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Relatos Ardientes

La casona donde aprendí a obedecer al amo

Llevábamos cinco años en el ambiente y creía haberlo visto todo. Mi mujer y yo firmamos nuestra primera entrada a un club de intercambio justo después de la boda y, desde entonces, los domingos nos sabían a sábanas ajenas. Lucía decía que aquello era nuestra forma de querernos: con la puerta abierta. Yo, Adrián, lo aceptaba porque ella siempre volvía conmigo y porque, sinceramente, también me gustaba.

Esa mañana de noviembre nos esperaban Carolina y Mateo. Los conocíamos del club, llevábamos un año compartiéndolos y nos reíamos como cuatro amigos de toda la vida. Carolina sacó una tarjeta del bolso mientras tomábamos café.

—Nos la dio una pareja del jueves —dijo—. La casona de los deseos ocultos. Dicen que es otra cosa.

—¿Otro club?

—Una casa rural donde haces lo que quieras. Sin límites, sin testigos. Tres días.

Lucía cogió la tarjeta y se mordió el labio. Conocía esa mirada.

—Llamemos —dijo.

La voz al otro lado del teléfono fue extraña desde el principio. Preguntó cómo nos habían recomendado el sitio y qué tipo de experiencia queríamos.

—La más completa —respondí. Para eso pagábamos.

—Quedan avisados —contestó la mujer, y colgó.

***

El viaje duró dos horas por carreteras cada vez más estrechas. Cuando atravesamos la última cancela y vimos la casa de tres plantas junto al establo, ya casi era de noche. Una mujer de unos cincuenta años nos recibió en el vestíbulo. Beatriz, dijo que se llamaba. No era guapa. Tenía los ojos pequeños y oscuros, las arrugas marcadas y un albornoz que no dejaba ver lo que había debajo. Aun así, algo en su forma de mirarnos me incomodó. Como si supiera de nosotros algo que nosotros aún no.

—Antes de subir, firmen esto —dijo poniéndonos cuatro folios delante.

—¿Confidencialidad? —preguntó Mateo.

—Aquí pasan cosas que no se cuentan fuera. Tampoco les conviene a ustedes contarlas.

Firmamos los cuatro sin leer. Lo primero que aprendí en aquella casa fue que firmar sin leer también es una forma de obedecer.

***

La habitación tenía una cama hecha a medida, dos metros y medio de ancho, sin más separación con el baño que una mampara de cristal. Cero intimidad. Carolina dio un saltito sobre el colchón y se rió. La cena la sirvió Beatriz con un picardías negro debajo del delantal. Su marido, Domingo, salió un momento del salón a saludarnos: alto, calvo, con barriga, ojos grises duros como piedra. Tenía algo de jefe rural, de hombre acostumbrado a que las cosas se hagan cuando él lo dice. No me miró ni una vez. Miraba sólo a Lucía.

—Cordero asado —dijo—. Y vino. Mañana hablamos de lo demás.

Mientras cenábamos, dos pequeños difusores soltaban un humo blando y dulce desde los rincones. A nadie se le ocurrió preguntar qué eran. Cuando me levanté de la mesa, las piernas me pesaban distinto. No era cansancio. Era otra cosa.

Subimos los cuatro a la habitación riendo demasiado fuerte. Lo que pasó esa noche todavía me cuesta ordenarlo. Recuerdo a Carolina arrodillada entre Mateo y yo. A Lucía abriéndole el camisón a Beatriz cuando la mujer subió con las copas. Manos por todas partes, gemidos demasiado altos, mi mujer poniéndose a cuatro patas en mitad de la madera y mirándome con unos ojos que no eran los de mi mujer. Algo en aquella casa nos había soltado todos los frenos. Y a mí me empezaba a gustar Lucía sin frenos más de lo que estaba dispuesto a admitir.

***

Al desayuno, Beatriz nos lo confirmó.

—Aquí crecen unas plantas. Reducen los pudores, suben el deseo. Las usamos en los difusores y a veces en la comida. No es nada peligroso. Manzanilla con carácter.

—Nos has drogado —dijo Lucía, sin levantar la voz.

—Pidieron la experiencia completa. Esto es la experiencia completa.

Domingo no dijo nada. Apoyó las manos en la encimera detrás de Beatriz, pegado a ella, y miró a mi mujer mientras hablaba su esposa. Lucía sostuvo la mirada. Yo nunca la había visto sostener una mirada así. Como si estuviera contestando una pregunta que nadie había hecho en voz alta.

Después de desayunar bajamos al río. Nadamos desnudos, follé a Lucía contra una roca con el agua subiendo por su espalda, oí a Carolina correrse encima de Mateo en la hierba. Todo limpio, todo bonito. Pero Lucía estaba en otra parte.

—Te la vas a follar a Beatriz, ¿verdad? —me preguntó al oído mientras me besaba.

—Probablemente.

—Hazlo. Yo quiero ver lo que él me hace después.

***

Domingo me buscó esa misma tarde, mientras yo fumaba en la puerta trasera. Beatriz se ofreció en la tumbona, gorda, pesada, sin disimular, y me la follé sin decir una palabra mientras Mateo me miraba apoyado en el marco. Cuando terminé, me dejé hacer. Mateo me empujó contra la pared y me sometió delante de Domingo, que apareció en algún momento sin hablar y se quedó mirando con los brazos cruzados, como un capataz comprobando una reparación.

Esa noche, en el salón, Domingo se sentó a mi lado, bebió un trago largo de aguardiente y, sin más rodeos, dijo:

—Mañana me la quedo yo. Tu mujer. Veinticuatro horas. Te lo pago.

Miré a Lucía, que estaba de rodillas junto a Beatriz aprendiéndole algo a la mujer con la lengua. Pensé que tendría que negarme. Que cualquier hombre con un mínimo de orgullo tendría que negarse.

—Tuya —dije.

***

Subimos los seis a caballo a la cima de la colina, comimos al sol y nos quedamos dormidos en la hierba. Cuando bajamos, Domingo se acercó a Lucía en silencio, la cargó al hombro como un saco de harina y se la llevó al cobertizo de las herramientas. Lucía iba colgada de su espalda riéndose. Yo me quedé en el patio con los otros tres y un nudo en la garganta que no supe explicarme.

Lo que pasó dentro me lo contó ella después, tumbada boca abajo en la cama del hotel mientras le pasaba pomada por las marcas. Lo cuento como si lo hubiera vivido yo, porque casi me lo parece de tantas veces que se lo pedí.

***

—Desnúdate —le dijo Domingo al cerrar la puerta del cobertizo.

—Quítate los zapatos también. Y los calcetines. Quiero que sientas el suelo.

Le ató las muñecas con una cadena pequeña y un candado, y pasó el otro extremo por un gancho del techo. Lucía tuvo que ponerse de puntillas. Las plantas de los pies tocaron tierra fría con piedrecitas. El cobertizo olía a moho, a polvo y a herramientas viejas. Una bombilla floja zumbaba en el techo.

—¿Estás segura de que quieres ser mía esta noche? —preguntó él—. ¿Vas a obedecer todo lo que te diga?

—Sí, señor.

—Puede que te haga daño.

—Cuento con eso.

El primer bofetón le giró la cara. Lucía notó la palma abierta en la mejilla antes que el dolor. El segundo le bajó las lágrimas sin que pudiera frenarlas. Domingo cogió unas tijeras de esquilar oxidadas, le agarró un mechón de pelo y empezó a cortarlo. Lucía amaba su pelo. Lo llevaba largo, negro, hasta media espalda. Lloró de verdad cuando vio caer los primeros mechones al suelo de tierra. No le pidió que parase.

—Te he dicho que no me hagas las cosas —dijo él al terminar—. Pero tampoco me digas lo que no puedo hacer.

—Sí, señor.

—Es tarde para ti. Me has enfadado.

Se quitó el cinturón. Era ancho, viejo, manchado de aceite. El primer golpe fue en la nalga derecha y le sacó un grito que no quería dar. El segundo, en la izquierda, le dolió más. Después vinieron los hombros, los muslos, el vientre, los pechos. Domingo dosificaba. Cada golpe era una pregunta. Lucía se meó encima a la quinta y los siguió aceptando. Cuando él soltó el cinturón y le dio un puñetazo seco en el estómago, ella se desmayó.

***

Despertó en un catre, tapada con una manta sucia. Toda ella era un mapa de cardenales y heridas pequeñas. Tenía semen secándose en el pecho. Domingo estaba sentado a la mesa cortando pan y queso.

—¿Tienes hambre?

—Un poco.

Comieron sin hablar. Compartieron un solo vaso de aguardiente que le quemó la garganta. Lucía se palpó la cabeza: no le quedaban más de diez centímetros de pelo, mal cortado. Olió algo a quemado.

—¿Qué quemas?

—Un recuerdo. Por si quieres llevarte uno.

Salieron al patio. En un cubo de metal ardía leña. Apoyada en el borde, una varilla con un mango de madera. La punta, una D al rojo vivo. La D de Domingo.

—Si te parece demasiado, no lo hago.

Lucía se arrodilló, se hizo un ovillo con el culo hacia él y mordió el palo de rama que él le puso entre los dientes. Cuando el hierro tocó la piel de su nalga, el grito se le quedó dentro de la madera. Olió a su propia carne asada. Se desmayó otra vez.

***

Recuperó el sentido en el catre. Dolorida, marcada, feliz como nunca. Domingo entró y la encontró sonriendo de lado.

—¿Estás bien?

—Mucho.

La folló despacio esa vez. Boca arriba, abrazándola, con su polla descomunal entrando a su ritmo en un cuerpo entero, deshecho y agradecido. Le susurró cosas al oído sobre lo que le haría si se quedara a vivir allí. Lucía pensó que aquello no era una amenaza, sino una invitación.

***

A la mañana siguiente bajé a desayunar y la vi sentada a la mesa, desnuda. El pelo cortado a trasquilones, la cara con un moratón hinchado por encima del pómulo, el cuerpo cubierto de cardenales negros y una D quemada en la nalga derecha. Beatriz le servía el café. Domingo entró detrás, también desnudo, y le dio un beso en los labios delante de mí.

—¿Estás bien, nena? —pregunté con la voz más fina de lo que pretendía.

—Me lo he pasado de puta madre.

Me senté frente a ella. No miré a nadie más. Lucía me esperó en silencio, me echó azúcar al café y luego habló como si se le acabara de ocurrir.

—He estado pensando una cosa. Domingo me ha alquilado a mí. Ahora yo le voy a pagar para que te folle a ti.

—¿Cómo?

—Lo que oyes.

—Nena, ese hombre tiene una polla que parece un extintor.

—A mí me entró entera. Tú no vas a tener problema. Sólo molestias para sentarte. Como yo.

—No le hagas repetir las cosas —dijo Domingo desde la encimera, sirviéndose aguardiente en su café—. Si lo tiene que hacer, contigo haré lo que hice con ella.

Estaba aterrorizado. Y estaba más empalmado que en toda mi vida. Mi mujer me miraba con un desprecio nuevo, una autoridad que yo no le conocía y que de algún modo yo mismo había firmado en aquel folio del primer día. Me eché en el suelo de la cocina sin que me lo pidieran dos veces.

—Buen chico —dijo ella.

***

Lo que pasó después no me corresponde contarlo a mí. Sólo recuerdo el peso de Domingo sobre mi espalda, su mano agarrándome el pelo, la voz de Lucía dándole indicaciones desde la silla y una sensación de pertenencia que nunca había imaginado posible. Cuando terminó, me limpió ella misma. Me besó en la frente y me llamó putita. Yo lloré de gratitud.

***

Hicimos las maletas, pagamos la estancia, nos despedimos en silencio. Carolina y Mateo apenas hablaron en el coche de vuelta. Creo que se asustaron. Nosotros volvimos a casa con un grato recuerdo y un calendario nuevo en la cabeza.

Lucía estuvo dos meses trabajando desde casa para que nadie le viera los moratones en remitir ni la D que ya no se borraría. Cuando la empresa me ofreció un cambio de puesto en remoto, hicimos cuentas. Hicimos un par de llamadas. Beatriz cogió el teléfono al primer tono.

—Os esperábamos —dijo.

Vivimos en el campo desde entonces. La granja es preciosa. Los anfitriones nos recibieron con los brazos abiertos. Y Domingo, cuando lo llamo así, me recuerda con un golpe seco en la nuca quién soy yo en su casa.

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Comentarios (6)

NocturnoR

Tremendo relato, de lo mejor que lei en esta web. Esa calma que describes al final es lo que mas me impacto.

Beto_SL

Necesito la segunda parte ya!! Me quedé pensando en ese papel que firmaron sin leerlo...

CueroYNoche

Me recordó a una situación parecida que viví hace años. Esa mezcla de confusion y excitacion que queda despues... difícil de explicar. Muy bien contado.

ElProfe88

Una pregunta, el relato está basado en algo real? porque se siente muy autentico, los detalles son demasiado precisos para ser inventados.

Sandra_GDL

Que buena narrativa, se nota que hay experiencia detras. No es el tipico relato sino algo con mas profundidad.

Maxi_2077

excelente!!!

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