El desconocido del foro me enseñó a obedecer
Me llamo Marisol, tengo 41 años y soy una de esas mujeres que pasan desapercibidas en el supermercado. Vivo en un piso pequeño de las afueras, casada con un camionero que pasa más tiempo en la carretera que en casa, y madre de una adolescente que apenas levanta la cabeza del móvil cuando le hablo. Mis días son una secuencia repetida: planchar camisas, calentar la cena, fregar platos, ver la novela de la tarde para que el silencio no pese tanto.
Lo que nadie sabe es que tengo un secreto. Por las noches, cuando la casa duerme y solo se oye el zumbido de la nevera, abro el portátil y escribo. Relatos eróticos crudos, sin filtro. Escenas de coños empapados y pollas duras que nunca podría contar en voz alta. Mujeres atadas con las piernas abiertas, hombres ordenando dónde poner la boca, pieles marcadas por palmadas, corridas que salpican y bocas que las tragan. Los publico en un foro anónimo bajo el seudónimo «VozEnLaSombra». Saber que hay tipos meneándosela leyéndome, que hay mujeres con dos dedos metidos en el coño al ritmo de mis frases, me da algo que mi vida diurna no me ofrece desde hace años.
Una madrugada, después de subir un relato sobre una mujer entregada a un extraño en una habitación de hotel —una escena en la que ella se la mamaba de rodillas mientras él le tiraba del pelo y le follaba la boca hasta correrse en su lengua—, recibí un mensaje privado. Lo firmaba alguien llamado Octavio.
«Tu última historia me ha quitado el sueño. Has descrito el control y la entrega con una precisión que solo tiene quien lo ha vivido. Yo sí lo he vivido. Soy viudo, tengo 58 años, y me gustaría hablar contigo. ¿Te atreves?»
Tardé veinte minutos en responder. El corazón me golpeaba el pecho como si me hubieran descubierto en algo. Le escribí: «Sí. Cuéntame.»
Empezamos a hablar todas las noches. Octavio era arquitecto retirado, viudo desde hacía siete años. Su mujer había sido su sumisa durante casi tres décadas. Me lo contaba sin pudor, con una serenidad que hacía que el tema sonara más íntimo que ofensivo. «No es violencia. Es confianza llevada hasta el límite. La sumisa es la que manda, en realidad. Es ella quien decide hasta dónde, y por eso quien decide adónde llegamos.» Me describía rituales: el peso de una cuerda de seda alrededor de las muñecas, el frío del cuero rozando la piel, la respiración que se contiene antes del primer azote en las nalgas desnudas, la boca abierta esperando la polla que va a follarla.
Yo lo leía con la mano entre los muslos. Con dos dedos metidos hasta el nudillo en el coño y el pulgar apretado sobre el clítoris, mordiéndome el labio para no gemir. Mi marido roncaba en la habitación de al lado, ajeno a que su mujer se corría en silencio pensando en un desconocido. Octavio nunca me pidió fotos comprometedoras. Me pedía la palma de mi mano abierta, mi nuca cuando me apartaba el pelo, mis pies descalzos sobre la madera. Detalles. Pequeñas pruebas de obediencia que no parecían obediencia.
Hasta que un jueves, después de tres meses de mensajes, me escribió:
«Mañana voy a estar en la ciudad. Hay un hotel pequeño, el Atrio, en la calle Mendoza. Reservaré una habitación a tu nombre. Sube a las cinco. No hace falta que digas nada cuando llegues. Si no quieres venir, no vengas. Pero si vienes, ya sabes lo que va a pasar.»
Pasé la noche en blanco. Me metí la mano en las bragas tres veces y me corrí otras tantas, y aún así no logré dormir. Por la mañana le dije a mi hija que tenía un curso de costura, le dejé la cena hecha y salí de casa con las piernas temblando y las bragas ya húmedas. Llevaba una falda recta hasta la rodilla, una blusa gris perla y unas medias finas que había guardado durante años sin estrenar. En el bolso, un cepillo, un pintalabios y un sobre con dinero en metálico para no dejar rastro en la tarjeta.
***
El Atrio era uno de esos hoteles antiguos con suelo de madera que cruje. Pregunté en recepción por la habitación 304. La chica me dio la llave sin mirarme dos veces. Subí en un ascensor estrecho que olía a cera. Frente a la puerta, me quedé un minuto largo con la mano levantada. Después llamé.
Octavio me abrió en camisa blanca arremangada y pantalón oscuro. Era más alto de lo que había imaginado. Tenía el pelo corto y gris, y una barba recortada que enmarcaba unos ojos claros que no me sonrieron, pero tampoco me intimidaron. Olía a colonia con un fondo de tabaco frío.
—Pasa, Marisol —dijo, apartándose.
Entré. La habitación tenía una cama grande, un sillón de cuero junto a la ventana y, sobre la mesa, una bandeja con una botella de agua y dos vasos. Nada espectacular. Nada que pareciera la escena de un relato.
—Siéntate —me indicó el sillón.
Me senté. Él se quedó de pie, apoyado en la cómoda.
—¿Has bebido algo antes de venir?
—Un café —dije.
—Bien. Quiero que estés despierta.
Sirvió agua en los dos vasos. Me dio uno. Bebí un sorbo. La mano me temblaba lo justo para que el agua bailara dentro del cristal.
—Vamos a hablar primero —siguió—. Aquí no pasa nada que tú no quieras. Si en algún momento dices «rojo», nos detenemos. No discuto, no negocio, no insisto. ¿Está claro?
—Sí.
—Quiero oír la palabra entera. Repítela.
—Rojo.
—Bien. ¿Has hecho esto antes?
—No.
—¿Lo has imaginado?
—Cientos de veces.
Sonrió por primera vez. Una sonrisa breve, casi privada.
—Entonces empecemos por algo que se parezca a lo que has imaginado.
***
Me pidió que me pusiera de pie y me desnudara. Sin prisa. Sin gestos teatrales. Le obedecí con dedos torpes. La blusa cayó primero, luego la falda. Me quedé en sujetador y medias frente a él, y la luz de la tarde entraba sesgada por una rendija de la cortina y me iluminaba la mitad del cuerpo.
—Las medias se quedan —dijo—. Lo demás, no.
Solté el cierre del sujetador. Mis tetas, que mi marido apenas miraba desde hacía años, se balancearon libres. Los pezones se me pusieron duros como piedras antes de que él los tocara, solo de imaginarlo. Después llevé las manos a las bragas y me las bajé por los muslos, dejándolas caer al suelo. Estaban empapadas, tanto que se me pegaron a los labios del coño al pasarlas. Octavio miró la mancha oscura en el algodón sin decir nada, pero la comisura de su boca se movió apenas.
—Date la vuelta. Despacio. Quiero verte entera.
Giré. Sentí sus ojos recorriéndome el culo, la curva de la espalda, la mata de vello oscuro entre las piernas cuando volví a quedar de frente. No me tapé con las manos. No me atreví.
Octavio se acercó. No me besó. Pasó dos dedos por la curva de mi cuello, despacio, como si midiera. Bajó por la clavícula, rodeó un pecho sin tocar el pezón, recorrió el costado de la cintura, se detuvo en la cadera. Después bajó la mano y me pasó la yema de un dedo por la raja del coño, de arriba abajo, apenas rozando. Cuando levantó el dedo estaba brillante. Me lo puso delante de la boca.
—Chúpalo.
Abrí los labios y lo tomé. Me sabía a mí, a sal y a hambre. Lo lamí entero, hasta la base, mirándolo a los ojos.
—Buena chica. Túmbate boca arriba en la cama. Brazos por encima de la cabeza.
Hice lo que me pedía. Las medias rozaban contra el algodón de la sábana. Sentí el aire frío sobre la piel desnuda y, debajo, un calor que no sabía cómo administrar.
Sacó de una bolsa de viaje dos cuerdas de seda color burdeos. Me ató las muñecas, una por una, con nudos suaves pero firmes. Probó la tensión metiendo un dedo entre la cuerda y mi piel.
—¿Te aprieta?
—No.
—Si te aprieta en algún momento, me lo dices.
Asentí.
Se sentó en el borde de la cama y me observó un rato largo, sin tocarme. Yo notaba el aire entrando y saliendo de mí cada vez más rápido. Me pasó una mano por el muslo, por encima de la media, hasta el borde donde la piel se vuelve a quedar desnuda. Allí se detuvo.
—Cuéntame qué has escrito esta semana.
—¿Ahora?
—Ahora.
Tartamudeé el principio de un relato. Hablé de una mujer que se ofrece a un desconocido en una estación de tren. Mientras hablaba, su mano subía. Cuando llegué al momento en que el desconocido le levantaba el vestido en el andén y le metía dos dedos en el coño delante de los viajeros, los dedos de Octavio se metieron entre mis labios y encontraron la humedad que llevaba acumulando desde la puerta del hotel.
—Sigue contando —dijo, y empezó a moverlos en círculos lentos sobre el clítoris.
No pude. Las palabras se me quedaban a medio camino. Él bajó los dedos, los hundió en mi coño hasta los nudillos y empezó a follármelo despacio, sacándolos brillantes y volviéndolos a meter. Con el pulgar me frotaba el clítoris al mismo tiempo. Los sonidos de mi coño mojado eran obscenos, se oían en toda la habitación.
—Escucha —dijo—. Escucha lo mojada que estás. ¿Cuánto llevabas así?
—Desde… desde que salí de casa.
—Buena chica.
Me llevó al borde dos veces y se detuvo justo antes, cada una. Sacaba los dedos y me los pasaba por los pezones, por los labios, por el cuello, dejándome marcada con mi propio flujo.
—Cuando te corras —dijo—, será cuando yo lo decida. No antes.
Lo intenté. De verdad que lo intenté. Apreté las piernas, mordí el labio inferior, contuve la respiración. Él me separó las rodillas con la mano libre y siguió. Bajó la cabeza, y sin previo aviso sentí su lengua caliente aterrizar de lleno sobre mi clítoris. Aullé, con un ruido que no reconocí como mío. Me lamió lento, en círculos, chupándome después el capullo hinchado entre los labios. Me clavó dos dedos otra vez mientras me chupaba, buscando algo dentro con la yema, y lo encontró.
—Mírame —ordenó, levantando la cara brillante hasta la mía.
Lo miré. Su boca y su barba goteaban de mí. Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Ahora.
Volvió a hundir la lengua entre mis piernas y me corrí en su boca mirándolo. Fue largo, sucio, mucho más ruidoso de lo que esperaba. Un temblor que me recorrió la espalda de arriba abajo, las caderas empujándose contra su cara, la cuerda mordiéndome la muñeca. Él no paró hasta que dejé de sacudirme, y cuando levantó la cabeza se pasó el dorso de la mano por la boca sin dejar de mirarme.
***
Después me desató una mano para que pudiera beber. Me sostuvo el vaso. Me secó el sudor del cuello con un pañuelo de algodón.
—¿Cómo estás?
—Aquí.
—Bien.
Volvió a atarme. Esta vez se desnudó él. Su cuerpo era el de un hombre que se cuida sin obsesionarse: hombros anchos, alguna cicatriz vieja en el costado, una marca de bronceado donde antes hubo reloj. Y entre las piernas, la polla ya erecta, gruesa, con la punta brillante de líquido preseminal. No me lo describió con palabras grandilocuentes, ni hizo falta. Era cuerpo, presencia, un peso real sobre el colchón, y una verga dura que iba a entrar en mí.
—Antes de nada —dijo—, quiero verte trabajar esa boca.
Me soltó las dos manos. Se puso de pie junto a la cama. Yo me deslicé hasta arrodillarme en el suelo, delante de él, con las medias arrugándoseme en los muslos. Le agarré la polla con una mano —pesaba, palpitaba— y le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta el glande. Él me puso una mano en la nuca, sin apretar, guiándome.
—Abre. Toda.
Abrí la boca y me metió la polla hasta el fondo. Sentí la punta rozarme la garganta y me atraganté un segundo, pero no me aparté. Empecé a chupársela, subiendo y bajando la cabeza, ayudándome con la mano. Él marcaba el ritmo con la palma en mi nuca. La saliva empezó a chorrearme por la barbilla, cayéndome sobre las tetas.
—Así. Mírame mientras me la comes.
Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Le vi la mandíbula tensa, los labios apretados, la respiración pesada. Él me la sacó él mismo, me pasó el glande brillante por las mejillas, por los labios, marcándome la cara con su propia baba y la mía. Después me hizo abrir de nuevo y me la volvió a meter, esta vez follándome la boca a un ritmo lento, hasta que mis ojos empezaron a llorar sin que doliera.
—Basta —dijo con la voz ronca, y me sacó la polla. Un hilo de saliva colgaba de mi labio inferior a su punta—. Arriba. A la cama.
Volví a tumbarme. Me ató otra vez las muñecas por encima de la cabeza. Se puso un preservativo despacio. Lo miré hacerlo. Ese gesto, tan pequeño, me devolvió la sensación de estar en algo cuidado, no en algo perdido.
Me abrió las piernas y se colocó entre ellas. Se pasó el glande por la raja del coño, arriba y abajo, restregándomelo contra el clítoris hasta que gemí pidiéndolo. Entonces entró en mí en una sola embestida que me cortó la respiración y me arqueó la espalda de la cama. Llevaba años acostumbrada a un sexo apresurado, casi pedido por costumbre. Esto era otra cosa. Me sostuvo las caderas con las dos manos y marcó un ritmo lento, profundo, que me obligaba a sentir cada centímetro entrando y saliendo. Cada embestida terminaba con sus huevos golpeándome el culo.
—Dime lo que quieres —dijo, sin acelerar—. Con palabras.
—Más fuerte.
—Más fuerte qué.
—Fóllame más fuerte. Por favor.
—Buena chica.
Aceleró. Las caderas empezaron a golpearme con un ruido carnal, húmedo, que llenó la habitación. La cama crujía. Yo tiraba de las cuerdas sin darme cuenta, con las tetas rebotando a cada embestida. Él bajó la cabeza y me atrapó un pezón entre los dientes, tirando apenas. Después me azotó una vez, dos, tres, sobre la curva del pecho. Las palmadas no dolían como yo había pensado. Ardían y se quedaban tibias, y cada una me apretaba el coño alrededor de su polla.
—Date la vuelta —dijo, saliéndose de golpe. La sensación de vacío me hizo gemir.
Me desató una mano para que pudiera girarme. Terminé a cuatro patas, con el culo alzado hacia él y las muñecas cruzadas otra vez a la espalda, atadas de nuevo por él con la misma cuerda de seda. Sentí su mano abriéndome las nalgas, y después el glande otra vez en la entrada, mojándose contra mí. Me volvió a meter la polla de una embestida, esta vez desde atrás, hasta el fondo.
—Ah… joder —jadeé contra la almohada.
—Esa boca —dijo él, con una risa baja—. Sigue.
—Fóllame. Fóllame el coño. Por favor.
Me embistió con fuerza, agarrándome de las caderas, tirándome hacia atrás para clavármela más adentro. Con una mano me apartó el pelo y me lo enrolló en el puño, sujetándomelo como una brida. Me obligó a levantar la cara del colchón. La otra mano bajó y sus dedos encontraron mi clítoris otra vez, frotándolo en círculos al ritmo de las embestidas.
—Pídelo —dijo.
—Por favor.
—Pídelo entero.
—Por favor, déjame correrme.
—Córrete en mi polla.
Lo hice gritando contra el brazo doblado bajo mi cara. Me corrí con el coño apretándole la verga a espasmos, empapándolo, mientras él seguía follándome sin bajar el ritmo, alargándome el orgasmo hasta que las rodillas empezaron a temblarme. Él se vino poco después, con un gruñido bajo y las manos clavándoseme en las caderas, embistiendo un par de veces más ya vacío, con la frente apoyada entre mis omóplatos y un sonido en la garganta que parecía un alivio largamente postergado.
Se quedó dentro de mí unos segundos, respirando en mi espalda. Cuando salió, sentí un hilo de humedad bajarme por el muslo interior.
***
Me desató sin prisa. Me masajeó las muñecas, los hombros, las caderas. Me puso una bata sobre los hombros y me sentó en el sillón. Me trajo más agua. Estuvo un rato simplemente mirándome.
—¿Quieres venir el jueves que viene?
Tardé en contestar. No porque dudara. Porque sabía que la respuesta iba a cambiar mi vida.
—Sí.
—No vamos a hacer esto siempre. A veces vamos a hablar. A veces vamos a leer. A veces te voy a pedir cosas más pequeñas que esta y otras más grandes. Decides tú cada vez.
—¿Y los relatos?
—Los relatos los sigues escribiendo —dijo—. Para tu foro. Para ti. No quiero que dejes de hacerlo. Yo solo quiero, de vez en cuando, ser uno de ellos.
Me eché a reír sin saber por qué. Me eché a llorar a continuación, y él no se movió de su sitio. Esperó. Me devolvió la ropa cuando estuve lista. Cuando me subí las bragas, todavía sentí su semen y mi corrida mezclados escurriéndoseme por dentro de las medias.
Bajé las escaleras sin coger el ascensor. Cuando llegué a casa, mi hija me preguntó si había llovido, porque traía el pelo distinto. Le dije que sí, que un poco.
Esa noche, ya tarde, con mi marido roncando otra vez al lado, abrí el portátil. Todavía tenía las marcas rojas de la cuerda en las muñecas y el coño dolorido de un modo que ya no recordaba. Escribí un relato nuevo. Escribí sobre una mujer atada boca abajo, con la cara hundida en la almohada, mientras un hombre le follaba el coño desde atrás y le decía buena chica. Lo subí al foro. No le hablé de él a Octavio. No hacía falta. Él iba a leerlo, como siempre, y entre líneas iba a saber que esa mujer que se entregaba a un extraño en una habitación pequeña éramos los dos.
Y los jueves, desde entonces, dejaron de ser un día cualquiera.