El Amo me probó hasta dónde llega mi sumisión
Adrián cerró la puerta del dormitorio con un giro de muñeca y me señaló la cama con la barbilla. Daniela ya estaba allí, tendida sobre las sábanas oscuras, con el pelo todavía húmedo de la ducha y una sonrisa que no dejaba dudas sobre lo que pensaba de mi llegada.
—¿Es ahora cuando me vas a follar? —pregunté, intentando que la voz no me temblara.
—Eso lo decido yo —contestó Adrián sin mirarme—. Primero te follaré para que mañana puedas seguir con Tomás. El resto lo hablamos mientras cenamos.
Llevaba doce años trabajando como escolta. Había aprendido a leer una habitación en tres segundos, a ubicar las salidas, a calcular distancias. Pero ahí, desnuda y descalza junto a la cama de un hombre que apenas conocía, no sabía dónde poner el peso del cuerpo.
—Daniela y yo teníamos planes —añadió—. Te has invitado tú sola. Así que lo justo es que sea ella quien decida cómo te uso.
La aludida se incorporó en el colchón y se cruzó de piernas. Tenía veintidós años, la piel todavía con ese tono de quien no ha trabajado al sol, y una calma que no encajaba con todo lo que él le había hecho una hora antes.
—Quiero verla aprender —dijo—. La señora se cree que esto consiste en abrirse de piernas y ya está.
—¡Yo no…! —empecé a protestar.
La palma de Adrián me cruzó la cara antes de que terminara la frase. No fue un golpe violento. Fue exacto: lo bastante fuerte como para que el oído me pitara unos segundos, lo bastante medido como para que entendiera que podía haberlo sido más.
—Siguiente palabra que pronuncies sin permiso —dijo—, te cuesta una marca. Al suelo.
Caí de rodillas sin pensarlo. La parte de mí entrenada para reaccionar en milésimas de segundo se había apagado por completo. Quedaba la otra: la que llevaba meses fantaseando con esa voz desde que oí hablar de él en aquel grupo cerrado.
—Reptas hasta la cama —ordenó—. Como el gusano que eres. Y subes sin manos.
Lo hice. La alfombra me arañaba los codos, los pezones rozaban la lana, y cada centímetro que avanzaba sentía la mirada de Daniela en la nuca como si fuera una mano apoyada.
—Boca abajo no —dijo Adrián cuando logré subir al colchón—. Al revés. La cabeza hacia los pies de la cama.
Me giré como pude. El esfuerzo me hizo tensar el abdomen y solté un quejido: la zona donde antes me había clavado los nudillos seguía caliente.
—Quítame los calcetines.
Levanté las manos.
—Sin manos, idiota —cortó—. Eres un reptil. Daniela, enséñale.
La chica se acercó a cuatro patas, mordió uno de los calcetines con los incisivos y tiró estirando el cuello hasta sacarlo del todo. Me miró sin malicia, casi con paciencia, antes de volver junto a Adrián. De camino me escupió en la cara. No fue un gargajo: fue un gesto pequeño, casi delicado, y aun así me marcó más que el bofetón anterior.
Tardé varios minutos en quitarle el segundo calcetín. Tenía la mandíbula entumecida y los labios pegajosos cuando por fin cayó al suelo. Adrián me hizo bajar de la cama, llevarlo en la boca al cuarto de baño, dejarlo en el cesto de la ropa sucia y volver. Reptando todo el camino.
—Ahora —dijo cuando regresé— me lames los pies. La planta. Y entre los dedos. Hasta que te diga.
Empecé por el empeine, por costumbre o por miedo, y él no se molestó en corregirme. Se limitó a hablar con Daniela, en voz lo bastante alta como para que yo lo oyera, sobre lo poco que valía como esclava, sobre lo mal entrenada que estaba, sobre lo evidente que era que ningún Amo serio me había puesto la mano encima antes. Cuando por fin entendí que tenía que pasar a la planta, sus comentarios cambiaron de tono.
—Por fin la idiota empieza a comprender —dijo—. Daniela, recuérdame mañana darle una lista de vídeos. Necesita estudiar.
—Con tiempo aprenderá, Amo —respondió ella.
—Tú siempre tan optimista.
Habría preferido los insultos directos a esa conversación entre ellos sobre mí, como si yo fuera un perro al que se está adiestrando. Pero la lengua siguió moviéndose entre los dedos, y a la quinta pasada me di cuenta de que el clítoris me latía.
***
—Suficiente —dijo Adrián tras un largo rato—. Acércate a las nalgas. Daniela, enséñale cómo se come un culo.
Ella se puso a cuatro patas, separó las nalgas del Amo con las dos manos y le pasó la lengua por el ano una sola vez, despacio. Después se retiró.
—Tú —me dijo él sin volverse—. Hasta que yo diga.
Me acerqué con todo el cuerpo en alerta. Tenía arcadas antes incluso de tocarlo. Pero estaba limpio, recién duchado, y a la tercera lamida la repulsión empezó a ceder. Adrián, mientras tanto, había hundido la cara entre los muslos de Daniela y la chica empezó a soltar unos gemidos cortos, rítmicos, que terminaron en un grito que me hizo apretar la lengua contra él sin querer.
Cuando ella se corrió, Adrián levantó la cabeza, se limpió la boca con el dorso de la mano y dio por terminada esa parte.
—Mediocre —dijo—. Pero suficiente para esta noche. Las dos arrodilladas, mirando a la pared.
Obedecimos. Yo apenas podía sostener el peso del propio cuerpo.
—Lo voy a explicar una vez —dijo entonces—, porque mañana no quiero discutirlo. Sois mis esclavas. Y eso significa veinticuatro horas al día. Vuestro cuerpo es mío. Vuestra mente es mía. Si trabajáis, si folláis, si estáis con vuestra familia, es porque yo lo permito. Si quiero usaros, os uso. Si quiero humillaros delante de quien sea, lo hago. Y si en algún momento no lo hago, no será por consideración: será porque a mí no me conviene.
—Vuestro cuerpo no os pertenece. No podéis usar ninguna parte de él para follar con nadie hasta que yo me haya corrido en esa parte. Por eso ahora te voy a follar, idiota. Para que mañana puedas estar con Tomás sin que yo tenga que explicarme.
Daniela levantó una mano.
—¿Y para masturbarme, Amo?
—Para vosotras solas, sí. Sin terceros. Pídelo antes.
—Sí, Amo.
Yo no levanté la mano. Tenía la sensación de que cualquier pregunta mía iba a ser usada como excusa para volver a golpearme, y por primera vez en mucho tiempo me di cuenta de que esa sensación me gustaba.
***
—Túmbate boca arriba —me dijo Adrián—. Brazos en cruz primero. Después llévalos a los hombros.
Lo hice. Cuando él se arrodilló sobre mí apoyando las espinillas en mis bíceps, sentí los brazos completamente atrapados. No podía moverlos ni un milímetro. Daniela, a la vez, me separaba las piernas y empezaba a lamerme. Su lengua era diferente a la del Amo: más lenta, más curiosa. Se detenía en los pliegues, volvía sobre el clítoris, retrocedía. Me obligué a respirar despacio. Llevaba media vida entrenando técnicas de control para no perder el pulso ante una amenaza. Las usé entonces para no correrme en el primer minuto.
Adrián se inclinó hacia delante y me metió la polla en la boca de un solo empuje. No despacio: hasta el fondo. La campanilla me chocó con el glande y las arcadas llegaron antes de que pudiera cerrar la garganta.
—Tranquila —dijo él—. No vas a morir. Pero respirar de continuo no va a ser. Inspira a fondo.
Apenas tuve tiempo de tomar aire antes de que volviera a empujar. Esta vez pasó la campanilla, llegó al esófago, y todo el aire se quedó cerrado detrás de él. Inspiré por reflejo y no entró nada. La presión en el pecho subió rápido. El pulso me golpeaba en las sienes. Por algún motivo que no supe explicarme, en lugar de pánico sentí una excitación que no había conocido nunca: la certeza absoluta de que mi vida estaba, en ese segundo exacto, en el cuerpo de otra persona.
Cuando por fin se retiró y el aire volvió a entrar, casi me corrí ahí mismo. Daniela lo notó: levantó la cara un instante y le hizo un gesto a Adrián. Él sonrió.
—Esta lo va a disfrutar más de lo que cree —dijo—. Cambia de sitio, pequeña.
***
Daniela se subió encima de mí en la posición que él había ocupado, pero al revés: mirando hacia mis pies. Llevaba en la muñeca un dispositivo pequeño, parecido a un reloj, y dos correas sujetas a los laterales de la cama por unos enganches. En ese momento entendí que aquello no se estaba improvisando.
Adrián encendió un monitor en la pared. Frecuencia cardíaca: setenta y ocho. Saturación de oxígeno: noventa y seis por ciento. Vi mi propio número con más claridad de la que esperaba.
—Cuando la penetre —dijo él—, te sientas. Boca y nariz. Cronómetro al pulsar. La levantas solo cuando yo asienta.
—Sí, Amo.
Me embistió y, en el mismo movimiento, Daniela bajó. No fue una broma: el peso de su sexo me cubrió la boca, y sus nalgas, aplastadas contra mí, me taparon la nariz por completo. La oscuridad se cerró. Olí su humedad, sentí el latido de ella propagándose por su propia piel. Empecé a contar mentalmente: uno, dos, tres.
A los treinta segundos las pulsaciones me subieron a ciento cuarenta. Hice amago de empujarla. Adrián movió la cabeza despacio. Daniela ni se inmutó. A los sesenta segundos, ciento ochenta. Tiré de los brazos. Las correas se bloquearon hacia abajo, presionándola todavía más sobre mi cara.
—Tranquila —oí lejos—. Aún tienes margen.
Adrián entraba y salía con un ritmo metódico. No era un ritmo de placer: era el de alguien que está midiendo. La saturación bajó a noventa, después a ochenta y nueve. Mordí. Cerré los dientes contra el muslo de Daniela, contra lo que tenía más cerca, sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Ella aguantó. Sentí cómo se tensaba sobre mi cara, cómo se mordía el labio para no levantarse antes de la señal. Adrián tiró de un mechón de mi pubis y me lo arrancó. El dolor fue una descarga que me atravesó las caderas y, por algún motivo, me encendió todavía más.
A los dos minutos las sienes me palpitaban. Adrián asintió. Daniela se elevó.
Inspiré como si llevara una vida entera bajo el agua. Una bocanada, dos, tres. Adrián la hizo bajar otra vez en la tercera. Esta vez ya no luché. Algo había cedido en mí entre la primera asfixia y la segunda. Cerré los ojos detrás de su cuerpo y me dejé llevar por el ritmo de las embestidas, por el latido propio que sentía rebotando en la nuca, por la certeza de que en cualquier momento alguien decidiría por mí si seguía viva.
Las pulsaciones rebasaron las doscientas. La saturación cayó a ochenta y siete. Sentí los dientes de Daniela en su propio labio cuando se mordió para no correrse. Sentí la polla del Amo entrando hasta un punto que ningún hombre había alcanzado antes. Sentí el cuerpo entero convertirse en una sola cuerda tensa y, justo cuando creí que iba a romperse, se rompió.
Me corrí ahogada, con la cara aplastada bajo Daniela, en una sacudida tan larga que perdí la cuenta de los segundos. Adrián hizo la señal. Ella soltó las correas, se bajó, agarró una mascarilla de oxígeno que estaba lista junto a la mesilla y me la puso encima.
El aire entró frío. La saturación empezó a subir. Noventa, noventa y dos, noventa y cuatro.
Sigo viva.
—Ahora —dijo Adrián cuando me quitó la mascarilla—, súbete otra vez. Tiene que hacerte correr antes de cenar.
Daniela me miró. Tenía sangre en el muslo, donde le había mordido sin saberlo. Sonrió y se inclinó sobre mi pecho, apoyando las manos en mis tetas.
—Ya la oíste, idiota —dijo, en un tono que no era ni cruel ni amable—. Chupa. Que tienes que hacer que me corra.
Saqué la lengua. No quedaba nada de mí que estuviera por encima de aquella orden.