La orden más humillante que cumplí por mi antiguo amo
Me llamo Lucía. Tengo treinta y siete años, soy divorciada y, aunque suene a frase hecha, después del divorcio aprendí más sobre mí misma que en los doce años de matrimonio. Soy abierta, soy curiosa y respeto los deseos ajenos siempre y cuando se respeten los míos. Esto que voy a contar pasó hace pocas semanas y todavía no sé si me arrepiento.
Durante 2022 tuve un amante en la oficina. Andrés, así lo llamaré aquí, era unos años mayor que yo. Hoy ronda los cincuenta y siete. Encajaba en ese tipo de hombre que entra a una sala de reuniones y, sin decir nada, cambia la temperatura del aire. Voz grave. Espalda ancha. Una manera de mirar que no preguntaba, ordenaba. No era especialmente alto ni guapo, pero la seguridad le daba un imán que la mayoría de mis pretendientes ni de lejos.
Lo nuestro fue intenso desde la primera noche. Nos escapamos a un hotel de las afueras después de una cena de empresa y en cuanto cerró la puerta ya me tenía contra la pared, con una mano en la garganta y la otra levantándome la falda de un tirón. Me arrancó las bragas sin ceremonia y las tiró al suelo. "Estás empapada, puta", me dijo al oído, y hundió tres dedos en mi coño hasta el nudillo. Me follaba con la mano mientras me susurraba, sin pausa, todo lo que iba a hacerme aquella noche, cada guarrada, con la misma naturalidad con la que otro pediría el desayuno. Su polla no era muy larga, pero sí gruesa como un puño cerrado, y cuando por fin me la clavó, doblada sobre la cama y con las muñecas atadas a la espalda con su propia corbata, sentí que se me abría el cuerpo entero. Me embestía hasta el fondo, seco, marcando ritmo con la palma abierta en mi culo, y cada golpe me arrancaba un grito que él ahogaba metiéndome dos dedos en la boca. Me obligó a mamárselos, a saborearme a mí misma, a chuparle luego la polla arrodillada en la moqueta hasta que se corrió en mi cara. Se agachó, me lamió el semen de la mejilla, me lo empujó dentro de la boca con la lengua y me hizo tragármelo mirándolo a los ojos. Aquella primera noche marcó el molde: ataduras, sexo anal a pelo, sesiones de tres o cuatro corridas seguidas, mordiscos en el interior de los muslos que me duraban una semana, dedos en el culo mientras me follaba el coño, palabras que en otros labios me habrían sonado humillantes y en los suyos parecían hechas a medida para mi cuerpo. Cuando me llamaba puta, yo solo escuchaba la cadencia de su voz, no la palabra.
Por desgracia, una mañana lo trasladaron a Lausana. Un ascenso. Le ofrecieron dirigir la filial suiza y se fue casi sin avisarme. Los primeros meses intentamos sostener algo por mensajes, pero él se volvió cada vez más distante. Frases de tres palabras. Audios de cuarenta segundos contándome reuniones aburridas. A los seis meses ya solo respondía dos de cada diez mensajes míos. A los nueve, dejó de hacerlo del todo.
Yo seguí con mi vida. Volví a Tinder, encadené aventuras de una y dos noches, hombres que ya no recuerdo. Alguno con la polla más larga que la de Andrés, ninguno con las manos ni con la voz. Me follaban educados, se corrían rápido y se marchaban educados. Nada con continuidad. Andrés me había dejado un listón inalcanzable y yo, sin admitirlo nunca en voz alta, comparaba a todos con él.
Hasta que en otoño del año pasado regresó.
No volvió como compañero. Volvió como director general adjunto, mi superior dos escalones por encima del mío. Lo crucé el primer lunes en el pasillo, repartido entre delegaciones extranjeras y reuniones cerradas. Llevaba un traje gris pizarra hecho a medida y unas canas nuevas en las sienes. Pasó por mi lado sin mirarme, como si yo fuera otro mueble del office. Repitió el mismo gesto el martes. Y el miércoles. Y el jueves.
El viernes le escribí. Las manos me temblaron al pulsar enviar.
—Hola, Andrés. Sé que ahora soy un ser inferior para ti (siempre lo fui). Si algún día quieres hablar fuera del trabajo, aquí estoy.
No respondió. Pasó el fin de semana, pasó la semana siguiente y la siguiente. Ya había asumido que aquello quedaría como otra de mis estupideces, hasta que un martes a media tarde apareció su nombre en la pantalla del móvil.
—Hola, Lucía. Espero que estés bien. Esta noche te llamo.
Pasé el resto del día imposible. Cené apenas, fingí ver una serie en el sofá, miré el móvil cada tres minutos. Me metí dos dedos en el coño antes de la cena, pensando en su voz, y me corrí en el sofá con la mano libre apretándome un pezón hasta hacerme daño. Llamó pasadas las doce. Su voz seguía teniendo esa calidad que me bajaba directa al estómago, y del estómago al coño.
—Hola, puta.
—Hola, Andrés. Gracias por lo de puta. Y por tu desprecio en general. ¿Vas a contarme cómo te ha ido y cómo estás?
Hubo un silencio largo, calculado. De los suyos. Yo aguanté. Sabía que cualquier impaciencia mía sería usada en mi contra.
—Estoy bien —dijo al fin—. Suiza fue un buen capítulo. Pero echaba esto de menos.
—Esto sí. A mí no.
—Exacto. Aunque tu culo también, para qué mentirte.
Una cosa fue ser su sumisa hace tres años, en aquellas tardes de hotel donde todo estaba pactado y firmado por los dos. Otra muy distinta era esta humillación nueva, gratuita, sin contrato y sin red. Yo notaba un revoltijo de rabia y deseo. El coño me palpitaba mientras él seguía a lo suyo. Quería darle la vuelta a la conversación. Quería que aquel hombre, aunque fuera un segundo, me mostrara melancolía. Era un reto.
No hubo manera. Siguió hablando de sí mismo, de su ascenso, de sus fines de semana esquiando en los Alpes. No me preguntó nada sobre mí. Pensé en colgar tres veces. Antes de hacerlo él, dejó caer la frase.
—¿A qué hora sueles ir al baño por las mañanas?
Me quedé en blanco. No por la pregunta. Por su forma de hacerla, neutra, como quien pregunta el horario de un autobús.
—¿Qué? ¿En serio estás preguntando lo que creo que estás preguntando?
—Sí, puta. Si quieres verme, contesta.
—A las ocho, normalmente. Antes de ir a la oficina. Eres un cerdo.
—Bien, Lucía. Escucha. Mañana a las siete cincuenta y cinco abrirás la puerta de tu casa y la dejarás ajustada. Te desvestirás entera, hasta las bragas, en el pasillo. Te irás al baño. Dejarás la puerta abierta. Te pondrás en cuclillas sobre las baldosas, dándole la espalda al pasillo, con las rodillas bien abiertas y el culo apuntando a la puerta. Yo entraré, cerraré, y caminaré hasta el baño. Cuando me sientas detrás, podrás empezar.
—Manel… Andrés —me corregí, y me odié por el lapsus—. ¿Ahora ya no te conforma atarme, escupirme o llamarme puta? ¿Esto es lo que has venido a pedirme? Eres un enfermo.
—Hasta mañana.
Y colgó.
***
Pasé una noche que prefiero no recordar. Le di vueltas mil veces. No iba a hacerlo. Era ridículo, era enfermizo, era la peor forma de venderme por un capricho ajeno. Era él. Era esa voz. Era la sospecha de que, si decía que no, lo perdía para siempre y me pasaría otros tres años buscándolo en cada hombre que me cruzara en el pasillo. A las tres de la mañana ya me la había cascado dos veces, boca abajo, con los dedos hundidos en el coño y el dedo gordo de la otra mano apretándome el ojete, imaginándomelo respirándome en la nuca.
A las siete sonó el despertador, aunque ya llevaba rato despierta. Desayuné como cada mañana: fruta, fibra, café largo de café. Las manos me temblaban un poco al servir la leche.
A las siete cuarenta recogí los platos y los dejé en el fregadero. A las siete cuarenta y cinco me senté en la silla de la cocina y me di cuenta de que estaba mojada. No era miedo. Era anticipación. Tenía las bragas empapadas de flujo, el coño hinchado y los pezones tan duros que se me marcaban bajo la camiseta. Voy a hacerlo. Voy a hacerlo de verdad.
A las siete cincuenta abrí la puerta del piso, dejé el cerrojo sin echar y puse una caja de zapatos en el suelo para que la corriente no la cerrara de golpe. Me desvestí en el pasillo, dejé la ropa hecha un ovillo sobre la silla, incluidas las bragas mojadas. Caminé descalza y en pelotas hasta el baño. El parqué estaba frío. Se me erizó todo el vello del cuerpo y los pezones se me pusieron aún más tiesos.
A las siete cincuenta y cinco ya estaba dentro, en cuclillas, apoyada sobre los pies, las rodillas separadas todo lo que daban, el culo abierto hacia la puerta, la espalda hacia el pasillo. El espejo del lavabo estaba justo enfrente y por un momento me vi reflejada en él: el pelo todavía revuelto, las tetas pequeñas colgando hacia adelante con los pezones tiesos, el vientre tenso, un hilo de flujo brillante bajándome por la cara interna del muslo hasta la baldosa. Mi imagen me devolvió una mueca que no supe interpretar.
Sonó el clic de la puerta de la calle al cerrarse.
Lo oí dejar las llaves en el aparador. Oí sus pasos. Reconocí ese ritmo suyo, lento, apoyando primero el talón. Las tripas se me revolvieron en el momento exacto en que sus zapatos pisaron el umbral del baño. Tomé aire. Que sea rápido.
Sentí su presencia detrás. No se acercó del todo. No habló. Solo respiraba, despacio, a un metro escaso de mi culo desnudo. Oí incluso el frufrú de la lana buena de su abrigo cuando cambió el peso de una pierna a otra.
Lo que vino después fue lo más íntimo que un cuerpo puede ofrecer a un extraño. Empujé. Me costó al principio, con él ahí clavado como una estatua a mi espalda, pero empujé. Sentí cómo se me abría el ojete despacio, tenso, hasta que cedió. Un gruñido bajo se le escapó a él, no de asco, de placer, y aquel sonido a mi espalda me terminó de destrabar. Empujé más fuerte. La piel me ardía de pudor en sitios donde no sabía que se podía sentir pudor: la nuca, el hueco de las rodillas, el interior de los muslos. Me oí respirar muy fuerte. Me oí gemir sin querer, un gemido bajo, obsceno, de puta, que retumbó contra los azulejos y me obligó a cerrar los ojos. Oí también, con nitidez humillante, los ruidos que salían de mi cuerpo: el crujido leve de mi propio culo abriéndose de par en par, el impacto sordo contra la baldosa, y al final, cuando ya creía que había acabado, un hilo caliente de meada que me traicionó y que fue a parar sobre mis propios pies descalzos. Cuando todo terminó, me quedé un instante en esa posición, esperando, con el coño palpitando como si me acabaran de follar durante media hora.
—Fascinante —dijo a mi espalda—. Sigues teniendo el mejor culo de toda la planta. Y se te abre como la compuerta de una presa. Me encanta. Se te ve el rosa por dentro, puta. Y estás empapada además, mira cómo se te cae el flujo por el muslo. Podría follarte ahora mismo sin ni siquiera tocarte con la mano, la tendrías dentro de un empujón.
Se agachó. Lo sentí muy cerca, a la altura de mis riñones. No me tocó. Solo miró. Estuvo así medio minuto largo, examinándome como quien examina una pieza en un museo, y yo le dejé mirar porque a esas alturas ya no me quedaba pudor que administrar. Después se incorporó.
—Límpiate, puta. Y no te gires todavía.
Obedecí. Me limpié con las manos temblando, tiré de la cadena, me lavé los dedos en el bidé. No me moví del sitio. No quería girarme. No sabía cuál de las dos versiones de mí misma se iba a encontrar al hacerlo. Me incorporé con cuidado, cubriéndome con una toalla pequeña que colgaba del radiador. Cuando por fin lo miré, él tenía las manos en los bolsillos del abrigo y una sonrisa de chico que acaba de robar el postre. Se le marcaba una erección disimulada bajo la lana buena del pantalón, una línea gruesa que ya recordaba de memoria. Podía habérsela sacado y hacérmela mamar allí mismo, arrodillada sobre las baldosas mojadas, y yo le habría abierto la boca sin pedirle nada a cambio. Lo supe con una claridad que me dio miedo.
—¿Ahora querrás follar conmigo algún día? —pregunté. La voz me salió más firme de lo que esperaba.
—Me encantaría, puta. Pero esta semana presento mi dimisión. Me voy a la competencia. Otra vez al extranjero.
Sentí que el suelo se inclinaba treinta grados.
—¿Qué?
—Lo que has oído. Llevaba meses negociándolo. Quería despedirme bien.
Tuve que apoyarme en el lavabo. Me vi en el espejo, desnuda, con la toalla sujeta a la altura del esternón, todavía con los pezones apuntándole por debajo del tejido fino. Detrás de mí, él, vestido, perfumado, sereno y con la polla dura contenida por un pantalón de trescientos euros. Una postal perfecta de mi humillación.
—¿Has venido aquí, a mi casa, sabiendo que te ibas? —pregunté, todavía sin levantar la voz.
—Por eso he venido.
—Vete.
No insistió. Recogió las llaves del aparador, me dijo que cuidara mi café —«demasiado largo, te va a salir gastritis»— y salió. La puerta se cerró igual de bajito que antes.
***
Me quedé un buen rato sentada en el borde de la bañera. Me metí la mano entre las piernas casi sin pensarlo y me la cascé allí mismo, con rabia, sin cerrar los ojos, con dos dedos machacándome el clítoris mientras me miraba a mí misma en el espejo del lavabo. Me corrí seca, corta, sin gloria, más de coraje que de placer, apretando los dientes para no gritar. Después limpié, me duché dos veces, me lavé los dientes tres. Cuando salí del baño envuelta en el albornoz, la luz de la mañana ya entraba entera por la ventana del salón. Llegué tarde a la oficina, por primera vez en cuatro años. Nadie lo notó.
Lo más raro es que no me sentí destruida. Sentí algo difícil de nombrar, algo parecido a la rabia limpia, sin azúcar, que llega cuando descubres lo lejos que has llegado por nada. Me sentí, por extraño que suene, libre. Aquel acto era la última carta que él podía jugar conmigo y yo se la había puesto en la mano. A partir de ahí, ya no le quedaban más.
Tres días después firmó la renuncia. Una semana más tarde, me invitó por mensaje a una copa de despedida con todo el equipo. No fui. Le contesté con un emoji, uno solo, el del pulgar hacia abajo. Bloqueé el número en cuanto pulsé enviar.
Lo cuento ahora porque ya pasó suficiente tiempo. Lo cuento, sobre todo, porque me preguntan a menudo si me arrepiento de aquella mañana y la respuesta sigue siendo confusa. Me arrepiento del personaje que fui, no del acto. Hay una diferencia que solo entiende quien ha estado del lado en cuclillas.
Y, ya que estamos, me arrepiento también de algo mucho menos profundo: de no haberle pedido las llaves del despacho antes de despedirlo en la puerta. Habría dejado un pequeño detalle perfumado encima de su agenda, a la altura de la firma de su carta de dimisión. Que te vaya muy bien, Andrés. Espero que tu nueva oficina huela exactamente a lo que mereces.