Hice que mi cornudo oliera al colega que me cogió
Después de la noche en la que lo hice arrodillarse junto a la mesa del comedor, algo dentro de mí cambió de forma. No fue un cambio limpio ni una iluminación. Fue una grieta que se abrió y dejó pasar un olor nuevo, el de una mujer a la que ya no le importaba ser bonita. Lo que antes me daba placer —engañarlo y verlo callar— se quedó corto. Quería más. Quería ser sucia. Quería que Mateo aprendiera, con la nariz pegada a mi piel, hasta dónde llegaba la mujer que él juraba amar.
Empecé sola. Una tarde cualquiera, después del gimnasio, me encerré en el baño y me olí. El sudor seco bajo el sostén, el aroma íntimo entre las piernas, la huella tibia de mi propio cuerpo. Antes me hubiese duchado de inmediato. Esa tarde, en cambio, me senté en la taza, cerré los ojos y dejé que ese olor me ocupara entera. Era yo. Era mi animal. Y me excitó como no me había excitado en semanas.
Esa fue la primera noche que dormí sin lavarme. Mateo se acercó a darme un beso, frunció la nariz un segundo y, como siempre, no dijo nada. Yo le sonreí.
—¿Pasa algo, mi amor?
—No, nada —respondió, mirando el techo.
Cobarde. Te encanta y no te animas a admitirlo.
Esa fue la idea que me llevó hasta Damián.
Damián era el compañero de oficina de Mateo. Un hombre de cuarenta y pico, casado, con pelo gris en las sienes y una mirada que olía a apetito viejo. Lo había visto un par de veces en los cumpleaños del trabajo. Cada vez que me daba un beso de saludo, me sostenía un segundo más de lo correcto. Yo lo había guardado, como se guarda un cuchillo en el cajón, sabiendo que algún día lo iba a usar.
Le escribí un miércoles por la noche. Mateo dormía a mi lado.
«Mañana Mateo no va a la oficina. Yo, en cambio, voy a faltar a todo. ¿Te interesa que te visite?».
La respuesta tardó cuarenta segundos.
«Te abro a la hora que quieras».
Me di vuelta en la cama, miré a Mateo dormido y le acaricié el pelo despacio.
—Vas a aprender —le susurré.
***
A la mañana siguiente no me bañé. Me puse la ropa interior del día anterior, la que ya había usado un día entero, la que ya estaba marcada por mi cuerpo. Sobre eso, un vestido negro corto. No me perfumé. Antes de salir, me comí dos cebollas de verdeo crudas mientras me preparaba el café. Quería que mi aliento, al final del día, fuera otra firma. Quería entrar en el apartamento de Damián como una bestia, no como una novia.
El edificio quedaba a quince minutos en taxi. Subí los seis pisos en el ascensor mirándome en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos quietos. Me acomodé el pelo con los dedos sucios.
Damián me abrió la puerta sin decir hola. Me olfateó como un perro grande olfatea a otro perro. Hundió la nariz en mi cuello, después en mi pelo, después debajo de la oreja.
—Hueles a hembra —dijo—. Hueles a algo verdadero.
—Olía a tu compañero hace una hora —respondí.
Sonrió, lento.
—Hoy vas a oler a mí.
No hubo cama. Me llevó al sillón del salón, me empujó sobre los almohadones y me levantó el vestido con las dos manos. Cuando me bajó la ropa interior, la levantó hasta su cara y respiró hondo. Vi que cerraba los ojos. Vi que se le marcaba el pantalón.
—Esto sí es una mujer —murmuró—. Mateo no sabe lo que tiene.
—Mateo no sabe nada —dije, y le abrí más las piernas.
Lo que pasó después no fue dulce. No me trató con cuidado. Me hundió la cara entre los muslos y me lamió como si quisiera memorizar el sabor. Se tomó su tiempo. Yo le clavaba los dedos en el pelo gris y le pedía cosas que jamás le había pedido a mi novio. Cuando se levantó, ya tenía mi olor por toda la barba, y yo se la apreté con la mano, y le obligué a besarme así, bocas mojadas con mi propio gusto.
Me dio vuelta. Me agarró por la cintura. Me puso boca abajo contra el sillón. Sentí su mano en mi cadera, la otra en mi nuca, y después su sexo abriéndose paso entre mis nalgas.
—Te voy a coger por el culo —dijo—. Como Mateo no se atreve.
—Hazlo —respondí, mordiendo el almohadón.
Lo hizo. Sin lubricante, con saliva, con paciencia salvaje. Me dolió y no me importó. Dejé caer la cabeza contra el sillón, me agarró del pelo, me dijo cosas que ningún novio le diría a su novia, y yo le respondía a todo. Pegué los labios a la tela del sillón y respiré ahí mientras él me cogía. El olor a mi propio sudor mezclado con el suyo. El olor de la mujer que yo ya no me molestaba en disimular.
Cuando se vino, lo hizo dentro de mí. Me dejó marcada por dentro.
—Llévatelo a casa —dijo, jadeando—. Que se lo coma él.
Me vestí sin lavarme. Me puse la misma ropa interior, ya empapada, sobre la piel todavía caliente. El semen me empezó a escurrir por los muslos antes de llegar al ascensor. Bajé los seis pisos sintiéndome una diosa de algo que no tenía nombre.
***
Llegué a casa a las seis. Mateo estaba en el sillón con la computadora apoyada en las rodillas. Levantó la cabeza cuando escuchó la puerta.
—¿Cómo te sientes? Me dijiste que tenías dolor de cabeza.
Caminé hasta él. Despacio. No me quité los zapatos.
—Mejor que nunca —dije, parándome a un metro de distancia.
Vi que arrugaba la nariz. Vi que dudaba. Vi que apartaba la mirada y volvía a mirarme. El olor que yo arrastraba conmigo había ocupado el ambiente entero.
—Vale… ¿qué olor es ese? Es muy fuerte. Es como… ¿estuviste haciendo deporte?
—Estuve haciendo otra cosa.
Se quedó callado. Sabía. Sin saberlo, sabía. Le agarré la cara con las dos manos y le acerqué la nariz al cuello. No se movió.
—Huele bien —le dije—. Huele despacio. ¿Reconoces algo?
Se le humedecieron los ojos. No por tristeza. Por la otra cosa.
—Valeria, basta…
—No, mi amor. Recién empezamos.
Me arrodillé frente a él. Le abrí las piernas. Le apoyé las dos manos en los muslos.
—Mateo, tú sabes lo que soy. Hace meses que lo sabes. Hoy vas a aprender lo que eso significa.
Le bajé el cierre del pantalón sin sacarle el sexo. Estaba duro. Por supuesto que estaba duro. La negación del cornudo nunca llega más abajo de la cintura.
—Lo ves —le dije, sonriendo—. Tu cuerpo es más honesto que tu boca.
***
Lo senté en el sillón. Me paré entre sus rodillas. Me levanté el vestido despacio, hasta la cintura. Me bajé la ropa interior hasta los tobillos y la sostuve entre los dedos, a la altura de su cara.
—Mírala bien —le dije—. Antes de salir era la de ayer. Ahora tiene algo más.
La tela estaba marcada. Una huella de mi mañana, una mancha más oscura, todavía húmeda. Mateo respiraba por la boca para no oler. Le agarré la nuca con la mano libre y le acerqué la prenda a la nariz.
—Inhala.
Cerró los ojos. Inhaló. El cuerpo le tembló entero.
—Otra vez —ordené.
Inhaló de nuevo.
—¿Qué hueles, Mateo?
—No sé… —susurró.
—Sí lo sabes. Dilo.
—A ti —contestó.
—Y a quién más.
Silencio.
—Dilo. O me voy.
Tragó saliva.
—A otro hombre.
—Más fuerte.
—A otro hombre —repitió.
Sonreí.
—Bien. Ahora vas a limpiarme la prueba con la boca. Quiero que se te entre en la lengua todo lo que pasó hoy. Cada gota. Cada rastro. Vas a saborear lo que tu compañero de oficina me dejó adentro.
Me miró desde abajo, con los ojos rojos, y abrió la boca.
***
Lamió como si la vida le fuera en eso. Lentamente, conmigo de pie sobre él, con la mano firme en su nuca y la otra agarrándome el pelo. Sentí su lengua pasar por la tela, después por mis muslos, después subir hasta donde el otro me había marcado por dentro. Me lamió hasta que la prenda quedó tibia de su saliva y mis muslos quedaron limpios de cualquier rastro que no fuera el suyo.
Yo me masturbaba mientras él trabajaba. Le hablaba bajo, casi un canto.
—Esto es lo que eres, mi amor. Esto es lo que elegiste cuando te quedaste callado la primera vez. ¿Ves cómo tu boca aprende rápido? ¿Ves cómo tragas bien? Tú naciste para esto. Tú naciste para limpiar lo que otros me dejan.
Le conté la tarde mientras me lamía. Le conté del ascensor, del sillón, de cómo Damián me había olido el cuello, de cómo me había abierto las piernas, de cómo me había cogido por el culo sin pedir permiso, de cómo se había venido adentro. Le di cada detalle como quien le tira pan a un perro hambriento.
—¿Te excita, mi cornudito? —jadeé—. ¿Te excita imaginarme abierta para él mientras tú esperabas en casa como un buen chico?
No me respondió. No podía. Tenía la boca llena de mí.
Me corrí encima de su lengua, agarrándole el pelo con las dos manos, mordiéndome el labio para no gritar tan fuerte que escucharan los vecinos. Cuando bajé la cadera, vi la mancha en sus pantalones. Se había venido sin tocarse. Solo del olor, del sabor, de mi voz contándole lo que había hecho.
Me solté del sillón despacio. Le tiré la ropa interior a la cara.
—Guárdala —le dije, recogiendo el vestido—. La quiero al lado de la cama. Cada noche, antes de dormir, vas a oler lo que es ser mío.
Me fui al baño sin esperar respuesta. Abrí la ducha. Por primera vez en todo el día, dejé que el agua caliente me arrastrara el aroma que me había acompañado desde la mañana.
Mientras me enjabonaba, lo escuché llorar bajito en el salón. No era un llanto triste. Era un llanto vencido.
Yo cerré los ojos bajo el agua y supe, con una claridad que me iluminó entera, que Mateo nunca podría volver a olerme como antes. Que cada vez que se acercara a mi cuello iba a buscar una huella ajena. Que cada vez que me oliera limpia, iba a extrañar a la otra Valeria. La Valeria sucia. La que él, a esta altura, ya no podía dejar de amar.
Me lavé el pelo despacio. Sonreí debajo de la espuma.
Mañana lo iba a esperar otra vez.