, en lo que fuera. Inútil. La polla se le levantó dura, palpitante, vergonzosamente atenta a la mano que lo dominaba.
—Miren eso —dijo Lorena, soltándolo bruscamente para que la polla rebotara contra su vientre—. Incluso ahora se le pone dura. Es un animal, nada más. Se le pone dura porque siente una mano. No importa de quién. No importa si lo odia o lo desea. Es un perro caliente, eso es todo.
Las demás se acercaron a mirar de cerca. Valentina escupió en la palma de su mano y le recorrió el pecho con las uñas, dejando líneas rojas desde las clavículas hasta el abdomen. Le pellizcó un pezón hasta hacerlo gritar. Camila le tomó la mandíbula con fuerza y lo obligó a mirarla. Con la otra mano se abrió el delantal y le acercó el coño a la cara, a milímetros de la nariz.
—¿Te acuerdas de lo que me decías por teléfono? —le susurró Camila—. Que yo era tu reina, que harías cualquier cosa por mí, que mi coño era el mejor del mundo. Bueno, ahora lo vas a demostrar. Vas a mamarlo hasta que yo te diga basta. Y si paras, vas a comer fusta.
Le frotó el coño contra la boca, contra la nariz, contra el mentón, ensuciándolo con el flujo que ya le brillaba en los muslos. Después le soltó la mandíbula con un empujón. Daniel quedó con la cara mojada, la barbilla brillante. Giró la cabeza y vio a Andrea preparando algo en una mesa auxiliar: cuerdas de algodón, pinzas metálicas, un arnés de cuero, velas negras, un antifaz, dos consoladores arnesables y un frasco grande de lubricante. Su corazón se aceleró.
—Vamos a proceder paso a paso —anunció Lorena con tono clínico—. Valentina, asegúrate de que no pueda moverse ni un centímetro.
—Está perfecto —respondió Valentina, verificando cada correa con un tirón seco. De paso le metió dos dedos en el culo, sin previo aviso, hasta los nudillos. Daniel arqueó la espalda y soltó un gemido ronco—. Y bien lubricado. Cuando le toque a mi consolador no va a tener excusa.
Lorena tomó las pinzas metálicas de la bandeja y las abrió frente a los ojos de Daniel. Eran pinzas con resorte, el tipo que se usaba en juegos de dolor controlado. Él las reconoció porque alguna vez las había usado con una de ellas, sintiéndose poderoso, creyendo que el control siempre estaría de su lado.
—¿Te acuerdas de estas? —preguntó Lorena—. Me las pusiste una noche sin preguntarme. Me las clavaste en los pezones y te reíste cuando lloré. Dijiste que me iban a gustar. No me preguntaste si quería.
Le colocó la primera pinza en el pezón izquierdo. Daniel apretó los dientes y soltó un quejido gutural. Lorena le colocó la segunda en el derecho y unió las dos con una cadenita que dejó colgando entre las pinzas, tirando lo justo. El dolor era agudo, constante, como dos mordidas que no cesaban.
—Ahora acérquense —dijo Lorena al grupo—. Observen cómo se retuerce. Y miren la polla: dura como una piedra. Le pongo dolor y se le pone más dura todavía. Esto va a ser largo.
***
Sonia fue la siguiente. Había estado callada hasta ese momento, observando con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la excitación y la rabia contenida. Se acercó a la mesa y se trepó encima, colocándose a horcajadas sobre el pecho de Daniel con el delantal abierto y el coño desnudo apoyado justo entre las pinzas de los pezones. Lo miró desde arriba.
—Tres meses —dijo con voz firme—. Tres meses me estuviste viendo la cara. Me mandabas flores a la oficina para que mis compañeras me tuvieran envidia. Me la metías en el almuerzo y a la noche se la metías a otra. Y mientras tanto le decías lo mismo a ella, y a ella, y a ella.
Señaló a cada una de las mujeres sin apartar los ojos de Daniel.
Tomó una de las velas negras que Andrea había encendido minutos antes y la inclinó sobre el abdomen de Daniel. La cera cayó en gotas gruesas y calientes. Él arqueó la espalda involuntariamente, un grito ahogado contra el bozal de cuero que Valentina acababa de ajustarle.
—Así me sentí yo cuando me enteré —dijo Sonia, dejando caer más cera en líneas que dibujaban un camino desde su pecho hasta la ingle, esquivando la polla erguida solo para acabar derramando un chorro espeso justo sobre los huevos—. Como si me quemaran por dentro.
Daniel rugió contra el bozal. Sonia bajó la cara y le susurró al oído mientras se frotaba el coño mojado contra el pecho cubierto de cera y sudor.
—Ahora me toca cobrarme. ¿Sabes cuántas veces me hiciste acabar fingiendo, porque me apurabas? ¿Cuántas veces te corriste adentro y te diste vuelta a dormir sin tocarme? Hoy vas a aprender a hacer acabar a una mujer aunque sea con la lengua.
Subió un poco más, hasta que las rodillas le quedaron a los costados de la cabeza de Daniel, y Lorena le quitó el bozal de un tirón. Antes de que pudiera hablar, Sonia le sentó el coño en la boca, ahogándolo en carne caliente, agarrándose del borde de la mesa metálica para hacer presión.
—Saca la lengua, hijo de puta. Sácala y úsala. Si paras, viene más cera.
Daniel obedeció. Su lengua salió tímida primero, luego más decidida, recorriendo los pliegues hinchados, buscando el clítoris. Sonia jadeó y se movió contra su cara, marcándole el ritmo con las caderas. La cera se solidificaba sobre la piel del torso, formando una capa brillante y oscura. Cada nueva gota arrancaba una sacudida del cuerpo inmovilizado de Daniel, pero la boca no podía parar.
—Más rápido —ordenó Sonia, agarrándolo del pelo—. Más adentro. Métela toda. Eso. Ahí. No pares.
Lorena observaba con los brazos cruzados y una media sonrisa. Esto es exactamente lo que planeé, pensó. No se trataba solo de castigarlo. Se trataba de que entendiera, en cada centímetro de su piel y de su lengua, lo que significaba no tener control sobre lo que te pasa, lo que significaba servir.
Sonia acabó con un grito largo, las piernas temblándole alrededor de las orejas de Daniel, el coño contraído contra su nariz. Cuando se levantó, le dejó la cara empapada, brillante de su flujo. Le metió dos dedos en la boca antes de irse.
—Chúpalos. Llévate el sabor.
Y Daniel los chupó, porque ya no tenía otra opción.
***
Andrea se adelantó con el arnés de cuero en las manos. Era joven, apenas veintitrés años, y Daniel la había tratado como a una mascota: cariñoso cuando le convenía, indiferente el resto del tiempo. Ella había tardado más que las otras en aceptar que todo era mentira, pero cuando lo hizo, su dolor se transformó en algo frío y resuelto.
—Esto te lo voy a poner yo —dijo, sosteniendo el arnés frente a él.
Era un dispositivo de castidad, una jaula de acero quirúrgico diseñada para encerrar su miembro y dejarlo completamente inutilizado. Pero antes de ponérselo, Andrea hizo algo distinto. Se acercó a la polla todavía erecta de Daniel y la tomó con las dos manos.
—Esta es la última vez que vas a sentir una boca encima —le dijo, casi con dulzura.
Se inclinó y se la metió hasta el fondo, en un solo movimiento, hasta que la punta le tocó la garganta. Mamó con saña, sin ritmo cariñoso, solo profundidad y velocidad. Daniel cerró los ojos y se mordió los labios porque no quería gemir, no quería darles ese gusto. Pero Andrea lo conocía. Sabía cómo se ponía cuando le estaban a punto de hacer acabar: la respiración entrecortada, las venas del cuello marcadas. Esperó hasta el último segundo, hasta sentirlo palpitar contra su lengua. Y entonces se separó.
—No —le dijo, mientras la polla sacudía en el aire, descargando solo una gota de presémen que cayó sobre el vientre cubierto de cera—. Eso era una despedida. No mereces acabar.
Le colocó la jaula con precisión mientras las demás observaban. Daniel intentó retorcerse, pero Valentina le clavó las uñas en el muslo como advertencia.
—Quieto —ordenó Valentina—. Ya no decides nada. Ni cuándo se te pone dura, ni cuándo te corres, ni con quién.
El cierre del arnés produjo un clic metálico que resonó en el sótano. Andrea levantó la pequeña llave plateada y se la colgó al cuello como un dije.
—Esto es mío ahora —dijo mirándolo a los ojos—. Tu polla es mía. Y voy a decidir si vuelve a salir o si se pudre adentro.
Daniel intentó hablar, pero el bozal —que le habían vuelto a poner— solo dejaba salir sonidos confusos. Sus ojos, enrojecidos y húmedos, saltaban de una mujer a otra buscando algún atisbo de compasión. No lo encontró.
***
Camila tomó la fusta que colgaba de un gancho en la pared. La hizo silbar en el aire dos veces antes de acercarse a él. Le arrancó las pinzas de los pezones con un tirón limpio. Daniel gritó contra el bozal, un sonido animal que vibró en las paredes del sótano. La sangre le subió de golpe a los pezones, dejándoselos morados, hinchados, hipersensibles.
—Eso fue por cada vez que me dejaste esperando —dijo Camila.
El primer fustazo cayó en la cara interna del muslo. El segundo en el otro muslo. El tercero, más suave, sobre el vientre cubierto de cera endurecida, que se agrietó y cayó en pedazos. El cuarto, calculado, sobre los huevos colgantes. Daniel se sacudió entero contra las correas y un gemido roto le salió por la nariz. Cada golpe era preciso, nunca lo suficiente para causar daño real, pero sí para marcar, para recordar, para que la piel le ardiera durante días.
—¿Cuántas quieres? —preguntó Camila al grupo.
—Una por cada mentira —respondió Lorena—. Pero no tenemos toda la noche.
Las risas llenaron el sótano. Era una risa extraña, cargada de adrenalina, de venganza cumplida, de algo oscuro y liberador que ninguna de ellas había sentido antes.
Camila soltó la fusta, se quitó el delantal y se subió a la mesa, igual que había hecho Sonia, pero esta vez al revés: se colocó a horcajadas sobre la cara de Daniel mirando hacia sus pies, dándole la espalda. Le bajó el coño hasta la boca después de que Lorena le quitara el bozal y se inclinó hacia adelante, apoyando los pechos sobre la jaula de castidad. Empezó a frotarse el coño contra la cara de Daniel mientras le pasaba la lengua por el acero de la jaula, lamiendo el metal, atormentando lo que ya no podía responder.
—Lámeme —le ordenó—. Lame todo lo que tocaste con tus mentiras. Vas a hacerme acabar mientras yo me río de tu polla encerrada.
Daniel cerró los ojos y empezó a lamer. Camila acabó en cuestión de minutos, retorciéndose sobre su cara, restregándose hasta que la mandíbula de él le dolía. Cuando se levantó, le dejó una marca de flujo y saliva que goteaba hasta las orejas.
***
Lo que siguió fue un ritual metódico. Se turnaron durante horas, sin prisa, con la calma de quienes saben que tienen toda la noche por delante y un cuerpo entero a su disposición. Lorena dirigía, indicaba pausas, controlaba los tiempos. Valentina se encargaba de las cuerdas, de atar y desatar, de cambiar posiciones para que ningún músculo se entumeciera demasiado. Sonia trabajaba con la cera y el hielo, alternando calor y frío sobre la piel hipersensibilizada. Andrea controlaba el arnés de castidad, lo abría brevemente para estimularlo hasta el borde y luego lo cerraba de golpe, dejándolo en un estado de frustración que lo hacía temblar entero. Camila administraba los golpes con una precisión casi artística.
En algún momento Valentina lo desató de la mesa solo para volver a atarlo a un banco de gimnasio, boca abajo, con el culo levantado y la cara apoyada contra el cuero. Se puso el arnés con el consolador más grueso —el negro, el que él alguna vez le había prometido que jamás le aguantaría— lo lubricó con paciencia y se lo metió de un solo empuje. Daniel rugió contra el bozal. Valentina lo agarró del pelo y le habló al oído mientras le clavaba el plástico hasta los huevos del arnés.
—¿Te acuerdas cuando me dijiste que jamás te dejarías meter nada en el culo? ¿Que era cosa de maricones? Mírate ahora. Toda mi polla, mi gatita —se rió contra su oreja—. Tu gatita ya no soy yo. La gatita ahora sos vos.
Lo folló durante diez minutos largos, primero lenta y profunda, después brutal, haciendo chocar las caderas contra el culo enrojecido. Cada estocada le sacaba a Daniel un gruñido nuevo, mitad dolor mitad placer, una mezcla que él no entendía y que su cuerpo respondía sin permiso. La jaula de acero rebotaba contra su vientre con cada empujón, recordándole que su polla no iba a salir de ahí. Cuando Valentina se cansó, sacó el consolador con un sonido húmedo, se lo limpió en la mejilla de Daniel y se lo presentó a Andrea.
—Tu turno, nena. No le des tregua.
Andrea no lo penetró con consolador. Andrea se subió al banco y se sentó sobre la cara de Daniel con todo el peso, sin la delicadeza de las otras. Le bloqueó la nariz con el clítoris y la boca con el coño, y se quedó ahí, moviéndose apenas, asfixiándolo.
—Mamame —le dijo bajito—. Mamame como si fuera la última cosa que vas a hacer.
Daniel lamió con desesperación porque necesitaba respirar, y cada vez que pegaba la lengua justo donde ella quería, Andrea le permitía un segundo de aire. Lo entrenó así durante quince minutos, hasta hacerlo acabar dos veces sobre su cara, sin que él pudiera ni soñar con tocarse, encerrado en su acero.
Después fue Camila otra vez. Camila se hizo lamer mientras Sonia le daba a Daniel un masaje en la próstata con dos dedos enguantados y bañados en lubricante, una caricia precisa y constante que le sacaba lágrimas porque la polla, atrapada en la jaula, no podía hincharse para descargar. La frustración era física, animal. Le caía baba por las comisuras del bozal. La jaula goteaba un hilo continuo de presémen que se mezclaba con el lubricante en sus muslos. Camila acabó por tercera vez y aún no le permitían descansar.
Lorena se reservó el final. Cuando le tocó su turno, abrió la jaula con la llavecita que Andrea le había prestado por unos minutos y dejó la polla libre. Daniel jadeó de puro alivio al sentir el aire en la piel. Pero el alivio duró poco. Lorena le aplicó un anillo apretado en la base, le untó las manos con un lubricante mentolado que ardía y empezó a masturbarlo con las dos manos a la vez, una arriba y otra abajo, girando, retorciendo, sin detenerse.
—Vamos a ver cuántas veces te puedo arrastrar hasta el borde sin dejarte caer —le dijo—. Tres mujeres acabaron sobre tu cara esta noche. Vos no vas a acabar ni una.
Lo trabajó así durante casi una hora. Cuando Daniel se acercaba al clímax, jadeando como un perro, Lorena soltaba todo y le daba un cachetazo en los huevos. Cuando bajaba un poco, volvía a empezar. Una. Dos. Cinco. Doce veces. Daniel perdió la cuenta. Lloraba sin poder evitarlo, suplicaba con la voz quebrada cada vez que le quitaban el bozal, prometía cualquier cosa.
—Por favor, por favor, déjenme acabar, lo que quieran, lo que quieran haré, por favor, por favor...
—No —decía Lorena, sin emoción—. Vos no decidís. Hace tres meses que no decidís nada.
Daniel pasó por todas las fases: rabia, negociación, súplica, llanto. Y finalmente, algo que ninguna de ellas esperaba: rendición. En algún momento de la madrugada, después de la vigésima vez que lo dejaron al borde, su cuerpo dejó de resistir. Los músculos se relajaron, la respiración se hizo profunda y regular, y sus ojos dejaron de buscar escapatoria. La polla, todavía dura pero ya sin la urgencia frenética, palpitaba contra el vientre cubierto de cera, semen propio y flujo ajeno. Miraba a Lorena con una expresión vacía, entregada, como un animal que acepta su lugar en la cadena.
Lorena lo notó antes que las demás.
—Se rompió —dijo en voz baja.
Las cinco se detuvieron y lo observaron. Había algo perturbador y magnético en verlo así: el hombre que las había manipulado a todas, el que siempre tenía una respuesta ingeniosa, el que creía que el mundo giraba alrededor de su encanto, ahora completamente vaciado de voluntad, lleno de la cera de una, del flujo de tres, de los dedos de otra todavía resbalándose por el agujero abierto.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Andrea.
***
Lorena se acercó y le quitó el bozal —se lo habían vuelto a poner mientras suplicaba—. Daniel movió la mandíbula con dolor pero no dijo nada. Ella le tomó el mentón y lo obligó a mirarla.
—¿Entendiste? —preguntó.
Él asintió despacio.
—Dilo.
—Entendí —su voz era un hilo ronco, irreconocible.
—¿Qué entendiste?
—Que no soy nada. Que mi polla no es mía. Que mi boca no es mía. Que mi culo no es mío.
Lorena sonrió por primera vez en horas. Le pasó dos dedos suavemente por la mejilla, casi como una caricia.
—Bien.
Lo miró un momento largo. Luego se volvió hacia las otras.
—Vamos a dejarlo aquí esta noche. Pero antes le ponemos la jaula otra vez. Andrea, dame la llave.
Andrea le pasó la llavecita. Lorena le quitó el anillo de la base, le encerró la polla todavía dura y palpitante dentro del acero frío, hizo girar la llave y se la devolvió a Andrea. La polla protestó dentro de la jaula, hinchada y atrapada, con nada por delante.
—Mañana decidimos qué sigue.
Le colocaron el antifaz, lo cubrieron con una sábana y apagaron la lámpara. Las cinco subieron las escaleras en silencio. En la cocina, Lorena abrió una botella de vino y sirvió cinco copas.
—Salud —dijo, levantando la suya—. Por nosotras.
—Por nosotras —repitieron las demás.
Bebieron en silencio. Afuera empezaba a clarear. Valentina fue la primera en hablar.
—¿Creen que de verdad aprendió?
Lorena se encogió de hombros.
—No importa si aprendió. Lo que importa es lo que aprendimos nosotras.
Camila dejó la copa sobre la encimera y miró por la ventana. El amanecer teñía el campo de un naranja tenue, y los pájaros empezaban a cantar como si nada hubiera pasado en aquel sótano.
—Yo nunca me había sentido así —confesó en voz baja.
—¿Así cómo? —preguntó Sonia.
—Con el control. De verdad con el control. Acabé tres veces sobre la cara de un hombre y él ni siquiera podía tocarse. No fingiendo que lo tengo, no esperando que alguien me lo dé. Teniéndolo.
Andrea giró la llavecita plateada entre los dedos y sonrió.
—Yo me quedo con la llave —dijo—. Por si acaso.
Las risas llenaron la cocina. Era una risa diferente a la del sótano: más ligera, más libre, como si algo que llevaban cargando durante meses se hubiera soltado de golpe.
***
Abajo, en la oscuridad, Daniel respiraba contra el antifaz. El cuerpo le dolía en sitios que ni sabía que podían doler: la mandíbula de mamar, el culo de la penetración, los pezones de las pinzas, los huevos de los azotes, los muslos de la fusta. La jaula de acero le recordaba con cada palpitación que ya no era dueño de sí mismo, y dentro de ella la polla seguía hinchada, suplicando una descarga que nadie le iba a dar. Y lo más perturbador de todo, lo que no se atrevería a admitir ni siquiera ante sí mismo, era que en algún punto de aquella noche interminable, cuando dejó de luchar y se entregó al dolor, a la humillación y al placer robado que no podía descargar, había sentido algo que nunca había experimentado con ninguna de ellas.
Algo parecido a la paz.
No sabía qué vendría mañana. No sabía si lo soltarían, si continuarían, si aquello tenía un final planificado o si simplemente improvisaban sobre la marcha. Lo único que sabía con certeza era que el hombre que había entrado a esa casa de campo tres días atrás ya no existía.
Y eso, aunque le costara reconocerlo, no le daba miedo.



