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Relatos Ardientes

La primera vez que le entregué mi palabra

La primera vez que pronuncié la palabra «rojo» no salió de mis labios como un grito ni como un susurro. Fue una decisión, y eso lo cambió todo.

Andrés y yo llevábamos cuatro años juntos. Nos conocimos en una librería de segunda mano del barrio del Carmen, los dos buscando el mismo ejemplar de poesía. Él lo cedió primero, yo le pagué un café después, y a las tres semanas dormíamos en la misma cama. Nuestra vida sexual nunca fue aburrida, pero llevaba meses dándole vueltas a algo que no me atrevía a pedir en voz alta.

Una tarde de febrero, mientras él leía en el sofá y yo fingía mirar el móvil, lo solté.

—Quiero que me ates.

Levantó la vista del libro despacio, como si necesitara un par de segundos para asegurarse de que había escuchado bien.

—¿Atarte cómo?

—Las manos. Y… —tragué saliva— quiero que mandes tú.

Hubo un silencio largo. No incómodo, pero sí denso. Andrés cerró el libro sobre su regazo y me miró con esa atención completa que reservaba para las conversaciones importantes.

—Cuéntame todo —dijo.

Y se lo conté. Le hablé de las noches en que me había imaginado entregándole el control, de las cosas que había leído a escondidas, de los miedos que tenía. Le confesé que no quería violencia, no quería humillación, no quería dolor de verdad. Quería sentir que él decidía por mí durante un rato. Quería confiar en alguien hasta el punto de no poder defenderme y saber que estaba a salvo de todas formas.

Andrés no se rio. No me trató como si estuviera diciendo algo extraño. Asintió despacio y dijo:

—Yo nunca he hecho esto. Pero quiero hacerlo bien.

***

Pasamos dos semanas hablando antes de tocar nada. Él leyó por su cuenta, yo le hice listas. Listas de lo que me apetecía probar, de lo que me daba curiosidad, de lo que no quería ni acercarme. Le expliqué que la sangre, los moretones visibles y los insultos sobre mi cuerpo eran límites duros. Le expliqué que las nalgadas suaves, las vendas, las ataduras simples y los juegos de control sobre mi placer eran cosas que sí quería explorar.

Él hizo lo mismo. Me dijo que no se sentía cómodo con la asfixia ni con ningún juego que pudiera dejarme marca al día siguiente. Me dijo que, sobre todo, le aterraba hacerme daño sin darse cuenta.

—Por eso vamos a usar palabras —le dije—. Verde, amarillo y rojo. Como los semáforos.

—¿Y si tengo la boca tapada?

Lo había pensado. Saqué del cajón una pelota antiestrés y la puse en su mano.

—Si la suelto, paras.

Andrés asintió. Aquella conversación fue, probablemente, el momento más íntimo que habíamos tenido en cuatro años.

***

La primera noche que lo intentamos era un viernes. Él volvió del trabajo con una bolsa pequeña de papel: una pañuela de seda azul oscuro, comprada en una mercería del centro, y una venda de algodón blanca. Nada más. Habíamos acordado empezar con poco.

Cenamos pasta. Bebimos un solo vaso de vino cada uno; nada que nublara el juicio. Después él se levantó, recogió los platos sin decir palabra y, cuando volvió a la mesa, me miró de una manera distinta.

—Ven al dormitorio cuando estés lista —dijo.

No era una orden disfrazada de invitación. Era una invitación de verdad. Podía haber dicho que no. Podía haber dicho «otro día». En lugar de eso, me terminé el vino, dejé la copa en la encimera y caminé descalza por el pasillo.

Andrés había encendido dos lámparas pequeñas. La cama estaba hecha. La pañuela y la venda esperaban dobladas sobre la mesilla, junto a la pelota antiestrés. Me esperó de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón.

—Repíteme las palabras —dijo.

—Verde, amarillo, rojo.

—¿Y si no puedes hablar?

—Suelto la pelota.

—Bien.

Se acercó. Me apartó el pelo de la cara con un gesto que me había hecho mil veces, pero esa noche lo sentí distinto. Era el mismo Andrés y a la vez no lo era.

—Quítate la ropa —dijo.

Lo hice. No con prisa, no con espectáculo, simplemente lo hice. Doblé la camiseta sobre la silla, me quité los vaqueros, las bragas, el sujetador. Cuando estuve desnuda frente a él, no me cubrí. Era la primera vez que la desnudez tenía ese peso, como si cada milímetro de piel fuera una respuesta a algo que él aún no había preguntado.

Andrés cogió la pañuela. Me indicó con un gesto que me sentara en el borde de la cama y me ofreció las muñecas. Las ató él, no demasiado fuerte, dejando un dedo de holgura. Comprobó que podía moverlas sin que la seda me cortara.

—¿Color? —preguntó.

—Verde.

Me tumbó sobre la espalda. Levantó mis brazos por encima de la cabeza y aseguró el extremo libre de la pañuela al cabecero con un nudo simple, de los que se deshacen tirando de un solo extremo. Lo había practicado.

Después cogió la venda. Antes de ponérmela, me miró a los ojos.

—Si en algún momento la quieres fuera, dilo.

—Verde —repetí.

Quedé a oscuras.

***

Lo que ocurrió a continuación duró probablemente media hora. En mi memoria es mucho más largo. Andrés no hizo nada espectacular, y eso fue lo que más me sorprendió. Sin la vista, cualquier cosa que hiciera se multiplicaba. Pasó la yema de un dedo por mi clavícula y sentí que me recorría entera. Sopló sobre mi vientre y se me erizó la piel hasta los muslos.

Estuvo en silencio mucho tiempo. Yo escuchaba mi propia respiración y el roce de su ropa contra el borde del colchón. En un momento dado, sentí algo frío sobre el esternón, demasiado pequeño para identificarlo enseguida, y casi grité. Era un cubito de hielo. Lo deslizó muy despacio hacia abajo, hacia el ombligo, deteniéndose donde se le antojaba. Le pregunté qué era con la voz rota y él se rio bajito y no me lo dijo.

—¿Color? —preguntó cuando empezó a derretirse entre mis pechos.

—Verde.

Pasaron cosas que ya no recuerdo en orden. Una pluma sobre la cara interna de los muslos. Sus labios en el hueco del cuello, sin morder, solo respirando. Su mano abierta sobre mi vientre, plana y firme, recordándome con un gesto que él decidía cuándo se movía. Lo único que yo podía hacer era estar tumbada, escuchar y sentir.

En un momento intentó algo nuevo. Bajó la mano entre mis piernas, apenas un roce, y se retiró cuando empecé a moverme hacia él. Volvió a hacerlo. Y otra vez. La tercera vez gemí una protesta sin palabras.

—Cuando yo decida —dijo.

Esa frase me deshizo. No por la frase. Por el tono. Era amable, era cariñoso, y aun así no era una sugerencia.

—Verde —dije, casi suplicando.

***

Hubo un segundo en el que casi dije amarillo. No porque algo me asustara, sino porque la intensidad me sobrepasaba y no sabía dónde ponerla. Se me llenaron los ojos de lágrimas debajo de la venda, sin razón concreta, y la pelota antiestrés —que había dejado de apretar sin darme cuenta— rodó hacia el lado de la cama.

Andrés lo notó al instante.

—Eh —dijo, parando todo—. Estoy aquí. Háblame.

—Estoy bien. Es solo que es mucho.

—¿Color?

Lo pensé. Me lo pensé de verdad, sin teatro.

—Amarillo.

Se quedó quieto. No me quitó la venda, no me desató, simplemente puso una mano sobre mi pecho y la dejó ahí, pesando, mientras yo respiraba. Tres respiraciones largas. Cuatro. A la quinta, sentí que volvía a estar dentro de mi cuerpo.

—Verde —dije.

—¿Seguro?

—Seguro.

Quería que continuara. Quería más.

***

Esta vez su mano no se retiró. Encontró que estaba empapada y se quedó allí, sin prisa, sin urgencia, dibujando círculos lentos que medían cada uno de mis suspiros. Cada vez que yo levantaba las caderas hacia él, paraba. Cada vez que volvía a quedarme quieta, retomaba. Estaba enseñándome la paciencia de mi propio cuerpo, y yo aprendía a marchas forzadas.

Le oí descalzarse. Le oí desabrocharse el cinturón, los vaqueros, todo lo que llevaba. No me lo enseñó, no podía verlo, pero el sonido de su ropa cayendo al suelo era suficiente. La cama se hundió bajo su peso cuando subió encima de mí, y por primera vez en toda la noche sentí su piel desnuda contra la mía.

—No te corras hasta que te lo diga —me dijo al oído.

Asentí. No podía hacer otra cosa.

Sus dedos volvieron, esta vez con un ritmo distinto, más decidido. Sentía su boca en mi pecho, en mi cuello, en el hueco entre la clavícula y la oreja. Me mantuvo al borde durante lo que me parecieron horas, llevándome y trayéndome, soltándome justo a tiempo. Las muñecas tiraban de la pañuela cada vez que el cuerpo se me arqueaba solo, y la seda apretaba lo justo para recordarme que no estaba al mando.

—Por favor —pedí, sin saber qué pedía exactamente.

—Todavía no.

Cuando por fin me dijo «ahora», fue contra sus dedos y contra el cabecero, y todo el cuerpo se me sacudió en silencio porque no me quedaba aire para gritar. Él no se apuró. Mantuvo su mano donde estaba hasta que la última oleada terminó sola, y solo entonces me besó la cara interna de la muñeca, donde la pañuela había dejado una marca rosa muy leve.

Después entró en mí. Despacio, sin retirarme la venda, sin decir nada. Lo hizo durante mucho tiempo, marcando él los tiempos, parando cuando le daba la gana, volviendo a empezar. Cuando terminó, lo hizo con la frente apoyada en la mía y un suspiro que ya no era de juego ni de rol, solo de él.

***

Me quitó la venda antes que la pañuela. La luz de las lámparas me deslumbró un segundo. Andrés estaba apoyado sobre un codo a mi lado, con el pelo revuelto, mirándome de cerca como si quisiera comprobar que seguía siendo yo.

—Hola —dijo.

—Hola —contesté.

Me deshizo el nudo de las muñecas tirando del extremo correcto. La seda se deslizó al suelo. Me masajeó las manos despacio, una y luego la otra, frotando los puntos donde habían quedado marcas leves que desaparecieron a los dos minutos.

Después fue a la cocina y volvió con un vaso de agua y dos onzas de chocolate negro. Se metió en la cama conmigo y me las dio él, una a una, como si yo fuera incapaz de sujetarlas. Quizá lo era.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. No sé. Sí.

Me reí y lloré al mismo tiempo. Él no se asustó. Lo había leído también. Me abrazó por detrás, encajando su cuerpo contra el mío, y se quedó así hasta que mi respiración se calmó por completo.

***

A la mañana siguiente desayunamos en silencio durante un rato. Yo tenía las muñecas perfectamente, sin marca alguna. Tenía, eso sí, una sensación rara en el cuerpo, como si me hubiera quitado un peso que no sabía que llevaba. Andrés me pasó el café y me preguntó por mensaje, no en voz alta, qué tal había dormido. Yo respondí desde el otro lado de la mesa, también por mensaje, y los dos nos reímos de nuestra propia timidez.

—¿Lo repetimos? —preguntó al fin, ya en voz alta.

Lo pensé. De verdad lo pensé.

—Sí. Pero la próxima vez quiero atarte yo.

Levantó las cejas. Dejó la taza en la mesa.

—Negociable —dijo.

Hicimos otra lista. Aprendimos otras palabras. Compramos otras cosas. Pero todo lo que vino después se construyó sobre aquella primera noche, y aquella primera noche se construyó sobre una pañuela de seda, una pelota antiestrés y tres palabras: verde, amarillo, rojo.

La sumisión, aprendí esa noche, no es debilidad ni rendición. Es una forma muy precisa de confianza, y la única manera de practicarla bien es saber exactamente cuándo y cómo decir que no.

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Comentarios (7)

NocheCandela

increible!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

martin_lector

Lo que mas me gusto es como captaste la tension entre el miedo y las ganas. No es facil escribir sobre este tema sin que suene forzado. Muy bien logrado.

LorenaC_BA

Me resonó muchísimo. Se nota que viene de un lugar real. Esperando más relatos!

DiegoBs

potente. gracias

Kastiliovich

Buenisimo, me encanto como lo contaste. Seguí escribiendo por favor.

valentina_noc

Por favor segunda parte!!! Quede con muchísimas ganas de saber como siguio

AlejoCba

jajaja al leer el inicio ya supe que iba a estar bueno, y no me equivoque para nada

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