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Relatos Ardientes

La orden más humillante que cumplí por mi antiguo amo

Me llamo Lucía. Tengo treinta y siete años, soy divorciada y, aunque suene a frase hecha, después del divorcio aprendí más sobre mí misma que en los doce años de matrimonio. Soy abierta, soy curiosa y respeto los deseos ajenos siempre y cuando se respeten los míos. Esto que voy a contar pasó hace pocas semanas y todavía no sé si me arrepiento.

Durante 2022 tuve un amante en la oficina. Andrés, así lo llamaré aquí, era unos años mayor que yo. Hoy ronda los cincuenta y siete. Encajaba en ese tipo de hombre que entra a una sala de reuniones y, sin decir nada, cambia la temperatura del aire. Voz grave. Espalda ancha. Una manera de mirar que no preguntaba, ordenaba. No era especialmente alto ni guapo, pero la seguridad le daba un imán que la mayoría de mis pretendientes ni de lejos.

Lo nuestro fue intenso desde la primera noche. Ataduras, juegos de dominación, palabras que en otros labios me habrían sonado humillantes y en los suyos parecían hechas a medida para mi cuerpo. Su pene no era muy largo, pero sí muy grueso, y la forma en que lo manejaba dentro de mí me dejaba temblando durante horas. Cuando me llamaba puta, yo solo escuchaba la cadencia de su voz, no la palabra.

Por desgracia, una mañana lo trasladaron a Lausana. Un ascenso. Le ofrecieron dirigir la filial suiza y se fue casi sin avisarme. Los primeros meses intentamos sostener algo por mensajes, pero él se volvió cada vez más distante. Frases de tres palabras. Audios de cuarenta segundos contándome reuniones aburridas. A los seis meses ya solo respondía dos de cada diez mensajes míos. A los nueve, dejó de hacerlo del todo.

Yo seguí con mi vida. Volví a Tinder, encadené aventuras de una y dos noches, hombres que ya no recuerdo. Nada con continuidad. Andrés me había dejado un listón inalcanzable y yo, sin admitirlo nunca en voz alta, comparaba a todos con él.

Hasta que en otoño del año pasado regresó.

No volvió como compañero. Volvió como director general adjunto, mi superior dos escalones por encima del mío. Lo crucé el primer lunes en el pasillo, repartido entre delegaciones extranjeras y reuniones cerradas. Llevaba un traje gris pizarra hecho a medida y unas canas nuevas en las sienes. Pasó por mi lado sin mirarme, como si yo fuera otro mueble del office. Repitió el mismo gesto el martes. Y el miércoles. Y el jueves.

El viernes le escribí. Las manos me temblaron al pulsar enviar.

—Hola, Andrés. Sé que ahora soy un ser inferior para ti (siempre lo fui). Si algún día quieres hablar fuera del trabajo, aquí estoy.

No respondió. Pasó el fin de semana, pasó la semana siguiente y la siguiente. Ya había asumido que aquello quedaría como otra de mis estupideces, hasta que un martes a media tarde apareció su nombre en la pantalla del móvil.

—Hola, Lucía. Espero que estés bien. Esta noche te llamo.

Pasé el resto del día imposible. Cené apenas, fingí ver una serie en el sofá, miré el móvil cada tres minutos. Llamó pasadas las doce. Su voz seguía teniendo esa calidad que me bajaba directa al estómago.

—Hola, puta.

—Hola, Andrés. Gracias por lo de puta. Y por tu desprecio en general. ¿Vas a contarme cómo te ha ido y cómo estás?

Hubo un silencio largo, calculado. De los suyos. Yo aguanté. Sabía que cualquier impaciencia mía sería usada en mi contra.

—Estoy bien —dijo al fin—. Suiza fue un buen capítulo. Pero echaba esto de menos.

—Esto sí. A mí no.

—Exacto.

Una cosa fue ser su sumisa hace tres años, en aquellas tardes de hotel donde todo estaba pactado y firmado por los dos. Otra muy distinta era esta humillación nueva, gratuita, sin contrato y sin red. Yo notaba un revoltijo de rabia y deseo. Quería darle la vuelta a la conversación. Quería que aquel hombre, aunque fuera un segundo, me mostrara melancolía. Era un reto.

No hubo manera. Siguió hablando de sí mismo, de su ascenso, de sus fines de semana esquiando en los Alpes. No me preguntó nada sobre mí. Pensé en colgar tres veces. Antes de hacerlo él, dejó caer la frase.

—¿A qué hora sueles ir al baño por las mañanas?

Me quedé en blanco. No por la pregunta. Por su forma de hacerla, neutra, como quien pregunta el horario de un autobús.

—¿Qué? ¿En serio estás preguntando lo que creo que estás preguntando?

—Sí, puta. Si quieres verme, contesta.

—A las ocho, normalmente. Antes de ir a la oficina. Eres un cerdo.

—Bien, Lucía. Escucha. Mañana a las siete cincuenta y cinco abrirás la puerta de tu casa y la dejarás ajustada. Te desvestirás y te irás al baño. Dejarás la puerta abierta. Te pondrás en cuclillas en el suelo, dándole la espalda al pasillo. Yo entraré, cerraré, y caminaré hasta el baño. Cuando me sientas detrás, podrás empezar.

—Manel… Andrés —me corregí, y me odié por el lapsus—. ¿Ahora ya no te conforma atarme, escupirme o llamarme puta? ¿Esto es lo que has venido a pedirme? Eres un enfermo.

—Hasta mañana.

Y colgó.

***

Pasé una noche que prefiero no recordar. Le di vueltas mil veces. No iba a hacerlo. Era ridículo, era enfermizo, era la peor forma de venderme por un capricho ajeno. Era él. Era esa voz. Era la sospecha de que, si decía que no, lo perdía para siempre y me pasaría otros tres años buscándolo en cada hombre que me cruzara en el pasillo.

A las siete sonó el despertador, aunque ya llevaba rato despierta. Desayuné como cada mañana: fruta, fibra, café largo de café. Las manos me temblaban un poco al servir la leche.

A las siete cuarenta recogí los platos y los dejé en el fregadero. A las siete cuarenta y cinco me senté en la silla de la cocina y me di cuenta de que estaba mojada. No era miedo. Era anticipación. Voy a hacerlo. Voy a hacerlo de verdad.

A las siete cincuenta abrí la puerta del piso, dejé el cerrojo sin echar y puse una caja de zapatos en el suelo para que la corriente no la cerrara de golpe. Me desvestí en el pasillo, dejé la ropa hecha un ovillo sobre la silla. Caminé descalza hasta el baño. El parqué estaba frío.

A las siete cincuenta y cinco ya estaba dentro, en cuclillas, apoyada sobre los pies, las rodillas separadas, la espalda hacia la puerta. El espejo del lavabo estaba justo enfrente y por un momento me vi reflejada en él: el pelo todavía revuelto, los pechos pequeños, el vientre tenso. Mi imagen me devolvió una mueca que no supe interpretar.

Sonó el clic de la puerta de la calle al cerrarse.

Lo oí dejar las llaves en el aparador. Oí sus pasos. Reconocí ese ritmo suyo, lento, apoyando primero el talón. Las tripas se me revolvieron en el momento exacto en que sus zapatos pisaron el umbral del baño. Tomé aire. Que sea rápido.

Sentí su presencia detrás. No se acercó. No habló. Solo respiraba.

Lo que vino después fue lo más íntimo que un cuerpo puede ofrecer a un extraño. Me costó mantener el equilibrio. La piel me ardía de pudor en sitios donde no sabía que se podía sentir pudor. Me oí respirar muy fuerte. Me oí, también, soltar un par de pequeñas indecencias involuntarias que retumbaron contra los azulejos y me obligaron a cerrar los ojos. Cuando todo terminó, me quedé un instante en esa posición, esperando.

—Fascinante —dijo a mi espalda—. Sigues teniendo el mejor culo de toda la planta. Y se te abre como la compuerta de una presa. Me encanta.

No me moví. No quería girarme. No sabía cuál de las dos versiones de mí misma se iba a encontrar al hacerlo. Me incorporé con cuidado, cubriéndome con una toalla pequeña que colgaba del radiador. Cuando por fin lo miré, él tenía las manos en los bolsillos del abrigo y una sonrisa de chico que acaba de robar el postre.

—¿Ahora querrás follar conmigo algún día? —pregunté. La voz me salió más firme de lo que esperaba.

—Me encantaría, puta. Pero esta semana presento mi dimisión. Me voy a la competencia. Otra vez al extranjero.

Sentí que el suelo se inclinaba treinta grados.

—¿Qué?

—Lo que has oído. Llevaba meses negociándolo. Quería despedirme bien.

Tuve que apoyarme en el lavabo. Me vi en el espejo, desnuda, con la toalla sujeta a la altura del esternón. Detrás de mí, él, vestido, perfumado, sereno. Una postal perfecta de mi humillación.

—¿Has venido aquí, a mi casa, sabiendo que te ibas? —pregunté, todavía sin levantar la voz.

—Por eso he venido.

—Vete.

No insistió. Recogió las llaves del aparador, me dijo que cuidara mi café —«demasiado largo, te va a salir gastritis»— y salió. La puerta se cerró igual de bajito que antes.

***

Me quedé un buen rato sentada en el borde de la bañera. Limpié, me duché dos veces, me lavé los dientes tres. Cuando salí del baño envuelta en el albornoz, la luz de la mañana ya entraba entera por la ventana del salón. Llegué tarde a la oficina, por primera vez en cuatro años. Nadie lo notó.

Lo más raro es que no me sentí destruida. Sentí algo difícil de nombrar, algo parecido a la rabia limpia, sin azúcar, que llega cuando descubres lo lejos que has llegado por nada. Me sentí, por extraño que suene, libre. Aquel acto era la última carta que él podía jugar conmigo y yo se la había puesto en la mano. A partir de ahí, ya no le quedaban más.

Tres días después firmó la renuncia. Una semana más tarde, me invitó por mensaje a una copa de despedida con todo el equipo. No fui. Le contesté con un emoji, uno solo, el del pulgar hacia abajo. Bloqueé el número en cuanto pulsé enviar.

Lo cuento ahora porque ya pasó suficiente tiempo. Lo cuento, sobre todo, porque me preguntan a menudo si me arrepiento de aquella mañana y la respuesta sigue siendo confusa. Me arrepiento del personaje que fui, no del acto. Hay una diferencia que solo entiende quien ha estado del lado en cuclillas.

Y, ya que estamos, me arrepiento también de algo mucho menos profundo: de no haberle pedido las llaves del despacho antes de despedirlo en la puerta. Habría dejado un pequeño detalle perfumado encima de su agenda, a la altura de la firma de su carta de dimisión. Que te vaya muy bien, Andrés. Espero que tu nueva oficina huela exactamente a lo que mereces.

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Comentarios (7)

ClaraM_85

me quedé sin palabras, qué comienzo tan intenso!! ya quiero saber mas

LoboGris88

tremendo relato. seguí así que se agradece mucho

RosaLinda_Mx

Dios mio, me enganchó desde la primera línea. Esa tension del principio es increible. Esperando la segunda parte!!

VioletaR

jaja el final me mató, qué manera de cerrar. Muy bueno

NestorPY

Buenísimo. Me recordó a una situación parecida que viví y que jamás conté a nadie. Esas cosas dejan huella.

Pili_lectora

excelente!!! sigue asi

Matias_cba

muy buen relato, me sorprendio bastante. Felicitaciones

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