Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La confesión borracha que lo convirtió en cornudo

Esa noche, Rodrigo llevaba tres whiskies encima cuando empezó a hablar más de la cuenta.

Yo estaba sentada frente a él, con las piernas recogidas sobre el sillón y un vaso de vino que apenas había tocado. Le miraba de la forma en que solo miro cuando sé que algo interesante está a punto de salir de su boca: con calma, sin interrumpir, como quien siente que la trampa está a punto de cerrarse sola.

—Valentina… —dijo, con esa voz pastosa que le pone el alcohol—. Hay algo que… que a veces pienso.

—Cuéntame —dije, y no añadí nada más.

Se revolvió en el sofá. Se pasó la mano por el pelo. Bebió otro sorbo largo antes de continuar. Todos los rituales de alguien que intenta convencerse de que decir algo no tendrá consecuencias.

—Me excita la idea de que tú estuvieras con otra persona. Que yo lo supiera. Que me lo contaras.

El silencio que siguió fue largo y limpio. No dije nada durante varios segundos. El reloj de la cocina marcaba cada uno de ellos con puntualidad molesta. Me levanté despacio del sillón y me senté a su lado, puse una mano sobre su rodilla y lo miré a los ojos.

—¿Con otra persona? —repetí, con mucho cuidado—. ¿Con un hombre, Rodrigo? ¿Con una polla ajena metida hasta el fondo de mi coño mientras vos mirás?

El pánico fue instantáneo. Se le abrieron los ojos de golpe, sacudió la cabeza con una violencia que casi le costó el equilibrio y soltó el vaso en la mesita.

—¡No! Dios, no. Un hombre no. Me refería a… a una mujer. Dos mujeres. Eso es lo que quería decir. Es el sueño de cualquier hombre, ¿no?

Sonreí. Una sonrisa pequeña, controlada, de las que él sabe que significan algo aunque todavía no sepa exactamente qué.

—Claro —dije—. Con una mujer. Entendido.

Lo dejé ahí, confundido y aliviado en partes iguales, sin entender que acababa de darme exactamente lo que necesitaba.

***

Llamé a Camila al día siguiente, mientras Rodrigo estaba en el trabajo.

Camila y yo nos conocemos desde la universidad. Es el tipo de persona que escucha una propuesta inusual y su primera reacción no es preguntar si es una broma, sino cuándo empezamos. Cuando le expliqué la situación —el whisky, la confesión, la cobardía de Rodrigo al intentar retractarse— se rió durante un buen rato sin interrumpirme.

—Entonces quiere ser cornudo pero no tiene los cojones de pedirlo en serio —dijo cuando terminé.

—Exactamente.

—¿Y qué tienes en mente?

Le expliqué el plan con detalle. Cuando terminé, hubo una pausa breve al otro lado del teléfono.

—Estoy dentro —dijo—. Siempre quise saber cómo se rompe a un hombre desde adentro. Y siempre quise cogerte, para qué mentir. Llevo años imaginándome tus tetas en mi boca.

—Vas a poder hacer bastante más que imaginarlas.

—Cuento con eso.

Colgué y me quedé un momento mirando el dormitorio desde la puerta. La cama perfectamente tendida, las almohadas simétricas, el orden meticuloso que Rodrigo mantenía como si el control sobre ese espacio pequeño le diera algún tipo de estabilidad. Lo que haríamos no era solo sexo. Era cirugía psicológica.

***

Esa noche le dije que saldría con Camila. «Para cumplir tu fantasía, amor», le susurré mientras me ponía el abrigo frente al espejo del recibidor. Él se tensó desde el sofá, como si recién se diera cuenta de que sus palabras del día anterior habían tenido consecuencias reales y permanentes.

Antes de salir, entré al dormitorio y dejé la cámara pequeña sobre su mesita de noche, apuntando hacia nuestra cama. «Por si quieres verlo después», le dije desde la puerta, y vi cómo tragaba saliva en silencio.

No protestó.

Por supuesto que no.

***

Camila llegó puntual al bar donde quedamos, con esa sonrisa suya que parece siempre a punto de revelar algo que todavía no te ha contado. Tomamos algo, hablamos durante una hora de cosas sin importancia, dejando que la anticipación se fuera acumulando sin nombrarla. Hay algo ritual en eso, en prepararse para lo que viene sin apurarse hacia ello.

—¿Lista? —me preguntó cuando terminamos los vasos.

—Hace rato —contesté—. Estoy empapada desde que salí de casa.

—Enseñámelo en el baño antes de irnos.

La seguí al baño del bar y me metí con ella en el mismo cubículo. Me subió la falda contra la puerta, me metió la mano por dentro de las bragas sin preguntar, y dos dedos de Camila resbalaron entre mis labios como si hubieran hecho ese recorrido toda la vida. Cerré los ojos y me mordí el labio para no gemir demasiado fuerte.

—Mírame cómo estás —susurró en mi oído mientras hurgaba dentro de mí—. Chorreando. Y Rodrigo esperando en casa como un perrito.

Sacó los dedos, brillantes, y me los pasó por los labios de la boca antes de meterlos en la suya y chuparlos despacio, mirándome a los ojos.

—Vámonos —dijo—. No quiero terminarte acá.

Volvimos a casa caminando. La noche estaba fría y ninguna de las dos dijo mucho durante el trayecto. Era un silencio cómodo, de personas que saben lo que van a hacer y no necesitan comentarlo.

Entramos al dormitorio. La cámara parpadeó en rojo cuando pasamos frente a ella. Camila la miró un segundo, luego me miró a mí.

—Perfecto —dijo—. Que quede todo grabado. Quiero que vea cómo te chupo el coño encima de su almohada.

***

Lo que pasó entre nosotras no fue rápido ni torpe. Nos conocemos bien, sabemos cómo funciona la otra, sabemos qué tiempos manejar. Nos desnudamos sin prisa, nos miramos sin vergüenza, y nos acostamos en la cama de Rodrigo con la misma calma de quien ocupa un territorio que por esta noche le pertenece.

Camila me empujó de espaldas contra el colchón y se sentó a horcajadas sobre mi cintura, desnuda, con las tetas colgándole encima de mi cara. Me incliné hacia arriba y le atrapé un pezón con la boca, se lo chupé duro hasta que la escuché soltar un jadeo bajo. Le pasé la lengua por toda la aureola, se lo mordisqueé, cambié al otro y repetí. Ella me agarraba la cabeza con las dos manos, apretándome contra sus pechos, y yo mamaba sin parar mientras le clavaba las uñas en las caderas.

—Así, puta —susurró—. Mamame las tetas encima de la cama de tu marido.

Bajó por mi cuerpo dejando un rastro de saliva por el esternón, por la barriga, por el hueso de la cadera. Cuando llegó entre mis piernas me las abrió con las dos manos, sin delicadeza, y me miró el coño desde arriba con la misma expresión con la que mira un plato que se va a comer sin apuro.

—Estás hecha una guarra —dijo.

—Chupámelo.

—Pedímelo mejor.

—Chupámelo, Camila. Por favor. Metéme la lengua hasta adentro.

Se rió y hundió la cara entre mis muslos. La primera lamida fue lenta, de abajo hacia arriba, larga y plana, arrastrando la lengua entera desde mi entrada hasta el clítoris. Me arqueé sobre la almohada de Rodrigo y solté un gemido que rebotó en las paredes del cuarto. Camila no tuvo compasión. Me lamió despacio, con paciencia, chupándome los labios de a uno, metiéndome la lengua bien adentro, subiendo al clítoris para darle vueltas con la punta y bajando otra vez, sin ritmo fijo, sin dejarme predecir nada.

Le agarré el pelo con las dos manos y le apreté la cara contra mi coño. Ella me clavó las uñas en los muslos y siguió comiéndome, chupándome el clítoris entre los labios, metiéndome dos dedos que curvó hacia arriba hasta encontrar exactamente el punto que sabe encontrar. Perdí la cuenta del tiempo. Me hizo correr dos veces seguidas, la segunda con la boca pegada, tragándose todo lo que le mojaba la barbilla, sin dejar de moverme los dedos por dentro mientras yo temblaba y le tironeaba el pelo.

Después me tocaba a mí.

La puse boca arriba en el mismo lugar donde Rodrigo apoya la cabeza cada noche. Le abrí las piernas y me acomodé entre ellas. Camila tiene un coño precioso, depilado, rosado, con los labios finos y ya brillantes de excitación. Se lo besé despacio, dándole tiempo a que se acumulara lo que venía. Le pasé la lengua por toda la vulva, sin tocarle el clítoris todavía, dibujándole círculos alrededor hasta que empezó a empujar las caderas hacia mi cara buscándomelo.

—No me hagas esperar, hija de puta —jadeó.

Le sonreí desde abajo y me le tiré encima. Le chupé el clítoris con los labios, se lo pasé por la lengua, se lo empujé y se lo solté. Le metí la lengua entera dentro, imitando lo que le hubiera hecho una polla, entrando y saliendo con fuerza. Le clavé dos dedos y se los moví rápido mientras seguía lamiéndola arriba. Camila se retorció, agarrada al cabezal de nuestra cama, gritándome cosas obscenas que llenaban el cuarto entero.

—Sí, así, seguí, no pares, me voy a correr encima de esta cama, Valentina, me voy a correr encima de la almohada de tu marido…

Se corrió con un espasmo largo, chorreándome la barbilla, y le seguí lamiendo despacio hasta que empezó a temblar por sensibilidad y me empujó la cabeza para que parara.

Nos enredamos entonces, tijera contra tijera, coño contra coño, frotándonos las vulvas mojadas una contra la otra con las piernas trenzadas. Se sentía todo: los pelitos, el clítoris de Camila resbalando contra el mío, el calor pegajoso de las dos revueltas. Nos agarramos las manos para tirar mejor, empujando una contra otra con el ritmo cada vez más rápido, y me corrí una tercera vez montada encima de su coño mientras ella me clavaba las uñas en los muslos y se corría al mismo tiempo, gritando mi nombre.

Sudamos sobre sus sábanas limpias, dejamos la huella de nuestros cuerpos en cada rincón de esa cama. Manchas de flujo, de sudor, de saliva, en la almohada, en el medio del colchón, en las esquinas. Marcas concretas, imposibles de negar.

Pero la otra mitad de lo que hacíamos no era placer. Era un mensaje deliberado.

Cada mancha de sudor en su almohada era una firma. Cada olor que se acumulaba lentamente en ese cuarto era una declaración de ocupación. Estábamos convirtiendo el espacio más íntimo de Rodrigo en algo que ya no le pertenecía solo a él, y eso tenía su propia electricidad, su propio sabor oscuro que ninguno de los dos podría ignorar cuando llegara el momento.

Camila se recostó a mi lado cuando terminamos, sin ningún apuro por irse.

—¿Cuánto tiempo lleva esperando? —preguntó, mirando el techo.

—Toda la noche, supongo.

—Bien. Que espere un poco más.

Me pasó la mano por el vientre, distraída, y bajó otra vez entre mis piernas. Me metió un dedo, muy despacio, más para sentir cómo estaba que para hacerme algo.

—Todavía estás abierta —dijo—. Va a olerlo apenas entre al cuarto.

—Ese es el punto.

Nos quedamos ahí hablando en voz baja, casi susurrando, dejando que el cuarto se impregnara por completo con nuestra presencia. Con el olor de nuestros cuerpos, con el calor que habíamos generado, con las horas que habíamos pasado en esa cama sin su permiso y con todo su permiso al mismo tiempo.

Solo entonces nos levantamos.

***

Rodrigo estaba en el sofá cuando llegué. Tenía el teléfono en la mano pero la pantalla apagada. Hacía rato que no miraba nada. Cuando entré, levantó la cabeza con esa expresión tensa de quien lleva horas preparando una pregunta y todavía no sabe cómo empezarla.

—¿Cómo… estuvo? —preguntó, con una voz que intentaba sonar casual y no lo conseguía en absoluto.

—Muy bien —dije, y me senté a su lado sin quitarme el abrigo—. Lo grabamos todo. Para ti, como prometí.

Le puse el teléfono en las manos. Puse el video desde el principio y me quedé quieta observándolo mientras miraba.

Al principio, su cara fue exactamente lo que esperaba: excitación visible, respiración que se aceleraba sin que pudiera controlarlo, los ojos fijos en la pantalla con una concentración que no le dedica a casi nada más en la vida. Dos mujeres en su cama, desnudas, chupándose, corriéndose una encima de la otra. Su fantasía declarada, materializada sin adornos. Vi de reojo cómo se le marcaba la polla dura debajo del pantalón, y cómo bajaba la mano libre para apretársela por encima de la tela sin darse cuenta de que yo lo estaba mirando.

Pero el video seguía.

Vi el momento exacto en que su expresión empezó a cambiar. Cuando entendió que lo que veía no era solo sexo, sino una apropiación calculada. Que habíamos tomado su espacio y lo habíamos convertido en algo que ya no era suyo de la misma manera. Su cama, sus sábanas, su almohada. Todo marcado, todo usado, todo resignificado sin que él pudiera hacer nada al respecto. En la pantalla, Camila se corría gritando encima de la almohada donde él iba a dormir esa noche.

Apagó el video. Tenía la cara pálida. Pero la polla seguía dura.

—Valentina… —empezó.

—Levántate —lo interrumpí.

—¿Qué?

—He dicho que te levantes.

Lo tomé del brazo y lo llevé al dormitorio. Abrí la puerta de par en par. El olor lo detuvo en seco, a medio paso del umbral.

No era un olor violento ni agresivo. Era denso, cálido, íntimo de una manera que no le correspondía a él. Era el olor de dos coños abiertos que habían estado horas trabajando, el olor de dos cuerpos que se habían tomado su tiempo, que no habían tenido ninguna prisa, que habían dejado una huella deliberada en cada superficie de ese cuarto.

—Entra —dije.

Dio un paso. Luego otro. Se sentó en el borde de la cama con la rigidez de alguien que no quiere tocar demasiado pero no puede evitar estar ahí.

—Oléla —dije—. La almohada. Oléla.

Dudó. Después, con una lentitud que lo delataba entero, bajó la cara y hundió la nariz en la funda. Cerró los ojos. Tragó saliva. Se le escapó un temblor por los hombros que no supo disimular.

—Esto es lo que pediste —dije, de pie frente a él, con los brazos cruzados—. Palabra por palabra, Rodrigo. Me dijiste que querías que estuviera con otra persona. Que lo supieras. Que te lo trajera de vuelta. Y aquí está. Todo documentado, todo real, todo en tu cama. Todo empapado en el coño de Camila.

—Yo quería decir…

—Ya sé lo que querías decir. Y ya sé lo que en realidad querías decir, que no es lo mismo. Nunca ha sido lo mismo.

Me acerqué. Le levanté la barbilla con dos dedos, despacio, para obligarlo a mirarme directamente. Le miré el bulto entre las piernas con toda intención, y después le sostuve la mirada.

—Eres un cornudo, Rodrigo. No el tipo al que le engañan sin que lo sepa. El otro tipo. El que necesita saberlo, el que necesita sentirlo, el que se lo busca porque no sabe cómo pedirlo en voz alta sin que le tiemble la voz. Se te para la polla oliendo la almohada donde otra se corrió. Eso no se disimula.

Negó con la cabeza, pero sus manos ya estaban temblando sobre sus rodillas.

—No es eso.

—¿No? —Bajé la mirada deliberadamente al bulto que le abultaba el pantalón, sin prisa, y volví a mirarlo a los ojos—. Entonces explícame eso.

No había manera de negarlo.

Le solté la barbilla. Me alejé un paso y lo miré desde arriba.

—Quédate ahí —dije—. En esa cama. Quédate ahí y piensa en todo lo que pasó esta noche mientras tú esperabas en el sofá. Piensa en Camila lamiéndome el coño encima de tu almohada. Piensa en mí corriéndome tres veces en tu cama, con una mujer que no eres tú. Piensa en que lo grabamos para ti porque sabíamos que lo querrías, aunque nunca hayas tenido los cojones de pedirlo con esas palabras.

Me volví hacia la puerta.

—Valentina —dijo, con una voz que apenas reconocí como la suya.

—¿Qué?

Tardó varios segundos en responder. Los escuché pasar uno a uno.

—¿Puedo ver el video otra vez?

Me detuve en el umbral. Sonreí de espaldas a él, sin que pudiera verme.

—Puedes —dije—. Cascátela viéndolo, si querés. Encima de esa misma cama. Pero mañana me lo dices con todas las letras. Sin whiskies de por medio. Sin excusas de dos mujeres ni de sueños de cualquier hombre. Con exactamente las palabras que corresponden.

Salí y cerré la puerta.

Desde el pasillo, en la oscuridad quieta de la casa, lo escuché buscar el teléfono entre las sábanas revueltas. Después escuché otra cosa: el clic del cinturón, el roce de la tela, la respiración pesada de un hombre que se saca la polla y empieza a masturbársela solo, en el cuarto que ya no era del todo suyo, oliendo a otra mujer, viendo a su esposa correrse en una pantalla.

Lo sabía. Lo había sabido desde el primer whisky, desde la primera pausa titubeante antes de que abriera la boca. Algunos hombres tardan toda la vida en entender lo que son. Rodrigo iba a aprenderlo en una sola noche, y yo iba a estar ahí para recordárselo cada vez que intentara olvidarlo.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(8)

CarlitosBaires

Impresionante relato, me tuvo enganchado de principio a fin. Esa tension entre lo que se pide y lo que se recibe es lo que lo hace tan bueno. Bravo!

vikingo88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo despues de esa prueba grabada jajaja

SebaNocturno

Lo que mas me gusto es como construye la situacion sin apurarse. Se siente creible, eso no es facil de lograr.

More_Arg

Tremendo final!! no me lo esperaba asi

LecturaDeNoche

Me recordo a una conversacion que tuve hace tiempo con mi pareja, aunque no llego a nada parecido jajaja. El tema del whisky como catalizador es demasiado real. Muy buen relato, de los mejores que lei aca en un tiempo.

NicolasR_Mdp

Una pregunta: hay continuacion planeada? Porque la historia pide a gritos saber que paso despues de la grabacion

KarlaS

Que morboso todo, me encanto la idea. Sigue así!!

Nocturno_Fan

Excelente!! esa ultima frase lo dice todo. Saludos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.